ENTREVISTA AL AUTOR DE "EL VIEJO Y EL NUEVO PODER ECONOMICO EN LA ARGENTINA”

Martín Schorr: “El poder económico es un problema para pensar un modelo de desarrollo inclusivo”

Martin Schorr, autor de "El viejo y el nuevo poder económico en la Argentina".

Se dedica a estudiar al establishment, no en función de sus discursos, sino de sus balances. Con un mensaje sectorial sobrerrepresentado en la agenda pública, el poder económico cuenta con trayectorias y ganancias que aparecen como una materia opaca para la mayor parte de la población. En un intento sistemático de darle transparencia a ese universo, el doctor en Ciencias Sociales de Flacso, investigador del Conicet y docente universitario Martín Schorr acaba de publicar  “El viejo y el nuevo poder económico en la Argentina” (Siglo XXI editores), un trabajo en el que, junto a un grupo de autores que lo acompañan, analiza el comportamiento de la elite empresarial, desde la conformación del Estado nacional y la expansión agroexportadora hasta el gobierno de Mauricio Macri. 

¿Por qué la metodología de evaluar el comportamiento empresario a partir de la información de la cúpula de las 200 empresas más grandes del país?

Cuando empecé a cranear este proyecto, lo que veía era que había estudios importantes como los de Daniel Azpiazu, Eduardo Basualdo y Jorge Schvarzer para coyunturas particulares como la dictadura y los años ochenta y que las nuevas generaciones habíamos trabajado los noventa y los 2000, pero faltaba un análisis de largo plazo, que es lo que tratamos de cubrir con este estudio. Trabajar sobre esas 200 empresas es una aproximación muy buena al desempeño del poder económico porque te permite romper al proceso de concentración económica en fracciones del capital, que es algo que se suele soslayar bastante. Eso ayuda a identificar la singularidad de cada momento y saber cuáles son las facciones del poder económico que van conduciendo cada etapa y cuáles sus fundamentos de su acumulación.    

En el libro se ve que hay rasgos del poder económico que atraviesan la historia argentina desde sus orígenes: el poder de veto, el peso prominente del capital extranjero, la debilidad del capital local y la inserción internacional. ¿Por qué se mantienen a través del tiempo?

Son elementos de continuidad, críticos para pensar un modelo de desarrollo en la Argentina. El predominio del capital extranjero se manifiesta en muchas dimensiones, como la incidencia que tuvo y tiene sobre la balanza de pagos y sobre un problema acuciante de la Argentina, que es la restricción externa. Pero eso va acompañado por ciertos elementos normativos funcionales al capital extranjero. Hoy tenemos la misma Ley de Inversiones Extranjeras de la última dictadura y del menemismo. Y, mucho más gravoso para los intereses nacionales, el peso de los tratados de inversión internacionales, que es la otra cara de la extranjerización. 

El 5% de las unidades económicas que define cómo la Argentina se ordena en su perfil productivo y se inserta en el mercado mundial tiene una lógica de acumulacion que piensa en que los salarios, cuanto más bajos, mejor.

Es un marco marco normativo que no sufre alteraciones. 

Argentina nace con una presencia de grupos empresarios de base nacional. Si bien los dueños eran europeos, rápidamente se inscriben en la dinámica de acumulación del país. Por ejemplo, Bunge y Born o Blaquier en el NOA. El tercer peronismo había sancionado una ley que condicionaba en parte la remisión de utilidades, la repatriación de dividendos y reservaba espacio considerados estratégicos para el capital nacional, sea estatal o privado. Pero lo clave es que la existencia de empresas nacionales no garantiza la existencia de una burguesía nacional. 

¿Cuál es su definición de burguesía nacional?

Es un actor político y un sujeto del desarrollo. Una fracción del capital doméstico que tiene un proyecto de país que busca transformar la estructura productiva para romper los lazos de la dependencia. Desde nuestra lectura, eso claramente Argentina no lo tuvo nunca, lo cual no invalida la existencia de empresarios nacionales que recibieron por lo general prebendas del Estado o se vieron favorecidos en distintos ámbitos privilegiados de acumulación. Entre las principales conclusiones del libro, están esas dos características estructurales: el predominio del capital extranjero en un país periférico y dependiente y la presencia de grupos empresarios nacionales que nunca se convierten como burguesía en términos políticos. 

