Sobre este blog

A veces es más interesante lo que sucede en la previa de una entrevista que la entrevista que se publica. A veces, también, las bambalinas de un reportaje merecen “una nota aparte”. ¿Cómo se preparó Esmeralda Mitre para recibir a elDiarioAR? ¿Qué era eso que tenía sobre su escritorio el empresario Claudio Belocopitt? ¿Y el momento exacto en el que Alberto Samid se enfureció delante del grabador encendido? Hay datos de archivo, referencias, climas, declaraciones o rodeos del personaje que no llegan a un texto. Y no hay entrevistado sin entrevistador así que este boletín también indaga en los fracasos y los aciertos a la hora de entrevistar, de la escucha y lo imprevisible. Gracias por venir será una ventana para que corra aire y también para conocernos.

Autora: Victoria De Masi

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La redención de Burlando

Fernando Burlando llega a los Tribunales de Dolores.

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Sigo en Dolores cubriendo el juicio por el crimen de Fernando Báez Sosa. Es mi tercera semana acá. Me dieron la habitación 401. La cama es de una plaza y está arrimada contra la pared. La ventana da al pulmón del hotel. El televisor es de tubo, está amurado a la pared y nunca lo encendí. La habitación es pequeña como un nido. Podría ser la de un asceta o un seminarista. La uso para dormir. Duermo, ya que estamos, unas cinco horas por noche. Los días, cuando es de día, transcurren afuera. Mi vida sucede afuera de la habitación, afuera del hotel. Ahora mismo, por ejemplo, escribo afuera. Hay dos perros debajo de la mesa de esta confitería donde los periodistas cerramos las notas y cerramos el día. Ando con la vida afuera, la vida fuera de mi vida. Estoy contando casi en tiempo real la vida de otros, otros que nada tenían -ni tienen- que ver conmigo.

Este es el hecho: Fernando Báez Sosa murió en la madrugada del 18 de enero de 2020 luego de recibir una serie de golpes cuya cantidad no puede determinarse y quién lo hizo tampoco. Por el crimen hay ocho jóvenes imputados que tienen, en promedio, casi la misma edad que tendría la víctima de estar viva. Hoy es el último día de juicio. No hay más pruebas para presentar. La ciudad de Dolores amaneció ayer intervenida con carteles de tamaños variados. Pegados a los troncos de los árboles, en los postes de luz, en las vidrieras de los locales hay afiches con la foto de Fernando y esta leyenda: “Si no es perpetua, no es justicia”. La campaña viene con un condicional condicionante. Los carteles no están firmados.

Hay un juicio que transcurre en una sala de audiencias. Y hay otro juicio que sucede afuera, y que tiene otras reglas y otro escenario: los canales de televisión. Cuatro días atrás, Crónica TV emitió un video que habría sido filmado dentro de un penal. La placa: “¿Cómo va a ser la bienvenida tumbera para los rugbiers?”. Pusieron al aire a El Sopa, un youtuber tumbero, es decir, ex preso. Que los “esperan con las tanguitas”, decía. Mostraron las facas. El canal del pueblo está más punitivista que nunca. Si siempre pedimos que Fopea se pronuncie, yo pido que el Sipreba, sindicato al que estoy afiliada y me representa, se expida. Los periodistas no podemos producir discursos ni contenidos violentos. No es nuestro trabajo. Está en la vereda de enfrente del oficio que elegimos. Dirán: “El periodista no es el medio”. Yo digo: a veces. 

La información que contiene el párrafo que sigue fue chequeada. Desde hace tres años, los ocho imputados por la muerte de Báez Sosa estuvieron aislados en cada penal por el que pasaron. Les asignaron una parte de un pabellón y los distribuyeron en cuatro celdas. Cada celda tiene dos camas. Disponen de tres horas de permiso diario para salir al patio. Y un celular cada uno para comunicarse, derecho adquirido por los presos durante la pandemia. No participan de ninguna actividad que se ofrezca en el penal. Que estén separados de la comunidad carcelaria no es un pedido de los imputados. Que estén aislados del resto de las personas-privadas-de-su-libertad no tienen que ver con que generan hostilidad en el pabellón. El motivo es que los jefes de los penales temen perder su puesto si “le pasa algo” a alguno de los acusados. Que “les pase algo” es que los lastimen. “Pacto de silencio” también implica hacer acuerdos para sobrevivir en una isla habitada sólo por ocho varones que, quizás, nunca más vuelvan a sus casas. Ya lo dice el cartel: si no es perpetua, no es justicia.

El otro juicio, el mediático, es el que juega Fernando Burlando para la televisión. Junto con Fabián Améndola (sobre Améndola diré que está en el detalle de la causa, es riguroso en los interrogatorios y filoso con cuestiones técnicas), Burlando representa a los padres de Báez Sosa, Silvino y Graciela. Para el matrimonio esto es una vía crucis: la cruz pesa cada vez más, pero ellos se levantan y siguen. Burlando llega a los Tribunales con un séquito que incluso supera a la cantidad de imputados.

