Lecturas

¿Qué pasó con los ranqueles después?

Tapa de 'Una excursión de los indios ranqueles'

Yo amo, sin embargo, el dolor y hasta el remordimiento, porque me devuelve la conciencia de mí mismo.

Un siglo antes de que las literaturas del Yo anegaran el mercado editorial, Lucio Victorio Mansilla elegía estas 18 palabras para darle final a su Excursión. Con este bucle hacia el interior de la condición subjetiva, con esta línea de autorreferencialidad desatada, sobregirada de pronombres, Mansilla cerraba regiamente, con todo impudor, el texto crucial de su vida. Después, en un sentido físico, pero especialmente en un sentido político, dejaba atrás Leuvucó y se traía a la Historia con él.

¿Qué pasó con los Ranqueles después? Cabrales y Baigorritas, Rosas y Epúmeres. ¿Dónde están los Ranqueles hoy? Preguntas que pesan un siglo y medio. Son las ocho de la mañana del 6 de febrero de 2022. Bajo la escalerita del micro que me trajo hasta la terminal de Santa Rosa, La Pampa. Tengo diez días por delante para andar la provincia, encontrar Tierra Adentro e intentar responderlas.

Santa Rosa es limpia y ordenada como una maqueta. Le falta el pánico sordo de las metrópolis y el espectáculo de la indigencia pública. Es una capital que cuida su siesta y su desapuro, y alcanza con caminar unas cuadras por la Avenida San Martín para sentir el llano dominando el damero. El edificio de departamentos, esa criatura de la urbe que nos ha educado en la congregación y el rejunte, es una infrecuencia en Santa Rosa:  incluso en el centro mismo de la ciudad, hay los suficientes como para comprobar su escasez. La derivada de esta circunstancia es aire y cielo esparcidos como presencias regulares durante la anchura del día pampeano. Excepto por Santa Cruz y Tierra del Fuego, La Pampa es la provincia menos poblada del país, unos 350 mil habitantes repartidos en casi 150 mil kilómetros cuadrados, extensión que la convierte en la octava provincia más grande de la Argentina. La contrasimetría es contundente: pocos, poquísimos, en una formidable cantidad de tierra. Lo primero que Santa Rosa le ofrece al que llega es lugar. Mucho lugar.

Para el mediodía ya estoy sentado en el despacho breve, apenas ambientado, de José Depetris, el dueño de las llaves que abren las puertas que vengo a timbrar, mi súbito Virgilio en la divina tragedia de la Nación Ranquel.

Depetris tiene 67 años y es cuarta generación de pampeanos por parte de madre. Sin embargo, no lo describe el retinto criollo sino el blanco piamontés de la Italia del norte que lleva en la barba y en la piel, legado de su padre.

La curva de su trayecto político va de la intransigencia de Oscar Alende a un peronismo nestorista que hoy lo tiene como presidente de la bancada justicialista en el Concejo Deliberante de Santa Rosa, aunque su lugar natural ha sido siempre dirigir la CPE, la Cooperativa Popular de Electricidad, que también lo es de Obras y Servicios Públicos, y distribuye señal de TV, frecuencia de radio y que tiene en Santa Rosa el peso social de un ministerio de gobierno -porque el cooperativismo sustentable es el secreto mejor guardado del interior argentino.

Pero lo importante de Depetris, o por lo menos lo que me tiene sentado ahora en su oficina, son sus dos operaciones restitutivas: su participación en el proceso que terminará regresando el cráneo de Mariano Rosas a Leuvucó en el año 2000; y más especialmente la coautoría, junto al ex comisario Pedro Vigne, de Los rostros de la tierra, iconografía indígena de La Pampa 1870 - 1950, cuya publicación de Ediciones Amerindia en el 2021 celebró los 20 años de la publicación original. ¿Qué pasó con los Ranqueles después? Los rostros de la tierra consiste en 200 páginas de fotografías, epígrafes y trazas genealógicas que explican la malla de linajes y sucesiones que cerraron el siglo XIX y llegan hasta la exacta mitad del XX. Es un trabajo de indagación de archivos que empezó cuando Depetris tenía 10 años y todavía no pensaba en indagar nada.

