Volvió

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Se empezó a armar la lista de los que iban a venir en el avión con el General. Había gente que se colaba en el chárter por donde pudiera, y había gente mucho más decorosa . Perón me pidió que tratara de evitar levantamientos, en referencia al aspecto militar. En esos días, se nos salió de libreto la Marina, que levantó a un grupito en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). También me pidió que tratara de evitar declaraciones duras o violentas de algunos de los sectores del movimiento.

En el país, el clima era denso, espeso, alegre, contradictorio, vivaz. El pueblo peronista no terminaba de creer en la posibili­dad de que, finalmente, pudiera encontrarse con su conductor. En los ojos de millones y millones de argentinos, todavía estaban presentes los años felices del primer peronismo, con su batería de políticas populares, con redistribución de la riqueza, con su justicia social, con el pleno empleo.

Por aquellos días, millones de peronistas recordaban tam­bién los años duros de la resistencia, en los que hasta la palabra «Perón» estaba prohibida; los años de la represión, los fusila­mientos, los caños, los sabotajes, las huelgas, los desencuentros, las corridas, los gases, la impotencia, la prepotencia de los dicta­dores, los asesinatos, la pobreza, la indignidad, las cárceles y las muertes. Para ellos, trabajadores e hijos de trabajadores, clases medias recién arribadas, el peronismo había sido una dulce rea­lidad que en ese momento parecía volver a tener razón de ser.

Ahora, su líder, su conductor, les había prometido que en apenas unos días estaría con ellos, de vuelta en el país; estaban a punto de concluir diecisiete años de ausencias y desencuen­tros. En unos días, se produciría la gran victoria para los pero­nistas: lograrían que el régimen militar tuviera que sucumbir a la presión de un pueblo y a la estrategia de un líder. Y aquí lo esperaban la vieja guardia política, la CGT, las juventudes y las mujeres para reencontrarse y ponerse al día.

Las pasiones estaban a la orden del día. Lanusse continuaba convencido de que Perón no iba a volver. El 9 de noviembre, en un acto frente a estudiantes universitarios, Galimberti acon­sejaba que el 17 había que ir a Ezeiza a recibir al General de cualquier manera y que «el que tenga piedras que lleve piedras, y el que tenga algo más que lleve algo más». Salí a calmar el asunto; dije que era una expresión que se le había escapado a Rodolfo, pero que no había nada de eso.

El 14 de noviembre, con su pasaporte paraguayo en la mano, Perón, acompañado por la señora Isabel y López Rega, entre otros, se subió a un jet francés alquilado que lo depositó en Roma, donde por la tarde tuvo una entrevista con Giulio Andreotti, pri­mer ministro y jefe de la Democracia Cristiana italiana, y se frus­tró una audiencia con el papa Pablo VI, que López Rega le daba por segura por sus contactos con la P2 de Licio Gelli.

Mientras tanto, en Buenos Aires, Cámpora tomó un vuelo de Alitalia con otros 154 pasajeros estrictamente seleccionados: se trataba de una corte de notables que iba a buscar a Perón para acompañarlo en su primer regreso al país.

En una pequeña parte de su bello texto sobre el regreso del general Perón, José María Castiñeira de Dios dice:

El día de la partida hacia Madrid, desde Ezeiza, fue una verdadera fiesta . Éramos más de un centenar y medio de militantes que, cada uno en su campo de actividad, había dado sus batallas, siempre en nombre y por amor al pue­ blo . Nos saludábamos y nos abrazábamos como jóvenes que salían hacia una expedición largamente soñada, sin medir riesgos . Nos rodeaban y nos empujaban los periodistas, los fotógrafos y camarógrafos, pero nosotros estábamos en otra cosa: habíamos sido honrados para cumplir la misión de retornar con el Líder después de su largo destierro, no tanto por haber sido expulsado de su propia Patria, sino por haber sido separado de su pueblo que lo esperaba con los brazos abiertos .

La comitiva que se trasladó en el vuelo de Alitalia para acom­pañar a Juan Domingo Perón en su retorno del destierro estuvo integrada por 24 presidentes provinciales del Partido Justicialista y del distrito de Capital Federal, miembros en retiro del Ejército, Marina, Fuerza Aérea, del empresaria­do, de la CGT, de las 62 Organizaciones, ex funcionarios, ex legisladores, intelectuales, científicos, artistas, profesio­nales, sacerdotes y deportistas. Eran:

Abiati, Alejandro

Campos, Antonio

Otero, Jesús

Farmache, Horacio

Fatigati, Ernesto

Favio, Leonardo

Fonrouge, Alberto

Forteza, Eduardo J .