¿En qué momento de la historia advierte el quiebre fundamental en la relación del poder económico con el país?

Hasta la dictadura del ‘76, buena parte del proceso de acumulación del poder económico dependía del mercado interno: una relativamente elevada participación de los trabajadores en el ingreso era funcional a la reproducción ampliada de esos capitales. Esa necesidad funcional se rompe con la transnacionalización de la economía y la financiarización. Hasta la dictadura, el capital concentrado necesita salarios altos, pero en la medida que gran parte de lo que produce lo vende al mercado mundial, objetivamente ya no los necesita.

Estamos hablando de la cúpula empresaria que está conectada con el mercado mundial. Es distinto el entramado de las pymes que desde el peronismo se ven como potenciales aliados. 

Justamente esa es la tensión fundamental. Tenés una fracción del capital muy acotada, esa cúpula empresaria muy poco anclada en el mercado interno, y tenés un universo del 95% de micro, pequeñas y medianas empresas que sí tienen una necesidad de salarios altos. Pero el problema de fondo es que todos los planteos distributivos, sin atacar las base de acumulación del poder económico, más temprano o más tarde se chocan sea con la restricción externa, sea con la inflación, que son manifestaciones de esa tensión estructural. El 5% de las unidades económicas que define cómo la Argentina se ordena en su perfil productivo y se inserta en el mercado mundial tiene una lógica de acumulacion que piensa en que los salarios, cuanto más bajos, mejor. Y vos podés tratar de recomponer ingresos para los sectores del trabajo, pero si no atacás la acumulación predominante, la tensión estructural en algún momento te explota y te hace retroceder. Es lo del kirchnerismo en su tercer gobierno. 

 

Hay dos características estructurales: el predominio del capital extranjero en un país periférico y dependiente y la presencia de grupos empresarios nacionales que nunca se convierten como burguesía en términos políticos.

¿Qué responsabilidad le adjudica a la cúpula empresaria en relación a la restricción externa?

Otra vez, hasta la dictadura, la restricción externa tenía que ver con la idea del stop and go y estaba ligada a un problema de balanza comercial. A partir de ahí, aparecen dos o tres elementos muy pesados, articulados con el poder económico. A medida que se extranjeriza cada vez más la economía, hay una presión muy grande por la vía de las múltiples salidas de divisas, remisión de utilidades, pagos de dividendos, pago de intereses, sobrefacturación de importaciones, etc. Después, está lo que se conoce como fuga de capitales del empresariado local, que durante la dictadura, en los años noventa y en la etapa Macri estuvo muy ligada a un proceso de financiarización de la economía y que implicó una salida de divisas enorme. La contracara de todo ese proceso es el endeudamiento. 

El macrismo niega la importancia de la fuga de capitales. Por un lado, busca diluir la responsabilidad empresaria y dice que la formación de activos externos se reduce a los fondos que están en el colchón o en las cajas de seguridad. Por el otro, argumentan que durante el kirchnerismo también hubo fuga de capitales.  

Lo que no se discute son los fundamentos de la fuga. Es verdad que tanto en el kirchnerismo como durante el menemismo y el macrismo hubo alto nivel de fuga. Pero en el kirchnerismo la fuga no fue timba financiera convalidada por el Estado a través de un festival de emision de titulos de deuda y una tasa de interés real positiva, sino que lo que se fugó más fue la ganancia extraordinaria del poder económico no reinvertido en la economía real y se puede discutir por qué. No se rompe nunca la lógica de fuga y hay una línea de continuidad, pero las situaciones son distintas y se busca esconder el rol de las políticas económicas.

En el libro hay un cuadro muy gráfico que divide los grupos económicos.  Entre los que incrementaron su participación entre 2001 y 2015 aparecen desde Clarín y Vicentin hasta Roggio, Arcor, Braun Menéndez, Urquía y las cadenas de electrodomésticos. Entre los que pasaron a integrar la cúpula empresaria figuran Indalo, Caputo, Electroingeniería, IRSA, Newsan, Mindlin y Sigman. ¿Por qué fracasó el intento del kirchnerismo de construir esa burguesía nacional?