Era un chico envuelto en una perplejidad inaugural, más bien callada, de nene, cuando fue observando las diferencias. Iba a los potreros a jugar a la pelota y se miraba el color, miraba el color de sus amigos, volvía a mirarse, volvía a mirarlos y se fue dando cuenta: ahí había una diferencia que reconocer. Era la Santa Rosa de 1965. 

Después entendió que esas caras eran caras indias. Y que cada abuela que se moría dejaba una caja de zapatos con fotos bajo los catres, en el fondo de los placares, en los techos de las alacenas. Entonces era ir con los amigos y desempolvar. Y ahí estaban los ranqueles mirando a cámara, tíos jóvenes, padres de familia, los pelos duros, el bigote siempre, el pañuelo al cuello y un chaleco bajo el saco de solapa corta informando que ya eran gente del siglo XX.

Era un joven secundario cuando empezó a metodizar los hallazgos, a escribir un nombre y un apellido en el reverso de las fotos, a ordenarlas en carpetas. Su sociedad con el comisario Vigne le abrió los archivos policiales y ahí accedieron a otro caudal. Hijos de hijos de capitanejos, nietos de caciques, caciques mismos, hombres prontuariados, achumados que conocieron el calabozo después de una agarrada, todavía con el cabreo en la cara que les dejó la memoria de la raza derrotada. 

Un día el libro Los rostros de la tierra estuvo terminado y junto a las fotos se inscribieron los textos breves que explican pasados y procedencias, además de unas líneas que son árboles hacia atrás, flechas que van y vienen dibujando clanes y abolengos. Entra Depetris a su despacho. Me saluda con vitalidad campera. Me entrega un ejemplar. La primera hojeada te cansa nomás de pensar en el trabajo que debió haber llevado. La segunda te responde lo que viniste a preguntar: esto es lo que pasó con los Ranqueles después.

Depetris lleva una vida historizando al indio. En las terminales de los pueblos no mata la espera haciendo crucigramas, mejor se entretiene oteando paisanos, sacándole la etnia al indio que espera sentado en el andén con el bolso entre las patas. Más espigado, aceitunada la piel, oliváceo, si es ranquelino. Más petiso, él le dice rechoncho, si es un salinero que viene de la cordillera y va para Gral. Acha. Pampas, Vorogas o Mapuches delatados por la fuerza de un pómulo, la depresión de una ñata, el enchinado de unos ojos.

Llegué a Santa Rosa subido a un prejuicio: encontrar ranqueles me va a poner a levantar baldosas. Va a haber que buscarlos entre los pliegues del tejido social, descubrirlos, ver dónde se amuchan. Diez minutos de charla con Depetris alcanzan para despejarme la ignorancia.

-Acá para encontrar ranqueles lo único que tenés que hacer es salir a la calle.

La chica de la casa de fotografías, el playero de la estación de servicio, el de la librería que te fotocopia el DNI. No los ves con las vinchas envueltos en la bandera whipala y luchando contra el winca. No. Son integradísima gente de la ciudad que tienen un abuelo Canhué, un tío Carripilón y que viven sus vidas con el dato de sus procedencias encima, como la vive cualquier Bianchi, cualquier Fernández.

Le pregunto a Depetris si conoce descendientes de Mariano Rosas o de su hermano Epúmer; del Cacique Baigorrita; de Ramón Cabral, El Platero. En nuestra charlas previas dijo que me viniera tranquilo, que a alguien me iba a presentar, así que apunto al centro y le nombro a las tres grandes familias, a los tres grandes linajes, a los grandes caciques ranquelinos. El tipo me dice:

-Sí, claro. ¿Por quién querés arrancar?

No esperaba la cuchilla de esta respuesta y me sobresalta la aceleración de una cercanía. ¿Cómo por quién quiero arrancar? ¿Ya se puede arrancar? ¿Hay acaso en estas cuadras que nos rodean, en este mismo edificio, un hijo de un hijo de un hijo de Leuvucó? 