Burlando posteó una foto en Instagram el fin de semana. En la foto está él, sentado en una mesa, leyendo la causa y con la bebé en brazos. Está en cueros, un mate servido, el cabello gris fijado por el spray. Burlando tiene el pectoral muy desarrollado y parece que da la teta. La foto es tierna, es “feminista”, empoderada: trabajar y criar. Burlando demoró todas las audiencias porque antes de entrar atiende a un canal, habla con una radio, se toma un cafecito. Pero eso es lo de menos, porque el tiempo de los periodistas es el tiempo de Burlando. Me causa cierta gracia (si es que hay tiempo para la gracia cuando vemos en repeat cómo patean a un chico) que cuando le toca a él interrogar a un testigo, se presenta así: “Hola, soy Fernando Burlando”. Burlando, te vimos hacer la perfo en una silla de ruedas en Bailando por un sueño.

Pero yo quería hablar de Burlando para decir otra cosa. Esto, esto quiero decir: Burlando dice a la televisión cosas que dentro de la sala no podría. No podría porque recibiría una advertencia de la jueza. Burlando no puede “reflexionar” en la sala. Nadie puede. Entonces Burlando va a reflexionar a los móviles, con un cartel atrás que dice “La Ley” porque así se llama el bar de la esquina de Tribunales y está ploteado en la marquesina. Burlando se refiere a los acusados como “asesinos”. Y eso que Burlando dice a los canales de televisión interviene la cobertura periodística, afecta a los testigos que están por declarar -porque es obvio que están pendientes de la noticia-, genera odio en las audiencias, monta frases que por obvias son indiscutibles. Me sorprende la cantidad de personas a las que quiero y cuya trayectoria profesional admiro, gente apegada a los derechos humanos, que me envía mensajes del tipo “que los rugbiers se pudran en la cárcel”. Pero sobre todo el discurso de Burlando bloquea toda posibilidad de pensamiento. Un “es así y punto”. Lo dice el cartel: si no es perpetua, no es justicia.

Ese es el lado de la Justicia del que hay que estar. El lado Burlando, el lugar de la afirmación. Un territorio sin preguntas. Cuando lo veo salir de los Tribunales, caminando erguido, haciéndose ver, me pregunto qué hubiese sido de los padres de Fernando si ese abogado no se hubiese puesto a disposición. No lo sé, pero intuyo que no les cobra este trabajo, que es demencial y, sobre todo, es relevante para la sociedad.

Porque este caso tiene todo. Tiene a los villanos perfectos y la víctima perfecta. Introduce la cuestión de clase social, de odio, de “color de piel”. Pone en plano las identidades obreras: sobre eso y a partir de las doce audiencias que presencié, digo que hay más similitudes entre las familias de víctima y victimarios, que entre las familias de ambos en comparación con las de los alumnos del colegio Marianista, al que asistía Fernando gracias a una beca. En este caso, los imputados y la víctima llegaron a las vacaciones contando monedas. Tiene violencia, una violencia bestial: golpear hasta hacer de la cabeza de alguien un sonajero. Y también tiene las características de lo fortuito y de las malas decisiones. 

Con todo eso, el discurso de Burlando se extiende a las redes sociales. Ayer la madre del acusado Enzo Comelli pidió permiso al Tribunal para hacer este comentario: “Quería decirle al señor Burlando que yo no soy ninguna puta. Hace tres años que espero este momento y necesito decirlo”. El abogado hizo silencio. Menos de diez minutos después, Burlando tuiteó desde su cuenta personal: “Quien mata sin escrúpulos puede mentir sin escrúpulos. Les recuerdo que ustedes a Fernando lo amenazaron, lo emboscaron y lo mataron. Encima, para coronar la noche, se fueron a comer hamburguesas como si nada hubiese sucedido. Parece que matar da hambre”. Como si no alcanzara, a “asesinos” le sumó “caníbales”. El abogado acompañó el posteo con la captura de pantalla de la cámara de seguridad de Mc Donald’s en la que se ve a Máximo Thomsen y Ciro Pertossi desayunando mientras a Báez Sosa le cubrían la cara con una sábana en el hospital. Me acerqué a Burlando y le pregunté si él mismo gestionaba su cuenta. Me dijo que sí y me explicó, básicamente, que no hay comparación entre la brutalidad a la que sometieron a Fernando y ese tuit. 

Esta es mi temporada con la vida afuera. Estoy fuera de mí, voy reversible. Como los perros, de mesa en mesa, hociqueando. No soy de nadie, soy de todos. Estar fuera de mi es habitar el mejor lugar que conozco para trabajar de lo que trabajo: el de la contemplación y el de la pregunta. Por eso busco el matiz en ese cartel que veo ahora mismo en este bar en el que escribo todos los días: “Si no es perpetua, no es justicia”. ¿Y si no es, qué sería? ¿Cómo sería una sentencia justa? Más que justa, ¿cómo sería una sentencia reparadora? ¿Acaso existe eso?

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