Todos creen que hemos perdido nuestra concentración menos los investigadores que lo estudian

“Contagio de podredumbre cerebral”, advertía un titular de prensa. “Millones de niños y niñas” serán “incapaces de aprender nada, de saber nada bien y de concentrar su mente en nada”. El motivo tras esta alerta era el consumo poco saludable de un nuevo medio a lo largo de Estados Unidos. El año de publicación de esta noticia: 1899. El nuevo medio: las revistas. Estas palabras suenan hoy familiares, incluso el diccionario Oxford escogió el término “podredumbre cerebral” (del inglés, brain rot) como palabra del año en 2024. Ahora los culpables de la pérdida de concentración son las redes sociales y los celulares y así lo atestiguan numerosos best sellers y artículos de prensa publicados en los últimos años. Aunque parezca innegable, las evidencias de que nuestra capacidad cognitiva esté mermando son escasas. Los investigadores consultados para este artículo dudan que el temor esté justificado.
El pánico ante nuevas tecnologías no es algo exclusivo de nuestra era. Sócrates consideraba que la palabra escrita atrofiaba el pensamiento. La imprenta, que volvió obsoleto el arte de la memoria, tampoco escapó a los recelos: en el siglo XVI Conrad Gessner temió que la popularización del libro trajera una sobrecarga de información que fuera dañina para la mente del pueblo. Nada de esto refuta la percepción de que internet y los celulares nos dejaron con la capacidad de concentración de un pez. Porque, ¿y si esta vez es cierto? ¿Acaso no terminó usted aquí tras mirar “un momento” el celular después de leer media página del libro que lleva paseando todas las vacaciones?
“Actualmente no hay evidencias que apoyen la idea de que pasar gran parte de nuestro tiempo con celulares y redes sociales tenga efectos a largo plazo sobre nuestros cerebros”, explica a elDiario.es la investigadora del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford (Reino Unido) Karen Mansfield. “Dudo que tenga efectos negativos sobre nuestra capacidad de concentración y no hay pruebas sólidas que apoyen tal preocupación”.
“No he visto ninguna prueba convincente de que nuestra capacidad de atención esté colapsando. Sería una afirmación extraordinaria y, si fuera cierta, creo que tendría efectos absolutamente desastrosos”, asegura el investigador de la Universidad de Bath Spa (Reino Unido) y autor de Unlocked, Pete Etchells. “Vemos muchas historias sobre cómo todos sentimos que nos cuesta concentrarnos, pero no estoy seguro de que esté ocurriendo realmente”.
“La atención y la concentración son habilidades cognitivas complejas y la forma de definirlas importa bastante. Según eso se pueden encontrar estudios que sugieren cambios a lo largo del tiempo, pero no todos [lo hacen]”, matiza el investigador de la Universidad de Texas en Austin (Estados Unidos) Jared Benge. “No creo que las estemos perdiendo del todo, sino que nos estamos adaptando a un mundo en el que hay muchas más cosas que demandan nuestra atención y donde la información llega a mayor velocidad”.
“Estas tecnologías se presentan a menudo como intrínsecamente perjudiciales, pero los datos no respaldan esa afirmación”, coincide la investigadora del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford Sabrina Norwood. Por ejemplo, un estudio publicado por su centro en 2023 y llevado a cabo con 12.000 niños en Estados Unidos no encontró evidencias de que el tiempo que pasaban frente a las pantallas afectara a su función cerebral o a su bienestar.
Norwood defiende la importancia de separar las pruebas a nivel poblacional de las experiencias individuales. La falta de evidencias “no significa que, a veces, la gente no tenga problemas con lo que estas herramientas les hacen sentir”. Además, “no todo tiene que ser un trastorno diagnosticable o demostrar cambios cerebrales para merecer apoyo: si alguien siente que el celular interfiere en su concentración debemos tomárnoslo en serio, pero sin sacar conclusiones precipitadas sobre lo que significa para la sociedad en su conjunto o sobre la propia tecnología”.
Falta investigación de calidad
Parte del problema, aclara Mansfield, es que faltan estudios de calidad. “Sin estudios sólidos que comprueben la hipótesis [de que hemos perdido la capacidad de atención] es difícil saberlo con certeza”, dice. Como el resto de las fuentes consultadas para este artículo, asegura que “la ciencia todavía no ha zanjado este asunto, los hallazgos son inconsistentes y existen desafíos para evaluar los efectos de la tecnología, lo que dificulta sacar conclusiones causales y hacer recomendaciones”.
