¿Cómo salir de una relación tóxica?

Una relación tóxica

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Esta es la pregunta que muchísimas personas se hacen hoy. En una encuesta de estos días, el 70% de los consultados respondía haber estado al menos una vez en una relación tóxica. La pregunta inevitable es si el 30% restante quizá todavía estaba en una o, peor, si lo estaba y ¡no lo sabía!

Es cierto que la expresión “relación tóxica” se volvió de uso común y no parece ser algo muy serio desde el punto de vista conceptual. Sin embargo, ¿hay algo más serio que el modo en que las personas buscan nombrar lo que sienten? Si una expresión tiene tanta popularidad es porque refleja una realidad, un tipo particular de sufrimiento que se da en las parejas.

Pero, la relación tóxica ¿es un tipo de pareja? Sí y no. Sí, en la medida en que cabe dejar de idealizar la pareja como un espacio libre de conflictos. No, cuando perdemos de vista que a veces se puede llamar como pareja la naturalización de una relación violenta. Las parejas tóxicas ¿son violentas? No siempre, pero sí donde hay una relación basada en la violencia es difícil encontrar que lo que une a dos personas sea el erotismo.

Entonces, ¿lo tóxico es el erotismo? Este no es necesariamente placentero; es más bien la extraña unión del deseo con la hostilidad. El origen del deseo no es el placer, sino algo más desagradable, como lo sabe cualquiera que recuerde el primer cigarrillo que fumó o el primer vaso de una bebida alcohólica, por poner ejemplos triviales. Si es que pensamos que estos ejemplos no son sexuales y necesitan ampliación, digamos que si el erotismo dependiese del placer la humanidad no haría otra cosa que masturbarse. Y díganme si la masturbación no le cobra tiempo a la humanidad; pero lo extraño es que también se quiera “otra cosa”.

La hostilidad a veces es lo desagradable, otras la agresividad; si definimos a esta última como lo que implica una tensión entre dos cuerpos. Claro que la agresividad no es la agresión, que no es una tensión sino la transgresión de los límites efectivos de otro cuerpo. Hay cierta agresividad en juego cuando dos personas se excitan, primero en una conversación, quizá luego en una cama. A veces el deseo se vuelve agresivo y puede ser que uno le clave la uñas al otro, o lo muerda. Habría que conservar la palabra violencia para otro tipo de situaciones. 

Las llamadas “parejas tóxicas” son a veces relaciones de violencia que nada tienen que ver con el erotismo. Quizá sería excesivo llamarlas “parejas”. Pero otras veces sí lo son. En este punto, lo que me importa ubicar es que un problema de la palabra “tóxico” es que nombra cosas distintas. Además, ¿una pareja “tóxica” es una pareja agresiva? No más que cualquier otra y sobre el deseo que une a dos personas nadie puede decir nada, a menos que trabaje gratuitamente en algún comisariado.

Una de las curiosidades de lo “tóxico” hoy en día es su uso clasificatorio; no es raro que el tóxico siempre sea el otro. Por eso me parece importante aclarar que no creo que haya personas tóxicas, sino vínculos que eventualmente lo son. ¿Existen las relaciones tóxicas? Sí, todas lo son en ciertas circunstancias. Antes que un tipo de pareja, que es preciso reconocer y de las que es preciso huir (como si fuera posible, porque ¿no se trata justamente de que son relaciones de las que es difícil irse? Entonces, decirle a alguien “Andate de esa relación” no solo es inútil sino que es una forma de reforzar una actitud culpable, es como decirle: “Sos tan idiota que no te podés ir de una relación tóxica, eso quiere decir que te la merecés”), tóxica es una pareja cuando se vuelve dependiente.

¿Hay relación que no implique dependencia? Más bien diría que en una relación se trata siempre de la vulnerabilidad. En una relación somos frágiles, porque el otro nos condiciona, también porque su presencia no está asegurada. Amar a veces es triste, otras nos hace sufrir; pero la dependencia es otra cosa. La dependencia es una forma de tratar de evitar la vulnerabilidad, a través de distintos modos de asegurar la presencia del otro, de incidir sobre sus condiciones, de garantizar que no nos decepcione. En un vínculo dependiente, el deseo empieza a ceder ante una expectativa más urgente: que el otro esté. Por eso en las relaciones tóxicas antes que fantasías eróticas, la fantasía que gana terreno es la de separación.

Este último punto es importante para desmitificar la serie de elementos que suelen enumerarse para describir las relaciones tóxicas: celos, posesividad, control, etc. ¿Cuál de estos componentes no está en cualquier relación? Salvo que pretendamos proponer un modelo de relación “normal” (y normativo), tan ideal como impracticable. Lo que a veces se llama “vínculo sano” se parece más a una relación desinteresada o al tipo de lazo que tiene un consumidor con un objeto de descarte o instrumento. Entonces, antes que hacer un catálogo de síntomas de la pareja tóxica, mejor pensar a esta última desde el tipo síntoma en que se volvió la pareja misma, por qué necesita ese vaivén constante que la deja al borde de su disolución permanente… como forma de unión.

Volvamos ahora a la pregunta del comienzo. ¿Por qué insiste la pregunta acerca de cómo salir una relación tóxica? Porque lo tóxico es esa misma salida; la pregunta es el síntoma mismo. Entonces, la pregunta debería reformularse y plantear que más bien se trata de ubicar la salida según cómo se entró.

Diferentes pueden ser los motivos que lleven a que una pareja devenga tóxica. En principio, dado que ya estoy sobre el final de este artículo, quisiera ubicar tres y apenas mencionarlos. En otra oportunidad los voy a desarrollar con más extensión. El más general de todos es la neurosis, que hace de la dependencia algo excitante, por ejemplo, cuando se pone a prueba el amor del otro, al punto de reclamar su incondicionalidad; otro motivo, que no se confunde con la neurosis, es el infantilismo generalizado de los vínculos que reconduce la relación amorosa al vínculo temprano con una madre, de la que espera que sea omnipresente y abnegada; finalmente, una coyuntura circunstancial, pero no menos importante, el inicio de una nueva pareja sin la elaboración de un duelo precedente, es decir, como reparación omnipotente de un narcisismo herido.

Por cualquiera de estas vías es posible constituir un vínculo en el que la relación gire menos en torno al deseo que a la presencia del otro, al punto de que su ausencia sea sinónimo de que no está, se fue, nos abandonó. Lo contrario de la presencia no es la ausencia, sino la distancia. La ausencia en un vínculo es parte del modo de estar con el otro. Si no puedo vivir la ausencia del otro como parte de la relación, la vulnerabilidad se vuelve dependencia y el deseo se pierde en fuga. Es cierto que el deseo es una forma de tóxico también, que a veces pega mal (¡incluso tiene sus resacas!), pero al menos no genera adicción.

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