Historias

De Sarmiento a Fernández, ascenso y ocaso de la figura presidencial

Sillón presidencial

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En 2019 comenzó un experimento que carece de antecedentes en la historia moderna de nuestro país: el arribo a la Casa Rosada, mediante elecciones libres y sin proscripciones, de un presidente que no constituye el vértice indiscutido del sistema de poder. Mucho se ha dicho y mucho se ha escrito sobre los pobres resultados de esta singular iniciativa, cuyo futuro es cada vez más incierto e inquietante. Quisiera volver sobre este problema a la luz de algunos apuntes sobre la historia de la figura presidencial. Y esto porque los atributos y las características de la primera magistratura de la república no deben verse solamente como un hecho cristalizado -el producto de un diseño institucional o de una relación de fuerzas entre actores de la vida pública- sino, también, como el resultado de una trabajosa construcción. Una larga y difícil construcción que hoy está sometida a grandes tensiones, y que sufre un daño que no será sencillo reparar.  

Juan Bautista Alberdi constituye un buen punto de partida para reconstruir el proceso de construcción de la figura presidencial en nuestro país. Alberdi vivió en un tiempo en el que una presidencia poderosa, e incluso la existencia misma del estado argentino, no eran más que una posibilidad entre muchas, apenas un dibujo en la arena. Como todos sabemos, su libro Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (1852) tuvo una considerable influencia sobre los redactores de la Constitución de 1853. Allí, Alberdi formuló la idea de que el país requería “reyes con el nombre de presidente”, esto es, ejecutivos fuertes, sólo limitados por la ley.

Si Alberdi creía necesario instituir un Poder Ejecutivo “republicano en la forma y casi monárquico en el fondo” era porque el mundo político de su tiempo estaba dominado no por la concentración sino por la dispersión del poder. En esa Argentina sin centro, la primera magistratura no estaba apoyada sobre una autoridad incontrastable. Así lo dejaba entrever cuando afirmaba, en el capítulo XXXIV de las Bases, que “una vez elegido, sea quien fuere el desgraciado a quien el voto del país coloque en la silla difícil de la presidencia, se le debe respetar con la obstinación ciega de la honradez, no como a hombre, sino como a la persona pública del presidente de la Nación”.

Por bastante tiempo, la presidencia de la república fue un espacio de autoridad discutido e inestable. Sus ocupantes tuvieron grandes dificultades para imponer su voluntad sobre una ciudadanía díscola y para acallar a figuras que contaban con recursos de poder de similar o mayor envergadura. Los mandatarios de las provincias más importantes estaban en esa categoría de pares del presidente. Mitre y Sarmiento no tuvieron más remedio que convivir con el poderoso Urquiza, y Avellaneda no siempre logró llamar al orden al gobernador de Buenos Aires.

Sarmiento (1868-1874) fue quizás el primer presidente que trabajó de manera sistemática para torcer eso que Alberdi llamó la desgracia de ocupar la difícil silla de la presidencia. Tuvo más espacio político que Mitre pero también más vocación centralizadora. Si Mitre fue ante todo un negociador, Sarmiento fue un duro y agresivo batallador. Contra la imagen algo cándida del presidente educador, el sanjuanino siempre dobló la apuesta. Estaba convencido de la necesidad de fortalecer la figura presidencial, tanto en el plano institucional como en el político. Para afirmar la autoridad del ejecutivo nacional decidió ir a una costosa guerra civil en Entre Ríos (1870-73), y apuntó sus cañones contra todos aquellos que bregaban por construir una república más federal, con más autonomía para los estados provinciales. Sarmiento creía en el poder de los símbolos y los rituales del poder y por eso realizó muchos gestos para realzar la visibilidad y la magnificencia de la primera magistratura: quiso una Casa de Gobierno más moderna e imponente, mandó importar un carruaje principesco, creó un cuerpo especial de escolta presidencial, integrado por soldados de estatura elevada y porte marcial.

Para Sarmiento, la afirmación simbólica de la investidura presidencial y la formación de un Estado más poderoso iban de la mano. Los partidarios de la austeridad republicana no se cansaron de criticarlo. Pero el segundo presidente de la Argentina unificada sabía bien que no habría construcción política perdurable si no se asentaba sobre la creencia de que el hombre que ocupaba la Casa Rosada era el que estaba al mando. Y para mostrarlo incluso estuvo dispuesto a humillar a su vice, Adolfo Alsina, declarando a quien quisiera escucharlo que sólo necesitaba al gran caudillo popular de Buenos Aires para “tocar la campana del Senado”.

