Qué ver en Netflix
Singular hechizo de un film donde resplandece la actriz Florence Pugh

El Prodigio se ve en Netflix

0

Amplio set de filmación; parte de un decorado en construcción con andamios; focos y otros elementos técnicos dispersos en el amplio espacio. Una voz de mujer nos avisa: “Este es el comienzo de una película llamada El prodigio”. Las personas que están a punto de conocer, los personajes, creen sus historias. No somos nada sin historias, así que les invitamos a conocer esta“. La voz en off pasa data: 1862, unos años después de la Gran Hambruna (1846-1851) por la cual los irlandeses responsabilizan a los ingleses. Efectivamente, en esas fechas una epidemia arruinó el básico cultivo de papa en Irlanda, y a las enfermedades infecciosas se sumó un hambre letal. Empero, Gran Bretaña solo tomó medidas tardías y limitadas. Y recién en 1997, el gobierno de Tony Blair presentó excusas oficiales por la parte que le tocaba al Reino Unido en tanto sufrimiento, tanta muerte, tanta emigración.

 La cámara se desliza sutilmente hacia la derecha y de pronto entramos en una escenografía donde una mujer en ropa de época come sentada a la mesa. Es una enfermera inglesa, nos dice la voz de la narradora. En la escena siguiente, la mujer, con capota en la cabeza y un gran bolso al hombro, camina por el puerto de Dublín; acto seguido, la vemos sentada en un tren en marcha, siempre solita y pensativa. Corte a un carro tirado por caballos que la lleva junto a otras personas a través del campo. Ya estamos en plena película y será difícil resistir al encantamiento generado tanto por la absoluta belleza formal -nunca relamida, siempre de precisa inspiración pictórica-, como por una inquietante historia que depara giros audaces yendo desde el realismo costumbrista estilizado hasta el roce con lo fantástico, fuertes emociones, múltiples referencias políticas, sociales y religiosas… Además, este reciente estreno de Netflix ofrece al frente de un elenco impecable, a una actriz de milagro en el rol de la enfermera, Florence Pugh. Alguien capaz de expresar con suma economía los pensamientos y sentimientos de su personaje, que así se pueden leer nítidamente en su rostro, en su mirada. 

Por cierto, la realmente joven (26) Pugh no se revela en este film: debutó adolescente en The Falling (2014), y pronto empezó a recibir premios y nominaciones, a partir de The Young Lady (2016, también conocida como Lady Macbeth, adaptación del relato de Nikolai Leskov, Lady Macbeth en Mtsensk, llevado a la ópera por Shostakovich en 1934, sufriendo la condena de Stalin); entre otras películas recordables hasta el presente, la intérprete estuvo en Mujercitas (2019) y Black Widow (2021). Este año también se la puede ver en Don’t Worry Darling (No te preocupes, cariño) junto a Harry Styles -superestrella del pop, de visita con su show estos días en Buenos aires-, bajo la dirección con sello feminista de Olivia Wilde (disponible en HBO Max). Cabe acotar que F.P., cuando fue convocada por Hollywood, se resistió a bajar de peso, a que la “embellecieran” afinándole las cejas o modificando el óvalo de su cara. Se salió con la suya y este es el momento en que no para de laburar: con contratos hasta 2024 para hacer cine y series. Se la podrá ver en 2023 como la princesa Irulan Corrino acompañando a Thimothée Chalamet, otro talento joven muy solicitado, en la ansiada segunda entrega de Duna, siempre -felizmente-bajo la dirección del canadiense Denis Villeneuve.

El personaje de la enfermera Elizabeth Wright define de manera constante el punto de vista de El Prodigio, realización del chileno Sebastián Lelio (Gloria, 2013; Una mujer fantástica, 2017), quien evidencia una vez más su preferencia por roles femeninos de relieve, atípicos, luchadores. Pero el eje lo encarna Anna O’Donnell, una niña de 11 años habitante de un pueblito del centro de Irlanda que, supuestamente, hace cuatro meses no come, salvo el misterioso, bíblico “maná del cielo” que afirma recibir.

La autora de la novela del mismo título sobre la que se basa este film, Emma Donoghue, irlandesa que vive en Canadá, partió del fenómeno de las chicas ayunando que, desde el siglo XVI hasta el XIX, aparecieron en Europa. Siempre ligadas a prácticas de la religión católica, se presumían elegidas por Dios para cumplir una misión, con poder de absolución de los pecados, atributo que atraía a cantidad de peregrinos crédulos que aportaban su óbolo a las respectivas familias, generalmente pobres. Más allá de la atracción popular por los milagros, esta forma extrema de ayuno (que, lógicamente, en ocasiones culminaba en muerte) comenzó a estudiarse en el siglo XX relacionándola con probables casos de anorexia. Amén del incentivo provisto por la hagiografía de santas y santos de otros siglos, al parecer propensos a infligirse castigos físicos como sistema de expiación.

