Opinión

Los colapsistas

Camas de terapia intensiva

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No le quepa la menor duda al lector de que existen círculos colapsistas en la Argentina que trabajan la siguiente hipótesis: la triunfante rebelión cambiemita porteña contra las medidas sanitarias del gobierno nacional se consolida, el foco descontrolado de contagios de la Ciudad de Buenos Aires se extiende al conurbano bonaerense, se acaban los respiradores y camas de terapia intensiva en las zonas más populosas del área metropolitana, comienzan a morir personas en los pasillos de los hospitales y en los barrios populares, la angustia de las familias se potencia con la tensión social y política, comienzan los disturbios en los hospitales de las zonas más vulneradas, los medios de comunicación amplifican la imagen del caos, los propios promotores del libertinaje epidemiológico levantan su dedo acusador y se produce un escenario de ingobernabilidad que abre paso a su fantasía de restauración neoliberal autoritaria. Se trata de escenarios posibles y probables. Los cuatro directores de hospitales que consulté, heroicos comandantes de la guerra contra la muerte, confirman que la situación de colapso es inminente y que las restricciones actuales son insuficientes. La tensión en la atmósfera en el Gran Buenos Aires se corta con un cuchillo.

El cliché popularizado por la señora Alegría de los Simpsons, “¡alguien puede piensa en los niños!”, es un ejemplo de manual de la falacia argumentativa que busca desplazar la razón por la emoción. Millones de padres e hijos estamos esperando la reapertura de las escuelas. Pararse en esa ansiedad para desobedecer las directivas sanitarias nacionales con execrables maniobras judiciales es ciertamente vil. Genera un daño inmenso que se expresa en forma directa por el aumento de contagios e indirecta por la confusión que produce en la sociedad. Larreta sabe perfectamente que esto es así, que la reapertura de las escuelas aumenta la circulación del virus. Lo dicen todos los agentes del sistema de salud, las principales publicaciones científicas y lo confirman las estadísticas. También sabe que el doble comando en una crisis es fatal. Pero su costado razonable claudicó frente a la presión de Macri, Bullrich y los ultras que lograron colocarlo en el campo de los colapsistas.

En ese contexto, desde ese mismo campo comienzan a filtrarse otras pulsiones antidemocráticas y antipopulares como la necesidad de una reconfiguración autoritaria de la política argentina. Lo dijo Longobardi, lo suscribe Leuco y en silencio lo confirma el círculo rojo y sus representantes políticos. Paradójicamente, ese mismo sector empieza a denunciar inexistentes rasgos autoritarios en Alberto Fernández que, por lo contrario, no termina de asir el bastón presidencial de mando y ejercer la autoridad legítima conferida por los votos y la confianza mayoritaria que aún goza en el pueblo argentino frente a estos poderes ilegítimos que lo desafían.

No es la primera vez que el gobierno nacional adopta una actitud condescendiente frente a bravatas de sectores con poder político y económico. Así sucedió, entre otros tristes episodios, con la fallida nacionalización de Vicentin, con la rebelión policial, con el complejo agroalimentario especulador, con la mafia judicial, con las grandes fortunas evasoras y ahora con la sublevación porteña. En todos esos casos el gobierno no ejerce plenamente sus facultades para evitar la reacción airada de los ultras.

La transigencia frente a los poderosos contrasta con los abusos de autoridad que se producen cotidianamente contra los más humildes en distintos escenarios conflictivos como Guernica (Buenos Aires), Andalgalá (Catamarca) o Casa Nueva (Entre Ríos), por dar ejemplos conocidos. Todos los días golpizas y presos ante las protestas de los más pobres o los defensores del ambiente. El aparato represivo del estado, aún en jurisdicciones del Frente de Todos, se descarga su poder con muchísima más rigor sobre los trabajadores y la militancia popular que sobre los siempre impunes millonarios y la violenta militancia neoliberal. Se trata de un automatismo que expresa la naturalización de las desigualdades sociales, distribuyendo injustamente el premio y el castigo. No se ha visto al gobierno tratar así a los terratenientes, empresarios, grupos mediáticos, sectores medios-altos en el marco de situaciones conflictivas, aun cuando éstos violen abiertamente la ley y pongan en riesgo un bien jurídico tan preciado como el alimento y la salud de la población.

Mientras termino estas líneas me viene a la mente una buena frase de Néstor Kirchner cuando por el 2005 afirmó que la orientación de su gobierno sería cambiar “una filosofía de tratamiento para la resolución de los problemas que la podríamos sintetizar de la siguiente manera: un buen gobernante era aquel que era fuerte con los débiles y débil con los poderosos”. Si lo logró o no es materia de otro análisis, pero lo cierto es que la sola enunciación de este problema medular le ganó el odio de la oligarquía y los sectores acomodados.

Para enfrentar a los colapsistas, el gobierno debe salir de cierta actitud pusilánime que lo lleva a recular cada vez que la derecha se envalentona y adoptar la máxima esbozada por Kirchner que marca la tónica de cualquier proyecto político que se pretenda popular; parafraseando a Anatole France, la actitud es ser humilde con los humildes y soberbio con los soberbios.  

A los colapsistas, ni medio milímetro.

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