Milei, Maquiavelo y el regreso de una CGT partida
Javier Milei dijo hace unas semanas que Maquiavelo ha muerto, para reivindicar una política sin cálculo, sin intrigas, sin el manual del florentino. No citó, sin embargo, una frase asociada al autor de El Príncipe, erróneamente adjudicada pero sugestiva en este contexto: “Divide y reinarás”. No hay evidencia de que el Gobierno haya impulsado una maniobra concreta para fracturar al sindicalismo, aun cuando la reforma laboral más profunda en más de medio siglo se debate en el Congreso. Si la CGT termina partida, no será por diseño oficial. La división, en todo caso, sería interna, algo que el florentino advirtió al analizar las fracturas del Estado y que resulta extensible a otras organizaciones. Entonces, ¿Maquiavelo ha muerto?
La expresión “divide y reinarás”, vale recordarlo, no pertenece a Nicolás Maquiavelo. La fórmula latina divide et impera se atribuye a líderes de la Antigüedad, como Julio César o Filipo de Macedonia. En El Príncipe, sin embargo, Maquiavelo sí describe la utilidad táctica de dividir a los adversarios y, a la vez, advierte que las fracturas dentro del Estado pueden debilitarlo frente a amenazas externas. Esas fracturas internas que señalaba Maquiavelo, está claro, son proyectables a otro tipo de organizaciones, como las sindicales: a mayor fragmentación, menos poder.
Ahí Maquiavelo sí está vivito y coleando. Y también, cuando uno mira las acciones estratégicas pensadas y ejecutadas por el gobierno libertario para lograr que su reforma laboral sea ley. Sí consta, por ejemplo, que hubo y hay negociaciones políticas para asegurar votos legislativos —como la modificación del capítulo sobre Ganancias para evitar afectar recursos coparticipables de las provincias—, pero no hay pruebas de operaciones destinadas a quebrar la CGT. Si la central se divide, no será por ingeniería oficial sino por tensión interna. Esa tensión es visible y, por qué no, precursora de otra ruptura en su historia institucional.
La reforma laboral en debate modifica aspectos estructurales de la Ley de Contrato de Trabajo, una norma que rige desde hace más de medio siglo. La actualización de un cuerpo legal con décadas de vigencia es, ya sólo por lógica temporal, razonable y necesaria. El problema radica en la orientación concreta de los cambios pretendidos por la Casa Rosada: ampliación de períodos de prueba, redefinición de indemnizaciones, revisión de licencias, alteraciones en la negociación colectiva y varias modificaciones más en contra de los trabajadores.
La conducción de la CGT eligió convocar a un paro sin movilización el día de la votación en Diputados. La sola decisión de esa modalidad de protesta, un paro en silencio, provocó un torrente de críticas desde dentro del propio universo sindical. La UOM, ATE, los aceiteros, La Bancaria y los camioneros, sólo por mencionar un puñado, cuestionan la plaza vacía que a su criterio promueve la central obrera peronista en su resolución, justo ahora, cuando está a las puertas de ser ley una reforma regresiva de la Ley de Contrato de Trabajo.
En 2025 más de 150.000 trabajadores accedieron al seguro de desempleo y se registraron casi 22.000 empleadores menos desde la asunción de Milei. La primera semana del año dejó casi 400 trabajadores despedidos en el sector privado. El frigorífico creador de la marca Paty suspendió a 450 trabajadores y paralizó su planta en La Pampa. Lustramax fue denunciada por despidos sin telegrama y violación de fueros sindicales. Fate acumuló 13 meses sin pagar aumentos y sus operarios hablaron de un “laboratorio de la reforma laboral”. Lácteos Verónica cerró tres plantas con salarios adeudados. ¿Todo esto es culpa de la legislación laboral argentina en vigor o más bien de la política económica que ejecuta el tándem Javier Milei-Luis Caputo? ¿Hace falta una reforma laboral como esta para que los trabajadores vivan mejor o una de otro tipo, como las que avanzan en la región, en países como México y Brasil?
