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EN PRIMERA PERSONA

Mi hijo me pregunta qué quedará cuando volvamos a Gaza. ¿La respuesta? Sólo escombros y recuerdos

Las casas destruidas tras un ataque aéreo israelí cerca de la mezquita de Al-Farouq, en el campo de refugiados de Rafah, Gaza, el pasado 22 de febrero.

Ghada Ageel

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En toda casa palestina hay dos lugares donde se enciende la lumbre: uno en el espacio donde la familia come y otro en la cocina, donde se prepara la comida. En estas habitaciones arden con más fuerza los fuegos de la vida y la hospitalidad.

Cuando visito Jan Yunis, una comida típica que disfrutamos juntos en familia es la maqluba (“boca abajo” en árabe): un sabroso y gran pastel de arroz, verduras y pollo cocinado en una cacerola. Cuando la comida está lista, se da la vuelta a la cacerola y la familia se reúne para esperar al momento en que la olla se levanta y aparecen el arroz amarillo, los tomates rojos y las berenjenas marrón oscuro. Cada plato de maqluba es una celebración familiar.

Hoy, con la destrucción de Jan Yunis y de la casa de mi familia, me siento como si mi vida se hubiera convertido en maqluba. Mi hijo menor, Aziz, no puede entender cómo un hogar puede desaparecer. Todavía lleva consigo todas las emociones y el grato recuerdo de los besos de su tía. “¿Mamá?”, pregunta sin cesar. “¿Quién quedará cuando vayamos de visita este verano? ¿Qué quedará?”

Mi prima Heba sigue en Jan Yunis, aunque desplazada a la zona de Al-Mawasi, donde vive en una tienda de campaña. Ella escribió en un post de Facebook que un hogar es “una extensión de nuestra alma”. Por lo tanto, la destrucción de un hogar no es sólo un acto de violencia física, sino también espiritual. Es violencia contra la memoria de “susurros, aromas, posesiones y la risa de nuestros hijos”.

La destrucción deliberada de cientos de miles de hogares palestinos ha llevado a algunas personas a caracterizar la actuación de Israel como “domicidio”, lo que, en palabras de los académicos J. Douglas Porteous y Sandra E. Smith, “implica operaciones planificadas de gran envergadura que se producen de forma más bien esporádica en el tiempo, pero que a menudo afectan a grandes áreas y cambian las vidas de un número considerable de personas”.

La sed de venganza es evidente. Por ejemplo, las declaraciones de Rami Igra, exjefe del Mossad, de que toda la población palestina de Gaza puede ser considerada “combatiente”. Tales afirmaciones no han sido cuestionadas por medios como la CNN.

Una nueva Nakba

La consecuencia de estos reclamaciones es el desplazamiento de alrededor de 1,9 millones de personas. Entre ellas hay cientos de miles de personas cuyos hogares han sido objeto de una destrucción gratuita no justificada por necesidades militares. Se trata de la cuarta generación de hogares palestinos destruidos desde la Nakba, la catástrofe infligida por Israel que quebró a la sociedad palestina en 1948. A pesar de los continuos domicidios, el mundo occidental sigue haciendo la vista gorda, negándose a actuar o a reconocer el sufrimiento de nuestro pueblo.

La historia de Heba encarna la historia palestina en un sentido más amplio. Su padre, Jawad, nació en Beit Daras, un pueblo borrado de los actuales mapas del mundo. En 1948, Jawad, con sólo un año de edad, junto con mi padre, que entonces tenía tres, y mi abuela, Khadija, se enfrentaron a la expulsión forzosa de Beit Daras. Al no poder regresar, buscaron asilo en el campo de Jan Yunis, uno de los varios campos de refugiados establecidos por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Próximo (UNRWA) para alojar temporalmente a los refugiados. Visité a Heba el verano pasado. Su casa era un oasis en medio de los sombríos y grises bloques de pisos de Gaza. Había calidez y belleza en cada rincón. Ella lo llamaba “paraíso terrenal”.

Desde entonces se ha convertido en el paraíso perdido. El 12 de octubre, varios misiles alcanzaron la casa de la prima de Heba, en el corazón del campo de refugiados de Jan Yunis. Su prima, una profesora embarazada, murió junto a sus dos hijos de uno y tres años, al igual que nueve vecinos y otras mujeres y niños que buscaban refugio en su casa. Posteriormente, el 26 de octubre, fueron destruidas tres viviendas de varios pisos en las que vivían 36 familiares de Heba, entre ellos su tío, su tía, sus primos y todos sus hijos y nietos. Una semana después, la casa de otro de sus primos fue destruida. La destrucción de las casas de familiares y vecinos continuó durante los meses de noviembre y diciembre. El día de Navidad se ordenó la evacuación de todo el campo de refugiados. En enero, la mayoría de las casas estaban en ruinas. El campo y su infraestructura fueron destruidos por proyectiles de tanques, bombardeos aéreos, bombardeos en alfombra o incendios.

Los descarnados mensajes de Heba me estremecen por su profundidad y su dolor: “Nuestras casas están tejidas con nuestra carne, nuestro trabajo y nuestras aspiraciones. Podemos construir casas nuevas, pero nunca sustituirán a los hogares que una vez cobijaron nuestros sueños. El hogar no es una suma de dinero; es un santuario, un abrazo reconfortante, una fragancia compleja que desafía la réplica. Nuestro anhelo de abrazar nuestros hogares refleja el dolor que llevamos dentro, espejo de la difícil situación de nuestras queridas moradas”.

Los recuerdos borrados

Mi respuesta a los gritos de Heba es visceral. En octubre, mi propia casa en Al-Zahra fue destruida. La ciudad quedó devastada en un abrir y cerrar de ojos. Los recuerdos de mi vida anterior yacen bajo los escombros: todos los preciosos álbumes de fotos con imágenes de mi graduación, los primeros pasos de mis hijos y las sonrisas de los primeros días de mi matrimonio. Es como si hubieran lanzado una bomba sobre la sustancia misma de mis recuerdos. Hoy tengo la sensación de que Heba y yo continuamos una nefasta tradición familiar.

En la década de 1980, nuestra abuela visitó el antiguo pueblo de Beit Daras. Abrumada por la destrucción, deambuló por los restos de lo que una vez fue un pueblo próspero. Conmocionada, le pidió a su hijo (hoy desplazado en Rafah) que le dejara sola un momento. Finalmente, se topó con un fragmento de su casa: un muro solitario entre las ruinas. Con lágrimas en los ojos, abrazó el muro, aferrándose a los recuerdos que la pared resguardaba, incluso cuando todo a su alrededor estaba en ruinas.

Para Heba y para mí no habrá consuelo en esos restos. A diferencia de nuestra abuela, no tenemos muros que abrazar. La única respuesta a la inocente pregunta de mi hijo es que en nuestra visita a Gaza este verano todo con lo que nos encontraremos serán los fragmentos de nuestros recuerdos, esparcidos entre los escombros de los hogares que amamos.

Ghada Ageel, refugiada palestina de tercera generación, trabajó como traductora para The Guardian en Gaza de 2000 a 2006. Actualmente es profesora visitante en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Alberta.

Traducción de Julián Cnochaert.

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