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Opinión

Los 150 años del Martín Fierro: el panfleto político que se convirtió en poema nacional

La tapa de la primera edición del Martín Fierro

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A comienzos de diciembre de 1872 veía la luz un folletito barato titulado El gaucho Martín Fierro, primera parte de la obra que hoy llamamos Martín Fierro y que incluye también una segunda parte, aparecida siete años más tarde. En conmemoración de ese acontecimiento, el Congreso nacional sancionó en 1993 la ley 24.303, que establece un Día Nacional del Gaucho a celebrarse cada 6 de diciembre. La efeméride se sumaba a otra, el Día de la Tradición, creada por el Congreso bonaerense en 1939 en honor al natalicio de José Hernández, autor del poema. La festividad, que la provincia de Buenos Aires sostuvo desde entonces con actividades culturales y escolares cada 10 de noviembre, fue poco después hecha extensiva a todo el país. Un decreto de Perón dio fuerza legal al Día de la Tradición, lo que mucho después, en 1975, sería convalidado formalmente por una ley del Congreso de la nación. Todo esto, a su vez, deriva de la iniciativa de un intelectual nacionalista, Leopoldo Lugones, quien en 1913 propuso que el Martín Fierro fuese considerado el gran poema nacional y el gaucho, emblema de argentinidad. 

A 150 años del inicio de esta historia, conviene recordar que El gaucho Martín Fierro no se escribió con intención de gloria literaria ni mucho menos de alcanzar el pedestal de emblema de lo argentino. El folletito era, más bien, un panfleto político. Siguiendo una tradición muy anterior de usar la voz del gaucho para hablar de cuestiones de actualidad y criticar la dirigencia política, Hernández había compuesto su personaje gaucho para hacer una crítica del gobierno de Domingo F. Sarmiento, por entonces presidente de la nación. Su aparición forma parte de una coyuntura que, además, excede el escenario argentino.

En 1870 se había producido el último estertor del federalismo. Ricardo López Jordán lideró entonces un levantamiento en Entre Ríos, que concluyó aplastado por las fuerzas del gobierno nacional. El federalismo argentino quedó virtualmente extinto. Ese mismo año los “blancos” del Partido Nacional uruguayo (aliados tradicionales de los federales), impulsaron en su país la llamada Revolución de las Lanzas, que concluyó en 1872 con un acuerdo de paz con el gobierno “colorado” de entonces. Aunque no sería el último levantamiento de los blancos, se trató de un parteaguas y el comienzo del declive final del caudillismo de base rural también en esa margen del Plata.

En Uruguay, el fin de la Revolución de las Lanzas motivó la proliferación de poemas gauchescos alusivos a la situación. De entre ellos resaltó un tosco folleto aparecido a mediados de 1872, escrito por Antonio Lussich, un veinteañero que había combatido con los rebeldes. Su título era Los tres gauchos orientales y presentaba una reflexión sobre el acuerdo de paz, puesta en boca de tres gauchos blancos que dialogaban entre sí. Uno de ellos se hacía eco de lo que era opinión de muchos: que los jefes habían traicionado la causa al firmar la paz, que los colorados no respetarían los acuerdos y que los blancos terminarían perseguidos y humillados. Ante esa perspectiva, defendía como cursos de acción posibles la emigración o huir al monte para convertirse en gauchos matreros en desacato a la autoridad. El poema también denunciaba a los “doctores” de la ciudad por ser causa de la desunión y el abandono en el que se dejaba a los paisanos, convocados para las disputas políticas pero olvidados luego.

La obra de Lussich se transformó en un éxito impresionante: en los primeros once años tuvo cuatro ediciones, con un total de 16.000 ejemplares, una enormidad para la época. Se trató de la obra uruguaya más vendida de todo el siglo XIX, un suceso menos atribuible a su calidad literaria que a los temas que trataba y a su capacidad para comunicarse con un público de clases bajas. Lo interesante del caso es que el joven uruguayo estaba ya desde antes en vinculación con un periodista argentino algo mayor que él, que fue quien lo animó a escribir Los tres gauchos orientales: José Hernández. A su vez, la lectura de Los tres gauchos orientales impulsó a Hernández a escribir El gaucho Martín Fierro, que apareció más tarde a fines de ese mismo año.

