Opinión

El mundo se derrumba y nos sacamos fotos

El mundo se derrumba y nos sacamos selfies

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Así dice Charly García en esa hermosa canción que integra el que (quizá) sea su mejor disco: “Parte de la religión”. Nada ha sido, ni es ni será perfecto: estamos adentro de un verano carrousel, lidiando con la posibilidad de que nos toque esa sortija temida –que nos metan un largo hisopo en la nariz que confirme el miedo: enfermar de Covid– pero sabiendo que no hay otra calesita a la que podamos subirnos. Democracia carrousel. Todos –más, menos, a medias, pero todos– vivimos una vida que es distinta de la que teníamos antes de marzo del año pasado –cuando el virus parecía una fantasía distópica y extranjera– así como diferente de la que podíamos sostener en mayo –del zoom a la cama y de la cama al zoom–.

Decir que nada es perfecto parece simple pero es definitivo y puede que sea mejor formulado así: Cuando todo es tan plateado hay colores que no pueden entrar. Digamos entonces: voluntarismo y realismo organizan pares torpes que llevan a lecturas con más encerrona aún. La “militancia” de la cuarentena –como si el mismo cumplimiento no se pidiera ante realidades enormemente desiguales– o la “realpolitik” –como si el virus fuera su propio gobierno frente al cual la política no pudiera proponer, o al menos gestionar–. Y algo más: una fiebre subterránea pero tal vez más furiosa, la del yo –que por supuesto no es el uso de la primera persona, sino la posición de enunciación– como medida de todas las cosas antes que las causas (o las críticas a las causas): yo y el peronismo, yo y el feminismo, yo y la pandemia. Tanto yo deja poco lugar al otro, y sin ese “otro” nada puede hacerse sobre los tríos entre normas, creencias y razones –que son, tirados contra las cuerdas, modos de leer las últimas intervenciones que, desde distintos enfoques, están pensando sobre multitudes, juventudes, vacaciones, nocturnidad, educación–. El mundo se derrumba y nosotros nos sacamos fotos. Lo personal es político no nos obliga – compulsivamente– a una política de selfie.

En la palabra política hay palabras llave y palabras tapón. Las primeras son las que amplían, las que a veces ni siquiera importan en sí mismas sino en sus efectos, en lo que provocan, en lo que pasa con ellas. Las segundas son las que cierran, las que se dicen para dejar de pensar, las que tienen encima tanto acuerdo o desacuerdo que terminan anulando las disputas que supondrían. Más aún: a priori no hay palabras llave ni tapón, sino que operan como modalidades situacionales y relativas. Las luchas por la identidad y la nominación se organizan así, crujientes, encabalgadas entre ambas. El arte agudiza la lengua, muestra qué sigue teniendo fuerza o qué solo agrupa lugares comunes. Aunque ni siquiera porque esas palabras no puedan usarse, sino porque las seguimos usando “a pesar de”. No como mero cambio de palabras sino como deslices, como palabras que ayuden a pensar cosas distintas. El (por momentos) gastado “neoliberalismo” y más recientemente la cuarentena, la pandemia (incluso hasta la “escuela” o el “albertismo”), ¿qué dicen, qué son o qué organizan hoy?

Un gobierno nunca es sólo un gobierno y no toda imaginación política es imaginación estatal. Un gobierno no es una hoja en blanco o un minuto cero de mera aplicación de programas de campaña: lidia todo el tiempo con lo que toca –la falta estructural de dólares, el endeudamiento anterior, los precios internacionales de los commodities, y el núcleo duro del problema, el aumento de la pobreza, junto a los últimos diez meses de una inédita y contagiosa enfermedad mundial, el Covid 19–. Pero sí un gobierno es lo que hace con lo que su tiempo hace de él, la política no es moral –apoyar lo bueno y condenar lo malo–: es conflicto. Y por lo que pasa, en especial, entre los órdenes de los conflictos. El consenso existe porque el conflicto existe; si hubiera un acuerdo a priori, la misma noción dejaría de existir. Un ciclo político se graba en roca cuando produce época y para eso, aún ante grandes dificultades o desafíos, no se pude pasar de una zona de promesas a un zona de incertidumbres.

Crear uno, dos, mil albertismos no debería cerrarse en un “albertismo” a la medida de cada uno de nuestros propios sueños –que sólo vuelve a la pasión de ese yo, el perro pequeño del meme–. Aunque sí volver a esto: la moderación no es una política en si misma, es un camino para políticas transformadoras, como ha sucedido con el manejo casi a modo de tetris que ejerce Martín Guzmán (hasta la oposición reconoce que no hay plan económico alternativo) y a la promulgación –junto al plan del plan de los mil días– de la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo (IVE). El azar –el de los afectos, siempre el mayor azar– ha hecho que Vilma Ibarra no sea “primera dama” y ahora haya entrado al panteón de las mujeres más importantes de la política de los últimos veinte años: promotora y artífice de esta ley y de la de matrimonio igualitario. Importa ganar, e importa cómo.