De golpe algo me anega, algo que no sé bien de dónde viene, del fondo de mi historia probablemente, o del fondo de la historia de este país en el que nací. Qué sé yo. Me lo trago igual, embucho el nudo que me sube por la garganta porque no quiero arrancar como el porteño que se llora encima en la primera de cambio. Depetris es zorro curtido, igual. Y me saca la ficha. Con una media sonrisa bastante paternal me dice: tranquilo, ahí te lo llamo al Fabricio.

Fabricio es Fabricio Zárate, hijo de Élida Zárate, que lo parió el 17 de Febrero de 1979 en Árbol Solo gracias a los trabajos de Luisa Marigual, la última partera ranquelina, de las que hacía nacer las criaturas en el monte, bajo el Caldén -mentira que La Pampa tiene el Ombú: La Pampa tiene el Caldén. 

Élida es hija de Graciano Zárate y Guillermina Baigorrita. 

“Di mis órdenes, se pasó la mañana en preparativos para la marcha, y cuando todo estuvo dispuesto me fui al toldo de Baigorrita, entrando en él como en mi casa” (Cap. XLIX, pág 274)

Guillermina es hija de Juana Galván, que es el nombre en español de la ranquelina Quimñchui Callvaiñ, esposa del Cacique Luis Baigorrita, Lucho, hermano del Cacique Mayor Manuel Baigorrita, ambos hijos del gran Yanquetruz.

* * *

A la mañana siguiente, Fabricio y yo caminamos por el boulevard hacia la laguna Don Tomás, el parquizado público donde los santarroseños van a hacer sus picnics de fin de semana, a celebrar sus primaveras, su día del estudiante y sus festivales. Viene con nosotros su hija Renata, que tiene 14. Las primeras cuadras son en silencio porque primero tengo que ingresar del todo en el torrente de la conciencia que estoy caminando con un sobrino nieto tátara algo, pero en cualquier caso con alguien que es familia de este cacique:  

“...yendo en mi campaña de Leubucó a las tolderías del Cacique Baigorrita” (Cap. XXVII, pág. 146)

Árbol Solo, Departamento de Chalileo, 200 kilómetros al Oeste de Santa Rosa, es menos que un pueblo (bastante menos) y más que un puesto (no mucho más). Lo vuelve paraje un salpicré de casitas que dios estornudó por allí, más una escuela. Es un lugar vecino de la Colonia Pastoril Emilio Mitre y es, como ella, un punto desolado de la pampa baya, la pampa dorada, pajiza y reseca que se prende fuego con el primer refucilo y donde la pastura nace muerta. La pampa a donde fue corrido el ranquel al que Mansilla le prometió paz en Leuvucó, ocho años después de que Mansilla le prometiera paz en Leuvucó. La pampa a donde fue a parar el indio.

En Árbol Solo nació el sujeto que ahora camina conmigo. Tiene una sonrisa fácil, y es verdad lo del espigado ranquel. Los años que aguantó en Buenos Aires lo dejaron pícaro, con la calle en la cara. En Árbol Solo nació este pibe Baigorrita.

-Crecí yendo a buscar los caballos con mi tío Ricardo. Tempranito, a la mañana, cuando el roció todavía te mojaba la alpargata.

-Así arrancaba el día…

-Y, había que arrear las chivas.

-¿Era lo más duro?

-Lo más duro siempre fue el agua. Recién a los 180 metros tenés la napa de agua dulce. En el Oeste el que no cava traga sal.

-¿Se hablaba ranquel en tu casa?

-Poco y a escondidas. Mi mamá, mi abuela, son mujeres a las que le reprimieron la lengua. Te escuchaban hablando ranquel, pasabas vergüenza.

-¿Y del Cacique Baigorrita?

-Igual, el mismo estigma. Ser indio era mejor callarlo. Nosotros al orgullo lo tuvimos que aprender.

-¿Tu hija nació en Santa Rosa?

-Sí. Renata es primera generación nacida en hospital. Somos todos paridos en los campos, los Zárate.

-¿Y ahora qué hacés?

