Lecturas

Un día cualquiera en Nueva York

Un día cualquiera en Nueva York

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Prefacio

La primera obra de este volumen la escribí cuando tenía poco más de veinte años; la última, cuando apenas había rebasado la treintena. Ahora me encuentro en lo que solo el más parcial e idealista de los observadores describiría como comienzos de la cuarentena. Por lo tanto, no me extrañaría que alguien me lanzase la pregunta de si estos textos son (efectivamente) relevantes. Permítaseme, pues, que se la devuelva un poco.

Aunque ciertamente los anillos del humor, la radioafición, las discotecas, la decoración high-tech y el sexo seguro con desconocidos no son novedosos o ya no existen, no puede negarse que muchas de estas cosas (aunque no, por desgracia, la última) sí han resurgido con bastante frecuencia, y que, en esta época particularmente aburrida y retroactiva, pedirle a un escritor que sea atemporal, cuando ya ni siquiera se le pide que sea puntual, no solo es muy injusto, sino también indecoroso.

Si lo que actualmente llamamos arte puede llamarse arte, y si lo que actualmente llamamos historia puede llamarse historia (y, por supuesto, si lo que llamamos actual puede llamarse actual), entonces insto al lector contemporáneo —esa solitaria figura— a acoger estos escritos con el mismo espíritu con el que fueron inicialmente concebidos y con el que de nuevo se ofrecen: como estudios de historia del arte. Pero con una diferencia: una historia del arte moderna, pertinente, de nuestro tiempo, muy reciente. Historia del arte en plena gestación.

Fran Lebowitz

Septiembre de 1994

Un día cualquiera: introducción a varios temas

12:35. Suena el teléfono. No tiene gracia. Esta no es mi manera preferida de despertarme. Mi manera preferida de despertarme es que cierta estrella de cine francesa me susurre suavemente al oído a las dos y media de la tarde que, si quiero llegar a Suecia a tiempo para recoger mi Premio Nobel de Literatura, tengo que pedir ya el desayuno. Cosa que ocurre con bastante menos frecuencia de lo que una querría.

Lo de hoy es un ejemplo perfecto, ya que quien me llama es un agente de Los Ángeles que me informa de que no nos conocemos. Así es, y no sin razón. Está audiblemente bronceado. Se interesa por mi obra. Y su interés le ha llevado a pensar que sería una buena idea encargarme una comedia para el cine. Tendría, por supuesto, total libertad artística, pues es evidente que los escritores cómicos se han hecho con el negocio cinematográfico. Miro a mi alrededor (una proeza para la que me basta con mirar hacia arriba) y me doy cuenta de que Dino de Laurentiis se sentiría ciertamente sorprendido de oír algo semejante. Se ríe con desenvoltura y sugiere que hablemos. Yo le sugiero a él que ya estamos hablando. Él, sin embargo, quiere decir allí y con los gastos a mi cargo. Le replico que la única forma de ir a Los Ángeles pagándomelo yo sería por correo.

Suelta de nuevo una risita y sugiere que hablemos. Me muestro de acuerdo en hablar con él cuando haya ganado el Premio Nobel, por mis sobresalientes avances en el campo de la física.

12:55. Intento volver a dormirme. Y aunque el sueño es una de las actividades en las que he manifestado una perseverancia y un tesón homéricos, no consigo mi objetivo.

13:20. Bajo a recoger el correo. Vuelvo a la cama. Nueve envíos de revistas, cuatro invitaciones de cine, dos recibos, la invitación a una fiesta en honor de un famoso heroinómano, un aviso de corte de teléfono de la New York Telephone y tres cartas recriminatorias de lectoras de Mademoiselle que quieren saber cómo me atrevo a tratar a las plantas domésticas —seres verdes y vivos— con tan descarada falta de respeto. Llamo a la compañía telefónica e intento hacer un trato, ya que no puedo pagar en efectivo. ¿Les gustaría ir a un pase privado? ¿Les importaría asistir a una fiesta en honor de un heroinómano? ¿Les interesa saber por qué se me ocurre tratar a las plantas con tan evidente falta de respeto? Parece que no. Lo que quieren son 148 dólares con 10 centavos. Les doy la razón en que, efectivamente, es una preferencia razonable, pero les advierto de lo soso que resulta vivir dedicada a la ciega búsqueda del dinero. Somos incapaces de llegar a un acuerdo. Me tapo con las sábanas y suena el teléfono. Me paso las siguientes horas defendiéndome de los editores, charlando amigablemente y tramando venganzas. Leo. Fumo. Y, por desgracia, mi vista tropieza con el reloj.

15:40. Considero la idea de levantarme de la cama. La rechazo por excesivamente tajante. Leo y fumo un rato más.

16:15. Me levanto sintiéndome curiosamente abotargada. Abro la nevera. No me decido ni por el medio limón ni por el tarro de mostaza Gulden’s, y sobre la marcha elijo ir a desayunar fuera. Creo que este es precisamente el tipo de chica que soy: caprichosa.

17:10. Vuelvo a casa cargada de revistas y me paso el resto de la tarde leyendo artículos de escritores que, lamentablemente, han llegado al límite de sus fuerzas.

18:55. Intermedio romántico. El objeto de mis afectos llega con una planta de regalo.

21:30. Salgo a cenar con un grupo de gente entre la que se encuentran dos modelos, un fotógrafo de moda, el representante de un fotógrafo de moda y un director artístico. Me paso casi todo el rato con el director artístico —atraída hacia él en gran medida porque es quien conoce más palabras.

2:05. Vuelvo a mi apartamento y me dispongo a trabajar. Por consideración al fresco que hace me pongo dos jerséis y otro par de calcetines. Me sirvo un vaso de soda y acerco la lámpara al escritorio. Releo varios números de Rona Barrett’s Hollywood y una hermosa muestra de Las cartas de Oscar Wilde. Cojo la pluma y me quedo mirando el papel. Enciendo un cigarrillo. Miro de nuevo al papel. Y escribo: «Un día cualquiera en Nueva York: introducción a varios temas». Bien. No suena del todo mal. Paso revista a lo que ha sido el día y me siento indescriptiblemente deprimida. Garabateo en los márgenes. Rechazo una idea que se me ocurre para la puesta en escena, con actores negros, de la obra de Shakespeare Como gustéis. Echo una anhelante mirada al sofá, consciente de que puede convertirse fácilmente en cama. Enciendo otro cigarrillo. Me quedo mirando al papel.

4:50. El sofá gana. Otra victoria del mobiliario

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