Desde el empresariado pyme, mientras tanto, surgieron advertencias sobre el impacto negativo de la propuesta del gobierno de La Libertad Avanza. La CAME señaló que la reforma no garantiza creación de empleo y alertó sobre su potencial judicialización. No es un debate binario entre sindicatos y empresariado (en esta era mundial de rebrote conservador, apoyado deliberadamente por el Gobierno), porque también hay diferencias en las miradas de los hombres de negocios.
En la Argentina nada es nuevo. Por eso la posibilidad de una CGT fracturada no sería una anomalía en la historia del sindicalismo argentino, sino una recurrencia.
Desde fines de los años sesenta, la central obrera atravesó escisiones cada vez que las tensiones internas coincidieron con coyunturas políticas decisivas.
En 1968, bajo el gobierno de facto de Onganía, un dictador inepto que también promovió políticas en contra de los trabajadores, la división entre la combativa CGT de los Argentinos —con Raimundo Ongaro como figura emblemática— y el sector más negociador vinculado a Augusto Timoteo Vandor marcó uno de los quiebres más profundos.
Durante la última dictadura volvió a escindirse entre la CGT Brasil, encabezada por Saúl Ubaldini, y la CGT Azopardo impulsada por Jorge Triaca y Armando Cavalieri.
En 1989, ya en democracia, otra división opuso a Ubaldini en la Azopardo con la CGT San Martín conducida por Güerino Andreoni. Y en el año 2000, con una reforma laboral como telón de fondo (la de la ley Banelco), la central volvió a fracturarse: Rodolfo Daer condujo la CGT oficial mientras Hugo Moyano encabezó una estructura paralela hasta la reunificación de 2004 bajo un triunvirato.
La última gran ruptura se produjo durante el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, cuando la central se partió entre el sector que respaldaba al Gobierno, encabezado por Antonio Caló desde la Unión Obrera Metalúrgica, y la CGT liderada por Hugo Moyano, que tomó distancia y endureció su posición frente al Poder Ejecutivo. En aquellos años también se dividió la CTA, que continúa partida en dos hasta nuestros días.
La historia muestra un patrón: cuando el debate interno se superpone con reformas estructurales o crisis políticas, la unidad sindical se resiente.
Hoy el escenario vuelve a parecerse a otros momentos críticos de la historia sindical. Un gobierno liberal impulsa una reforma laboral estructural proempresa —la más profunda en más de medio siglo— en un contexto de deterioro del empleo y cierre de empresas. Y, como en otras etapas de reformas intensas, la discusión sobre cómo enfrentar ese cambio abre fisuras dentro de la propia central. La eventual fragmentación no surgiría de alineamientos con el poder político, sino de desacuerdos internos sobre el método de confrontación.
La tensión interna en la CGT no es solo táctica —paro con o sin movilización— sino conceptual. ¿La central obrera peronista debería preservar canales de diálogo institucional frente a nada menos que la reforma de la ley marco del trabajo en la Argentina o bien, ante el avance parlamentario de esta iniciativa, sin que el Gobierno los hubiera convocado siquiera a participar del debate sobre el texto, tendría que plantarse y demostrar su rechazo por todas las vías (por supuesto, también en la calle)?
En política, las divisiones no siempre son producto de una mano invisible que las provoque. A veces emergen de la acumulación de desacuerdos, de estilos, de lecturas distintas del momento histórico. Maquiavelo —el real, no el apócrifo— advertía que las discordias internas podían resultar más peligrosas que los enemigos externos. Es irónico: a tres semanas de que el Presidente declarara muerto a Maquiavelo, la escena política argentina vuelve a dialogar con él.
Si la reforma laboral se aprueba y la CGT mantiene su fractura, Milei no habrá ejecutado acciones de división premeditadas. Pero podría beneficiarse de un sindicalismo menos compacto por obra y gracia del propio sindicalismo. A veces, el poder no se construye solo por acciones deliberadas y estudiadas. A veces el poder se consolida gracias a las grietas ajenas.
El tiempo dirá si esta reforma, en el caso de que sea sancionada, inaugura un nuevo régimen laboral y abre, además, un nuevo ciclo de división sindical. Maquiavelo quizá no haya dicho nunca “divide y reinarás” e incluso puede que esté muerto, como sostuvo el Presidente. Pero su sombra sí que reaparece cuando el poder y las divisiones se cruzan en el mismo escenario.
JJD
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