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Opinión
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Un hilo conductor entre el candidato de 2019 y el Presidente que se va, al que le pasó un mandato por encima

Alberto Fernández, en su despacho de la Quinta de Olivos.

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Entre el Alberto Fernández candidato que en 2019 dejaba absortos a entrevistadores televisivos empeñados en hablar loas del modelo económico de Cambiemos y el autor del tuit “Mi decisión” del viernes por la mañana, hay un hilo conductor. Trasunta entre éste y aquél el texto de un abogado progresista nacido en Paternal, capaz de arbitrar entre peronismos en pugna, de La Matanza a Tupungato; un crítico de “los tres problemas que dejó Cristina Fernández de Kirchner, cepo, inflación y déficit fiscal”, pero más alejado todavía de experimentos supuestamente liberales que en Argentina terminan, por norma, en sangre, sudor y lágrimas para las mayorías y maxiganancias para privilegiados.

En el medio, pasó un período presidencial, y el hilo se corta.

La expectativa de que un peronista sin ensoñaciones mesiánicas podría llevar a cabo reformas por un andarivel económico razonable se frustró y están allí, a la vuelta de la esquina, voces de una derecha que declara que va a la guerra. Alberto le decía hace cuatro años a Joaquín Morales Solá, con razón, que Mauricio Macri había agravado “los tres problemas que dejó Cristina” y sobre ello había multiplicado la deuda externa y la pobreza. Al cabo de cuatro años, varios lastres que arrastra la economía argentina siguen allí y el riesgo de un abismo social producto de una devaluación sobrevuela los meses finales del Frente de Todos.

Alberto enumeró en su video de renunciamiento las cuatro catástrofes que quiere que figuren en el balance de su Gobierno: la deuda externa monumental, la pandemia, la guerra y la sequía. Son hitos indisimulables. Máximo Kirchner, Patricia Bullrich, Wado de Pedro y Horacio Rodríguez Larreta podrán fingir amnesia, pero la Argentina debió enfrentar las crisis sanitaria, bélica y climática con un Estado quebrado e hiperendeudado del que Juntos por el Cambio (JxC) nunca se hizo cargo. Tanta amnesia como la que se obliga a fingir Axel Kicillof cuando explica el aumento de la producción industrial, la construcción de viviendas y el empleo en la provincia de Buenos Aires como un logro propio, sin relación con los números macroeconómicos que mejoraron durante la gestión de Alberto Fernández. El gobernador le reclama arrojo al Presidente, cualidad que él ni siquiera puede exhibir para evitar que la Policía brava y la industria del juego de azar se autogobiernen.

Máximo Kirchner, Patricia Bullrich, Wado de Pedro y Horacio Rodríguez Larreta podrán fingir amnesia, pero la Argentina debió enfrentar las crisis sanitaria, bélica y climática con un Estado quebrado e hiperendeudado del que JxC nunca se hizo cargo

No todos los mencionados tienen la misma función. Macri, Bullrich y Larreta fueron ubicados por las urnas en el lugar de opositores del Gobierno nacional. Les toca cuestionar y tratar de vencer al peronismo en elecciones; el votante evaluará si ejercen su papel con buenas armas. Distinto es el caso de, por ejemplo, De Pedro, nada menos que ministro del Interior durante todo el período del Frente de Todos (FdT). En un país en el que los políticos se sienten eximidos de dar cuenta de lo que dijeron ayer, De Pedro pasó de un respaldo inequívoco al acuerdo con el FMI forjado por Martín Guzmán, porque servía para “evitar una catástrofe económica”, a criticarlo porque “todo lo que propone (el fondo), sabemos que es un círculo vicioso que termina siendo inflacionario, como lo venía planteando Máximo Kirchner”. Y ese giro de vértigo, sin dejar su silla en el gabinete, desde la que juzga que hay “funcionarios que no funcionan”. El ministro aspira a integrar una fórmula presidencial. A la luz de lo visto, será mejor que la encabece.

El Alberto que fue

El Presidente dice que no se queja ni pone excusas ante “el tiempo difícil que nos tocó vivir”. Vuelve a acertar; no correspondería para un político que reclamó el voto popular. Entonces, la historia deberá decir de él que se ocupó de socavar un espacio, el suyo, que requería sostener su autoridad más que nunca. Malgastó su palabra y procrastinó. No formó un equipo cohesionado ni forjó lealtades. Según el relato más difundido entre quienes habitaron y habitan Casa Rosada, no es que no supo cómo hacerlo, ni siquiera se lo propuso. El mandatario demoró medidas esenciales y, cuando las tomó, pareció no pensar el paso siguiente ni medir adecuadamente las resistencias que generaría. No fue siempre consecuente entre sus dichos y sus hechos. Una vez, hasta se permitió plasmar esa contradicción en una foto durante una cena prohibida en Olivos.

En nombre de una proclamada apuesta a la unidad del peronismo, Alberto permaneció inerte desde el momento en que Cristina y Máximo se dieron cuenta, en la mitad de la travesía y contra todo lo dicho y actuado, de que había que declarar el default ante el FMI. Los cristinistas se fueron del Gobierno, pero, para el desquicio colectivo, también se quedaron. Debió ser un punto límite. El Presidente toleró faltas de respeto y bloqueos de políticas en áreas cruciales. El no reconocimiento de quien actúa como enemigo será el signo de su mandato.

Por si fuera poco, el supuesto estoicismo en aras de preservar el Frente de Todos sirvió de poco y nada. Hace tiempo que todas las tribus del oficialísimo barajan como factible que el peronismo quede fuera de un ballottage entre dos derechas, clásica y recargada. Ni siquiera está garantizada la unidad, porque la vicepresidenta y su hijo sugieren que es mejor perder con lo propio antes que ganar sin posiblidades de hacer la revolución que intermitentemente proponen.

