Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
ENTREVISTA
A 50 años del Golpe

Pilar Calveiro: “Hay que reivindicar el derecho a la rebelión”

Pilar Calveiro, sobreviviente de la Esma

0

Pilar Calveiro vive en México desde 1979, pero siempre está regresando a la Argentina. Sin embargo, este es un retorno diferente: se cumplen 50 años del golpe militar que instauró la dictadura más atroz y torció el rumbo de su vida. Un tiempo con peso propio en la vida personal y en la historia reciente de nuestro país. En este viaje, recibió el doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de Rosario y recorrió por primera vez el espacio memoria de la ESMA junto a su nieto Mateo, asumiendo como siempre el reto de contar, tratando de explicar. Como lo hizo en Poder y desaparición, una obra fundamental para comprender las lógicas concentracionarias y sus modalidades de exterminio. “Este es un libro distinto –escribió Juan Gelman en el prólogo– su autora ha recurrido a la tercera persona, para hablar de lo vivido. Solo al pasar se nombra a sí misma. Pilar Calveiro: 362”. Después le seguirían, entre otros trabajos, Política y/o violenciaResistir al NeoliberalismoEl Petrus y nosotras y su último libro De matar a dejar morir, un lúcido ensayo sobre este momento histórico. “Creo que el proyecto actual tiende a la destrucción del vínculo social y al aislamiento de las personas. Buscan desaparecer lo social, desaparecer lo común” sostiene Calveiro. La conversación, no podía ser de otra manera, comenzará por esta vuelta a la Argentina. 

–Que resonancias tiene para vos este retorno al país, en este contexto y cuando se cumplen 50 años del golpe.

–La verdad que 50 años es un número que resulta impactante y remite a un período que en términos históricos ya es un periodo largo. Entonces a mí eso me ha motivado a pensarlo en perspectiva. A mirar hacia atrás como hacia adelante de esos 50 años. Es decir cuáles fueron algunos de los procesos previos de la historia argentina que van dando lugar a lo que se va a desencadenar en el golpe militar del 76. Y también cuáles son las cosas que han seguido latiendo a posteriori de eso.  

–Y en esa memoria larga, estás pensando en la memoria del siglo XX o en la génesis misma del Estado Nacional.

–Me parece un punto importante de arranque, la conformación del Ejército y del Estado argentino moderno y el genocidio indígena. O sea la llamada Campaña del Desierto. No es una línea histórica lo que intento reconstruir. Trato de recuperar los elementos de una médula autoritaria que continúan desde entonces y van a tener distintas formas de expresarse.

–Y siguiendo con este ejercicio, qué hitos aparecen en el siglo XX donde veas ese despliegue de lógicas violentas y desaparecedoras 

–Yo pensaría, por ejemplo, en todo el desarrollo del antiperonismo,  el bombardeo de Plaza de Mayo y después la exclusión del peronismo, como algo que incluso prohíbe nombrarlo. Esta búsqueda de desaparecer lo que no es compatible o articulable con ese modelo de nación. Por eso, volviendo al punto de arranque, pienso en las características de la campaña al desierto, que van desde el desplazamiento de población, hasta el asesinato directo, pasando por todas las formas de humillación, incluido el hambre, la esterilización forzada, toda clase de abominaciones que están en el origen prácticamente del Estado moderno. Y luego, las distintas formas a través de las que se intentó la desaparición del peronismo y de toda disidencia. Entonces esta atrocidad que se desata en el 76 y que tiene elementos que vemos por primera vez a partir del 76, no viene de la nada, tiene este ADN. Esa médula, que se va expresando de distintas maneras según el momento y según a qué o a quiénes se quiere desaparecer.

–También hablabas de resonancias hacia adelante. De lo que pervive de la experiencia de la dictadura. ¿En qué estás pensando?

–La primera cosa es que así como podés reconocer que esto no surgió de la nada, tampoco esto se acaba milagrosamente con la llamada transición democrática. Entonces, creo que eso va a seguir resonando de distintas maneras. Por ejemplo durante la primera etapa de la democracia con todas las intervenciones militares que intentan limitar el proceso que se está dando. Resuenan en el menemismo como la realización de ese proyecto neoliberal que se había empezado a ensayar en el golpe de Estado y por supuesto, con los indultos. Y después creo que va a seguir resonando en todas estas modalidades actuales de lo autoritario, de lo violento. Todo esto que está presente en el momento presente y que desde mi punto de vista también es desaparecedor.

