Opinión

Runrún de vacunas, sociedad y Estado

Perdón que interrumpa- Martín Rodríguez

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“Las fuerzas ficticias”, decía Paul Válery para pensar el poder. El imperio de las ficciones. Ricardo Piglia tomaba esa frase y decía: “El Estado narra”. Y si la sociedad es una “trama de relatos”, también decía Piglia, “el Estado centraliza esas historias”. Piglia ubica en el año 1979, durante el conflicto del canal de Beagle, una historia basada en el rumor. Alguien le contó a alguien lo que alguien vio: un tren que iba al sur lleno de féretros vacíos. “En una estación en la provincia, alguien había visto ese tren en medio de la noche.” Serían los féretros preparados para una guerra que la Argentina iba a librar contra Chile. Nombrémoslo así: relatos del Estado, contra relatos de la sociedad. Contra y contra. La fuerza que unos tienen para imponerse sobre los otros. 

El Estado también guisaba rumores: los hijos de Hebe de Bonafini, ¿viven? Los vieron en un restaurante en Europa. O más acá en el tiempo: Alfredo Yabrán no está muerto. Durante el caso Maldonado florecieron las mil flores del mal: un pueblo donde todos se le parecen a Santiago o una pareja de jubilados que lo levanta en una ruta hacia el sur. Un país adentro de la mente de David Lynch. Hacemos la nuestra en la intersección entre esas dos lenguas, en el choque entre esos relatos. El idioma de los argentinos. Y los años, la democracia, los ríos de tinta, las redes sociales, los mil grupos de whatsapp, las fake news… multiplican esos racimos de relatos. Un tintineo de teclas que alguien escribe en algún lugar. Réplica contra réplica. 

Un país adentro de la mente de David Lynch. Hacemos la nuestra en la intersección entre esas dos lenguas, en el choque entre esos relatos. El idioma de los argentinos.

El runrún de las vacunas está ahí también: no sólo en la ciencia sino aupado en lo que se dice por debajo, en lo que no es ni verdad ni mentira, hacerse el buche de cuentos y lobbys. Habla otro epidemiólogo después del epidemiólogo. Hablan los que saben, hablan los que no saben. Todos tienen algo para decir. Y cuando absolutamente todos tienen algo para decir sobre algo es corta la bocha: tirar fruta. La discusión tiene todos esos condimentos. Una película de ciencia ficción mundial. La mayor obra de Netflix este año: intrigas de laboratorio, geopolítica, “rol de los medios”, el tinglado de un “marco teórico” conspiranoico. 

“A la vacuna rusa le decimos rusa, pero a la Pfizer no le decimos norteamericana, ni a la de Oxford inglesa. Las palabras tienen contenido y continente...”, dijo Pedro Cahn. El buen hombre arrancó el año como infectólogo y parece terminarlo como semiólogo. La anécdota pinta la época: dimos mil vueltas pero estamos ahí, enfermos de palabras, en esa calesita que ya conocemos… todo es relato. En tiempos de Duhalde, cuando se votó la ley de genéricos, el periodista Marcelo Bonelli dijo con tono de buen baqueano: nunca vi tanto lobby en la Casa Rosada. Todo así hasta que tenga lo que tiene que venir: el enfermero que nos hace el círculo de alcohol con el algodón en la piel del brazo y zás… la aguja. La rusa, la de Oxford, la Pfizer, la de Sigman, la que venga primero. 

Lo que sigue es la reconstrucción parcial de tres relatos “bilingües” que se escriben entre el Estado y la sociedad, y que nos organizan. Pesan, revuelven, antes de la Pandemia y después de la Pandemia.

