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La eterna espera

“Ya no aguanto, es como tener un tercer trabajo”: se profundiza el malestar de los usuarios por la reducción de frecuencias de colectivos

Se agudiza el conflicto con los transportes.

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“Perdón, ¿qué fila es esta?”, “¿Acá es para tomarse el 53 o el 98?”, “¿Esta es la del 102 o el 100?”. Las preguntas se repiten, una y otra vez, en filas que se alargan, se confunden y se mezclan entre sí en Plaza Constitución, uno de los puntos más afectados desde que las empresas de transporte del AMBA redujeron hasta un 30% la cantidad de unidades en circulación, en medio del atraso en el pago de subsidios estatales y el aumento del combustible.

“Trabajo en una obra acá en Capital y después, cuando vuelvo, manejo Uber en Lomas de Zamora. Pero llego tarde y no me quedan horas para manejar. Es el tercer día así y te liquida. Ya no aguanto, es como tener un tercer trabajo”, cuenta Jorge Ramírez, de 41 años.

“Yo voy hasta Lanús. Trabajo como cajera todo el día, parada, y a esta hora ya no doy más”, dice Ariana G., de 35 años, sin moverse de la fila. “Normalmente tardo media hora, cuarenta minutos. Hoy ya sé que va a ser mucho más. Lo peor es que mañana será igual”.

Filas que crecen, viajes que se estiran

El conflicto escaló a fines de marzo, con impacto pleno en la primera semana de abril. El martes quizá haya sido el día más caótico, por la novedad y lo desconcertante del escenario, y también por una llovizna persistente que agravó la espera. Ayer, a las 17, la temperatura era más cálida; el sol daba de frente a hombres y mujeres que se cubrían los ojos con la mano para distinguir a lo lejos qué línea se acercaba.

Usuarios de colectivos esperan su línea en medio del conflicto por la reducción de transporte.

Cuando comprobaban, una vez más, que no era la suya, muchos dejaban la mano apoyada en la frente, en una postura pensativa, y bajaban la mirada hacia las baldosas. Otros bostezaban a las 17.30 mientras esperaban volver a sus hogares tras la jornada laboral, o volvían al celular, en una agria espera cada vez más larga. Los que todavía guardaban energía se impacientaban y devolvían miradas hoscas a quienes merodeaban o a los vendedores ambulantes que ofrecían todo por mil pesos (paltas, bolsas, turrones, encendedores).

Lucas Benítez, de 23, empleado en un local de ropa, mira el celular y suspira. “Tengo que ir hasta Lomas de Zamora. En un día normal es una hora, ponele. Ahora ya arranco sabiendo que voy a llegar tarde y cansado. Y al otro día, otra vez lo mismo. Es todos los días así”.

Empresas, subsidios y un sistema en tensión

Las cámaras empresarias de transporte califican al sistema como “inviable”, aseguran que no pueden cubrir salarios ni costos y ya redujeron frecuencias como forma de presión, sin descartar una suspensión total del servicio. En ese marco, la UTA inició desde la medianoche una retención de tareas en las empresas que no hayan pagado sueldos, lo que agrava la baja de colectivos. Mientras el Gobierno afirma haber girado fondos, el sector sostiene que no alcanzan y advierte que más de un centenar de líneas podrían verse afectadas.

Un usuario observa cómo pierde su viaje porque el colectivo ya está repleto.

Un poco más atrás, con la mochila colgada al hombro, Ricardo Ferreyra, de 48 años, albañil, sigue con la mirada cada colectivo. “Laburé todo el día y ahora tengo que ir hasta San Justo. Tardo una hora y media, pero hoy seguro se me va a tres horas o más”.

El deterioro del servicio ocurre, además, en paralelo a un fuerte incremento tarifario. En enero de 2024, el boleto mínimo rondaba los $76,92; en diciembre de 2025 ya estaba cerca de $495; y en 2026 se ubica entre $700 y $870 según jurisdicción. En dos años, el boleto se multiplicó por más de nueve veces, en el marco de una política de recorte de subsidios y traslado de costos al usuario.

Tiempo perdido: la brecha social en el uso del tiempo

Las personas cargan con lo que traen del día: bolsas, carteras, bolsones, mochilas. Algunos sostienen buzos o camperas; otros, a sus hijos, que se duermen o se inquietan entre la gente. La fila está hecha de trabajos distintos y rutinas que se cruzan a la misma hora. Algunos fuman, otros escuchan música. La mayoría espera en silencio.

De a ratos, hablan con cronistas de televisión que preguntan cuánto más se puede aguantar. Una mujer, visiblemente alterada, toma del brazo a una periodista y le señala la fila: “Filmá esto. El 100 es un desastre. Dos horas para llegar a Lanús”.

La crisis del transporte también expone una brecha social en el uso del tiempo. Según la especialista en movilidad María Rodríguez Touron, los sectores de menores ingresos no solo dependen más del sistema público, sino que además viajan más y peor. Antes de la pandemia, el quintil más pobre destinaba cerca de dos horas diarias a trasladarse, contra una hora en los sectores de mayores ingresos: un 50% más. La expansión urbana hacia zonas periféricas y de baja densidad vuelve más ineficiente el transporte y estira los trayectos, consolidando una desigualdad donde los que menos tienen son quienes más tiempo pierden en moverse.

Filas interminables en Constitución

De repente llegan dos colectivos de la línea 98 y una parte de la fila logra avanzar. La escena se mueve, se acomoda, respira por unos minutos. Pero el 51 no aparece y la hilera vuelve a crecer, lenta y constante.

Cerca del cordón, Elena Martínez, de 65, empleada de limpieza en casas particulares, ajusta la bolsa que lleva en la mano. “Yo sigo hasta San Miguel. Son casi dos horas en un día normal, pero así no sé cuándo llego”, dice. “Vengo cansada, trabajé todo el día y lo único que quiero es llegar a casa. Y encima sabés que mañana, si tenés que salir, te espera lo mismo”.

A las 18, el sol ya se esconde detrás de los edificios. La temperatura cae y el aire se vuelve más frío. El 98, que una hora antes había pasado dos veces seguidas –para envidia de quienes esperaban el 51–, ahora lleva más de 45 minutos sin aparecer. La cola supera los 50 metros y sigue extendiéndose.

Cuando finalmente llega un colectivo, la fila ya es aún más larga. Algunas mujeres que no estaban al tanto del conflicto se quejan y dicen que así viene toda la semana. Las puertas se abren, pero el avance es mínimo. Desde lejos, la fila se comprime y se balancea, como una hilera que apenas logra desplazarse.

Hay quienes corren creyendo que van a perder el colectivo, pero al acercarse descubren que todavía quedan decenas de personas por delante. Saben que no van a subir. Tendrán que dejar pasar uno, dos o tres colectivos más.

Empiezan los bocinazos, crece el malestar. Todos estiran el cuello para ver si viene el suyo.

Adentro, los que ya consiguieron asiento evitan mirar. Algunos simulan dormir, otros giran la cabeza hacia la ventana. En el pasillo, el espacio se comprime. Brazos en alto, en un equilibrio forzado que se repite viaje tras viaje.

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