Pilar Calveiro acaba de recibir el doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de Rosario y recorrió por primera vez el espacio memoria de la ESMA junto a su nieto Mateo.

 –¿En qué sentido? 

–Me parece que de lo que se trata hoy es de crear un Estado en el que desaparezca la conflictividad. Y en este marco, desaparecer lo social. Desaparecer lo común. O sea, yo creo que se tiende a la destrucción del vínculo social y al aislamiento de las personas. Estoy pensando en el debilitamiento del contacto físico directo en espacios compartidos, en la percepción de los sujetos en tanto emprendedores más que trabajadores, es decir en la virtualidad reemplazando los espacios colectivos de lo social o lo laboral, por ejemplo. Esto es muy fuerte y terriblemente peligroso. 

–Es tu gran advertencia, probablemente la más radical de tu último libro, cuándo retomas textos de Walter Benjamin que reflexionan sobre los sentidos de la memoria y hablan de los “anunciadores del fuego”. ¿Cuáles serían los fuegos actuales? 

–En ese sentido, yo tomo un texto en el que justamente se habla de Walter Benjamin y de otros personajes de ese tiempo que de alguna manera anunciaron o advirtieron sobre los peligros del nazismo, previamente a su aparición, en los momentos en los que se estaba gestando. Ellos fueron los anunciadores de los fuegos que vendrían . Pienso que en este período histórico estamos frente a fuegos semejantes y, de hecho, frente a diversos fuegos, de modo literal. O sea, están quemando el planeta, están quemando los bosques, por ejemplo, y esta devastación de la vida natural va de la mano de la devastación de la vida social y humana. El megaextractivismo actual está agotando las distintas formas de vida y de sustento de la vida y está acompañado por los fuegos de la devastación y de la guerra. El genocidio en Gaza, las bombas que están cayendo en este momento sobre Irán.  Y aunque creo que es un momento muy distinto del totalitarismo, porque insisto mucho en que no estamos ni frente al nazismo ni frente al fascismo, estamos frente a peligros semejantes y hay muchos hilos de conexión con ese nazismo que puso al mundo y a la vida al borde del abismo, con esa vocación de un poder total, de carácter irrestricto como el que hoy se está intentando. Y junto a esta totalización, también ocurren procesos de selección de la vida. Es decir, la pretensión de decir qué vidas merecen vivir y cuáles deben ser exterminadas o abandonadas. 

–Hannah Arendt escribió que el sueño del totalitarismo era construir un mundo único ¿la globalización neoliberal está cumpliendo el sueño totalitario? 

–Uno no puede decir que se cumple ese sueño, porque el mundo hoy tiene otras características. Sin embargo, un elemento interesante del totalitarismo que ella señalaba, y que hoy se replica, es la construcción de discursos que son absolutamente falsos como si fueran verdaderos. Este era uno de los rasgos que ella identificaba en el totalitarismo y que hoy lo tenemos en su máxima expresión en las redes sociales. Este y otros rasgos como la selección de las vidas o la destructividad planetaria son parte de lo que podríamos considerar los fuegos actuales. También tiene que ver con la relación que hago en mi trabajo “De matar a dejar morir”, donde paso del totalitarismo a las formas de desaparición de los años 70, luego a formas actuales y a todo este mundo pos-pandémico. Y de ninguna manera un momento replica al otro de manera mecánica, pero sí hay unos hilos que conectan esos momentos y me parece que esas conexiones sirven como advertencia. 

–Caracterizás esta fase del capitalismo, como una suerte de neoliberalismo recargado y autoritario. Trump, Milei o Bukele son tres ejemplos de gobiernos elegidos con legitimidad democrática que luego despliegan prácticas autoritarias o regímenes de excepción. ¿Crees que esta fase del capitalismo se desmarca definitivamente de la democracia liberal tal como la conocimos? 

–Estas formas del capitalismo que están encarnando las nuevas derechas se desmarcan de toda la legalidad preexistente tanto en el orden internacional como en el nacional. En el orden internacional rompen con los acuerdos y los pactos que existían para imponer por la fuerza nuevas organizaciones del poder con sus respectivas áreas de influencia. 

Estas formas del capitalismo que están encarnando las nuevas derechas se desmarcan de toda la legalidad preexistente tanto en el orden internacional como en el nacional

–Imperialismo y poder de muerte...

–Totalmente. Imperialismo crudo. Ahora, creo que algo semejante se intenta dentro de los estados: romper con la institucionalidad y el orden jurídico que implicaba ciertas restricciones al ejercicio del poder público. Romper con eso y entrar en una modalidad de excepción para establecer las nuevas reglas del juego. Me parece que estamos en eso. 