Franco, Mario

Frenkel, Leopoldo

Funes, Saturnino

Basualdo, Enrique

Bellizzi, Miguel E .

Benítez, Carlos

Lastiri, Raúl

Lavia, Ludovico

Llambí, Benito

Longhi, Luis

Lynch, Marta

Maratea, Pedro

Marini, Celestino

Martiarena, José H .

Coria, Rogelio

Cresto, Enrique

D’Alesio, Juan

Saadi, Vicente

Sánchez Toranzo, José A .

Sanfilippo, José F .

Santos, Orlando

Seeber, Carlos

Snopek, Carlos

Solano Lima, Vicente

Solveyra Casares, Guillermo

Porta, Bruno

Porto, Jesús

Quinteiro, Julio

Adre, Elías

Camus, Eloy

Palarea, Julio

Alonso, Oscar

Caro, Carlos

Peralta, Fidel G .

Amarilla, Guillermo

Carranza, Florencio

Pettinato, Roberto

Anzorena, Ricardo F .

Carrasco, Ernesto

Pietragalla, Horacio

Apicella, Horacio E .

Castillo, Maximiliano

Poll de Aruj, Emilia

Arce, Abelardo

Castiñeira de Dios, José María

Ponce, Rodolfo A .

Baldi, Hugo

Castro, Antonio S .

Pons Bendoya, Arturo

Barrau, Miguel Ángel

Cepernic, Jorge

Porta (Sra . de)

Garré de Copello, Nilda

Matera, Raúl

Sustaita Seeber, Héctor

Basualdo, Enrique

Coria, Rogelio

Porta, Bruno

Gau, Enrique

Mele, Santiago

Svresk, Enrique A

Bellizzi, Miguel E.

Cresto, Enrique

Porto, Jesús

Gauna, Antenor

Menem, Carlos Saúl

Taiana, Jorge

Benítez, Carlos

D'Alesio, Juan

Quinteiro, Julio

Gené, Juan Carlos

Menéndez, Carlos

Vai, Buenaventura

Bidegain, Oscar R .

Bittel, Deolindo

Bonnani, Pedro J .

Bustos, René E .

Cachazú, Abel

Cafiero, Antonio

Calace, Otto

Larrauri, Juana

Lascano, Carlos M .

Lastiri (Sra . de)

De Anchorena, Juan M .

De Miguel, Nélida

De Puig, María M .

De Sobrino, Esther

Del Carril, Hugo

Demarco, Aníbal

Descotte, Jorge

Obregón Cano, Ricardo

Ortega Peña, Rodolfo

Roth, Silvana

Ratti, Oscar

Regazzoli, Aquiles

Revestido, Miguel Robledo,

Ángel Rocamora, Alberto

Rodríguez, José

Román, Irene

Rosa, José María

Ross, Marilina

Gianola, Jorge

Miel Asquía, Ángel

Vernazza, Jorge

Gómez Morales, Alfredo

Mignone, Emilio F .

Villafañe, Chunchuna

González, Fernando S .

Miguel, Lorenzo

Vinardelli, Miguel

Guillamón, Enrique

Moreno, Ramón

Vitar, Rodolfo O .

Herrera, Casildo

Morganti, Jorge

Waisman, Jorge

Irigoyen, Valentín

Mujica, Carlos

Wimer, Adalberto

Juri, Amado

Muñoz Azpiri, José

Zetti, Eduardo P.

Campano (Sra. de)

Despertbasques, Rodolfo

Romero, Julio

Larrauiri, Juana

Cámpora, Héctor J.

Di Tella, Guido

Rosales, Estanislao

Lascano, Carlos M

Ortega Peña, Rodolfo

Ross, Marilina

Cámpora, Pedro

Duhalde, Eduardo

Lastiri (Sra. de)

Roth, Silvana

La lista había sido aprobada por Perón y se había confor­mado no con los mejores militantes, aunque todos ellos lo eran, y en grado sumo, sino convocando a quienes podían ser representativos de los diversos campos de actividad de la comunidad peronista . ¡Se hubiera necesitado más de mil aviones para trasladar a los millones de peronistas que se jugaron por el General en esos largos diecisiete años de su destierro! No fue exilio, fue destierro en el sentido estricto de la palabra: «Pena que consiste en expulsar a alguien de algún lugar o territorio determinado para que, temporal o perpetuamente, resida fuera de él» . Y el pueblo, y nosotros, lo habíamos liberado de su ostracismo.

