Opinión Perdón que interrumpa

Siganme, no los voy a liderar: los dos años de Alberto Fernández

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Falta una semana para las elecciones. ¿Habrá un repunte de votos en algún lado para el gobierno o quizá sea definitivamente peor? Lo cierto es que el resultado parece puesto en el estado de ánimo de la sociedad que se respira en la calle. Porque, vote lo que se vote, incluso cuando se vote al oficialismo, una camada profunda de sentimientos de incertidumbre une a la mayoría: ¿y después qué? 

Otra pregunta está abierta en la mitad del río de un gobierno, y sin que toda su suerte aún esté echada porque tendrá el changüí de dos años más: ¿por qué no funciona el Frente de Todos? Eso que no funciona no es una evaluación exacta de la administración, ni de la coordinación parlamentaria o de las políticas públicas. No es esa zona gris de gestiones donde hay piedras, logros, avances, leyes que se votan, leyes que no se votan, temas que se lagunean, retrocesos, y el largo etcétera que lleva la pelota lejos. Es algo que tiene que ver con el espíritu, con la chispa apagada de lo que se había encendido en 2019. ¿Por qué no hizo época este Frente que venía con el arranque de la unidad y el fracaso del macrismo a cuestas y que encima encontraba en la Pandemia el freno de mano del mundo global para decir que lo impensable (“el fin del capitalismo”) no lo era tanto (cuando en abril de 2020 no se produjo un solo auto)?

La elogiada película “No” de Pablo Larraín (Chile, 2012) cuenta detalles de la campaña electoral en la que se jugó el final de la larga dictadura de Pinochet. El protagonista (Gael García Bernal) es un publicista que funciona de ideólogo de la campaña del “No”: un joven hijo de exiliados que trabaja en esa Santiago de mitad de los años ochenta, en vías de modernización, en una empresa de publicidad y televisión, y que acepta colaborar semi clandestinamente con el comité del “No”, formado por los principales partidos opositores a la dictadura. Lo jugoso es obvio: el choque generacional entre este joven heredero de las izquierdas que fue modernizado por los lenguajes de la publicidad frente a la cultura política de sus mayores. Cuando a una suerte de consejo de sabios resistentes les muestra el spot publicitario –que parece una publicidad de Coca Cola– éstos se muestran incómodos: esperaban la pantalla salpicada por la sangre derramada y lo que ven es la solución audiovisual al problema en el que los metió Pinochet (¿cómo hacer del “No” un “Sí”?). Los resultados jugaron a favor del joven: el “No” en Chile le ganó al “Sí” pinochetista por amplia diferencia en octubre de ese 1988. Y en marzo de 1990 Chile celebró sus elecciones democráticas.

La comparación entre este film y la campaña a contrarreloj del Frente de Todos con su uso masivo del “sí” se la vio pasar mucho en redes sociales. El gobierno, que se enamoró del ASPO y del DISPO, que mal calculó en el IFE y en la vacunación no tuvo suficientes resortes para contener lo que la sociedad perdía, que creyó que el cierre de escuelas no tenía costo, que puso de candidato en la provincia al hombre de la salud al que la oposición apodó “Doctor Muerte”. De golpe se vio en una encrucijada rápida: pasar de ser el gobierno del “no” al gobierno del “sí”. A #ElEstadotesalva le nació su contrario: #Dejamesalvarmeamí. Y no sabemos cuántos serán los votos libertarios concretos pero sí que hay fiebre libertaria. Hasta el Frente de Izquierda quiere hablarles a esos votantes y explicarle qué es una casta. Una generación de chicos y chicas que cantan: “¿sabrá tu novia que escuchamos a Milei?”. No son todos, pero dan la época por un rato, al menos. Es como The Mamas & The Papas sonando en la costa oeste en el verano del 67. También había jóvenes que se alistaban para ir a Vietnam, pero esas playas, esas drogas, esas músicas eran la frutilla del postre de la época.

Y acá vino entonces la evolución de la campaña oficialista: la primera consigna que organizaba todo (“La vida que queremos”) devino en el minimalista “Sí”, con la ayuda del conocido asesor. Como si la poción mágica de los votos que no vinieron hubieran hecho del padre castrador un amigacho. Y esa campaña del sí se multiplicó para todos los gustos, llevando al extremo de micro producciones en fotos que muestran un café con leche y tres medialunas servidas arriba y abajo la silueta clásica de los mozos (camisa blanca, chaleco negro y moño) y el mensaje que dice: “sí, detrás de cada café hay un mozo que sale adelante”. Un periodista amigo me la envía con una breve leyenda: “Ahora sí la damos vuelta, dame una urna”. Pero esta pequeña “gema”, en sus arrabales últimos, recuerda el fondo de toda crisis, el raspado del final de la olla, como el de un nadie que en pleno 2001 escribió en un pasillo de los Tribunales porteños con crayón: “Ensucia, alguien trabajará”. 