Muchos estudios sobre este tema que logran llamativos titulares de prensa cuentan con importantes limitaciones que dificultan sacar conclusiones definitivas. Por ejemplo, tras la idea de que los trabajadores se distraen cada tres minutos hay un trabajo realizado con una muestra de 14 personas. Tras el dato de que los estudiantes universitarios se distraen cada 65 segundos, tenemos un paper hecho con 12 voluntarios. La lista daría para llenar varias páginas, pero correríamos el riesgo de que usted dejara de leer el artículo.
Otro reto para los investigadores es lo que Etchells llama “la influencia de la supuesta influencia”. Esto quiere decir que cuando se pregunta directamente sobre algo se hallan mayores efectos que si se hace de forma menos obvia y más objetiva —¿que si me cuesta concentrarme últimamente? Ahora que lo dice...—. Por eso, “si crees que la tecnología tiene un efecto negativo es más probable que lo reportes, pero si el estudio logra medir con mayor precisión estas cosas el efecto no es tan grande”.
La ausencia de datos de calidad y la falta de consenso permite buscar en otras partes los argumentos que cada uno desee. Quien crea que las pantallas están minando nuestra concentración puede señalar que los estadounidenses leen menos que nunca. Quien busque demostrar lo contrario, podría recordar que los españoles leen más que nunca y que son los jóvenes de entre 14 y 24 años los que más lo hacen.
El problema: la multitarea y los hábitos
Por supuesto, existen grandes distracciones en nuestra era que pueden generar hábitos poco saludables. Aunque pensemos primero en Instagram y TikTok, nada distrae como Gmail, Slack y Teams. Esto no implica que estemos perdiendo capacidades cerebrales a nivel individual o colectivo: por lo tanto, podemos modificar aquellos comportamientos que no nos gusten.
La evidencia científica nos dice que el ser humano no está hecho para la multitarea —ni siquiera las mujeres, pese al mito sexista de que ellas son mejores de forma natural— y que esta es enemiga de la eficacia, aunque sea una habilidad que pueda entrenarse. Es difícil conducir mientras se ve una película. O leer mientras se mira el celular. O cuidar de un bebé mientras se escribe un reportaje.
“Cuando creemos que estamos realizando varias tareas a la vez con nuestros móviles, lo que solemos hacer es cambiar rápidamente nuestra atención entre una y otra”, aclara Mansfield. “A muchos nos cuesta dejar a un lado nuestros teléfonos para centrarnos en otras cosas, pero debemos aprender desde pequeños a separar las actividades; no prohibiendo los dispositivos y las redes sociales a los jóvenes, sino ayudándolos a gestionar sus hábitos”.
Para Etchells, cuando se advierte de un “colapso de la atención”, en realidad se está hablando de multitarea: “Somos malos concentrándonos en más de una cosa a la vez y los celulares pueden distraernos mucho de otras tareas más importantes; por lo tanto, ya no nos podemos concentrar”. Defiende que esa “no es la conclusión correcta” que extraer de la literatura científica. “Hay evidencias que sugieren que la gente que realiza este tipo de multitarea de forma más intensa muestra problemas de distracción, pero el efecto es bastante reducido” y los estudios no están exentos de limitaciones, asegura.
Veamos otro ejemplo de a qué se refieren investigadores como Etchells cuando hablan de limitaciones. En un experimento famoso —pero nunca publicado en una revista científica— se pidió a unos voluntarios que leyeran un texto y respondieran unas preguntas. Uno de los grupos fue interrumpido con notificaciones en el móvil y lo hizo peor. La conclusión es que la multitarea digital nos hacía “un 20 % más tontos”. Sin embargo, a estos voluntarios se les advirtió específicamente de que podían recibir mensajes con instrucciones importantes sobre la tarea a realizar, por lo que no es de extrañar que estuvieran pendientes. Además, con el tiempo aprendieron a gestionar mejor estas interrupciones.
“Como con cualquier comportamiento habitual, pasar mucho tiempo haciendo solo una cosa –viendo la televisión, leyendo, escribiendo, reponiendo estanterías o haciendo doomscrolling (consumir compulsivamente información negativa en redes sociales)– nos cansará al cabo de un rato, lo que podría tener efectos sobre nuestra salud y bienestar”, comenta Mansfield. “El reto es que nuestros celulares son portátiles y están casi siempre con nosotros, por lo que concentrarse en actividades offline se vuelve más difícil”.