Un día después, en la ciudad de Buenos Aires, el Gobierno de Lanusse nos convocó a través del general Tomás Sánchez de Bustamante a Rucci y a mí, encargados del Operativo Regreso en el país, para tener un acercamiento. Lanusse seguía conven­cido de que Perón no se animaría a aterrizar en Ezeiza . En esa reunión, el enviado del Gobierno intentó «apretarnos» y nos advirtió que sería mejor que Perón no aterrizara en Argentina. Yo dije que eso era imposible, que ya estaba todo decidido y que lo mejor sería que el Gobierno se preocupara porque todo llegara a buen puerto y que no hubiera una crisis política con enfrentamientos callejeros .

El militar volvió a insistir, esta vez con tono marcial, y el Petiso Rucci, con firmeza, le contestó: «Mejor que el General llegue, porque, si no, declaramos una huelga general por tiem­po indeterminado» . La reunión se levantó minutos después en un clima tenso. Con Rucci, habíamos hecho juntos un buen papel, nos llevábamos bien, nos complementábamos, a pesar de las diferencias, en el rol del bueno y el malo . Y ese rol lo jugamos durante las 72 horas que faltaban hasta el regreso efectivo de Perón .

Ese mismo día 15, Perón escribió una solicitada en la que se dirigía «A mi Pueblo» y en la que expresaba:

Pocos podrán imaginar la profunda emoción que embar­ga a mi alma ante la satisfacción de volver a ver de cerca a tantos compañeros de los viejos tiempos, como a tantos compañeros nuevos, de una juventud maravillosa que, to­ mando nuestras banderas, para bien de la Patria, están de­cididos a llevarlas al triunfo . También, como en los viejos tiempos, quiero pedir a todos los compañeros de antes y de ahora que, dando el mejor ejemplo de cordura y madurez política, nos mantengamos todos dentro del mayor orden y tranquilidad . Mi misión es de paz y no de guerra . Vuelvo al país, después de dieciocho años de exilio, producto de un revanchismo que no ha hecho sino perjudicar grave­ mente a la Nación . No seamos nosotros colaboradores de tan fatídica inspiración . Nunca hemos sido tan fuertes . En consecuencia, ha llegado la hora de emplear la inteligencia y la tolerancia, porque el que se siente fuerte suele estar propicio a prescindir de la prudencia . El pueblo puede per­ donar porque en él es innata la grandeza . Los hombres no solemos estar siempre a su altura moral, pero hay circuns­ tancias en que el buen sentido ha de imponerse . La vida es lucha y renunciar a esta es renunciar a la vida; pero, en momentos como los que nuestra Patria vive, esa lucha ha de realizarse dentro de una prudente realidad . Agotemos pri­ mero los módulos pacíficos, que para la violencia siempre hay tiempo . Desde que todos somos argentinos, tratemos de arreglar nuestros pleitos en familia, porque si no, serán los de afuera los beneficiarios . Que seamos nosotros, los pe­ ronistas, los que sepamos dar el mejor ejemplo de cordura . Hasta pronto y un gran abrazo para todos .

Juan Domingo Perón 

En la seguridad del avión del regreso, estaba el brigadier Arturo Pons Bedoya, que había sido edecán aeronáutico del General y al que este le tenía mucha confianza . Integraba la Comisión del Regreso e iba a estar dirigiendo el vuelo, junto con el capitán de navío Ricardo Anzorena, retirado en 1953, que había sido interventor en la provincia de Santa Fe hasta 1955. Anzorena y Pons Bedoya integraban la Comisión del Regreso y quedaron a cargo de la dirección técnica del vuelo y de las comunicaciones con tierra para saber si había surgido algún problema que obligara al desvío del chárter .

Le di al General mis razones por las cuales descartaba que hubiera incidentes cuando él aterrizara, y él estuvo de acuerdo en líneas generales, pese a que había gente que hacía llegar mensajes alarmistas . Yo estaba seguro de que no iba a haber problemas, porque tenía contactos que me mantenían infor­mado . Entretanto, Lanusse estuvo convencido hasta último momento de que Perón no volvía . Eso, pese a que generales cercanos a él ya tenían claro que el regreso era un hecho, como Tomás Sánchez de Bustamante y Manuel Haroldo Pomar . Yo tenía diálogos con ellos y con quien después, finalmente, fue el que dirigió el operativo de rodear Ezeiza, el general Arturo Amador Corbetta .