-Tengo un pequeño emprendimiento de construcción y albañilería. Milito en los barrios, tengo mi chata, crío a mis hijas, Renata y Alma, que tiene 9. La peor época ya pasó.

-¿La peor…?

-Y, los años que viví en Buenos Aires fueron duros.

-¿Cuándo fue eso?

-Dos mil uno. 

-¿Qué aprendiste ahí?

-Que si no te ponés pillo, la calle te come.

Manuel Baigorrita era pillo, pero igual lo comió la milicada. De los tres grandes caciques ranqueles fue el único que murió peleando.

Creyó en Mansilla, Baigorrita. En 1870, durante la ronda interminable del tratado de paz, hizo el silencio que -le pareció- el tratado necesitaba. Lucio Victorio se fue de allí jurando la concordia. Un año después el tratado ya no existía. El mundo que nos contó Mansilla en su Excursión duró ocho años más y desapareció.

En 1877 comenzaron los preparativos y en 1878 se desplegó oficialmente la campaña militar del Ejército Argentino que avanzaría sobre tierra india. El 15 de Julio de 1879 Baigorrita fue alcanzado por la partida militar que lo perseguía. Se batió a lanza y facón, salió herido y buscó el camino del Neuquén, pero su familia ya había caído prisionera. Acompañado por la escolta breve de unos pocos capitanejos, con los caballos secos y despeados, murió a los dos días. Llevaba tiempo convencido de que Mansilla había faltado a su palabra. 

Los Baigorritas que no cayeron se entregaron entonces a la comandancia militar de Chos Malal. Lucho Baigorrita, hermano de Manuel, bisabuelo del pibe que está sentado acá conmigo frente a la laguna, heredó el cacicazgo. Fueron prisioneros en Río Cuarto, después en Mendoza y finalmente en la cárcel de la isla Martín García. Una epidemia de viruela menguó todavía más al clan.

Copio de la página 57 de Los rostros de la tierra:

“En junio de 1880, ante los rumores de la Revolución de Tejedor, los ranqueles de (Lucho) Baigorrita son alistados para participar en la defensa del Gobierno Nacional. Tienen destacada actuación en la batalla de los Corrales Viejos (...) En compensación el gobierno decide dar la libertad al grupo indígena destinándolos a General Viamonte, Los Toldos (...) Lucho Baigorrita vive allí algunos años organizando su contingente hasta que consigue permiso del gobierno para poblar un campo con su tribu en La Pampa. Corría el año 1894 (...) Se ubican primeramente en la zona de Catriló, luego se trasladan al Cerro Azul y a Meucó Seco hasta que en 1901 le son acordadas al Cacique y su tribu tierras en el Lote 21, Departamento de Chalileo”

Como Árbol Solo es vecino de Colonia Mitre, el Lote 21 es vecino de Árbol Solo. Ahí Lucho plantó bandera y ahí murió, el 3 de febrero de 1933. A su descendencia le llevó algo más de un siglo que una de sus mujeres naciera en la sala de parto de un centro médico formal de una ciudad argentina. Esa descendencia está ahora acá con nosotros, esperando que su papá termine de conversar conmigo.

-¿Cuándo llegaste a Santa Rosa?

-Era chico todavía. El campo no daba para más. Mi vieja se vino a la ciudad a limpiar casas y me trajo con ella.

-¿Tu mamá vive?

-Sí, está espléndida.

-¿Está acá en Santa Rosa?

-Acá, sí.

-¿La podremos ir a visitar?

No hay lugar en Santa Rosa que no quede a diez minutos, así que en apenas un rato estamos en el barrio Plan 5000, Barrio Sur para los vecinos, un distrito obrero de casas modestas con patio en el frente, pero que entrega un ordenamiento parecido al del centro, como si no hubiera ni tanta periferia ni tanto centro.

La hija de Fabricio, la madre de Fabricio, Fabricio y yo.Tres generaciones de Baigorritas en esta modesta mesa de esta modesta casa charlando sobre la eficacia real de los barbijos, el calor pampeano, Messi, esas cosas de las que uno habla antes de empezar a hablar realmente de las cosas.

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