Una de cada dos familias del AMBA detectó problemas de aprendizaje en sus hijos por la falta de clases presenciales

El 64% de los chicos teme por su salud o la de su familia.

“¿Acá es la escuela hoy?”. Mateo tiene 5 años y está a punto de sentarse en una de las sillas de plástico tamaño infantil que está plantada frente a la Quinta de Olivos, sobre la avenida Maipú. Algunas madres despliegan todavía más sillas y un pizarrón de los que los chicos tienen en sus casas: están a punto de organizarlos para que los más chicos dibujen su escuela, los que están en los grados intermedios de la primaria hagan la tarea que llevaron hasta ahí, y los de secundaria participen de alguna clase virtual a través del celular y con la residencia presidencial como telón de fondo.

Son madres que se organizaron desde que el presidente Alberto Fernández anunció la suspensión de las clases presenciales en el AMBA para que sus hijos se reunieran con otros compañeros de colegio en plazas: ellas improvisaron clases que este miércoles concentraron frente a Olivos.

Según el Observatorio de Psicología Social de Argentina (OPSA), que depende de la Facultad de Psicología de la UBA y que encuestó a más de 1.200 familias del AMBA entre el 17 y el 19 de abril, uno de cada dos padres y madres refirieron que sus hijos experimentaron dificultades de aprendizaje a raíz de la suspensión de las clases presenciales. A la vez, el 64% de las familias aseguraron que sus hijos temen por su salud

“Este ida y vuelta, esta incertidumbre sobre si habrá o no clases, es un desgaste enorme para los chicos. Los chicos que habían recuperado una presencialidad sostenida, de todos los días, estaban por tener pruebas, las primeras evaluaciones después de un año: eso los tenía expectantes y a la vez nerviosos, y de repente no saber si iba a ocurrir o no los sacude mucho. A la vez, como estamos hablando constantemente de la segunda ola, hay muchos chicos que temen contagiarse o contagiar a un familiar. Todo este escenario les genera mucha ansiedad y mucha angustia”.

Angélica Kennedy es psicopedagoga en una escuela privada del AMBA y asegura: “Los contenidos en sí se compensan. Lo preocupante es la pérdida de ritmo de estudio, que es el aprendizaje más importante. Se pierde el entrenamiento en sentarse, enfocar, sostener la atención, y el desarrollo de las habilidades sociales. Hay cosas que el cerebro puede absorber después, pero para algunas cosas, después es un poco tarde. Nunca del todo tarde, pero un poco tarde. Las habilidades sociales se aprenden en el jardín, jugando con otros”, describe.

En dos de los tres últimos días hábiles, quienes estudian en escuelas de la Ciudad -y sus familias- supieron si habría o no clases presenciales la noche anterior a tener que asistir. “Estos cambios constantes les generan mucha ansiedad a los chicos. No saben cómo va a ser su rutina y eso los angustia, porque eso que la docente planifica sobre el dictado de clases también está en cada planificación que cada chico tiene en la cabeza”, suma.

El relevamiento de OPSA también concluyó que 6 de cada 10 de personas aseguran que el estrés familiar aumentará por la vuelta a la virtualidad y el 45% de madres y padres sostienen que sus hijos tomaron muy mal la suspensión de clases presenciales. A la vez, el 36% respondió que el cambio no afectó a sus hijos y el 19% sostuvo que sus hijos tomaron muy bien el cambio de modalidad. El 58% de las familias vieron a sus hijos más ansiosos.

El relevamiento de OPSA también concluyó que 6 de cada 10 de personas aseguran que el estrés familiar aumentará por la vuelta a la virtualidad y el 45% de madres y padres sostienen que sus hijos tomaron muy mal la suspensión de clases presenciales.

“A una situación compleja de por sí como la pandemia se suma un conflicto entre dos partes, de dos poderes que toman decisiones, y que por un lado plantean que no haya clases y por otro lado, que sí. Esto impacta, produce inseguridad y desconcierto, y alimenta las ansiedades más primitivas: se activa un sentimiento de abandono y el miedo a no salir del túnel”, explica Josefina Saiz Finzi, psicoanalista especializada en bebés, niños y adolescentes.

“En este momento, el niño necesita una familia contenedora, lo que pasa es que la familia está también desconcertada. Sirve pensar que más adelante las cosas van a estar mejor, que vamos a superar esta situación, y que este ida y vuelta actual sobre las clases en algún momento va a definirse. Por sí o por no, pero va a definirse. A la vez, para lograr que la situación familiar sea contenedora hay distintas vías: reunirse a jugar, dejar algunos momentos para cada uno estar solo, diferenciarse para que cada uno pueda ser quien es, estar juntos pero no pegados”, suma Saiz Finzi, que integra la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Esa entidad habilitó en marzo del año pasado, apenas el CoVid-19 llegó a la Argentina, un servicio de asistencia psicológica gratuita: según Saiz Finzi, las consultas por escenarios familiares conflictivos mediados por la cuarentena, el teletrabajo y las clases virtuales están entre las más frecuentes.

“Este escenario desde hace meses genera mucha angustia, incertidumbre y enojo en los chicos que quieren ir a la escuela y no pueden. A la vez, genera miedo en los que temen contagiar a su familia. Es momento de dialogar con los chicos, dejarlos que descarguen sus emociones, porque lo que no se descarga daña el cuerpo y puede desencadenar una enfermedad psicosomática”, explica Felisa Lambersky, psicoanalista y también integrante de APA especializada en niñez y adolescencia.

“Lo que vemos ante estos cambios bruscos en la rutina es que los más chicos tienen regresiones como volver a dormir con los padres o volver a hacerse pis, y los chicos en general padecen insomnio y trastornos de conducta. Los cambios tan inminentes producen mucha frustración y mucha angustia porque no se sabe qué va a pasar de acá a una hora y no se puede obtener lo que se quiere de forma inmediata. El aparato psíquico no está preparado para eventos en los que hay demasiada sorpresa, porque no sabe lo que viene. No es irreparable pero frustra, y a la vez enseña, aunque de forma violenta, que no se puede obtener lo que quiere enseguida”, reflexiona Lambersky, y advierte: “Hay que estar atentos a que los chicos duerman bien, coman bien, no tengan regresiones y no se encierren en estados depresivos. Todas esas son señales de alarma ante las que convendría buscar ayuda. Y en este escenario, sería importante que las autoridades dialoguen directamente con los chicos: son seres humanos”.

Para Saiz Finzi, “cuando alrededor hay estrés y se entroniza la idea de que esto va a ser cada vez peor, conviene despegarse un poco de ese escenario. Pensar que en algún momento se va a confirmar si habrá o no clases. Hay cada vez más gente separándose de esta disputa, sabiendo esperar que se defina. Ahora mismo somos parte de un conflicto: es difícil no verlo y no pensar en eso, pero hay que confiar en que va a terminarse. Hay una inmunidad psíquica que hay que buscar, y separarse con inteligencia del conflicto, reforzar la tolerancia y hablar de lo que angustia y estresa es parte de eso”.

El psiquismo humano tiene una plasticidad y una capacidad de resiliencia verdadera. Esta situación crea déficit emocional, hay que elaborarla, pero el psiquismo humano ha demostrado que puede recuperarse”, concluye Saiz Finzi.

En la puerta de la Quinta de Olivos, Mateo insiste: “¿Hoy estudiamos acá?”.

JR

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