La CGT anunció paro general para el 17 de noviembre . En­tonces, el Gobierno decretó feriado, y todo terminó saliéndonos bien. En ese momento, comenzamos a saber cómo iba a ser el dispositivo de seguridad . Nos dijeron: «Vamos a organizar Ezei­za», y se empezó a hablar sobre quién se iba a hacer cargo del dispositivo . En esas circunstancias, Pomar se manejó muy bien, dejando que saliera el nombre de Corbetta, con el cual había buena relación . Era un hombre decente, un hombre correcto . Más tarde, fue brevemente jefe de Policía cuando Albano Har­guindeguy salió al Ministerio del Interior, en 1976 . Entonces, pusieron una bomba en Coordinación Federal y Corbetta im­pidió que la policía enloquecida se llevara a todos los presos a fusilarlos al Obelisco, cosa que finalmente hicieron . Pero prime­ro le dieron la baja a Corbetta . Obviamente, estaba en la lucha contra los grupos armados, pero con la ley .

Siento orgullo por cómo manejamos la seguridad el día del regreso . El General me destacó mucho que un episodio de se­ mejante magnitud haya transcurrido sin ni siquiera un herido grave . Hubo unos pocos golpeados, pero no heridos de bala . Por supuesto, hubo controles, y a la gente se le cerraba el paso con bastones, con gases . Pero si no hubo hechos graves fue porque a los grupos fuertes y a los sindicatos les dijimos que no había movilización masiva a Ezeiza . Montoneros y la JP convo­ caron, pero sin instrucciones de forzar el paso . Íbamos a las uni­ dades básicas que estaban convocando para movilizar en otro tono y desactivábamos sus planes . Durante las 48 horas previas a la llegada del General, recorrí los puntos del Comando de Organización, en los que se hablaba de «insurrección» .

Miguel Bonasso, en El presidente que no fue, dice: 

Perón no saludó al pasaje en su conjunto . Cada tanto al­ guien era llamado por el delegado, cruzaba la cortina color arcilla y se sentaba junto al jefe, que lo recibía de buen ánimo, impecablemente vestido con su traje oscuro, su ca­ misa blanca y una corbata clara con adornos octogonales . En la solapa, aunque había dicho que ya estaba más allá del peronismo, lucía el escudito justicialista . Cuando el avión se acercó a la costa africana le sirvieron la cena, que comió con apetito: tartaleta de gruyere con alcauciles, pechuga fría al marsala y unas masitas . Bebió champagne francés y prendió un pitillo . Tomó el café y conversó muy animado con Armando Puente .

Según el relato de Bonasso, «nada estaba dicho en ese mo­mento sobre la posibilidad del retorno», a tal punto que «el co­ mandante de la nave dispuso cargar varias decenas de toneladas de combustible extra para poder desviarse a Asunción por si la dictadura argentina decidía prohibir el descenso en Buenos Aires» . Y habla de «milagro» para describir que no haya habido enfrentamientos «entre los miles de peronistas que invadían las calles y los puestos militares que impedían el acercamiento» .

Hernán Brienza reconstruyó minuciosamente el viaje de re­greso: «Cuando la nave alzó vuelo, Alitalia convidó a los pasajeros con una vuelta de champagne mientras que en los parlantes sonaba la Marcha Peronista, que fue coreada por la mayoría de los presentes, que le sonreían y lo vivaban al mismísimo Hugo del Carril, uno de los pasajeros del chárter» .

Brienza recrea un episodio tomado del libro Setentistas. De La Plata a la Casa Rosada, de Fernando Amato y Christian Bo­yanovsky Bazán. Durante el vuelo, el General mandó a llamar al Chacho Pietragalla, de apenas 20 años, representante de la JP e integrante de la Regional 1 . Después de señalarle a Coria, para «demostrar que él sabía quién era quién», le preguntó a Pietragalla si sabía algo del capitán Sosa, responsable de la masacre de Trelew . Pietragalla le dijo que no, pero que lo iba a encontrar, «y no se nos va a escapar» . Entonces, el General le pasó un dato: «Dicen que está de agregado militar en la Emba­jada de Inglaterra . Ténganlo en cuenta» .

Y sigue Brienza: «En medio de la charla, Perón tomó un ma­ letín de mano que tenía al lado de su asiento y lo abrió . Tenía dos pistolas . Le dijo a Pietragalla que él sabía quiénes eran ellos, y que, en caso de problemas al llegar a Ezeiza, “una la porto yo y la otra, usted” . Y agregó: “El primero que va a aparecer por la puerta del avión voy a ser yo . Si Rucci no está al pie de la esca­ lerilla esperándonos, es que empezó la guerra”» .

Se temía lo peor: que el DC­8 no pudiera descender por cuestiones ajenas a la política . Osinde y yo llegamos al Ae­ ropuerto y pedimos hablar con el jefe militar de Ezeiza . En un breve intercambio de palabras, comprendí que Osinde le estaba proponiendo que el avión se desviara a Asunción por cuestiones de seguridad . Enseguida llegó Rucci, y le comenté las novedades .

