Análisis

Dibu Martínez, De Paul, Julián Alvarez y Scaloni, los principales aliados de Messi

Julián Álvarez fue una de las figuras de la selección. Acá en la celebración de su gol.

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El comienzo de los octavos de final parece haber sido una vuelta a la normalidad. La sucesión de sorpresas ocurridas en la fase de grupos –más de las que suelen deparar los Mundiales– sugirió un deslizamiento en el mapa previsible de potencias y convidados de piedra. Pero no, el fútbol es conservador y tiende a reagrupar a los poderosos y a poner en su lugar a los más débiles. Así, Países Bajos (inspiraban más respeto cuando se llamaban Holanda) le ganó con holgura a Estados Unidos, que había esbozado un salto de calidad en la parte inicial de la competencia, pero tuvo nafta solo para eso. Para el esbozo. 

Argentina, el equipo que nos ocupa ya que de él somos hinchas y a él le debemos tanto nuestras más sesudas reflexiones como nuestro sufrimiento –este partido fue una prueba de fuego–, marcó una clara distancia con Australia, que venía de dos victorias en su grupo. Y envalentonado además por el discurso iconoclasta de su entrenador, el muy enfático y elegante Graham Arnold, que prometió –y no cumplió– jugarle de igual a igual a los de Scaloni. 

La selección sufrió, todos sufrimos, en el estadio y a miles de kilómetros de Qatar, en forma desmesurada. En el desarrollo, en el control de las acciones, fue todo favorable a Argentina, que sumó méritos para ganar por un resultado gordo. Igual, ya estamos en cuartos.  

El partido lo cuenta con lujo de detalles y derroche de buen humor la pluma impar de Juan Becerra en este mismo diario. Aquí nos proponemos destacar los puntales de este triunfo, algunos nombres que si continúan respondiendo a este nivel, nos permitirán hacer un largo viaje en esta copa.  

No vamos a ordenarlos por el tamaño de su fama y su cartel, sino respetando las líneas del equipo, de atrás hacia adelante. Primero, entonces, Dibu Martínez, más arquero de selección que nunca. Como sucede en los equipos que toman el protagonismo, el número uno de la selección está condenado a intervenir poco. Eso sí, cuando lo exigen, debe saltar de la fría butaca del espectador para salvarle la ropa en un segundo a sus compañeros. Tipo ruleta rusa. Esta vez lo hizo, justo en el último minuto, para sumarle dramatismo a su estirada. Le tapó en dos tiempos un remate franco, a corta distancia, a Garang Kuol. Era el empate, un empate que sumía al partido en una lógica disparatada y que habría sido un mazazo para los ánimos argentinos. Por lo demás, el arquero estuvo sobrio en las salidas y rápido para subsanar alguna entrega comprometida de Otamendi. Gran respaldo para una defensa consistente, pero que por momentos es vacilante en la salida. En el gol, una carambola, Dibu solo atinó a mirar. Otra cosa no podía hacer. 

Rodrigo De Paul volvió a su nivel. Enorme noticia para la selección. Hasta este partido, se había mostrado empeñoso como siempre, el primer trabajador de la línea de volantes, pero peligrosamente inseguro en las entregas. La ruta del pase moría siempre en sus pies, cuando sus pies deben ser la garantía de circulación y dinámica. Esta vez recobró su tranco vertical, su polivalencia (defendió y atacó con igual solvencia) y el contagio de su temperamento a prueba de bajones. Ese temperamento, esa entrega, fue crucial para robar la pelota en el segundo gol. Conserva un defecto –tal vez sean más, es cierto– y creo que deriva de su debilidad por el ídolo: trata de pasársela siempre a Messi. Como los mejores amigos en el picado del colegio. Y ya está grande para distinguir cuando dispone de otras opciones más provechosas. 

En momentos del primer tiempo, cuando la selección lucía un tanto abúlica y le cedía la pelota al rival, Julián Álvarez corría como un desquiciado, como si la pelota fuera la droga del abstinente. Esa voluntad recién logró repercusiones en el segundo tiempo. Y con la presión comandada por Julián, Argentina fue mucho mejor en la gestión ofensiva. De tal modo, llegó el 2-0, de su delicada autoría. Ahogando al rival, haciéndole incómodo el control, el equipo de Scaloni hizo más visible su superioridad. Pero la hiperactividad de Julián –podría haber sido un gran velocista– no es un frenesí desbocado. Como otras veces, su pique fue la única oferta de pase cuando resultaba imposible filtrar líneas y la selección abusaba del pase lateral y somnífero. 

Qué decir de Messi. En una nota anterior, arriesgamos que, aun con menos músculo, estaba en condiciones de hacer un Mundial más lucido que en sus años mozos. Por el momento no pifiamos, como sucede de modo habitual. Más maduro, más consciente de su dimensión simbólica, con la misma sensibilidad en la zurda, el tipo se carga el equipo al hombro siempre que hace falta. Con una definición, como ante México y Australia, que permite abrir partidos cerrados por el nerviosismo. O con la caligrafía de su gambeta, en esos tramos del juego en que es necesario el aplomo de la posesión. Cuando Australia dejó algunos metros, Leo encaró e hizo desastres. Profundizó el dominio argentino, achicó al adversario –verlo inspirado te frunce el alma–, regaló un par de pases gol (¡ay, Lautaro!) y casi la cuelga de un ángulo con un chanfle artístico. Partidazo del capitán. 

Párrafo aparte, breve, para el entrenador. Scaloni otra vez metió mano en el equipo con agudeza de experto. Al poner a Lisandro Martínez para jugar con tres centrales y cinco supuestos defensores agilizó la salida y le proporcionó al equipo mayor claridad ofensiva (el cliché diría que su decisión fue “cagona”). Lisandro además hizo un cierre providencial que evitó un gol cantado de Behich. Scaloni cambia táctica y nombres rutilantes sin que le tiemble el pulso. Asume riesgos, es pura responsabilidad bien entendida. 

La suma de lo dicho alienta esperanzas. Próxima parada: Países Bajos. Allí nos vemos. 

AC

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