Mejor pensar en hábitos que en adicciones
Ninguno de los investigadores consultados para este artículo piensa que se haya demostrado de forma definitiva que la tecnología haya dañado nuestra concentración y, además, consideran que celulares y redes sociales también tienen beneficios. Sin embargo, tampoco niegan que puedan conllevar consecuencias negativas.
“Hoy tenemos más acceso que nunca a la información y a distracciones, pero al mismo tiempo no hemos desarrollado herramientas para gestionarlo” lamenta Etchells. “No creo que la tecnología digital arruine nuestra atención de manera deliberada e inevitable, pero eso no significa que no podamos aprender a tener una relación mejor y más saludable con ella”.
“A veces parece que los efectos negativos del uso de la tecnología son irreversibles, lo cual surge en parte del lenguaje que usamos, como el término adicción”, critica Etchells. “Creo que es mejor el marco de la formación de hábitos: todos hemos desarrollado hábitos con nuestros celulares. Algunos son buenos y otros malos y está en nuestro poder cambiar los que no nos gustan para maximizar los beneficios y minimizar los riesgos”.
Esto no implica que sea fácil: “Requiere tiempo, esfuerzo y un deseo de cambiar”, advierte Etchells. “Pero siempre le digo lo mismo a quienes están preocupados por su uso de la tecnología: tienes el poder de cambiar las cosas con las que no estás feliz”.
Mansfield recomienda ir más allá en nuestros análisis: “Creo que es más importante preguntarse por qué estamos gastando más tiempo en redes sociales y celulares; por ejemplo, algunos estudios mostraron que su uso problemático es más común en jóvenes de entornos desfavorecidos”. En otras palabras, “buscar las causas subyacentes de este comportamiento y encontrar intervenciones eficaces para abordarlas; por ejemplo, mediante la educación y otros servicios públicos”.
Aun así, las fuentes consultadas para este reportaje piden no olvidar los posibles efectos beneficiosos que también trajeron estas tecnologías. “Nos ofrecen la suma del conocimiento mundial e ideas complejas a las que de otro modo no tendríamos acceso, nos ayudan a conectar con otras personas y a automatizar tareas de formas que serían imposibles sin ella”, recuerda Benge. El investigador publicó este año un trabajo en la revista Nature que sugería que las personas mayores que usaban smartphones tenían menores tasas de declive cognitivo.
No somos más tontos, nos adaptamos
En el fondo de este debate se encuentra el mito de que el ser humano se está volviendo más tonto, de lo cual se ha culpado a la inmigración, al feminismo y, también, a la tecnología. Ya en 2005 un experimento informal con ocho personas dio lugar a titulares que advertían de que las distracciones que suponían los emails, mensajes de texto y llamadas eran una amenaza mayor para el cociente intelectual y la concentración que el cannabis. En 2025, una columna en el Financial Times se preguntaba si habíamos superado el “pico de capacidad de cerebral” por culpa del scroll infinito.
Aunque nada de esto se haya demostrado, podemos mirarlo de otra forma. No es la primera vez que nuestros cerebros se han adaptado a nuestras necesidades, ni el mapa mental de la humanidad ha sido siempre el mismo. En El arte de la memoria, la investigadora Frances A. Yates repasa cómo la memoria entrenada —que hoy parece tan mágica como inútil— fue fundamental desde la Antigua Grecia hasta la llegada de la imprenta. El invento de Gutenberg no incapacitó nuestros cerebros para recordar ingentes cantidades de datos ni nos volvió más tontos: simplemente ya no necesitábamos hacerlo.
“Una de las características de la mente humana que siempre ha supuesto una ventaja evolutiva es la adaptabilidad”, comenta Benge. “Nuestros cerebros pueden adaptarse a vivir en entornos que van desde el Ártico hasta el ecuador; desde sistemas lingüísticos basados en símbolos o sonidos a todo tipo de estilos de escritura. A grupos sociales grandes y pequeños. No me cabe duda de que nuestros cerebros también se adaptarán al panorama digital”.
¿Por qué lo creemos? El peligro de los ‘best sellers’
Si su concentración le permitió llegar hasta aquí es muy posible que esté en desacuerdo con este artículo. Si piensa que por supuesto que estamos perdiendo capacidades intelectuales, sepa que no está solo. Ya en 2022 una encuesta realizada en Reino Unido mostró que la mitad de los encuestados sentía que su capacidad de atención era más corta que antes y que la tecnología estaba arruinando la concentración de los jóvenes.