–Es lo que estamos viendo en nuestro país.

–Yo creo que se está viendo aquí y se está viendo en los distintos lugares en donde estas nuevas derechas avanzan. Hay un avance bastante consistente de estas nuevas derechas en América y en Europa, en distintos territorios. Eso está en juego. Pero no está definido. Por eso ahí es donde tienen toda la relevancia las resistencias. En este momento está súper visibilizado el poder de muerte hegemónico; se lo trata de mostrar como omnipotente. Pero hay más que eso porque parte decisiva del juego político está en los procesos resistentes.  

–Al inicio de la conversación decías que los 50 años nos imponen mirar con otra perspectiva para encontrar esa suerte de ADN donde anidó la violencia y el exterminio de la dictadura. Pero también decís que la última dictadura no fue más de lo mismo. Y que no hay campos de concentración en cualquier sociedad.

–Esa es una reflexión incómoda, porque por las mismas características de lo autoritario, la sociedad tiende a tratar de desconocerlo y cuando se lo identifica como un problema, busca quedarse al margen de eso, como si no le tocara. Y entonces pasa a ser un asunto de los milicos o la responsabilidad de determinados sectores políticos, sin observar en qué medida esos elementos han penetrado las distintas prácticas sociales y políticas y también en muchos casos, las populares. 

–¿A qué te referís? 

–Lo autoritario no está presente solamente en los sectores hegemónicos. Pienso por ejemplo cómo en los años 70 muchas organizaciones revolucionarias replicaron una lógica militarista, jerárquica y también excluyente. Estoy pensando en cómo el Partido Comunista fue cómplice de los golpes militares en determinadas ocasiones. O como el peronismo padeció los golpes y la persecución, pero también hubo sectores del propio peronismo que apoyaron esos golpes. Entonces sin decir que todo es lo mismo, porque no es así, me parece que hay que poder tomar esta incomodidad y mirarse en ese espejo para hacer una crítica. Lo que creo que pasa con la última dictadura es que esa larga historia que tenía mojones con distintas formas de la violencia y lo autoritario, encuentra en el golpe militar de 1976 un punto de inflexión donde esto llega a su máxima expresión, con la construcción del dispositivo concentracionario y con la desaparición directa de una parte numerosísima de la población. Fue el intento de desaparición de todo aquello que no fuera funcional. El intento de arrasar para construir otra cosa, un nuevo país a partir de la desaparición. Me parece que ahí hay un punto de inflexión muy impresionante y hay que considerar que hubo sectores sociales que lo apoyaron. Eso también hay que reconocerlo y está cada vez más claro. Fue una práctica de las Fuerzas Armadas acompañada por sectores de la sociedad civil, por grupos económicos importantes, por el silencio de la iglesia, por el silencio de la mayor parte de los partidos políticos de la época. Los radicales -que en ese momento eran un partido muy importante, no los radicales que son hoy- se callaron y aceptaron lo que estaba ocurriendo y como ellos, muchos sectores de la sociedad. 

Esa larga historia que tenía mojones con distintas formas de la violencia y lo autoritario, encuentra en el golpe militar de 1976 un punto de inflexión donde esto llega a su máxima expresión, con la construcción del dispositivo concentracionario y con la desaparición directa de una parte numerosísima de la población

–Pero la dictadura implantó con mucha eficacia el terror. ¿Fue una sociedad cómplice o una sociedad aterrorizada? 

–Es que yo creo que los dos elementos están presentes. O sea, una parte de la sociedad acompañó este proceso, pero también ese acompañamiento, es empujado por el miedo, por el terror y por la necesidad de desmarcarse de lo que esas Fuerzas Armadas habían definido como un enemigo a exterminar. Entonces, juegan las dos cosas. Trato siempre de hacer una distinción entre miedo y terror. El terror paraliza. Creo que la dictadura logra instaurar el terror a través de una violencia continuada, masiva y sin límite. Que se sabe que se está dirigiendo contra algo caracterizado como enemigo, pero no está muy claro cómo se define ese enemigo, y por lo tanto todo el mundo se siente potencialmente objeto o destino de esa violencia. O sea ellos efectivamente logran conseguir el control de la población a través de este terror, que es un registro ya diferente al miedo. Y no es que eso fue vivido solamente por los que fueron víctimas de la desaparición. Eso fue vivido por el conjunto de la sociedad y queda como marca de distintas maneras. Ahora, no hay que olvidar que el terror solo se mantiene en ciertas condiciones porque así como el terror es contagioso, también la capacidad de resistencia es contagiosa. Entonces, cuando sectores de la sociedad argentina empiezan a reaccionar frente a esa parálisis general, eso también se réplica y otros sectores se van sumando a la desobediencia. Porque hay que decir que cuando el gobierno militar cae, ya eran muchos los sectores sociales que estaban en desobediencia abierta. Entonces, eso también perrmite formas de la política muy creativas y nuevas que ocurren a partir de ese momento.