En Anna O’Donnell convergen circunstancias de misticismo inducido, lucro familiar, inmolación redentora. La enfermera Elizabeth, que ha sido contratado para observar a la niña alternándose con una monja, no cree en prodigios y actúa -desde el lado de la razón y la ciencia- como una detective en busca de pistas que demuestren justamente lo que ninguno de los integrantes del comité de notables lugareños quiere saber: que el milagro de sobrevivir sin alimentarse es un fraude. Durante dos semanas, puntual, Elizabeth va hacia la casa alejada del pueblo y vuelve a la posada con su único traje azul, el ruedo de la falda que a veces se embarra. Atraviesa campos áridos ondulados y avanza en la comprensión de la mente de Anna, así como en las causas del proceder de su familia y de los habitantes del pueblo con los que debe tratar. Ella, que ha vivido experiencias horrorosas como enfermera en la guerra de Crimea y que ha perdido a un bebé de pocas semanas, luego abandonada por su marido, gracias a su inteligencia y a su sensibilidad llegará a descubrir el origen del bíblico “maná del cielo”  (con que Dios nutría a los israelitas en sus años por el desierto, según el Éxodo), a entender las razones de cada uno de los personajes, desde la irónica mujer del posadero al médico que pretende adjudicarse un hallazgo científico a expensas de la salud de Anna. 

“Viniste a desenterrar la verdad”, le presagia el -por el momento- indescifrable personaje de Kitty al que vale prestarle atención: es la mujer que convive con la familia, cuyas intervenciones siempre resultan significativas. Una verdad que va mucho más allá de la mera explotación por dinero, del deseo de tener una santa en el pueblo, del misticismo instigado por el entorno de la niña, alimentado por las vidas de santas impolutas y por plegarias que se regodean en el sufrimiento exaltado por una Iglesia que eligió como ícono supremo a un profeta clavado de pies y manos, coronado de espinas, ensangrentado: el famoso crucifijo que, obvio es decirlo, aparece colgado en distintos ambientes. Un secreto familiar atroz detona merced a la paciencia y compasión de Elizabeth, y le marca un arriesgado, liberador camino a seguir. 

Con ritmo pausado pero envolvente hasta promediar el relato, con rigor para los detalles de época siempre elocuentes y gran acierto para retratar en condensados trazos a todos los personajes (incluyendo a los que se presentan fugazmente), el director Sebastián Lelio se apoya en el gran trabajo de la directora de fotografía australiana Ari Wegner (El poder del perro, 2020) que brinda encuadres y tonalidades en ocasiones inspirados en el artista estadounidense Andrew Wyeth, a la vez que apela a fuentes de luz natural en interiores o, en tomas nocturnas, a los tintes cálidos de las llamas de las velas o de las lámparas de combustible fluido.

Lelio pone en evidencia en más de una oportunidad el artificio del cine -al comienzo, al final, también cuando Anna nos mira directo a los ojos-, pero no lo hace al estilo de un Lars von Trier en Dogville (2003) o de un Almodóvar en La voz humana (2020), sino para subrayar que en la historia que va a contar, cada uno de sus personajes tiene firmes creencias, sean o no fanáticos. Y al mismo tiempo le recuerda al público que todo el mundo intercambia, lee, asiste a historias reales o imaginarias desde tiempos inmemoriales. Aparte de la hermosura austera de la fotografía, el director cuenta con la muy sugestiva banda sonora de Matthew Herbert, mayormente percusión y voces que refuerzan la atmósfera gótica donde, sí, sobrevuela un fantasma…

Como el taumatropo, ese sencillo dispositivo que girando produce una ilusión, que el periodista oriundo del lugar llegado de Londres a cubrir el caso le regala a Anna, quienes miren El Prodigio pueden entrar (creer) o quedarse fuera de esta historia rebosante de humanidad e indulgencia, apartada de todo maniqueísmo. Si entran en ella, probablemente quieran volver a visitarla, tales su riqueza artística y la altura de las emociones que logra suscitar.

“El Prodigio”, disponible en Netflix.

Etiquetas
stats