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La nueva ola de Covid-19 en Reino Unido, entre la pasividad del Gobierno y la aceptación de la población

Personas caminando por el Long Walk en Windsor.

Hannah Devlin

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Es uno de los enigmas de la fase actual de la pandemia de COVID-19: Reino Unido es uno de los países con mayor número de infecciones en todo el mundo y de muertes por coronavirus, pero el estado de ánimo nacional ha sido hasta ahora optimista. Las voces expertas advierten de que puede que esa percepción actual no perdure.

“Estamos en una fase en la que todavía hay un gran número de personas que mueren a causa de esta enfermedad”, dice Linda Bauld, profesora de salud pública de la Universidad de Edimburgo. “Pero ha pasado a un segundo plano. Nos hemos acostumbrado a algo que no ha desaparecido. Creo que se ha generado una insensibilización ante la mortalidad”.

Este jueves, Reino Unido ha registrado más de 52.000 nuevos casos de coronavirus y 115 muertes. Este martes, anotó la mayor cifra diaria de decesos desde marzo, 223. Las muertes por COVID-19 de los últimos siete días suman más de 900. Las hospitalizaciones van en aumento, con una quinta parte de las camas de UCI ocupadas por pacientes con COVID-19. Los últimos registros indicaban que unos 200.000 alumnos se habían ausentado de la escuela por contagios.

A Reino Unido le está yendo mucho peor que a sus vecinos europeos. Su tasa de muertes por millón de habitantes casi triplica la de Francia, Alemania e Italia. La incidencia es unas 20 veces mayor que la de España.

Sin embargo, las cifras siguen siendo mejores que lo que algunos predecían: los científicos del Grupo Asesor Científico para Emergencias (SAGE, por sus siglas en inglés) habían dicho que para octubre podrían producirse 7.000 hospitalizaciones diarias.

Normalización

En cualquier caso, no todo son estadísticas. “Cuando se informaba sobre el COVID-19, se decía 'Lamentablemente, han muerto tres personas'; después 'Lamentablemente, han muerto 70”, dice el profesor Robert West, científico del comportamiento del University College de Londres. “Ahora ya no se dice 'Lamentablemente'. Una cosa que sabemos de los humanos es que nuestras emociones se agitan con las imágenes, no con los números”.

Bauld cree que las actitudes actuales han sido moldeadas por el “relato del Día de la Libertad”, el contrato social establecido entre el Gobierno y la población según el cual, si la población iba a vacunarse, la vida volvería a la normalidad (si bien el nivel de vacunación de Reino Unido, un 67% es inferior al de otros países europeos; en España es el 78%). “Mucha gente se lo ha creído”, dice. Esto incluye a algunos científicos.

“Algunos opinan que la COVID-19 se está convirtiendo en una enfermedad endémica, que desde siempre estuvo destinada a serlo y que solo hay que seguir adelante con ello”, dice Bauld. “Por otra parte, tenemos a otro grupo de científicos que dice: ‘En todo el mundo hay países que no tolerarían tasas de infección tan altas. ¿Y qué hay de la COVID persistente?’”.

La creciente división en la comunidad significa que los científicos ya no ofrecen un argumento coherente, por lo que, hasta cierto punto, el Gobierno puede elegir qué opinión apoyar. ¿Existe algo particular en la psique británica —una rigidez, una aceptación de la angustia— que hace que el país parezca relativamente inamovible ante el número de víctimas de la pandemia?

“Definitivamente, no”, dice West. “Los británicos son mucho más prudentes que la mayoría de los demás países cuando se trata de conducir, de la salud y la seguridad en el trabajo, y de la forma en que abordamos la salud pública”.

“Esto es algo que está condicionado por las normas que vemos a nuestro alrededor. Cuando nuestros dirigentes hablan de la COVID-19 en tiempo pasado, ese mensaje llega a la gente”.

Sin reacción

A medida que una enfermedad pasa de la fase pandémica inicial a la de enfermedad endémica, las curvas de datos que perfilan su propagación se vuelven menos dramáticas. Los psicólogos afirman que este flujo constante de muertes diarias —aunque ahora Reino Unido está en una trayectoria ascendente— tiende a parecer menos alarmante que las subidas que presenciamos durante el primer año de la pandemia.

“Estamos hechos para reaccionar al cambio. No reaccionamos al estado estacionario”, dice West. “Algo tendrá que cambiar en la mente de las personas para que sientan que tenemos que hacer más al respecto”.