Durante los gobiernos de Cristina en especial hubo un crecimiento del capital nacional y apareció fuerte el discurso de la burguesía nacional, pero se sostuvo el lastre normativo de la ley de la dictadura y los tratados de los noventa. Lo que muestran los cuadros es que afianzaste dos tipos de capital nacional, uno más ligado a ventajas comparativas, como Vicentin, Urquía o Aluar y otros sectores ligados a la prebenda estatal, medios de comunicación, obra pública, todos sectores no transables. La ganancia no la fija una inversión en busca de más competitividad en un escenario de disputa global como en el caso de los tigres asiáticos, sino la prebenda y el nicho extraordinario de rentabilidad que te asegura la vinculación con el Estado. Se buscó recrear la burguesía nacional sin tocar las bases normativas de la extranjerización y en base a una acumulación en sectores que no cuestionan el tipo de estructura productiva y cómo la Argentina se inserta en el mercado mundial.  

Aunque se habla mucho del fracaso económico de Macri, el gobierno de Cambiemos fue exitoso con una serie transformaciones que todavía están vigentes y el Frente de Todos no puede desandar.

La cúpula empresaria del macrismo tiene un perfil bastante parecido al de los noventa. Toman predominio los sectores de servicios públicos muy favorecidos por el tarifazo y la dolarización de los contratos y hay una caída en el peso del capital industrial lo cual muestra que el modelo de desindustrialización se lleva puestos a actores importantes del poder económico. Lo otro muy notable es la canalización de excedentes a través de negocios financieros que en el libro se analizan. La singularidad de esta etapa es que, así como el kirchnerismo tuvo una fracción del capital aliada a la prebenda estatal, el macrismo consolidó actores como el Grupo Clarín y el Grupo Techint, premió con los tarifazos a empresarios conocidos como Mindlin y benefició a otros que hasta entonces tenían un protagonismo reducido como Mac Farlane, Pagano y Reca. 

Se buscó recrear la burguesía nacional sin tocar las bases normativas de la extranjerización y en base a una acumulación en sectores que no cuestionan el tipo de estructura productiva y cómo la Argentina se inserta en el mercado mundial.

El Estado tuvo una incidencia decisiva, a contramano de la filosofía del mercado de que el Estado no debe intervenir.

El Estado fue funcional a la expansión de este capital concentrado en un doble sentido. Por un lado, habilitando el endeudamiento externo y, por el otro, con la aparición de estos grupos empresarios, producto de la intervención estatal y las políticas públicas. Lo mismo sucedió durante el kirchnerismo, donde hubo sectores que crecieron fuerte gracias a regímenes de privilegio, como las automotrices, Tierra del Fuego, la minería y petróleo. Tamaña transferencia de ingresos permitió que ciertos capitales entraran a la cúpula: ese es un club muy selecto donde no entra cualquiera por su nivel de facturación y ahí se ve bien la envergadura de la prebenda o la subvención del Estado. Hay una línea de continuidad entre el neodesarrollismo y el neoliberalismo, el poder económico cada vez se lleva más de la torta, pero las políticas públicas no favorecen a los mismos sectores. Lo que cambia es la fracción del capital que conduce el proceso, en un caso más ligada a la economía real y en otro más ligada a la financiarización. Lo que no se altera es la relación muy estrecha entre el proceso de concentración económica y la intervención del Estado.

 

El Estado sólo interviene para beneficiar a empresarios amigos.

Hay falta de voluntad política para tener en los hechos una legislación antimonopólica que permita regular procesos de concentración de capital, de compra-venta de empresas. Un caso emblemático es la fusión Cablevisión-Telecom pero hay otros. Además, hay muy pocas herramientas para regular la relación estructuralmente desigual entre el poder económico y sus proveedores o clientes en las distintas cadenas productivas. El núcleo inflacionario tiene que ver con la conducta de los oligopolios en la formación de precios. En los acuerdos de precios, nadie regula el tipo de vinculación que el gran formador de precios le impone a su proveedor en un mercado crítico. Vos podes congelar un precio en un eslabón, pero nada invalida que el actor dominante que cierra un precio más bajo después traslade a sus proveedores el ajuste. 