 En décadas posteriores, conforme el poder ejecutivo fue ganando músculo, la figura presidencial continuó acrecentando su relieve. La contribución de Roca a la unificación política es conocida. El tucumano también fijo su atención en cuestiones referidas a la simbología del poder: fue el creador de la Casa Rosada tal como hoy la conocemos. En su segundo mandato, además, Roca volvió a dar vida al regimiento de granaderos a caballo con que San Martín había iniciado su carrera militar; en 1907, durante el mandato de José Figueroa Alcorta, el regimiento de granaderos se convirtió en escolta presidencial.

Roque Sáenz Peña (1910-14) constituye un importante eslabón en esta historia de ascenso del poder presidencial. Fue el único jefe de estado que vivió en la Casa Rosada, cuya ala norte reformó y cuyo personal de servicio acrecentó y jerarquizó. Sáenz Peña rodeó sus apariciones en público de un ritual del poder más elaborado, que los socialistas en su momento denunciaron como propio de un “presidente aristocrático”.

Sin embargo, en el último gran mandatario de la era oligárquica había algo más que gusto por la pompa pagado con los impuestos de los contribuyentes. Sáenz Peña arribó a la Casa Rosada convencido de que había llegado el momento de abrir las puertas de la vida pública de par en par a la inspiración democrática, e impuso ese norte a un Congreso por momentos renuente a acompañarlo. Que la ley de sufragio masculino secreto y obligatorio sea recordada con su nombre es un merecido homenaje a su proyecto más ambicioso. Sáenz Peña dio ese salto hacia lo desconocido confiado en que la Argentina estaba madura para asentar su orden político sobre un régimen más participativo e incluyente. Pero entendía que, para que el régimen democrático funcionara de manera aceitada, no bastaba con confiar en el raciocinio de la ciudadanía. También hacían falta iniciativas desde arriba.

El presidente reformista insistió en la necesidad de promover la formación de partidos más legítimos y mejor enraizados socialmente. Y además creía que, cuando el voto del hombre común pasara a marcar el ritmo de la vida pública, la figura presidencial debía aparecer bajo una luz más brillante y seductora. En la era de la política democrática, la austeridad republicana era un anacronismo peligroso. Más que un presidente aristocrático, pues, lo que Sáenz Peña estaba balbuceando era la idea de que la política de masas requería rituales del poder más elaborados y de mayor alcance, puestos al servicio del engrandecimiento de la figura del presidente democrático.  

A lo largo del siglo XX, y bajo este nuevo imperativo, la figura presidencial fue sometida a distintos experimentos, siempre dirigidos a engrandecer su estatura pública. Yrigoyen la quiso omnipresente, pero silenciosa y enigmática. Perón se propuso convertirla en la única voz autorizada para hablar en nombre de la nación y, en la deriva autoritaria que marcó su segundo mandato, aspiró a ocupar la totalidad del campo político. Si en Yrigoyen la imagen presidencial se multiplicó en mil afiches y carteles, en Perón fue su voz, trasportada por la radio y el altoparlante a todos los rincones del país, la que inundó el espacio público. En la noche terrible de la dictadura, Videla quiso que la figura presidencial fuese la encarnación de una autoridad erigida sobre una siempre apenas velada amenaza de la muerte.

En las últimas cuatro décadas, tras encarrilarse en la senda democrática, la sociedad argentina se tornó más diversa y plural. De la agenda de género a la crisis climática, de las clases altas y medias globalizadas a los pobres que viven al día, las expectativas y las demandas que la animan son cada vez más complejas y heterogéneas, y más difíciles de sintetizar en una sola imagen o una sola voz. Sin embargo, la figura presidencial continuó ocupando un lugar de extraordinario relieve en la escena pública. Y esto es así porque los enormes desafíos que el país debió enfrentar en esta etapa una y otra vez colocaron al presidente en el foco de la atención ciudadana.

Gracias a su enorme visibilidad y su posición central en el proceso político, las personas que ocuparon el cargo de jefe de estado pudieron reclamar crédito por los triunfos del momento. Nuestra historia reciente giró en torno a tres epopeyas. En los años ochenta, Raúl Alfonsín hizo crecer la envergadura de la figura presidencial alzando la bandera de la democracia pluralista y los derechos humanos. Su sucesor Carlos Menem tuvo sus días de gloria y alcanzó la reelección como promotor de la modernización del anquilosado y exhausto capitalismo nacional. Y en la primera década del siglo XXI, los Kirchner se rodearon de calor popular gracias a que dieron estabilidad a la nave del estado tras la crisis de 2001-2 y reformularon la idea de justicia social para adaptarla a la era de la desocupación estructural. Pero como estos logros pronto fueron opacados por fracasos estruendosos, y porque nuestro país se caracteriza por veloces tránsitos del entusiasmo a la frustración, el panorama resultante fue, como nos recuerda un estudio de Aníbal Pérez Liñán (chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://www.redalyc.org/pdf/3871/387133948016.pdf), una serie de “ciclos rápidos y dramáticos de acumulación y disolución del poder presidencial”. De hecho, de las tres grandes promesas presidenciales de la etapa inaugurada en 1983 –democracia, crecimiento económico, justicia social–, sólo la primera puede considerarse satisfecha. Y hay que notar que, pese a la importancia de esta conquista, Alfonsín no pudo cosechar sino póstumamente un amplio reconocimiento por semejante logro.

