Opinión - Día Internacional del Trabajador

La mejor política social es el trabajo

Ministra de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires
Trabajadores de la economía popular

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Hoy celebramos un nuevo Día Internacional del Trabajo. En este contexto que combina una aguda crisis del mercado laboral argentino y, en el plano global, un momento de transformaciones vertiginosas en torno al mundo del trabajo que no delimitan aún un horizonte claro, esta jornada nos invita a una reflexión más profunda y sistémica. ¿Qué significa ser un trabajador en la Argentina hoy, en pleno siglo XXI? Hay una realidad ineludible: la de los millones de trabajadores y trabajadoras de la economía popular.

A nivel global, muchos especialistas afirman que vivimos en la era del “fin del trabajo”, vehiculizada por las profundas transformaciones tecnológicas de las últimas décadas. Otros sostienen que, lejos de desaparecer, el trabajo está asumiendo formas y contornos nuevos, muy lejanas del modelo típico del “obrero industrial” de los siglos anteriores, es cierto, pero muy lejos también del “ocio creativo” propuesto por utopías occidentales de distinto signo ideológico.

La crisis del Covid aceleró alrededor del mundo muchas de estas transformaciones: el teletrabajo es tan sólo una de ellas, la más visible, pero no la única. La realidad avanza sin pedir permiso con una velocidad que muchas veces excede la capacidad de las políticas públicas y de las instituciones para procesarla.

En Argentina, la realidad laboral también se fue modificando, bailando al compás de nuestras crisis. Llegamos a la segunda década del siglo XXI con una Argentina que vive desde hace un largo período en una contradicción profunda: una democracia que avanza y se consolida en lo institucional –a pesar de todos sus claroscuros- pero que es cada vez más desigual e injusta en términos sociales y económicos. Desde mediados de los ‘70, nuestro país dejó de ser la máquina de integración social y económica que hace mucho tiempo fue.

En ese sentido, una diversidad de especialistas señalan que las grandes crisis -1989, 2001 y esta que estamos viviendo en el 2021- consolidan nuevas capas de pobreza estructural que luego los períodos de auge económico no logran recuperar del todo. La realidad hoy nos dice que casi la mitad de los argentinos y las argentinas son pobres.

No se trata de un gobierno o del otro: a esta altura es un problema estructural argentino, la verdadera grieta a coser.

Hay que asumir una realidad: al margen del mercado formal del trabajo -cada vez más minoritario y difícil de acceder-, se consolidó un modelo distinto, el de la “Economía Popular”. Esta economía hoy representa alrededor de un tercio de la producción del país.

Los protagonistas de esta economía son los miles de trabajadores y trabajadoras de los sectores populares que buscan cómo ganarse el día, cuya característica en común es que no se encuentran en relación de dependencia, ni de manera formal ni informal. Emprendimientos gastronómicos y textiles, cooperativas, núcleos de agricultura familiar y comunitaria, y cuentapropistas que trabajan y producen todos los días, pero que encuentran barreras estructurales que limitan su crecimiento y consolidación.

Las unidades productivas populares son en realidad las PyMES que el sistema actual no deja ser, pero que aún en condiciones desfavorables se sostienen por el esfuerzo de trabajadores y trabajadoras que no quieren dejar de ser eso: laburantes.

La generación de trabajo en nuestro país pasa en buena medida hoy por reconocer este laburo que ya existe en los sectores populares, ayudarlo a crecer e integrarlo para liberar plenamente el potencial de esta fuerza productiva.

En la Ciudad, venimos dando pasos concretos para reconocer, potenciar e integrar a las unidades productivas populares al ecosistema económico. ¿Por qué? Porque estamos convencidos de que el trabajo es la mejor política social, y del potencial de la economía popular.

Con ese espíritu sancionamos la Ley de Economía Popular, una herramienta concreta para fortalecer el acceso al crédito productivo del sector, multiplicar sus canales de comercialización e iniciar su camino a la formalización.

Por eso también venimos acompañando a los emprendimientos populares de manera integral, dándoles herramientas técnicas, administrativas y financieras para consolidar sus proyectos y aumentar sus ingresos.

En esa tarea de integración, en nuestra visión el rol del sector privado es fundamental: el trabajo del Estado es construir un puente que ayude a derribar los “muros” sistémicos que existen entre ambas economías. Venimos haciendo un trabajo muy grande para que ambos sectores puedan encontrarse, trabajar juntos y generar alianzas dinámicas.

Se trata de apostar a la propia capacidad de trabajo de los y las más humildes frente a la crisis actual.

Hoy el mundo está buscando una nueva economía. Y en la praxis cotidiana de la economía popular, una forma de producir que surge para integrar a la periferia, que busca soluciones a las necesidades de las personas y las comunidades, y que parte de la búsqueda de “vivir bien” más que de maximizar ganancias a cualquier costo, están algunas de las raíces de un nuevo modelo de desarrollo, que tenga por pilares incluir a los y las que están afuera, incorporar plenamente a las mujeres, y cuidar al planeta. En definitiva, que proponga relaciones más armónicas.

Poder decir en voz alta en un día como hoy “soy un laburante” sigue siendo un motivo de orgullo para millones de argentinos y argentinas. Tenemos que mirar la realidad tal cual es para poder transformarla. La economía popular es el sector en el que trabajan millones de argentinos y argentinas. Hay que avanzar en su consolidación e integración plena, para dar pasos concretos en la búsqueda de un nuevo modelo de desarrollo que nos permita crear el nuevo sueño de la integración, con los desafíos del siglo XXI.

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