El libro muestra que con Macri perdieron los sectores industriales. Arcor, por ejemplo, registró dos años de pérdidas consecutivas por primera vez en su historia. ¿Esos sectores forman parte del arco de alianzas del Frente de Todos?

Más allá de la retórica productivista, que es importante y marca una clarísima diferencia con el macrismo, en los hechos hay un intento de jerarquizar en la inserción internacional y en la especialización productiva las ventajas comparativas. Es Vaca Muerta, es la minería, es el vínculo con el Consejo Agroindustrial. Desde ese punto de vista, es más de lo mismo. Una retórica importante que choca con favorecer una lógica de acumulacion muy anclada en el mercado mundial y por lo tanto muy contradictoria con una estrategia de distribución del ingreso.

Incluso Cristina envía señales contradictorias en relación al poder económico, como cuando pasa de impugnar el pacto social del Presidente a pedir por carta un gran acuerdo para resolver el problema de la economía bimonetaria.

Me parece que hay que aprender del fracaso de Vicentin. Cuando vos tratás de generar una discusión que ataque intereses hegemónicos que tienen semejante capacidad de veto, si no construís políticamente, terminás mal. Si vas a confrontar con estos sectores desde la debilidad, lo que muestra el libro es la capacidad de daño de estos actores ante cualquier política económica que no contemple sus intereses. Con este tipo de inserción internacional, sin instrumentos normativos para regular al capital extranjero y con un déficit de construcción política, entonces pasas de señalar al poder económico como enemigo a la otra carta de “nos tenemos que sentar a charlar muchachos a ver cómo encausamos esto”. 

Cuando se habla del Pacto Social y de Gelbard, se está apuntando a una fracción del capital que ya no existe, por lo menos en el plano del gran poder económico. Hoy no hay manera de reeditar esas alianzas objetivas.

Las voces del poder económico que más se escuchan hablan de una realidad que no tiene nada que ver con el recorrido histórico que hace el libro. Se habla de empresas asfixiadas por parte de un Estado voraz que les cobra impuestos, los tiene condicionados y no les permite crecer. 

No tiene nada que ver y eso muestra que ahí no hay fracción de la burguesía con la cual el movimiento popular tiene que aliarse para sacar a la Argentina del largo proceso de estancamiento y subdesarrollo en el que se encuentra. No va por ahí. En los últimos cuarenta o cincuenta años, el gran poder económico ya no vive del mercado interno y ya no es un aliado. Entonces el principal escollo del modelo inclusivo tiene que ver con esa lógica de acumulación del capital concentrado. Las mejores intenciones de distribuir el ingreso chocan más tarde o más temprano con el veto a la estrategia distributiva. Hay una tensión estructural que un proyecto de desarrollo, necesariamente, tiene que contemplar. Por eso, creo que la gran conclusión del libro es que el poder económico es un problema para pensar un modelo de desarrollo inclusivo. Esto hay que tensionarlo, porque muchas veces son los interlocutores privilegiados. Mindlin es un caso emblemático. 

El reverso de todo este proceso es el ajuste sobre los salarios de los últimos tres años.

Sí y ahí es muy interesante seguir lo que está pasando en Estados Unidos, con el paquete de Biden para poner plata en el bolsillo de los sectores de menores ingresos a partir de una reforma tributaria que se impone sobre los grandes actores económicos. Si vos redistribuís pero el capital sigue acumulando con la lógica que describe el libro, más temprano o más tarde el salario retrocede. Es Cristina 2011-2015, que hizo un esfuerzo sobrenatural, con recursos que no había, para redistribuir y el salario terminó estancado, en algún año cayendo y la distribución del ingreso también. El veto del capital vino por el proceso inflacionario que conspira contra la estrategia distributiva. En ausencia de reformas tributarias fuertes, hay una tensión estructural que hay que atender y esa alianza defensiva entre ciertos sectores de la burguesía industrial y los trabajadores ya no tiene fundamento objetivo. Por eso, cuando se habla del Pacto Social y de Gelbard, se está apuntando a una fracción del capital que ya no existe, por lo menos en el plano del gran poder económico. Hoy no hay manera de reeditar esas alianzas objetivas. 

WC

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