–En la Argentina se construyó memoria y conocimiento en torno al terrorismo de estado. Se construyeron categorías específicas, como plan sistemático o responsabilidad empresarial. Sin embargo, ¿nos faltaría potenciar una memoria de la luchas? La creatividad política de los 80, la resistencia a las privatizaciones de los 90, las asambleas o las fábricas recuperadas del 2001, los feminismos. ¿Nos hace falta apuntalar una memoria, una genealogía de esas luchas que se desplegaron también en democracia.

–Me parece que la memoria es imprescindible porque lo que hacen estos poderes tan violentos es dejar la marca de su potencia en el cuerpo social e individual. Y esa marca opera a través del miedo o del recuerdo del terror, neutralizando y tratando de inmovilizarnos. Por eso es central mirar más allá de eso y focalizarnos en la capacidad que ha tenido la sociedad para pelear contra ese poder, para construir alternativas. Porque eso es tan real, tan constitutivo de nuestra sociedad, como esa otra dimensión de lo autoritario. Desde los poderes hegemónicos, van a tratar de llevar la mirada casi exclusivamente a la potencia del Estado, del poder concentrado para construir un relato en el que ya no hay vuelta atrás. Si la memoria tiene sentido, es justamente en la recuperación de las resistencias. Durante el alfonsinismo hubo nada menos que los juicios, que para mí también son un parteaguas clarísimo, importantísimo. Luego, prácticas artísticas como el siluetazo que tuvieron gran efectividad social. La creatividad del escrache, en el momento que se interrumpen los juicios. Todas las formas a las que hacíamos mención en el 2001. No hay que olvidar esto, aun en los momentos de gran decepción como el momento actual. Porque Milei gana electoralmente e instaura un proyecto depredador, violento y punitivo con un apoyo mayoritario. Se presenta con estas características y es apoyado por sectores sociales importantes. Sin embargo, toda esa otra dimensión resistente también está presente en la sociedad. Está allí. Y esa potencia existe. Por eso, podemos decir que esto también va a pasar; al menos eso creo.

Hay que considerar que hubo sectores sociales que lo apoyaron.  Eso también hay que reconocerlo y está cada vez más claro. Fue una práctica de las Fuerzas Armadas acompañada por sectores de la sociedad civil,  por grupos económicos importantes, por el silencio de la iglesia,  por el silencio de la mayor parte de los partidos políticos de la época

–Estás observando en México procesos de resistencia protagonizados por comunidades indígenas en zonas donde las violencias del estado se entrelazan con violencias corporativas y del crimen organizado. ¿Qué ves ahí? Vos hablás de una violencia defensiva. 

–Tomo ese concepto para explicar procesos que se están dando en la sociedad mexicana, en algunos estados y regiones. Son procesos defensivos que no intentan tomar el aparato del Estado, sino que intentan garantizar la vida y el territorio. Ahora, lo que a mí me parece relevante en México o en cualquier otro lugar es recuperar la legitimidad de la rebelión, de la revuelta y la desobediencia frente al poder instituido, que es extraordinariamente violento. Porque las formas de organización del capitalismo son extraordinariamente violentas. No solo porque son capaces de un genocidio como el que vemos en Palestina, sino que su violencia principal tiene que ver con el ataque a todas las formas de vida de manera muy generalizada. Entonces, creo que es importante que en el contexto de una violencia estructural tan grande, que cada vez deja fuera a sectores más importantes de la población, hay que reivindicar el derecho de rebelión, la legitimidad de la revuelta, de la protesta abierta, de la desobediencia directa con relación a esto. Me parece que eso es clave. Y que es algo que también se ha tratado de ilegalizar y deslegitimar de distintas maneras.

–Hablamos antes de la eficacia que tuvo la dictadura para diseminar el terror. Si pensamos este momento histórico, ¿lo que necesitan las ultraderechas es una sociedad indiferente y anestesiada?