El no reconocimiento de quien actúa como enemigo será el signo del mandato de Alberto Fernández

La procrastinación y el rumbo errático no pesan sólo como errores de estilo. Alberto Fernández demostró tener una lectura fallida sobre el consenso y la conducción del Estado. Su Gobierno estaría parado en otro lugar si hubiera encarado una política energética seria de entrada, con eliminación de los subsidios a las tarifas de servicios públicos para estamentos medios y altos y revisión de ganancias abusivas generadas en contratos concedidos por Macri. Una cacofonía absurda demoró dos años el nuevo gasoducto desde Vaca Muerta. Sergio Massa vaticina un superávit en la balanza entre importaciones y exportaciones energéticas de US$ 8.000 a US$ 12.000 millones en pocos años. Son números realistas según la industria y expertos en gas y petróleo. Si parte de esos ingresos ya fueran realidad, el Gobierno peronista tendría ahora un oxígeno esencial (dólares) para esquivar la extorsión de los sojeros que retienen la cosecha a la espera de una devaluación.

El Presidente perdió también la oportunidad de cobrar más impuestos y retenciones a los sectores acaudalados. Optó por aumentos tibios a la hora de desmontar el obsceno esquema impositivo que había instrumentado Cambiemos. Es cierto que nada es fácil, como da cuenta el bloqueo del cristinismo y el massismo al impuesto a la renta extraordinaria que intentó aplicar Guzmán antes de irse, y todavía yace en un cajón del Congreso.

Succession

Esta semana, mientras las facciones del Gobierno peronista se enzarzaban en el affaire Aracre y violentaban, por enésima vez, normas de convivencia de un modo que ni un consorcio de un edificio se permitiría, y el dólar blue crecía y crecía, los candidatos de Juntos por el Cambio y La Libertad Avanza rendían examen ante algunas de las mayores fortunas de la Argentina, del agronegocio a la obra pública, del supermercadismo al comercio online, en el hotel Llao Llao de Bariloche.

La escena pinta a los presidenciables de las derechas de cuerpo entero. Tan propensos Bullrich y Javier Milei a perpetrar relatos sobre armas, muerte, descarte social, despido y Ejército; tan enfática María Eugenia Vidal para golpear la mesa de La Nación Más; tan duro Rodríguez Larreta a la hora de ejecutar políticas urbanísticas, educativas y policiales de la Ciudad; tan valiente Gerardo Morales para mantener en prisión a Milagro Sala vía jueces amigos; tanta enjundia acumulada y los postulantes se asignaron mansamente el papel de concursantes para un casting de un sueño ajeno.

Una oportunidad perdida. Como recordó esta semana Carlos Pagni ante Daniel Tognetti y Diego Sztulwark, “todas las grandes fortunas de la Argentina nacieron de un decreto”. Un texto publicado en el Boletín Oficial para inventar un negocio, licuar una deuda, malvender un activo estatal, modificar un código urbanístico o crear un subterfugio para evadir. O su contracara, un decreto jamás publicado porque el Estado es débil a la hora de poner en caja a quienes se ven beneficiados, por ejemplo, durante una pandemia.  

Mauricio Caminos, cronista de elDiarioAR en el encuentro en Bariloche, abundó en esa línea: “La pobreza trepó en el segundo semestre del año pasado al 39,2%: 18,6 millones de personas no viven dignamente. ¿Qué grado de influencia –o de responsabilidad– tienen en esa escena los que habitan el círculo rojo, tanto empresarios como políticos?”

Si tan avezados candidatos que buscan gobernar a 46 millones de argentinos abordaron las aristas filosas ante tan afortunados hombres de negocios, se ocuparon de ocultarlo; en cambio, dejaron trascender una competencia poco edificante, temerosos ante el pollice verso.

En un ensayo bajo la pregunta “si la elección fuera mañana, ¿a quién votarías?”, con cien sufragantes millonarios, ganó Bullrich, seguida por Larreta. Muy atrás quedó Vidal, quien, no obstante, pareció conforme porque se reencontró con el aplauso que le venía resultando esquivo. Milei, con su dolarización, no agradó mucho y cosechó sólo tres apoyos. Alberto Fernández sumó dos, pero —aclararon con sorna fuentes empresariales— fueron “en chiste”. Se sabe. Además de exitosos, son hombres sensatos.  

Versiones de la historia

El paso del tiempo habilitará lecturas elaboradas sobre los años de Alberto Fernández en el Gobierno. No será inocuo para el balance si la economía desbarranca en los meses por vernir. Por ahora, se va con el odio profundo de la reacción conservadora, más empoderada que nunca. También, con la distancia de sus críticos, la indiferencia de los oportunistas, el desprecio del cristinismo, el resentimiento de quienes creyeron haber dado más de lo que recibieron, la desazón de muchos que lo votaron y el aprecio de una minoría. Allí se ubica Estela Barnes de Carlotto.

Dijo la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, el viernes, una vez conocido el tuit “Mi decisión”: “Me pareció correctísimo todo lo que dijo, fue una confesión afectiva hacia el pueblo que él gobernó con muchísimas dificultades, que hay que tener en cuenta porque parece que hubiera estado en un país con ningún problema económico y social. Lo aprecio mucho”.

El dato más importante es que el Presidente se retira con la aflicción de los más pobres de la Argentina, que comprueban, una vez más, que las cosas salieron mal. 

SL

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