Volver a volver

Cuentas salvajes: afinamiento de los detalles con el FMI, puja por la continuidad del congelamiento tarifario o la propuesta de segmentaciones, crujidos en la relación con los servicios privados de salud (finalmente las prepagas no pueden incrementar las cuotas), entrecruzamientos (ya aplacados) por las exportaciones de maíz, reclamos de los sectores que aún no han podido abrir o no alcanzan a recuperar sus costos. Y Menem vive. Pero frente a los cálculos –que no proyectan el retorno al IFE o al ATP– el Covid-19 vuelve a enfrentar al Estado (y a la sociedad) a su grado cero. Agachar la cabeza frente algo más grande que nosotros: más de dos millones de personas mueren por coronavirus en todo el mundo, el primer caso de la cepa británica en la Argentina ha sido confirmado y, tras el descenso de los contagios luego del primer pico, desde mediados de diciembre todo el país –aunque con más fuerza en el AMBA– muestra casos en aumento. Una pandemia es administrable pero no gobernable: muta, crece, se expande, desafía lógicas y proyecciones. Y es una radiografía de desigualdades que recrudecen: geopolíticas, federales, económicas, de género.

Tres vértices de un triángulo tensan los últimos días: la llegada de un nuevo avión de Aerolíneas Argentinas con otras 300 mil dosis de la vacuna Sputnik V y las discusiones por el esquema de aplicación, los debates en torno a la reapertura –o la modalidad de reapertura, porque la educación nunca estuvo clausurada– de las escuelas y la noticia de que en Sierra de los Padres policías allanaron un encuentro de parejas swinger y los confundieron con un show de strippers. Fuera de los extremos, las políticas sanitarias, como se ha señalado, no tienen que agrietarse, como si su incumplimiento tuviera una traducción única. Muchas personas pueden exigir el derecho a la educación sin necesariamente ser “opositores” ni al gobierno ni a las medidas del DISPO. Desmigajar “acatamiento” como sinónimo de ciudadanía (de cierta ciudadanía, claro) para que la “otredad” no sea un ad hoc construido a medida del prejuicio.

El 15 de enero se han cumplido 102 años del asesinato de Rosa Luxemburgo y este año se recuerdan, además, 150 años del nacimiento de quien fuera la mejor analista sobre el “carácter pequeño burgués”, ninguna oveja negra ni hija rebelde de la burguesía sino una auténtica revolucionaria de la clase media. De esa misma clase media que produce, a veces, hacia otro sector de su clase la “barbarización” que acusan a ese mismo sector de realizar hacia “los pobres”. (Un pensamiento “clientelista” de la clase media.) Porque también más que una “perspectiva de clase” es una perspectiva de la clase dentro de la clase (propietarios e inquilinos, dueños de autos y usuarios de transporte público, posibilitados o no de contratar trabajadoras de casas particulares para suplir la falta de otras formas de organización doméstica, y así). Ni folclorizar al “otro” ni horizontalizar las diferencias. Es el mismo “barbarismo” ante la playa de los años cuarenta el que se indigna ante la “fiesta clandestina” en Mar del Plata: cambian los sujetos sociales pero ese “otro” es “otro”. Un otro es un otro es un otro. “Hacer” la clase es un proceso que empieza en la billetera, aunque que no termina ahí.

Nicolás Viotti, antropólogo e investigador del Conicet, señala: “Las ‘miradas normativas’ apuntan a la falta de adaptación a las normas oficiales y oponen binariamente el “individualismo” (muchas veces asociado a la idea de la irresponsabilidad o, en el peor de los casos, a interpretaciones psicologistas sobre la “represión”) contra la solidaridad. En sus peores versiones estas polarizaciones se pliegan con identidades políticas supuestas, que harían del individualismo un fenómeno conservador y de derecha y a la solidaridad y al respeto a la norma excluyente del compromiso de ciudadanos solidarios y responsables. Las creencias serían más o menos identificadas con grupos específicos (los pobres, los runners, los de Palermo, los que se van a Pinamar, los jóvenes). Para empezar, habría que moralizar menos a ese otro que se pretende convencer. Hay otra mirada de las ciencias sociales, tal vez más minoritaria, encarnada por ejemplo en las intervenciones de Ariel Wilkis y Pablo Semán. Allí no hay un binarismo entre solidarios y egoístas, tampoco entre racionales e irracionales, sino una lectura sobre la acción social durante el aislamiento, en la que todos estamos metidos y en la que todos somos un poco ambas cosas según los contextos. Esta lectura, a su vez, también tiene una política asociada que no es la de la ‘batalla cultural por el COVID-19’ (batalla por las representaciones que parecería ser siempre medio abstracta), o en todo caso sí, pero considerando y no criticando al otro –interpelándolo y asumiendo su propia lógica- que es, en principio, no denigrar su creencia como irracional o anti solidaria.”

Imaginábamos comenzar un año con la pandemia en retirada y el futuro se ha vuelto precario, aleatorio. Las múltiples realidades tornan opaco el “quédate en casa (infinitamente)” pero el contrario no es la aglomeración, el descuido, o la irresponsabilidad. Entre el encierro y la libertad, puede surgir el riesgo como apuesta. Así lee Alexandra Kohan a Anne Dufourmantelle, “lejos de esos moralismos que empujan a vivir una vida no importa qué, o la pura locura sino como aquello que ‘abre un espacio desconocido’, que se precipita como resistencia a la vida neurótica, esa que calcula, que no pone en juego nada”. No se trataría entonces de convertirnos en jueces o sacerdotes del “capital pandémico” o de las condiciones de alfabetización de la pandemia de los demás sino la construcción –siempre en conflicto- de formas de vivir juntos. Los opuestos se tocan porque las flechas apuntan a los dos lados. Hay muchas personas con barbijos del Conicet que, cuando las papas queman, fumamos en la vía publica. Señalar las paradojas no es estar afuera de ellas.

FA

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