Habla, habla… que algo quedará

Hace años que la práctica del periodismo que apoya a un gobierno tiene más o menos un tema dominante: la suerte judicial de un ex presidente. De TN a C5N. No hay cuita judicial sin cuita mediática. Grieta, panelismo y judicialización de la política son los tres vértices del mismo triángulo. Polarizar para gritarse en televisión, gritarse en televisión para polarizar. Solo que la grieta hizo del espectáculo corriente, largo y tendido, de las peleas y puteríos familiares, laborales (las históricas peleas por política que ocurrieron siempre en cualquier casa decente) un tema de Estado porque resulta que tipos que en los noventa firmaban solicitadas todos juntos para defender el cuarto poder se dejan de hablar. Viñeta de la entrega de los premios Martín Fierro: “los que no se saludaron”. En fin. Diego Gvirtz reapareció, y dijo en esta entrevista a Natalí Schejtman, que ahora se va a mudar a una súper mansión. “En parte lo hago para que mis hijos estén incómodos. Porque la desigualdad es incómoda para los dos lados, para los que tienen mucho y los que no tienen nada.” Menem lo dijo treinta años antes y con más poesía: los niños ricos que tienen tristeza. Pero lo que Gvirtz expone insólitamente sin pudor, y con “valentía involuntaria”, es la parte de guerra de millonarios en que se envuelve la política hoy, y en la que se incluye. Los demás la miran por tv. 

En esa judicialización de la política, que no es nueva, asoma un síntoma de impotencia para una política argentina que parece por momentos sólo convencida de que no van a poder cambiar nada, ni solucionar prácticamente un solo problema más. Macri en Dolores, Cristina en Comodoro Py, zócalos intercambiables en el equilibrio de “bloqueos mutuos”. Pasan los gobiernos, quedan los juzgados. Mientras tanto, la realidad funciona parecido a esa canción de Serrat de los años noventa: “Disculpe, el señor”, donde un mayordomo avisa que “se nos llenó de pobres el recibidor y no paran de llegar”. No paran de llegar. 

Casi todos los análisis coinciden en ubicar cuándo se quebró esa breve luna de miel albertista en la Pandemia: Vicentín. Sin embargo, Vicentín también es una palabra que organiza mucho en torno a la idea de profundizar. Ese leitmotiv militante: falta profundizar. Pero cuando ocurrió Vicentín no sólo el decreto podía estar “mal escrito”, no sólo pudo ser un arrebato presidencial de “kirchnerismo anticipatorio” para que no le pidan kirchnerismo, sino que, en líneas generales, se desconocieron los sentimientos de una región productiva más reacia al kirchnerismo que al peronismo (al cual en términos provinciales muchas veces vota) en la repetición del fantasma de la 125. Un relato que rememora el conflicto de esos meses del 2008 como una intromisión del poder central en los asuntos del interior. Si unos escribieron la 125 como un capítulo de la democracia versus las corporaciones, otros la escribieron en la saga de largo aliento entre unitarios y federales. Esa sensibilidad está presente. Raspás un poquito y persiste ese episodio no cerrado entre el campo y el kirchnerismo. Vicentín mostró un lugar común: que al gobierno le falta actualizar una mirada sobre el mundo rural sin prejuicios retóricos. Falta una sociología rural en manos de quienes gobiernan. Muchos suponen que nombrar empresas, desempolvar trayectorias de empresarios, con sus vínculos, sus créditos de bancos oficiales obtenidos en el último minuto, sus parentelas con quilombos judiciales y almohadones de plumas, etc., alcanza para destituir el “mito capitalista” de una economía verde que justamente produce los dólares que Argentina necesita como el aire para respirar. 

Esta es una elección en la que una parte de la sociedad está dispuesta a castigar al gobierno con cualquier cosa que se le ofrezca. Sobre ese voto asegurado se consolidan figuras que estaban un cacho fuera de radar. Martín Tetaz, por ejemplo, arrancó la campaña como un cuestionador de la política económica y buen orador para el “liberalismo”, y al final se lo termina comiendo el personaje, tirando billetes en un programa de tele. Casi como el que llega a quinto año, viaja a Bariloche y se destapa: quiere hacer en siete días las boludeces que no hizo en cinco años de quedarse en el pupitre. 

El hilo de Tetaz soltando la lengua a lo loco tira hasta conectar con la parte en que sus pavadas no explican su triunfo: explican que está tan cantado un tipo de voto castigo que hasta da margen para ese boludeo. ¿Por qué? Alberto tuvo dos años democráticos: desilusionó a todos. Y todas las razones al final desembocan en algo de ésta: que no fue capaz de construir su liderazgo. Su autoridad, ¡paradójicamente!, pretendió emanarla de esa mutilación. Síganme, no los voy a liderar. Ese déficit estructural (el primer presidente argentino que renuncia a su liderazgo para cumplir la unidad del Frente de Todos), quizás explica todo lo demás. Porque a alguien sin poder le reclaman a viva voz que profundice, que se subordine más a Cristina, que tenga programa económico, que se libere de Cristina, que por qué avanza y retrocede demasiado, que se queda corto en una agenda alfonsinista, y todo así y a la vez y pareciera que al final gobierna el ruido de la cabeza de Alberto más que Alberto. Esa ausencia de liderazgo es la primera ficha que cae y empuja a las demás en el efecto dominó. Y es, en definitiva, el caldo de cultivo para que aún con Pandemia, aún con la herencia de una deuda externa colosal dejada por Macri, aún en un “mundo nuevo”, no se haya fundado en la Argentina una “nueva época”. “¿Cambió el mundo pero nosotros no?”, podría preguntarse el peronismo. Como si en política sólo hubiera más de lo mismo y con la Pandemia encima. Es decir: menos de lo mismo.

MR

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