–Yo creo que lo que se busca principalmente es el aislamiento. O sea, esta cosa de una individualización que separa, que aísla. El aislamiento se acompaña del miedo y, por lo tanto, también de esta dificultad para entrar en la acción, para actuar, para moverse en relación con lo que ocurre.

Porque Milei gana electoralmente e instaura un proyecto depredador, violento y punitivo con un apoyo mayoritario. Se presenta con estas características y es apoyado por sectores sociales importantes. Sin embargo, toda esa otra dimensión resistente también está presente en la sociedad. Está allí. Y esa potencia existe

–Estamos cada vez más hiperconectados con lo global y al mismo tiempo nos movemos cada vez menos…

–Sí, por eso yo le doy mucha relevancia a la cuestión del aislamiento. Y esto que vos mencionas está muy ligado al aislamiento por lo virtual, que implica la pérdida del espacio físico. Es como si el espacio virtual fuera suplantando al espacio físico y esa pérdida tiene un montón de consecuencias. Significa la pérdida de un territorio habitado, vivido, de ese territorio que se construye con otros cuerpos. Pero también conlleva una alteración de la temporalidad. Es decir, hay una alteración del tiempo y del espacio, que te hace perder la noción de la especialidad, de la territorialidad en el que estás anclado.

–Es también la pérdida de la experiencia. Y si no tenemos experiencia y no hay cuerpos, el dolor del otro no nos toca. Por eso vuelvo a la idea de sociedad anestesiada…

–Absolutamente. Y eso se ve muy claramente en cómo ahora, por ejemplo, hay una suerte de trivialización de cuestiones terriblemente dramáticas. O sea, esto que ocurre en las redes, cuando en Estados Unidos se suben videos en donde simultáneamente están las imágenes de los bombardeos sobre Irán montadas con imágenes de videojuegos, y hacen que la atrocidad donde se está bombardeando a población civil, aparezca como si fuera parte de esa virtualidad del videojuego. O sea, trivializando el dolor para que no te afecte. Y todo esto es posible porque se rompe el vínculo con el otro. Por eso yo insisto en el aislamiento. O sea, al romperse el vínculo con el otro, se rompe toda posibilidad de empatía, de sentir el dolor de los demás. Y me parece que la cosa del espectáculo también tiene mucha importancia en ello. Los políticos aparecen como montando un show, como showmen, sin identificar la gravedad de sus decisiones. Y ahí hay un elemento de banalización de lo que sus propias políticas generan, del impacto que tienen sobre personas concretas y poblaciones enteras. 

–En su último libro Maristella Svampa habla de un nuevo régimen afectivo, caracterizado por la crueldad desplegada sobre cuerpos y territorios. Sobre las personas y el ambiente. 

–Me parece que lo que emerge y donde hay que poner el foco es en la construcción de nuevas subjetividades. Creo que cuando se reconfiguran las formas de organización de la política, como está ocurriendo en todo este largo proceso, también lo que se reconfigura son las subjetividades. Estas nuevas formas de la política van de la mano de nuevas subjetividades. Un sujeto que sea funcional al mercado, articulado con él mismo y separado de los demás. Emprendedor, en donde los méritos y los logros son de carácter individual. 

–Y los fracasos también…

–Y los fracasos, por lo tanto, también. Pero las dos cosas. Porque hay una falta de reconocimiento de la necesidad del acompañamiento en todo lo que hacemos. Entonces, me parece que ahí es donde esto es sumamente exitoso. Se construye un sujeto que está convencido de que sus logros son parte de sus habilidades y, por lo tanto, sus limitaciones también. Entonces lo que tiene que hacer es esforzarse más. Y es este sujeto que vive permanentemente buscando lo que no tiene y lo que no va a poder alcanzar, pero creyendo que es un problema de su esfuerzo personal. 

–Los 50 años del golpe renuevan la preocupación por como transmitir a las nuevas generaciones una experiencia límite que les queda lejos. ¿Cómo abrir un proceso de memoria que les haga sentido y resuene en sus vidas? 

–Yo creo que hay que oxigenar el lenguaje. Que es importante romper con ciertos discursos que por la repetición se han hecho discursos irrelevantes para muchos sectores sociales, sobre todo para los más jóvenes. Categorías que estuvieron llenas de sentido en su momento pero que, justamente, atravesando otras circunstancias y con sujetos sociales que no vivieron esas experiencias, pasan a ser como etiquetas un poco vacías de sentido. Entonces, me parece que hay que volver a conceptualizar algunas cosas para que sean legibles y escuchables en el momento actual. O sea, no hay memoria si no está anclada en la dificultad del presente. Son los peligros del presente los que tienen que anclar la memoria, no al revés. No se tiene que pensar el presente a la luz de los acontecimientos y las luchas del pasado. Hay que recuperar eso para anclarlo en el presente y que sea capaz de responder al presente. Y creo que eso está potencialmente, pero hay que hacer esa traducción. 

