Deolinda Carrizo, la funcionaria campesina que quiere empoderar a las mujeres en sus tierras

Deolinda Carrizo, la funcionaria campesina que quiere empoderar a las mujeres en sus tierras

“No ha sido magia, ha sido el fruto de un proceso de lucha”. Así responde Deolinda Carrizo, histórica dirigente del Movimiento Nacional Campesino de Santiago del Estero (Mocase), cuando se le pregunta sobre su llegada al Ministerio de Agricultura de la Nación, donde se toman las decisiones de las problemáticas y políticas que la desvelan hace añares. “Yo, como tal, no me imaginaba en ese lugar. Pero apostábamos como organización a que la democratización del Estado fuera también en espacios donde pudiéramos participar”, se sincera Carrizo, o “la Deo” para todo el mundo.  

Ha sido un largo camino el de esta mujer que mamó la lucha por la tierra de nacimiento. Su padre, Pocho, fue uno de los fundadores de este movimiento campesino e indígena, insurrecto e icónico de nuestro país, que tiene más de tres décadas de existencia.  

Deolinda tiene ahora tiene 41 años, vive con su compañero y sus tres hijos, dos varones y una mujer, en Quimilí, un pueblo de 25.000 habitantes a doscientos kilómetros de la capital santiagueña. Desde allá atiende a elDiarioAR una noche de septiembre. Dice que está empezando el calor, que afuera es un polvaderal y que hace mucho que no llueve. De fondo, su hijo pequeño llora y su compañero prepara la cena. La entrevista transcurre en un tono sereno y reflexivo con raptos de humor que desembocan en risotadas en medio de una conversación extensa. Deolinda es locuaz y siempre tendrá algo más para decir.  

Desde allá, pandemia mediante, pero también por vocación de gestionar en territorio y no desde una oficina, trabaja en políticas que mejoren la calidad de vida del campesinado indígena, en especial de las mujeres. Desde que fue nombrada directora de Género e Igualdad, en enero de este año, viajó solo dos veces a Buenos Aires, donde transitó el interior de ese edificio al que solo conocía por fuera, de tantas veces que marchó a la gran ciudad con sus compañeros y compañeras para hacerse oír. Y de alguna manera, se puede decir que a la larga, lo logró. 

Del monte seco aflora la rebeldía 

Deolinda Carrizo nació en 1980 en Pampa Pozo, territorio de la comunidad indígena Vilela, tierra de sus ancestros. La partera fue su bisabuela, doña Nemesia Gallardo. Igual que sus seis hermanos y hermanas, creció en medio de ese monte árido donde abundan los algarrobos, lapachos, y espinillos, en ese monte áspero en el que hay que abrirse paso a los hachazos, en ese monte yermo que, aún en la adversidad, es tierra fértil para que se alimenten los animales que crían en comunidad: chivas, ovejas, yeguas y vacas que pastan en libertad.  

Pampa Pozo es un rincón del Santiago profundo donde alguna vez habitaron unas cien familias y en donde hoy no queda casi nadie. Y es en ese paraje de ranchos de adobe donde transcurrió su infancia, hasta que llegó la hora de ir al secundario y tuvo que trasladarse a Quimilí, donde transcurrió su adolescencia cursando en un colegio de curas. Resulta que una vez, para un trabajo práctico de segundo año, Deolinda le pidió la biblia a su abuela, que era evangelista, y la comparó con la católica. Como ambas tenían los mismos versículos, recuerda que le preguntó a la profesora cuál era la diferencia entre ambas escrituras, y asegura que la docente no supo responderle, sino que más bien se enojó. “No ha sido capaz de debatir”, rememora hoy Deolinda. El espíritu rebelde comenzaba a aflorar en esta mujer curtida en un monte ajado por las sequías.  

Tiempo después, ya militante activa del Mocase, se haría fuerte poniéndole el pecho a las topadoras, enfrentando a la policía que venía a desalojarlos una y otra vez, aguantando los embates de los matones que enviaban los latifundistas y que aniquilaban a sus animales, envenenaban sus pozos de agua, quemaban sus casas. 

Narramos esta historia en pasado, pero aún hoy estos sucesos se replican en territorio santiagueño. De hecho, la casa de sus padres fue incendiada en un capítulo más de las álgidas luchas por la posesión de la tierra. 

