Enzo Pérez se estira y rechaza un tiro al arco.

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Un coctel heterogéneo terminó construyendo la canonización de un nuevo ídolo de River Plate y de nuestro fútbol: Enzo Pérez.

La codicia económica de la Conmebol y la falta de sensibilidad social y deportiva de sus dirigentes, sumado a una burbuja explotada y un error en el cálculo inicial de Marcelo Gallardo (no en los cuatro arqueros inscriptos sino en los 28 jugadores de campo anotados, una cifra que, vista la actuación de los jóvenes en el superclásico del domingo, podría haber contado originalmente con la presencia de otros cuatro o cinco chicos) hizo posible  una nueva épica de un equipo que trata a las hazañas como quien dice buen día.   

Los panteones del fútbol se construyen con grandes jugadores pero no todos los referentes de un club llegan a generar esa idolatría. Está lleno de jugadores fantásticos o de directores técnicos exitosos que no consiguen pellizcar a la gente: es una cuestión de triunfos pero también de piel, de identificación, de convertirse en el ventrílocuo en el campo de juego de quienes están en las tribunas o enfrente de las pantallas. Ese lugar, en River, está liderado por el propio Gallardo, Ángelito Labruna (un Muñeco en blanco y negro), el Beto Alonso, el Enzo original (Francescoli), Ariel Arnaldo Ortega, Ramón Díaz y, más atrás en el tiempo, Bernabé Ferreyra y Amadeo Carrizo. Todos ellos les doblaron las rodillas a las multitudes.

Y además están los símbolos de cada época. En la última década de River, esa montaña rusa que empezó con el descenso y terminó en Madrid en la final de la Copa Libertadores contra Boca (pero que a la vez continúa sumando capítulos), Jonatan Maidana y Leonardo Ponzio cuentan con una ventaja considerable sobre el resto: cubren todo el período, del barro al oro. A esa lista de tótems modernos del mejor ciclo de la historia del club se le puede sumar, además, a tipos como Marcelo Barovero, Rodrigo Mora, Carlos Sánchez, Ramiro Funes Mori, Leonel Vangioni, Gabriel Mercado y, más tarde Franco Armani, Lucas Pratto, Ignacio Scocco, Camilo Mayada, Nacho Fernández, Exequiel Palacios y Javier Pinola. Para muchos adultos son los héroes recuperados a una edad en la que los hinchas más curtidos ya no piensan volver a idolatrar a jugadores más jóvenes. 

En una época en que los cracks ya casi no juegan en Argentina -se van pronto a Europa y suelen volver tarde, ya desgastados-, y la idolatría es un combo cada vez más difícil de conseguir -esa mezcla de enorme calidad futbolística con identificación con los colores-, Enzo Pérez se puso los guantes para terminar de convertirse en una excepción. No empezó su carrera en River pero tenía un llamado de la sangre: nació pocos días después de un gol de chilena de Enzo Francescoli a Polonia, en el verano de 1986. Su padre, fanático de River, decidió -camino a inscribirlo en el registro- que su hijo llevaría el nombre del uruguayo. 

Enzo II llegó a Núñez en 2017 y, luego de un comienzo en el que le costó la adaptación, empezó a postularse para la idolatría. Una de las mayores sobrevaloraciones de los hinchas es que un futbolista tiene que ser hincha del club para el que juega, y sin embargo en el caso de Pérez resulta cierto. Hay derecho a creer que, en otro equipo, Enzo Pérez (lesionado en el superclásico del domingo) no habría atajado en la noche heroica de este miércoles contra los colombianos de Independiente Santa Fe. El arquero más imprevisto heredó su nombre de Francescoli pero no sería raro que en el futuro inmediato nazcan muchos Enzo por Pérez, en especial después de vestirse con una camiseta verde flúo y el número 24 en la espalda.

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