En el contexto de una violencia estructural tan grande, que cada vez deja fuera a sectores más importantes de la población, hay que reivindicar el derecho de rebelión, la legitimidad de la revuelta, de la protesta abierta, de la desobediencia directa con relación a esto

–Cuando recuperas la experiencia de tu militancia, hay un relato que conecta con la vida y con el motor de la transformación colectiva. Bien lejos de cierta épica sacrificial asociada a la muerte que por momentos colonizó el discurso de las organizaciones revolucionarias de los 70. Si pensamos en los jóvenes, ¿tenemos que construir con ellos una nueva épica? ¿Te gusta esa palabra? 

–No mucho, porque la siento asociada a lo heroico. Creo que mas bien tenemos que apostar a la esperanza, a la capacidad de creación, a la apuesta y a lo vital de la política. La repetición de los símbolos, la repetición de las consignas, la repetición de los slogans, termina siendo algo muerto. Entonces, más que eso, hay que pensar cuáles son las consignas, las imágenes, las palabras que pueden dar cuenta de las luchas actuales. Para volver a apostar. Tenemos que poder mostrar que lo que está en peligro hoy es la vida misma. Es una apuesta altísima. Creo que eso se está visibilizando desde muchos espacios nuevos que implican luchas diferentes. Está ocurriendo en los pueblos originarios y en todas las luchas que tienen que ver con la defensa de la vida. Creo que todo eso es fundamental y que puede hacer eco en las juventudes. 

Yo creo que hay que oxigenar el lenguaje. Que es importante romper con ciertos discursos que por la repetición se han hecho discursos irrelevantes para muchos sectores sociales, sobre todo para los más jóvenes

–Los negacionismos no son nuevos. Quizás la novedad es que se conjugan en plural y vienen de la mano de los discursos anticientíficos. Los antivacuna, los negacionismos del cambio climático. La otra novedad es el poder de diseminación que tienen a través de las redes sociales. ¿Cómo se confronta con los negacionismos del terrorismo de Estado? 

–Yo creo que el tema es anclar no tanto en qué pasó, qué no pasó en los 70. Es desde este presente que hay que hablar de lo ocurrido en los 70. Por ejemplo, me parece que hay que darle particular atención al negacionismo de la cuestión ecológica, por ejemplo. Creo que por ahí hay que entrar y hay que poder mostrarlo en términos concretos del aquí y ahora y rebatir esos negacionismos, pelear en esas direcciones. Con respecto al negacionismo de lo ocurrido en los 70, me parece que hay que centrar la discusión en qué es lo inaceptable, o sea, cómo en los 70 lo que encontramos, lo que se experimenta es un Estado criminal. Un Estado que decide optar por unas prácticas  que son de carácter criminal. Más allá de cualquier otra discusión. Un Estado que tira gente viva al mar, que desaparece a miles, que desaparece y se apropia de niños. Todo completamente probado en términos jurídicos . O sea que realiza unas prácticas que son de carácter criminal y que convalidar eso es convalidar el mantenimiento de un poder criminal, y que de eso estamos hablando. Y un poder criminal es un poder que atenta contra cualquiera en cualquier circunstancia. Yo centraría en eso, porque lo que vemos ahora, es cómo se están avalando prácticas que fueron criminales. Entonces me parece que hay que centrarse en eso y que el eje tiene que ser aquí y ahora. Aquí y ahora, porque lo otro te lleva a unos discursos para los que puede no haber escucha. Sobre todo en ciertos grupos sociales y etarios. Entonces me parece que más que persistir en eso hay que oxigenar también ese discurso con las discusiones del presente. Y creo que hace tiempo que esto debió hacerse con más fuerza. Y ahora es el momento de hacerlo.

–¿Vas a ir a la plaza el 24? 

Sí, claro, hay que marchar, lo haremos en Rosario.

–¿Te imaginás este 24 de marzo como un paraguas gigante para este aquí y ahora? 

– Sí, porque si fuera un 24 nostálgico sería un gran error. Lo importante del 24 de marzo es ver sus significados hoy por hoy. 

AC/MG

Etiquetas
stats