Formas de respirar, formas de fracasar (con libros)

Fito Páez en la tapa de "Del '63", su primer disco.

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Solo te pido un poco de aire para respirar/y dejás entrar aquella melodía. La rumba del piano - Fito Páez

Hacer que un año pesado se vuelva un montón de papelitos y tirarlos por la ventana. Venía con esa imagen, que algún tiempo atrás era habitual hacia fines de diciembre entre oficinistas, sobre todo en el centro porteño. Sí, ya sé que por cuestiones ambientales ese ritual hoy parece un poco complicado y también que no queda muy claro qué fue del centro. Ése que mientras todo se desmorona no puede sostenerse, como dice el recurrente poema de W. B. Yeats, The Second Coming (anoto: alguna vez habrá que hablar de los lugares comunes y la fascinación que provocan, incluso hacer una especie de apología). Pero bueno, me quedé con lo irrebatible de la escena: alguien se propone romper todo eso que fue escrito, resguardado, archivado, tipeado con rabia, discutido, amado u odiado a lo largo de doce meses. Lo hace crujir con las manos. Lo reduce a la mínima expresión –un cuadrado minúsculo de papel–, abre una ventana y lo lanza para que se lo lleve el viento. Un poder sobrenatural y fugaz. Una manera de hacer llover. Una quimera.

Claro que no me puse a romper cuadernos ni hojas en mi casa –¡jamás!–, pero sí me di cuenta de que, después de algunas semanas cuesta arriba, necesitaba dejar algunas cosas suspendidas en el aire hasta perderlas en algún tipo de horizonte. Una pausa, una especie de intervalo, una moratoria mental.  

Toda esta cantinela para decirles que me tomé unos días (aclaro: muy poquitos) y me fui hasta una casa cerca del mar, a la que me invitaron mis amigos Hernán, Nico y Adru. Lo que encontré fue tan contundente y tan elemental como tomar aire, como un respiro. Lleno de ritos (la hora de ir a la playa reposera en mano, los churros, las caminatas con los pies que se hunden, la arena que se mete por todos lados, mirar el pronóstico, bañarse para salir a un centro que sí parece sostenerse). Lleno de reencuentros (amigos que no veía desde antes de la pandemia, el mar, una ciudad que no visitaba desde la infancia). Y también lleno de canciones en español, que con ayuda de Hernán recopilamos en esta lista que les comparto por acá.

No mucho más (después de todo, este espacio también necesita ventilarse, volverse un montón de papelitos a la intemperie). Y a la vez tanto, entre música, risas y oxígeno.

Ya de vuelta en mi casa busco respiro en el diccionario ya saben porque lo dije varias veces por acá: uno de mis deportes favoritos y de los más saludables y las definiciones son claras: la evidente, la del cuerpo, la de los órganos. Pero también hay otras formas de respirar, que tienen que ver con el mundo laboral (“rato de descanso en el trabajo, para volver a él con nuevo aliento”); con lo anímico (“alivio, descanso en medio de una fatiga, pena o dolor”); con lo económico (“prórroga que obtiene el deudor al expirar el plazo convenido para pagar”).

Los invito a pasar por una nueva edición de Mil lianas, que esta vez intenta ir directo a los pulmones. ¡A inhalar que se acaba el mundo!

1. Cacería de niños, de Taeko Kōno. Una rareza por donde se lo mire y, a la vez, una obra de esas que dejan huellas, que perturban. Cacería de niños (La Bestia Equilátera, 2021), de la escritora japonesa Taeko Kōno es un libro de cuentos en los que cada historia propone un camino inquietante. Hay, en casi todos ellos, una calma opaca, que de un momento a otro empieza a desarmarse y chirriar. Es que detrás de parejas que parecen establecidas desde hace mucho tiempo, de mujeres que recuerdan o de madres que guardan secretos, tarde o temprano se desgranan crueldades, escenas de violencia y pederastía, sesiones de sadomasoquismo y hasta asesinatos de niños. Sin embargo, y tal vez por un tipo de escritura que no viene a subrayar ni moralizar, los cuentos atrapan y provocan un impacto, pero nunca sofocan.

Se trata, además, de cuentos largos, que se van desplegando en varias páginas para meter a lectoras y lectores en universos que se asemeja al de todos los días y que a la vez tiene un costado crudo. Aunque sorprenden en muchos casos por una mirada sobre el mundo de las mujeres y el deseo femenino que pareciera muy actual, los textos fueron escritos a principios de los años ‘60.

Decía que Cacería de niños se trata de una rareza porque su autora, pese a ser una de las escritoras más importantes de su país (publicó numerosos libros de ensayo, teatro y novelas), nunca había sido traducida al español hasta ahora.

Tal como señaló el escritor argentino Martín Felipe Castagnet en una charla sobre este libro que dio para el club literario Pez Banana, se trata de una “traducción indirecta”, porque la reciente edición Cacería de niños fue traducida de su versión en inglés por el escritor argentino Hugo Salas (ya que estamos, les dejo acá el link para ver esa charla de Castagnet porque sirve como una buena guía sobre la literatura japonesa, sobre cada uno de los nueve cuentos de este libro y sobre esta escritora tan particular).