Sin embargo, la mitad también pensaba incorrectamente que la capacidad de concentración media era hoy de ocho segundos. Se trata de un mito que se extendió hace ya una década mediante titulares que aseguraban que el ser humano tenía ahora la atención de un pez. “Durante años nos lo han repetido insistentemente, así que no resulta tan sorprendente que lo demos por hecho”, comenta Etchells.
Etchells opina que la idea de que nuestra capacidad de atención está disminuyendo por la tecnología y que debemos actuar es “una narrativa fácil de vender en estos momentos”. Considera que algunos sesgos psicológicos podrían haber cimentado esta teoría en el debate público: “Si lees sobre algo de forma consistente durante mucho tiempo al final se acepta sin pensarlo mucho, lo que perpetúa el mito de forma acrítica”.
Parte del origen de este temor se encuentra en best sellers no sometidos a revisión por pares. El periodista Nicholas Carr fue uno de los primeros en dar la voz de alarma en Superficiales (2010), que ampliaba su artículo de 2008 ¿Nos está volviendo estúpidos Google?, en el que denunciaba que el uso de la web afectaba a la concentración. En los últimos años se han publicado decenas de títulos similares, como El valor de la atención, del controvertido Johann Hari (2022) y La generación ansiosa, de Jonathan Haidt (2024). Hoy los libros incluso viraron del ensayo a la autoayuda, con ejemplos como Recupera tu mente, reconquista tu vida, de Marian Rojas Estapé (2024).
Mansfield opina que todo esto “conecta con un largo historial de pánicos” que aparecen con las nuevas tecnologías. “Conforme se adoptan y pasamos más tiempo usándolas es fácil asumir que son ellas la causa de nuestros problemas, cuando puede haber una serie de factores subyacentes que nos lleven a pasar más tiempo online y a sentirnos menos felices con nuestras vidas”.
Existe la percepción de que las cosas eran geniales cuando éramos jóvenes, antes de que las tecnologías digitales estuvieran tan presentes, y que por lo tanto [lo que nos pase] debe ser su culpa
Según ella, la rapidez con la que se sacaron conclusiones “subraya la urgencia de facilitar estudios robustos y resúmenes rigurosos de la evidencia”.
Otra posibilidad es que estemos culpando a los celulares de habernos hecho adultos. Etchells explica que al envejecer tendemos a recordar más lo que nos pasó durante la adolescencia y la veintena, y a hacerlo de forma positiva. “Existe la percepción de que las cosas eran geniales cuando éramos jóvenes, antes de que las tecnologías digitales estuvieran tan presentes, y que por lo tanto [lo que nos pase] debe ser su culpa”. Sin embargo, conforme pasan los años “quizá tengas una familia y tus responsabilidades sean mucho más serias y requieran más tiempo”.
En otras palabras, los últimos años y décadas nos trajeron los smartphones y TikTok, pero, para muchos, también hipotecas, bebés, problemas de pareja, salarios bajos y una crisis de vivienda, sin contar la pandemia de covid-19, la emergencia climática y la inestabilidad geopolítica. El entretenimiento infinito de Instagram es solo una distracción más de las que ocupan nuestra mente. Por eso, quizá este verano haya logrado desconectar de sus problemas, concentrarse y disfrutar de un buen libro, pese a no dejar el celular en casa.
Esta historia no terminará aquí, dado que el miedo a perder nuestra inteligencia y concentración existe desde hace siglos. A finales del siglo XX el sociólogo Neil Postman lo atribuyó a la televisión. En 2005 la culpa era de los emails y hoy se debe a las redes sociales y los celulares. Es posible que pronto señalemos a ChatGPT. Un reciente estudio del MIT concluía que la aplicación generaba una “deuda cognitiva” que muchos interpretaron como una señal de que ya nos estaba volviendo tontos. Algunos investigadores mostraron posteriormente sus dudas sobre si el diseño del experimento permitía sugerir algo así.
Enhorabuena. Si usted llegó hasta aquí significa que tiene una concentración de hierro y merece ver la conclusión de este reportaje de casi tres mil palabras —si ha saltado directamente no se lo contaremos a nadie, pero puede leerla igual—. “Si pudiéramos reducir muchos de los determinantes sociales, ambientales y económicos del malestar, y disminuir las desigualdades, nos resultaría más fácil aprovechar los beneficios de las redes sociales y prevenir un uso problemático”, termina Mansfield. En caso contrario, corremos el riesgo de que la crisis de la concentración se convierta en una distracción.
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