Opinión

Presencialidad versus virtualidad: ¿dónde queda el baño?

El baño de Puán en la cuenta de @archillect

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¿Dónde está la verdad? En el baño. La verdad de un cuerpo, la verdad de un ánimo, la verdad de una casa, la verdad de una institución, la verdad de una pareja, la verdad de una familia, la verdad de una fiesta, la verdad de una noche. Un plano que vimos mil veces: el o la protagonista entra al baño, cierra la puerta, se mira al espejo y algo en su rictus se transforma: a veces puede ser un gesto mínimo, un arqueo de cejas, una sonrisa disimulada, un suspiro, un golpecito en el cachete. Ese momento ante el vidrio del botiquín o vanitory, ese arreglo o desarreglo, ese pelo movido, cepillada de dientes o lo que sea. Ese saludo “a uno mismo”. Un cacho de verdad. (El baño funciona como cápsula de la historia de la vida privada: el misterio último, una suerte de cabina cultural; dime cómo vamos al baño y te diré en qué sociedad vives). Greil Marcus ha escrito: “toda sociedad encontrará sus modos de silenciar sus propias historias; de convertir un sobrio testimonio en el griterío de un loco, de mezclar la verdad y la mentira hasta que, para el agrado de muchos ni siquiera un investigador o un místico sea capaz de distinguir una de otra. Pero pasado el tiempo, tarde o temprano, todo fracasa”. Siguiendo la huella de Marcus, qué más oportuno que los baños para guardar el “basurero de la historia”. 

Este mes, la famosa cuenta @archillect –un bot que al modo de “inteligencia artificial”, y construido por un algoritmo, realiza una curaduría de imágenes– publicó una foto del baño de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. La foto mostraba la geometría simple y perfecta de la combinación de los azulejos crema y las baldosas marrones, mientras una luz pasaba de la ventana al vidrio y daba a todo el cuadro un impacto entre frugal y dulzón. Una postal solitaria del baño del primer piso del edificio histórico en Puán 480, que supo ser antes fábrica de cigarrillos. La imagen, inesperada en esa cuenta, se viralizó en redes sociales, en especial entre estudiantes –uno de ellos fue quien sacó la foto–, docentes, habitués y no tanto de sus aulas. ¿Cuándo fue la última vez que alguien fue a ese baño? ¿Cuánto hace que no vamos a algunos baños que solíamos frecuentar? ¿Cuánto hace que no descubrimos algún baño nuevo? ¿Cuánto hace que no calculamos dónde ir al baño porque está siempre disponible el del lugar donde vivimos? En el baño de Puán todos los baños. Baños de llantos, de descargas, de chismes, de abrazos furtivos. De lo que ni puede ser dicho. La frase “si las paredes hablaran” le cabe a los baños porque cargan encima… eso. En Pandemia extrañamos lugares a los que fuimos muy poco, o ni siquiera fuimos. Extrañamos posibilidades. Extrañamos hasta nuestros basureros.

En Pandemia extrañamos lugares a los que fuimos muy poco, o ni siquiera fuimos. Extrañamos posibilidades. Extrañamos hasta nuestros basureros.

La presencialidad se volvió la nueva fantasía aurática. Lo que sucedía cuando nos encontrábamos se está convirtiendo, por momentos, en una suerte de tierra dorada colectiva –que muchas veces deja de costado los modos de tecnificación de la subjetividad que ya estaban disponibles antes y la pandemia solo recrudeció–. Muy pocos vivían en esas comunidades donde no llega el wi-fi, que recupera el documental de Herzog Lo and Behold. El viejo debate sobre las tecnologías, la pérdida del aura en la época de la reproductibilidad técnica (aquello que Walter Benjamin, el lector más extremo del siglo XX, escribió en ese texto de 1936, en el que señala que “el aura está atada a su aquí y ahora y no existe una copia de ella”), usado hasta gastar su propia aura, para leer la discusión tecnológica entre “apocalípticos” e “integrados”. Brutalmente: ese pivot entre sociedades y tecnologías que ordena la discusión entre leer potencial o derrumbe en las transformaciones técnicas. En esta era de la (hiper)reproductibilidad técnica, procesos contradictorios ocurren entre la extracción de datos y la política algorítmica a la par de una aparente e infinita disponibilidad.  

Digamos: revive con la pandemia las posiciones entre quienes abogan por la presencialidad como escena aventajada del encuentro, de los cuerpos, y quienes encuentran en la digitalización la posibilidad de desvíos inesperados en prácticas que desbordan –como siempre sucede con la masividad– sus audiencias históricas. Para los destinatarios privilegiados de ciertas experiencias la virtualidad puede vivirse como “degradada” respecto de la experiencia presencial (convertida en nuevo “aura”) pero, a la vez, la tecnologización permite que quienes más difícilmente hubieran podido acceder a esas experiencias presenciales, quizá sí accedan a su modalidad virtual. Los “periféricos” llegan al zoom. Un caso emblemático son las mujeres cuidadoras que están terminando la carrera o haciendo un curso: la otra dimensión de la crisis del cuidado. Quienes escuchan una clase mientras trabajan o hasta en “modalidad podcast” cuando manejan un remis.

Pero más allá del debate sobre cómo volver a las aulas universitarias, el curso, el trámite, el gimnasio, el recital, la consulta médica, el análisis pasaron de funcionar como “espacios” a “tiempos”.

Pero más allá del debate sobre cómo volver a las aulas universitarias, el curso, el trámite, el gimnasio, el recital, la consulta médica, el análisis pasaron de funcionar como “espacios” a “tiempos”. Una nueva vuelta por la “cultura de masas”. Como cuando la música se subió al walkman. La discusión por lo “humano” –recordemos al viejo Partido Humanista, con su cartelería naranja y la voz de Silo– se mezcla con el miedo a si terminaremos adentro de la película Her –porque lo único que nunca podrá ser virtual es el sexo–, mientras la agenda de la pospandemia (el anhelo de volver a tener nuestros propios “locos años veinte”) queda diluida ante un post tan delante mezclado con lo actual, y más con el impacto de las nuevas variantes como la Delta. En ese menjunje: discutir qué es lo común, qué es lo viviente, dónde está lo vivo. Digámoslo así: no renunciar a que alguna vez alguien vuelva a tener la posibilidad de cruzarse a un profesor como Horacio González en un aula. O en un baño, espiándolo mirarse al espejo de refilón.

FA

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