En 2019, la consagración de una fórmula presidencial integrada en segundo término por una figura que, aunque debilitada y en declinación, es considerablemente más gravitante que la persona designada para encabezar el poder ejecutivo, introdujo una novedad radical en esta trayectoria. La audaz iniciativa de Cristina Fernández le permitió al justicialismo regresar a la Casa Rosada, pero a costa de sembrar de piedras el camino hacia adelante. Una vez que se corrió el velo que la pandemia había puesto sobre los problemas permanentes del país, se volvió evidente que este artefacto disfuncional es incapaz de imprimirle a la acción del Estado un rumbo coherente. Es deficiente en el plano político y en el económico. Y es deficiente no sólo porque agrava el desconcierto que un panorama de pobreza fiscal impone a las distintas facciones de un grupo dirigente que, pese a todas sus diferencias internas, sólo parece capaz de predicar el evangelio de la distribución, o por la naturaleza por momentos extremadamente egoísta y autorreferencial de las iniciativas políticas que parten de su figura de mayor relieve, la titular del Senado. También es defectuosa porque la Argentina no se parece a la Rusia de la década de 2000, que podía funcionar con Dmitri Medvedev como presidente títere y Vladimir Putin como el verdadero poder detrás del trono.

Es que la densidad que la figura presidencial ha adquirido a lo largo de la historia que aquí hemos bosquejado, así como la importancia de los recursos de poder que coloca a disposición del primer mandatario, no admiten ese desdoblamiento ni siquiera en el caso de un hombre al que, como Cristina Fernández siempre intuyó, le resulta muy difícil concebirse como el número uno. Al mirar su imagen reflejada en el espejo de nuestra tradición política, y al sentir el peso del bastón y la banda presidencial, incluso un dirigente de segunda línea y de pobre imaginación política como Alberto Fernández no puede sino resistirse a adoptar el papel de un mero presidente vicario. Los ecos de una historia más que centenaria, que se remonta a ese Sarmiento que ya en 1868 trabajaba para confinar a su vice Alsina a la tarea de “tocar la campana del Senado”, siguen habitando los salones y los pasillos de la Casa Rosada. El resultado es un choque de fuerzas que paraliza al gobierno y daña a la sociedad y que, además, humilla y deshonra a la figura presidencial.

Aún si la investidura presidencial hoy es agredida por propios y extraños y, lo que es peor, también sufre el maltrato que le prodiga el encargado de custodiarla, no es fácil demoler en pocos años un edificio político-cultural que se erigió a lo largo de tantas décadas. Alcanzado este punto, muchas preguntas quedan abiertas. ¿En qué condiciones llegará la nave de la presidencia de Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner a esa costa todavía muy lejana que es el 10 de diciembre de 2023? Cuando se produzca el recambio de autoridades, ¿vendrá acompañado de un movimiento del péndulo en sentido inverso, esto es, de afirmación de la figura del primer mandatario, como el que Néstor Kirchner lideró en 2003? ¿Esa recuperación del prestigio y la autoridad de la figura presidencial servirán para revitalizar lo mejor o acentuar lo peor de nuestra tradición política? ¿O el mezquino experimento que nos condujo a esta tormenta dejará un legado perdurable, difícil de remontar?

A esta altura, estos interrogantes no tienen respuesta. En todo caso, en momentos difíciles como los que hoy atraviesa el país, el sentido del pedido de clemencia en favor de los ocupantes de “la silla difícil de la presidencia” formulado por Alberdi en 1852 vuelve a adquirir plena vigencia. Sobre todo porque -como insistía el arquitecto de nuestra constitución enfatizando que es muy importante distinguir entre el individuo que circunstancialmente ocupa el cargo y la más permanente investidura del presidente-, “cuanto menos digno de su puesto” es el primer mandatario, mayor debe ser el cuidado con que debemos tratarlo. En beneficio, concluye con razón Alberdi, no de la persona indigna de esa enorme responsabilidad que por un tiempo preciso y limitado ocupa la Casa Rosada sino de la castigada comunidad política que en esa figura simbólica se encuentra sintetizada y reflejada.  

RH

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