Según West, aceptar el estado estable es una cuestión de perspectiva. “Hay estados estables que parecen preocupantes para los humanos”, dice. “Al ver que esto va a seguir y seguir... puede la población empiece a decir: ‘No podemos seguir teniendo 1.000 muertes a la semana’”.

Puede que un posible desencadenante de esa reconsideración sea la continua presión sobre el Servicio de Salud público británico (NHS, por sus siglas en inglés). Si bien los hospitales no están “desbordados”, las cifras publicadas la semana pasada muestran que, a finales de agosto, 5,7 millones de personas estaban en lista de espera para ser atendidas, la cifra más alta desde que se iniciaron los registros en 2007.

“No hemos vuelto a la normalidad, así de simple”, dice el profesor Tim Cook, consultor en anestesia y medicina intensiva. Con cerca del 20% de las camas de UCI y el 10% de las camas en los hospitales ocupadas por pacientes con COVID-19, no hay perspectivas de una vuelta inminente a la normalidad.

“Esa proporción seguirá aumentando lentamente, ocupando las camas de los hospitales durante muchas semanas o meses”, dice Cook. “No veo que llegue el fin de este nivel de ocupación hasta dentro de bastante tiempo”. Sin embargo, existe un desacuerdo incluso entre los profesionales sanitarios sobre cuál sería un “estado estacionario” aceptable para la COVID-19.

“Algunos siguen apoyando un modelo ‘COVID cero’, con el objetivo de no tener ningún caso, mientras que otros aceptan la situación actual, en la que tenemos unos 40.000 casos”, dice Andrew Goddard, presidente del Colegio de Médicos británico. “Todos hemos aceptado —médicos incluidos— 10.000 muertes por gripe al año, lo que nos dice mucho sobre lo que podríamos aceptar con respecto a la COVID-19, aunque el impacto en las partes más desfavorecidas de la sociedad y en ciertas minorías étnicas puede reducir la tolerancia a tales cifras”.

¿Nueva normalidad?

Todavía no está claro en qué punto dentro de este continuo se encuentran los ciudadanos británicos. Algunos se oponen a la idea de que existe una aceptación de la situación actual. “La idea de que todo el mundo acepta la nueva normalidad es muy peligrosa”, dice el profesor Stephen Reicher, psicólogo de la Universidad de St. Andrews. “De ese modo se refuerza la sensación de fatalismo”.

Reicher señala una gran cantidad de evidencia en psicología que demuestra que, en la mayoría de las ocasiones, nuestro comportamiento puede regirse por aquello que pensamos que piensan los demás antes que por nuestras propias creencias. “Si tu actitud es contraria a una norma social percibida, es menos probable que actúes en consecuencia”, dice.

Según Reicher, el Gobierno ha estado “normalizando sistemáticamente” la tasa actual de infecciones en Reino Unido. “Han estado actuando como si esto fuera inevitable, aparentemente relajados ante el aumento de las infecciones”, dice. “La gente suele querer una explicación psicológica genérica, pero no debemos ignorar el contexto político e ideológico en el que esto está ocurriendo. Estamos ante un fenómeno de normalización”.

Una forma poderosa de normalizar una situación es explicándola a través de un fenómeno natural. Por ejemplo, adjudicándoles la continua propagación de la COVID-19 a las virulentas propiedades de la variante delta.

Según Reicher, los medios de comunicación también contribuyen a establecer una percepción de lo que es “normal”. “Las investigaciones demuestran que los medios de comunicación no hacen cambiar de opinión a casi nadie. Pero cambian lo que piensa la gente sobre qué piensan los demás”.

Las encuestas más recientes muestran que la población mantiene una actitud prudente respecto a la prevención de la COVID-19. Sin embargo, existe una brecha cada vez mayor entre las actitudes y los comportamientos. Para algunos, la falta de reacción pública ante la continua tasa de mortalidad es desconcertante. “Es absurdo que simplemente aceptemos las tasas de infección actuales. Nadie hace un escándalo al respecto, pero más de 100 personas mueren cada día a causa de la COVID-19”, dice Kit Yates, profesor de matemáticas de la Universidad de Bath.

Yates señala que, aunque la vacunación ha impactado en las elevadas tasas de contagio, tener tanto virus en circulación no deja de tener consecuencias.

“La tasa de mortalidad actual equivale a que más de 40.000 personas al año mueran de COVID-19. Esto no es normal”, dice. “El Gobierno ha abandonado toda pretensión de adoptar medidas de salud pública para controlar la COVID-19. Es un escándalo nacional, pero parece estar pasando desapercibido”.

Traducción de Julián Cnochaert.

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