Los mantenidos

El perro se muerde la cola en un lugar: la economía. El fin de las palabras. El lugar más manta corta de todos: sin el gasto social la Argentina se derrumba; con el gasto social la Argentina no se transforma. Ese razonamiento orbita y pesa sobre la “conversación política”. El drama nuestro parece vivir montado sobre esos dos polos dichos brutalmente: los privados, los estatizados (y que la Pandemia subrayó). Los ocho millones que sostienen a todos los demás. Una cuenta rota, sobre todo porque mezcla todo (las fuerzas de seguridad, los docentes, los médicos, los jubilados, los planes sociales, en una serie de iguales ante el ojo del que juzga ese “vivir de arriba”). Unos, sienten que cargan el peso de mantener a los “descartados”. Otros, sienten que cargan el peso de su exclusión y ofrecen como moneda de cambio su “paz social” (como alguna vez señaló Juan Grabois). Los pobres negocian, razona Grabois en un extremo estético. ¿Y con qué negocian los pobres? Con su moneda: la paz social. Con que no rompen la vidriera que miran. Todos se acercan en este punto: hay un gasto social irrenunciable para que el país exista. Unos lo llaman derecho; otros lo llaman pobrismo. Pero el empate argentino de nuestra nueva década que abrimos y que persiste del orden anterior: la pelea entre “los que agregan valor” y “los subsidiados”. Aunque sobre este cuadro esquemático que parecería no tener actores “en el medio” (el pequeño productor, la pyme, la dueña del negocio) basó su pedagogía cuatro años el macrismo. La Argentina trabada en el juego extorsivo de que sin ese gasto no se puede y sólo con ese gasto no alcanza. ¿Cómo se transforma? ¿Dónde queda el desarrollo? ¿Hay lugar para otras imaginaciones? ¿Quién está pensando un futuro? 

La Argentina trabada en el juego extorsivo de que sin ese gasto no se puede y sólo con ese gasto no alcanza. ¿Cómo se transforma? ¿Dónde queda el desarrollo? ¿Hay lugar para otras imaginaciones? ¿Quién está pensando un futuro?

Los campesinos

“Vamos al bosque”, cantaba Spinetta en Spinettalandia y Sus Amigos, el disco fallido que inauguraba su carrera solista. Eran los primeros años de la década del setenta, había un último margen para la ingenuidad, todavía no había napalm en las rutas argentinas. Pero el rock tematizó: el futuro se hace en un lugar nuevo. Pedro y Pablo. Ese otro relato: la vieja idea neorrural. Una casa con diez pinos. Los hijos de la ciudad se van a vivir a los cerros, a las costas, a la llanura infinita. En el país de la bajísima población rural y altísima inversión tecnológica en el campo, que sólo ociosamente podemos seguir llamando economía primaria. Actualmente también la UTEP habla en nombre de “los de abajo” con la palabra del Gringo Castro y dice volver al campo. La mayoría se lo toman en solfa. Dice el Gringo: “En el 1% del territorio nacional se concentra alrededor del 40% de la población.” “Un millón de chacras” más que un número es la posibilidad de abrir el debate sobre dónde vivir para poder vivir. Susana Giménez también cada tanto manda a la gente a sembrar lechugas. Se escucha desde siempre: “con todo el campo que hay”. Toda ingenuidad será pequeñoburguesa, pero en ese llamado hay también un “no va más” que es humanitario. 

Los clasemedieros

La Argentina de clase media es la vieja promesa que fundó la democracia. La flora primaveral de 1983 y que aún, a pesar de todo, perfuma los sueños de la clase política. En el triunfo de Alfonsín se montó el país de clase media (“se come, se cura, se educa”). Pero esa afirmación de identidad (“ser de clase media” –leída en cualquier conversación, en cualquier focus group, ese viejo dato “autoperceptivo” difundido casi una década atrás donde una enorme mayoría se considera de clase media–) tiene en su presentación un tono “sublevado”. ¿Contra quién se construye ese “para sí”? ¿Contra el padecimiento de necesitar del Estado y la política? Que nadie te ayude. Que nadie te regale nada. El progreso: privatizar mi vida. En la consagración de la caña de pescar contra el pescado, la parábola liberal sobre la que tan puntualmente nos reímos. Si la contradicción de la clase trabajadora era con el capital, la contradicción de la clase media parece vivirse contra el Estado y la política. En el otro extremo: vivís del Estado, pero te pagás Osde. Planeros somos todos. La palabra “plan”, ¿cuántas cosas organiza? ¿Cuántos sentidos?

Argentina es una fábrica de clases. De autopercepciones, de estilos, de modelos de cañas de pescar, de matices, de empujones, de picadas, de detalles. En la mishiadura y en el corazón delator de todos los relatos está éste: el cuento de la clase media. Y al costado están los otros cuentos: el del campo, el del brazo largo o corto del Estado. Hay más también. El país se construye sobre el cimiento y sobre la falla. Sopla el viento, ¿qué queda? Terminará el virus con todos vacunados. Y lo que sigue seguirá ahí pero más golpeado: peronismo, campo y clase media.

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