Taeko Kōno nació en 1926 en Osaka y murió en 2015. señalada como una de las escritoras más influyentes de su país, recibió numerosos premios por su trabajo. Me impactó mucho leer que cuando estalló la Guerra del Pacífico en Japón, la escritora fue reclutada para trabajar en una fábrica de municiones y que, agotada después de jornadas intensas, se ponía a escribir cuando llegaba a su casa por la noche.

Cacería de niños, de Taeko Kōno, acaba de salir en español por la editorial La Bestia Equilátera, con traducción del escritor argentino Hugo Salas. Por acá y por acá se puede ver la charla que dio el escritor Martín Felipe Castagnet para el club de libros Pez Banana.

2. Harta del éxito. De este ciclo de entrevistas con escritoras y escritores argentinos me interesó mucho su punto de partida: el fracaso. O algo así.

Con conducción de la periodista Liliana Viola y producción de la Red de Bibliotecas de la Ciudad de Buenos Aires, Harta del éxito reúne a grandes referentes de la literatura nacional para explorar la idea de derrota (y a veces su reverso: ese espejismo que puede llegar a ser el éxito) y su vínculo con quienes se dedican a la escritura. A partir de eso, entonces, en algunos diálogos aparecen las expectativas propias y ajenas sobre lo que se escribe, las ansias por la publicación, la voracidad del mercado, el concepto de best-seller, la volatilidad de algunas búsquedas personales, el placer de encontrar una voz propia y más.

Liliana Viola lleva cada conversación con entusiasmo y picardía. Con la escritora y editora Paula Pérez Alonso (hablamos de ella y su última novela, Kaidú, por acá) conversan, por ejemplo, sobre cómo una primera novela considerada exitosa puede ayudar o no a seguir escribiendo. Con Mariana Enriquez, a la vez, aparece la relación –por lo general, un desfasaje– entre el supuesto éxito editorial y el dinero. La saga se completa con I Acevedo, Ariel Schettini, Marta Dillon y Camila Sosa Villada y está disponible de manera gratuita en la plataforma Vivamos Cultura.

Producida por la Red de Bibliotecas Públicas de la Ciudad de Buenos Aires, la serie de entrevistas Harta del éxito, a cargo de Liliana Viola, está disponible en la plataforma Vivamos Cultura, que se puede encontrar aquí.

3.Taming the Garden, de Salomé Jashi. Cuando tuvo su estreno local durante el Festi Freak comentamos Taming the Garden por acá, uno de los mejores documentales que se estrenaron durante 2021. Hace pocos días la plataforma Mubi lo subió a su menú, así que me pareció una buena excusa para volver a él.

Como dijimos aquella vez, el misterio está planteado desde el comienzo: alguien, presumiblemente con mucho dinero y recursos, se dedica a rastrear árboles añosos, algunos centenarios, en pequeñas comunidades costeras de Georgia, un país al borde del Mar Negro, en el límite entre Europa y Asia. De a poco, el documental revela que un emisario de esa persona se acerca a esos pueblos un poco olvidados y ofrece por esos árboles grandes sumas de dinero a los lugareños, que entre sorprendidos, maravillados e indignados empiezan a ser testigos de un saqueo demencial: uno a uno se empiezan a llevar enormes ejemplares –algunos tan altos como edificios de 15 pisos–, que primero son arrancados y luego trasladados hacia un lugar desconocido.

Aparecen, entonces, vecinos que recuerdan con cariño esos árboles, la sombra que ofrecían, el paisaje que les regalaban, los momentos que vivieron con ellos al lado. Otros lloran y discuten. Nadie parece quedar inmune a la crueldad de la depredación que van viendo a cuentagotas.

​​Taming the Garden es un registro silencioso de esos desarraigos, con una fotografía impresionante y un acercamiento único a varios de esos operativos de trasplante, que implican el uso de enormes máquinas, el trabajo durante días y noches enteras de hombres que, un poco autómatas, se dedican a la tarea como hipnotizados. Esa hipnosis, por momentos, se traslada también a los espectadores porque algo de esa actividad titánica y desmesurada produce un extrañamiento y un encanto particular, mientras las retroexcavadoras se mueven, la tierra es arada, se intenta seguir a toda cosa sin romper del todo los árboles que luego serán trasladados en barcazas.

Aunque no se nombra en la película pero sí fue noticia en varios medios internacionales (Taming the Garden no es exactamente un documental de denuncia clásico, sino que prefiere observar, registrar, envolver), quienes quieran saber sobre la figura detrás de estos operativos y sus motivaciones, pueden leer la historia completa por acá así no me acusan de spoilear.

En fin, si tienen ganas de ver algo totalmente novedoso en su puesta, les diría que no dejen pasar este trabajo de la cineasta Salomé Jashi, que nació en Tbilisi, Georgia, en 1981 y que pasó por numerosos festivales internacionales como Sundance, Docs Barcelona y Berlín, entre otros.

Taming the Garden, de Salomé Jashi, está disponible en Mubi.

¡Hasta la próxima!

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