No había motivos serios de preocupación . El general Perón debía aterrizar en Buenos Aires, porque, si no, se ponía en ries­go todo el plan. De esa manera, la llamada Opción B —desviar el avión a Carrasco o Asunción— fue abortada por la acción del líder de la CGT, que prometía huelgas generales a diestra y siniestra, y por mi opinión similar .

En Mataderos, en Ezeiza, en Monte Grande, en La Matan­ za, la policía continuaba dispersando a los miles de militantes que intentaban llegar de cualquier manera al aeropuerto . A las 10:30, el presidente Lanusse entró en su despacho . Diez minu­ tos después, la torre de control informó que las condiciones climáticas habían mejorado y que el avión podía descender en la pista de aterrizaje .

La situación era incontenible . Cerca de mil personas logra­ ron ocupar la terraza del aeropuerto para poder ver con sus propios ojos lo que hasta quince días atrás era un imposible: el momento en que Perón volviera a pisar tierra argentina después de diecisiete años . La nave de Alitalia sobrevoló tres veces el aeropuerto hasta que desde la torre de control le asignaron la pista de aterrizaje 2, es decir, la más chica y la que estaba en peores condiciones .

Cerca de las 11:10, el avión tocó suelo argentino . Adentro, los pasajeros aplaudían y coreaban «Perón, Perón», como un grito de victoria . El General, a través de Cámpora, pidió que se cantara el himno nacional . Todo era alegría y felicidad . Fi­nalmente, el avión se detuvo a 800 metros del hall central, y la Policía Federal informó que realizaría una requisa de armas . Perón se mantuvo sentado, ensimismado, mientras su esposa Isabel se colocaba su tapado de visón .

Minutos después, el comodoro René Salas se presentó ante el General, quien burlón y chicanero lo trató de «brigadier» para obligarlo a defenestrarse a sí mismo . «Comodoro, señor», le respondió Salas . Automáticamente, le notificó: «Usted puede descender acompañado, únicamente, por tres personas . Deberá dirigirse directamente al Hotel Internacional . Puede optar tam­ bién por permanecer en el avión o regresar . Le ruego manifieste cuál es su decisión» . Perón lo miró con cierto desdén, se puso de pie y le dijo: «No, no, vamos a bajar . Si no, ¿para qué vinimos?» .

Al pie de la escalerilla, lo estábamos esperando Rucci y yo y subimos unos escalones para abrazar al General y saludar a la señora Isabel. Cuando lo abrazamos, el General nos dijo: «¡Lo hicimos!» .

Rucci abrió por primera vez su paraguas, cruzamos unas breves palabras entre los tres y el General e Isabel, a los que se sumó Cámpora, se acomodaron en el Fairlane para dirigirse al hotel . Cuando el General vio al grupo de los trescientos in­ vitados que le habíamos avisado que teníamos, hizo parar el automóvil, «desobedeciendo» la orden militar, y se acercó sa­ ludando, allí se produjo la escena histórica del paraguas . El listado de esos trescientos compañeros lo habíamos confeccio­ nado entre la sede del movimiento en avenida La Plata y la CGT . Entre ellos, estaban varios de mis colaboradores, encabezados por Hugo Anzorreguy y otros dirigentes del movimiento, como Lorenzo Pepe .

Era la primera de una serie de «marcadas de cancha» que Perón le hacía al Gobierno . Él paraba a saludar a los suyos, y la prohibición trasmitida por el «brigadier» le importaba un rába­no. Román Lejtman, en su libro Perón vuelve, describe muy bien ese momento . Habla de un Fairlane claro flanqueado por tres Torino oscuros, nueve motos de la Policía Federal y tres agentes de a pie cerrando la caravana . Detrás de Perón, Isabel y Cámpo­ra, estábamos Rucci y yo . Habla de «marcha lenta» y «destino incierto» y de la orden del general de frenar la caravana . Y dice:

Descendió del auto para enfrentarse con la historia, para grabar una imagen que quedará hasta que el tiempo y sus circunstancias se traguen a la Argentina. Rucci abrió el paraguas y sonrió como un niño . Perón apuntó sus brazos al cielo y agradeció . Abal Medina se acordó de su hermano Fernando, muerto por la policía . La escena quedó para siempre.

En efecto, estaba pensando en Fernando . El General recor­daría ese momento así:

En la vida de todo ser humano, existen instantes trascen­dentes que se graban en forma indeleble por encima de todos los recuerdos de su existencia . El regreso a la Patria, luego de tantos años de ausencia, marca el punto crucial de mi Destino. 

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