Ernesto Picco es periodista, autor del libro Crónicas de tierra y asfalto, y conoce de cerca las problemáticas de su provincia natal. Atiende a elDiarioAR una mañana de septiembre, al término de su programa Agenda Propia, por Radio Universidad. “Deo estaba en la casa donde vivían sus padres, la prendieron fuego y le mataron animales. Los desalojos son constantes, entran a los campos, envenenan animales, tapan los pozos de agua. Son siempre los mismos empresarios, un par de familias que insistentemente avanzan sobre esos terrenos. El que está en la mira ahora es Orlando Canido, el dueño de la marca de gaseosas Manaos”.  

Deolinda y los suyos conocen estas historias de boca de sus ancestros, que se refugiaron en Pampa Pozo a principios del siglo pasado, huyendo de los colonos que irrumpían en los territorios para llevarse a los pobladores y esclavizarlos. “Nuestros abuelos y padres han mamado esa violencia y han sido atemorizados. A mi papá los maestros le pegaban si decía alguna palabra en quechua. Así han implementado la violencia y la discriminación de los pueblos originarios, para que no puedan reproducirse. Porque tener una lengua es invaluable, un poder que tiene todo pueblo para pelear sus derechos – reflexiona Deolinda - . Una va autovalorándose en el marco de un colectivo de personas. Descolonizarnos le dicen, pero a mi me gusta decir desarmarnos para volvernos a armar, asumirnos indígenas. No era fácil salir a pelear desde tu identidad unas décadas atrás. Decías que eras indio y te azotaban, te cagaban matando”. 

Una líder con mística

El Mocase nació en el año 1990, cuando la capital del país iba camino a ser el reino de la pizza con champagne, mientras que en Santiago se moldeaba la insurrección, resistiendo a los desalojos y el desmonte por parte de empresarios voraces que contaban con la complicidad del poder político, judicial y la policía, quienes colaboraban en el afán insaciable de los latifundistas por extender sus fronteras agropecuarias, sembrando soja y terror en el monte. 

A treinta años de su fundación, el movimiento está integrado hoy por unas 35.000 familias que están repartidas en veinticinco departamentos de la provincia. Tienen seis radios, una Universidad Campesina y una Escuela de Agroecología construida con el  objetivo de fortalecer el arraigo de la juventud campesina indígena en la provincia, y que entusiasma sobremanera a esta dirigente incansable. En los últimos años, dice, el foco está puesto en acompañar y asesorar a las mujeres en situación de violencia. 

Hacia fines de los noventa, Deolinda viajó a Cidrolandia, en Matto Grosso, en el sur de Brasil, a participar de los cursos de formación política del icónico Movimiento Sin Tierra (MST). Tenía 18 años y fue su primera salida del país. “Ha sido como abrir una ventana en la mente y dimensionar en el lugar que estaba involucrándome, de encontrarme con realidades muy similares a las nuestras. De conocer el asentamiento del MST y cómo estaban haciendo la conquista de la tierra. Entender quiénes y por qué hacían las políticas económicas de esa manera, qué era el patriarcado y el capitalismo. De sabernos como América Latina en lucha”, rememora hoy a elDiarioAR

A pesar de ser un movimiento horizontal, hay figuras que se agigantan, como la de esta mujer morena, de cabellos cobrizos y rasgos inequívocamente indígenas. Una mujer que demuestra la robustez y fortaleza de un algarrobo, y al mismo tiempo, cuando uno la escucha hablar, encarna la dulzura e intensidad de la miel de mistol. 

Deolinda arrancó en el área de Juventud y Comunicacón y llegó a ser delegada del área de Sudamérica. Entre 2013 y 2019 fue secretaria operativa, junto a Diego Montón, de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (Cloc – Vía Campesina).

“De 2017 para acá ha habido un cambio en la figura de ella. El Mocase no es personalista, son muy horizontales en su construcción Pero la Deolinda es un caso excepcional, es avasallante pero bien, ha viajado por todo el mundo, tiene una cabeza…-  opina Ernesto Picco - . Lo del ministerio es circunstancial, es un reconocimiento a la militancia de base regional latinoamericana. Es, sin dudas una líder mundial campesina”, completa el periodista. 

Adolfo Farías trabaja en la Secretaría de Tierra y Derechos Humanos del Mocase y la conoce desde que ambos eran muy jóvenes, desde sus inicios militantes. “La Deo es un emblema del campesinado de los pueblos indígenas en América Latina, una luchadora que lleva adentro el movimiento. Estamos representados por una compañera del monte que tiene los ovarios bien puestos para defender los derechos de los campesinos indígenas. Que no tiene miedo, que ha enfrentado los desalojos, que ha estado cuando han reprimido compañeros. Que nunca ha retrocedido, que empuja y levanta el corazón de los que menos tienen. Es una mujer con mucha mística, con mucha sabiduría”, la enaltece Farías. 