En 1872 Hernández estaba en una situación muy particular. Nacido en 1834 en una familia de militancia federal, después de la caída de Juan Manuel de Rosas, había puesto su pluma de periodista al servicio del nuevo jefe de su partido, Justo José de Urquiza, y fue uno de los tantos federales que, luego de la victoria de Bartolomé Mitre sobre Urquiza en la Batalla de Pavón, buscaba el modo de reinsertarse en una vida política porteña que se había vuelto hostil para los que tenían esos antecedentes políticos. El levantamiento jordanista de 1870 lo encontró dirigiendo un periódico en Buenos Aires. En un rapto de entusiasmo que habría de lamentar, hizo público su apoyo a López Jordán y se trasladó a Entre Ríos, lo que rápidamente lo convirtió en un paria. La derrota lo obligó a un exilio en Brasil, del que sólo pudo regresar a comienzos de 1872. En ese momento de desazón, cuando tenía la certeza de que su carrera periodística había terminado y que debía olvidarse de sus aspiraciones políticas, Hernández escribió El gaucho Martín Fierro, concebido como una denuncia al gobierno de Sarmiento por la situación de abandono en la que se hallaba la población de la campaña. Su propio desamparo, en ese contexto fatídico, le había permitido observar el país desde el punto de vista de sus clases más desfavorecidas y postergadas y componer desde allí un lamento desgarrador. 

La obra de Hernández era un largo poema narrativo, escrito en el modo de habla del pobrerío rural, en el que un gaucho contaba en primera persona su vida desgraciada. El relato detallaba las injusticias que las autoridades de campaña habían cometido con él al arrancarlo de una existencia familiar apacible para que preste servicios militares. De su larga estadía como soldado en un fortín describe más injusticias y la corrupción generalizada de los funcionarios. Luego de desertar, se encuentra sin hogar y sin familia: su vida de honesto paisano estaba deshecha. Embriagado en una pulpería, provoca a un moreno sin motivo y termina matándolo. Es la primera de una serie de muertes que causa, que incluye a varios de una partida de policía que intenta arrestarlo, a la que enfrenta con sorprendente valor. Convertido en un gaucho matrero, añorando su pasado de dichas para siempre ido, decide abandonar la sociedad establecida y buscar refugio entre los indios. La conclusión parecía clara: la Argentina que venía construyéndose resultaba invivible para los pobres. A Martín Fierro lo había empujado a la deserción, a desquitarse con un paisano todavía más desafortunado que él mismo, a llevar una vida de fugitivo y, finalmente, a exiliarse y vivir entre los indios, los únicos que, como decía él mismo, prometían tratarlo como un “hermano”. Paradójicamente, la pregonada civilización solo le había traído desgracias y, en cambio, había encontrado paz en el supuesto desierto. 

El gaucho Martín Fierro hablaba de una realidad que los paisanos pobres del campo conocían bien. Era una historia ficcional, pero muy descriptiva de las penurias reales de los criollos, sometidos a levas forzosas, violentados por jueces y militares corruptos, empobrecidos por leyes que beneficiaban a los terratenientes, postergados por políticas públicas que ofrecían a los inmigrantes ventajas que se negaban a los nativos. Fue precisamente su carácter de crítica social lo que le dio al folletito la sorprendente popularidad que tuvo: se agotó en apenas dos meses y varios periódicos y revistas de diversas ciudades argentinas y del Uruguay lo reprodujeron parcial o totalmente en sus páginas. No está claro si hubo en verdad reediciones (y cuántas) en 1873, pero la del año siguiente se identifica como la octava. 

A su vez, el éxito arrollador de El gaucho Martín Fierro desató una verdadera reacción en cadena por la que, en pocos años, la Argentina se vería inundada de impresos de temática gaucha dirigidos a un público masivo, ahora formado también por el pobrerío urbano, los inmigrantes incluidos. Una galería de héroes gauchescos –Juan Moreira, Juan Cuello, Pastor Luna, etc.–, siempre rebeldes, siempre enfrentados a la ley, convivió con Martín Fierro. Sus historias invariablemente recordaban a los lectores las injusticias que los de arriba cometían con los de abajo.

Fue ese público popular el que obligó a las clases altas a prestar atención a las historias de gauchos, inicialmente menospreciadas. Y fue también ese público el que convirtió al gaucho en emblema popular, mucho antes de que se le ocurriese a alguien como Lugones. Si hoy la Argentina tiene como su poema nacional una obra tan amarga, que nos recuerda las divisiones y las injusticias, más que convocarnos a la unidad y la armonía, es por ese carácter político inicial que tenía la obra de Hernández y por la recepción que tuvo entre las clases populares. 

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