Mundial Qatar 2022

La Scaloneta y su cisne negro: las lesiones

Lionel Scaloni y su preocupación por los lesionados de los últimos días.

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Estamos en presencia de la cíclica fiebre mundialista. Y este año parece recargada. A la andanada publicitaria vestida de celeste y blanco, con la efigie y el dorsal de Lionel Messi hasta en la sopa, se suma un clima social especialmente excitado. Quizá porque el equipo promete, quizá porque el panorama de bolsillos flacos y precios al galope obliga a reorientar ilusiones. Y, en lo posible, sobreactuarlas. El fútbol siempre es un analgésico delicioso. 

El fenómeno de las figuritas del Mundial, figuritas, dicho sea de paso, inhallables desde su propio lanzamiento, figuritas evanescentes y cautivadoras como espejismos, es un buen indicador del entusiasmo desatado por la competencia de Qatar. Aún existe un mercado a cielo abierto, en cualquier esquina de barrio, donde el trueque y la compra –se ven vecinos con gruesos fajos de billetes de mil– son operaciones cotidianas con el fin de llenar el bendito álbum. 

Por lo demás, todos los encuentros familiares, de amigos, institucionales o académicos, desde cumpleaños y casamientos hasta consultas médicas y ponencias universitarias, previstos para después del 20 de noviembre se articulan sí o sí con el calendario del Mundial sorteado en abril. 

Son momentos de intenso nacionalismo deportivo, por más que ninguno de los jugadores ejerce en la Argentina, y por lo tanto no son exactamente representantes de nuestro fútbol. Un medio aldeano en comparación con las ligas en las que desarrollan su carrera las estrellas de la Scaloneta. Pero ese desacople no mella el fanatismo. Podríamos explicarlo así: Messi, por ejemplo, vive en Europa desde los 13 años, pero ni su oratoria rosarina, sin eses que estorben, ni su humildad originaria se movieron un centímetro en todos estos años de gloria. El tipo no tiene un pelo de catalán, mucho menos de francés, y eso importa más que en cuál club marca tarjeta todos los días desde hace más de dos décadas. 

Pensándolo mejor, no adoramos a la selección porque nos representa sino porque encarna el reverso luminoso de nuestras vidas ordinarias: se trata de jóvenes con talento, ricos, famosos y triunfadores que han tomado el centro del mundo por asalto, como es de esperar del gen argentino cuando consigue despegarse de la crisis laberíntica que sacude estos pagos en forma crónica. La selección se adecua muy bien a cierta mitología nacional tremendista y melancólica. 

Con el Mundial a la vuelta de la esquina, cunde el temor de que algún paso en falso o la pierna en exceso vigorosa de un rival deje en el camino a alguno de los muchachos. Por estos días, el público sigue los partidos del PSG con la única expectativa de que nuestro capitán y bandera idolatrada salga indemne. No vaya a ser que un grandote del, no sé, Troyes, le tale un tobillo de bruto nomás, en un partido que, comparado con lo que ocurrirá a partir del 22 de noviembre (debut con Arabia Saudita), es in-sig-ni-fi-can-te. 

Razones no faltan para cruzar los dedos. Si algo amenaza el paciente trabajo de Lionel Scaloni en este instante son las lesiones. De los futbolistas cuya salud preocupa, varios pertenecen al corazón del recambio consumado por el DT. Las lesiones afectan a algunas piezas que han convertido a este seleccionado en un equipo de autor. Las que hacen visible la caligrafía de Scaloni en el rectángulo verde y que resultaron esenciales en la reconfiguración colectiva y en el éxito de este ciclo verificado con la obtención de la Copa América 2021. 

Giovani Lo Celso, por caso, padece una lesión muscular todavía de pronóstico incierto. En un partido con el Villarreal, trató de tirar un taco –un abuso estético, podría decirse con el parte médico en la mano– y sintió como una puñalada trapera en la parte posterior del muslo. Sin tener precisiones sobre el alcance de la dolencia, se cree que, si se cumple la peor de las presunciones, podría quedarse sin Mundial. Al momento de escribirse esta nota, quedaban estudios por hacerse. Lo Celso es un aliado de Lio, no una duplicación o un ladero servicial, sino una alternativa para el diseño ofensivo con vuelo propio. Tal rol es una búsqueda histórica de los sucesivos entrenadores de la selección. El nombre siempre latente –y cantado– para calzarse ese traje ha sido Paulo Dybala, pero el cordobés nunca terminó de consolidarse debido a esa fastidiosa distancia que suele darse entre la teoría y los hechos. Dybala, justamente, es otro de los hospedados en la enfermería de Scaloni, con un desgarro en su pierna izquierda. El técnico explicó que el futbolista está en la fase final de su recuperación y confía en contar con él para el amistoso previo al torneo. En contra de los vaticinios sombríos que proliferaron cuando se conoció el diagnóstico, el jugador integrará la nómina a presentar oficialmente el 14 de noviembre.

Leandro Paredes, otro pilar del mediocampo, también arrastra una molestia muscular, suficiente para encender la alarma. A él se suma Cristian “Cuti” Romero, el defensor del Tottenham que ya se perdió algunos partidos con su equipo y también llega a la esperada cita en la meca del petróleo y el gas con el cartel de frágil. Romero expresa como pocos el mayor mérito del entrenador durante la gestión en curso: la inteligencia para detectar, en el inabarcable mapa del fútbol internacional, aquellos futbolistas con capacidad y potencial para funcionar en su diseño táctico. Muchos de los cuales no figuraban en las listas canónicas elaboradas a diario por los medios y los expertos vocacionales. Scaloni ha sido un pescador de perlas, un visionario que supo descubrir el brillo que otros no veían y extrapolarlo a la estructura de la selección. En ese rubro, su hallazgo más relevante –por fortuna está sanito– es Rodrigo De Paul, motor infatigable el equipo. 

Hay más jugadores averiados: Juan Foyth, Nicolás González, Guido Rodríguez, el emblemático Ángel Di María, y acaso sigan las firmas en los pocos días que faltan hasta el partido inaugural. Lejos de pensar que una ola furiosa le acaba de hacer papilla su esmerado castillo de arena, el DT demuestra una serena resignación. “Como entrenadores no podemos hacer nada más que esperar el resultado de los estudios, que te llamen y te digan si un jugador está bien o está mal, si tiene para una, para dos o para cuatro semanas”, dijo en su paso fugaz por la Argentina, antes de volar hacia Europa. El otro Lionel entiende las reglas del fútbol: los clubes usarán hasta el último minuto a los futbolistas, por algo les pagan fortunas, de modo que el riesgo de que haya más sorpresas desagradables sigue vigente.  

Saber elegir, salteando nombres obvios, investigando, es quizá la principal tarea de un entrenador de selecciones. La otra es consolidar un grupo en el que haya buenas vibraciones y lealtades recíprocas. Dicen que Scaloni también acertó en ese renglón. Probablemente ahora le toque exhibir si es apto para improvisar, para redactar el plan B y el C en caso de necesidad. Porque los procesos largos y los proyectos previsibles tienen muy buena prensa, pero pueden sucumbir en cuestión de días por un esguince o una angina cuando se trata de Mundiales, tan breves ellos. La historia está llena de ejemplos.

AC

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