Soberanía alimentaria y feminismos 

“La soberanía alimentaria es una bandera que hace 25 años venimos sosteniendo e irradiando en todos los ámbitos posibles. Es el derecho de los pueblos a decidir qué y cómo producir, y una apuesta política donde se prima la producción local y nacional para el pueblo. El derecho a la alimentación y la tierra no pueden estar presos de los intereses mercantilistas de las transnacionales”, denuncia Deolinda, quien cree que todos deberíamos tener una poción de tierra para producir y espacios para acceder a alimentos de calidad y agroecológicos. “Somos los responsables de ese principio político que hemos traído, de que se vaya plasmando en la políticas publicas que se den en nuestro país”. 

A Carrizo la entusiasma su gestión y lo que tiene por delante. La gratifica poder financiar a las mujeres campesinas y acortar la brecha de género. Por eso, habla con fervor del programa Nuestras Manos, que financia maquinaria, herramientas y nuevas tecnologías para mujeres. “Eso ya es un impacto, porque las mujeres del campo, históricamente, no hemos tenido el acceso a esa herramientas, son beneficios que siempre fueron para los hombres. Muchas de estas mujeres van a tener autonomía económica y posibilidades de inscribirse para el acceso a créditos”, detalla. 

Además de las violencias de género, cuyo punto extremo es el chineo - que es la violación en manada por parte de hombres criollos que salen al campo a buscar mujeres para abusar de ellas sexualmente - y la brecha económica, también está presente la brecha sexual en el horizonte a conquistar del que habla la dirigente. “El disfrute sexual es otro ámbito dentro de las luchas que tenemos. Hemos tenido que aprender a desandar y armarnos en fuerza común y luchar por lo que nos corresponde. Desde lo cultural, social, político hasta lo sexual. Hablar sobre la sexualidad era una cosa vergonzosa y todavía sigue pasando. No todas pueden decir: ‘¡Ah! ¡qué rico orgamso mi’ dao!’. Es raro que encuentres una mujer en medio del monte hablando así”, grafica Deolinda, que no tiene pelos en la lengua para hablar los temas que la desvelan, como la construcción de un feminismo campesino y popular. “La lucha por la tierra era la gran bandera de las mujeres de la agricultura familiar agroecológica. Reconocemos que ese feminismo, antes demonizado por la sociedad patriarcal machista, también estaba atravesando por prejuicio propio, al decirnos feministas. Después, con espacios de encuentro, hemos ido dándole esa fuerza desde nuestra realidad, desde nuestra identidad, desde nuestro trabajar en la tierra. Así que ese feminismo campesino popular ha sido la construcción política ideológica que se diferencia de otros feminismos urbanos”.   

Majo Venancio es abogada y militante del Mocase. Conoce a Deolinda desde que se sumó al movimiento, hace quince años. “La Deo es de esas personas que marcan caminos en la defensa de la tierra, pero también en la defensa de los derechos de las mujeres. La resistencia de las mujeres indígenas campesinas en el monte siempre ha estado. Si tenían que pararse y resistir lo hacían, y Deo sintetiza esa mística y la transmite. Ella nos recuerda por qué estamos y qué estamos defendiendo. Es duro luchar por la tierra, porque muchas compañeras han dejado su vida y muchas otras cosas en el camino. Contar con dirigentes como Deolinda es un alivio, un empuje, un aliento a no caer, a no dejarnos ganar por el monstruo. Tiene mucha fortaleza para enfrentarse a una delegación policial o a una topadora, y una sensibilidad profunda para acompañar las mujeres. Ella aporta sensibilidad y la humanidad a la políticas publicas”. 

En Deolinda Carrizo, la Deo, sobrevuela el aura de una mujer que vive en estado de aprendizaje permanente y lucha sin cuartel. Al principio de la militancia, dice, le costaba expresarse más allá de sus fronteras, pero encontró en sus compañeras y compañeros el apoyo necesario. “Antes hablaba solo para nuestro espacio, el Mocase. Pero ahora es otro panorama, me toca seguir ampliando el mensaje, y me voy acomodando. La diplomacia me cuesta. Soy insumisa a la diplomacia urbana”. 

GP

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