Entre la consternación y la indiferencia, cómo se vivió en la calle el día después del ataque a CFK

Las veredas de Onces casi vacías

“Estoy triste con lo que está pasando. Muchos lo toman como broma, pero esto no es broma. Es peligroso para todos nosotros”, dice Miguel, portero en un edificio de Barrio Norte. Como todos los días, se levantó a las cinco y media de la mañana. Habla con la voz gastada porque ya tiene 78 años, pero también porque siente rabia. Ayer se durmió pasada la medianoche mirando canales de noticias.  “Me apena el odio hacia ella”, dice sin nombrarla. Sobre la calle Paraguay circulan solo unos pocos colectivos, en este feriado no hay ruido de motores y bocinas por el embotellamiento. 

Alberto Fernández declaró un feriado nacional: "Este hecho es de una enorme gravedad, el más grave desde la democracia"

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A quince cuadras de allí, en Once, está Milagros. Atiende un local de ropa en la avenida Pueyrredón. “No me preocupa, no estoy informada. No sé, me parece normal”, responde la chica de 20 años cuando esta cronista le pregunta por el intento de asesinato de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirhner. “Me parece normal”, dice como anestesiada mientras cuelga una percha. Llegó a las 8.30 de la mañana y se enteró de lo que pasó cuando en Once vió que había poca actividad. Llegó desde Lomas de Zamora y ahora está pensando cómo volverá a su casa, le dijeron que a las tres ya no habrá colectivos.

En Once, todos los negocios abrieron pero siguen vacías y las permanecen casi desiertas.  Acá no hay rastros del tumulto habitual, ni personas cargando mercadería en bolsas negras. “Hoy es re feriado, no hay nada de gente”, describe Gimena desde un puesto de ropa de hombres en una de las galerías. Anoche, cuando salía del curso de Pastelería, escuchó algo sobre el feriado, pero no sabía por qué era. Esta mañana, cuando se fue a tomar el expreso del 188 en Monte Grande, se enteró del ataque a Cristina. Gimena es de las que dudan: “Si llegaste tan cerca, le disparaste y fallaste me pareces medio tonto. Súper loco”, argumenta. La mujer que tiene 30 años y está embarazada de 7 meses, duda. Dice que no sabe si está armado por el Gobierno:  “¿Cuántas personas fallaron para que el tipo le pueda disparar?”, se pregunta.

Entre la consternación y la indiferencia, así se vive el día posterior al intento de asesinato de la vicepresidenta Cristina Kirchner en los barrios porteños. Apenas pasó el mediodía y en el Parque Centenario, los runners aprovechan el sol para sumar kilómetros, otros toman mates sobre el pasto. En Palermo, hay negocios abiertos y personas paseando. En Caballito, la columna de La Cámpora viene marchando. Son más de cuatro cuadras de banderas blancas y el tránsito se interrumpe cuando cruzan por Acoyte y Rivadavia. “Si la tocan a Cristina, que quilombo se va a armar”, cantan. En la vereda, vecinos y vecinas se suman agitando brazos y aplaudiendo. 

A una cuadra de allí, sobre Acoyte y Rosario, Alejandro atiende el puesto de diarios en el que trabaja hace 10 años. “Me preocupa que no se respete lo institucional, el impacto a nivel de la grieta es peor”. Dice que hoy hay poca gente, pero que en el puesto ya escuchó de todo: gente que duda, gente que se emociona y gente que se queja porque Fernando Andres Sabag Montiel falló con el disparo. “Hay cosas que mejor ni repetir”, dice cuando se acuerda de los clientes que quieren ver a Cristina muerta. “La violencia no tiene que existir. Este es un país violento, pero hasta ayer pasaba por el hablar o el insultarse”, dice el hombre de 66 años.

El subte D, que une Belgrano con Plaza de Mayo, tiene una actividad casi normal, hay vendedores ambulantes y músicos que se trasladan de vagón en vagón. “Acepto Mercado Pago”, dice una mujer que vende tres pares de medias a 500 pesos. En ese barrio trabaja Susana, tiene 48 años y es empleada en una casa particular. Cuando se levantó a las 6.30 de la mañana se enteró que sus hijos, de 10 y 8 años, no tendrían clases. Los dejó solos en su casa y salió a trabajar. “Me parece un desastre. Pienso que es un mensaje de silencio, le están diciendo a Cristina que se calle”, cuenta. Es media mañana y está en una plaza sobre la Avenida Libertador paseando el perro de su empleadora. Allí se mezclan trabajadores que construyen veredas con personas que hacen gimnasia. Esta mañana, en Belgrano, hay muchos perros y pocos autos. “Lo de Cristina me duele”, dice. 

En La Paternal, madres y padres de un jardín cooperativo decidieron ir a Plaza de Mayo. Habían planificado hacer una salida después de clase y cambiaron los planes.“Dijimos, tenemos que ir a la plaza, hoy decidimos repudiar este atentando contra la democracia, otras madres también lo van a hacer”, dice Jessica, antes de movilizarse con su hijo Pedro, de 4. 

Franco, de 25 años, vive en Lugano. Vende panchos en un puesto callejero, tampoco sabía nada hasta hoy por la mañana. “No es mi problema, yo salí a trabajar”, dice.

Así de ambivalente se vive este feriado en la Ciudad de Buenos Aires, entre la tristeza, la consternación y la indiferencia. 

CDB/MG

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