Opinión

Marcelo Gallardo, el que entiende el juego

"Para saber cómo es el fútbol, hay que abrirle la cabeza a Gallardo" dijo, para la posteridad, Alejandro Sabella.

La victoria con ribetes épicos frente a Independiente Santa Fe nominó a Enzo Pérez como ídolo histórico y fue también otro hit de la era de Marcelo Gallardo, por lo que se volvió a hablar de la posibilidad de que dirija en Europa. Gallardo es uno de esos personajes que, en el marco del deporte, se destacan del resto: son endiosados y, a su vez, expuestos a la guillotina de los haters virtuales, cuya periódica inquisición fue naturalizada.

A diferencia de Lionel Messi o Emanuel Ginóbili, pisa el cable del Superclásico, por lo que el consenso es todavía más lejano. Hace poco, dijo que lo estaban esperando. En cierto punto sabe que es el protagonista de una historia conocida: la del ídolo al que elevan con la esperanza morbosa de que, pasado un tiempo, cuando todos se aburran de alabarlo, se lo pueda bajar de un hondazo. “Dame un héroe y te escribiré una tragedia” decía Francis Scott Fitzgerald.    

En sus declaraciones a la prensa, Gallardo está cada vez más tajante, como radicalizado. A principios de mes respondió a quienes lo criticaban por no hablar después de las derrotas tildándolos de “oportunistas mediocres”. Además de calificar esa crítica como "una pelotudez”. El Mr. Hyde del Muñeco ya le ha jugado malas pasadas, al punto de que su pelea con Roberto Abbondanzieri en el clásico de Libertadores 2004, por un tiempo pareció borrar su carrera como jugador, lo que hubiese sido una injusticia en la edición de su recuerdo.

Si la preeminencia de la figura de Gallardo, antes de la pandemia, ya era evidente, el sonido ambiente de los partidos sin público encontró en él a su más maravillosa voz. Además de escucharse lo que dice, por supuesto, se ve lo que hace: desde tirar un vaso de café por una mala definición hasta reírse en plena definición por penales contra Boca en la Bombonera. La canonización en vida por parte de los hinchas, después de siete años en River, le otorgó la libertad para mostrarse cada vez más extrovertido aunque la cámara lenta de las transmisiones quiera hacerlo alguien de ficción, salido de Netflix.  

Sin embargo, más allá de que los éxitos y la madurez pueden haberle dado otro respaldo, Gallardo, de una u otra manera, siempre tuvo una personalidad fuerte. Si se revisan sus entrevistas en la década del 90, tanto para televisión o medios gráficos, se encuentra la misma postura reservada, cercana a la parquedad, esta última, señalada con insistencia por los periodistas. “Marcelo Gallardo no es antipático, más bien es un antidivo” escribió Juan José Becerra en junio de 1998, a pocos días de que comenzara el Mundial de Francia en Mística.

Meses después, en enero del año siguiente, Gallardo aparecía en la tapa, contando su experiencia agridulce en esa Copa: en la memoria emotiva quedó una apilada frente a Croacia que estuvo a punto de ser gol. Se sabía que su relación con Daniel Passarella (padre simbólico de los pibes de Inferiores del River de los 90) se había roto. Con Marcelo Bielsa, Gallardo, ya figura en el Mónaco, también fue convocado. Tal vez en la conjunción imaginaria que puede existir entre el “Kaiser” y el “Loco” se encuentre buena parte del adn de Gallardo como entrenador.

En ese sentido se puede decir que la carrera de Gallardo como jugador es casi tan atractiva como la que ahora tiene como técnico. Fue un exquisito físicamente vulnerable, lo que repercutió en lesiones crónicas. A eso se le sumó que durante la primera parte de la era Passarella fue cuestionado por los hinchas. De ahí viene la famosa anécdota del abucheo por el penal errado en un amistoso frente a Australia. Gracias a Youtube se puede ver que, después de errarlo, un jugador australiano le hace burlas. Gallardo no reacciona, parece desear que se lo trague la tierra, y de pronto se asoman Gabriel Batistuta y Diego Simeone a ponerle los puntos al rival sin códigos. Era el 30 de junio de 1995, tenía 19 años y la 10 en la espalda que un año atrás todavía usaba Diego Maradona, quien lo llamó para darle ánimos, un gesto que el técnico de River recordó, emocionado, cuando le tocó enfrentarse a Gimnasia de La Plata en el 2019.

Es decir, por lo menos una parte de los kilos del duelo de la Selección post Maradona pesaron sobre la espalda de Gallardo. Para defenderlo de las críticas, Passarella patentó una frase histórica que se entendería del todo 20 años después: “Gallardo entiende el juego”. Hay que volver a ese año fatídico, 1995 (bien precisado en la biografía de Diego Borinsky: pérdida de titularidad en River, lesión, no lo dejan ir al Sub-20), para entender frente a qué experiencias se templó el carácter de Gallardo y por qué a veces puede caer en posturas algo intransigentes.

Alejandro Sabella dijo, para la posteridad, que para saber cómo es el fútbol hay que abrirle la cabeza a Gallardo. Por lo pronto, es un técnico que consiguió que los hinchas de su equipo -y los de otros también- puedan apreciar su línea de trabajo hasta en la derrota (como sucedió contra Palmeiras) o festejar un partido ganado con un jugador de campo como arquero, algo inusual que hubiese repercutido de la misma forma en cualquier otro equipo. Pero que, sin dudas, tuvo el plus de ser el River de Gallardo, cuyo prestigio no sólo está basado en los triunfos sino también en la capacidad para convertir un partido más en una posible reivindicación última, efímera, de la esencia del juego frente a la coyuntura del fútbol como espectáculo.

Con el hipotético paso por Europa, la obsesiva comparación con Carlos Bianchi se cerraría y arrojaría conclusiones. A Bianchi le fue mal con la Roma y el Atlético Madrid, pero tanto Vélez como Boca supieron ganarle al Milan. Gallardo tuvo momentos de pragmatismo para resolver situaciones en el acto -como mandar a cabecear a Germán Pezzella-, propias del repertorio de un Bianchi en la cúspide. Lo que ganaron queda dentro del contexto histórico en que sucedió, y también en el simple hecho (no tan simple de asimilar) de que lo que hizo uno no debería anular lo que hizo otro. Eso debería alcanzar para no convertir la comparación en una patología.

Se habló del interés del Fenerbahçe, de la Roma, del Chelsea y hasta del Barcelona. Los rumores, nunca del todo confirmados, parecen servir, más que nada, para activar los eternos debates sobre si Gallardo está preparado o no para dirigir a un grande de Europa y si no será necesario que primero pase por un equipo mediano, lo que deriva en por qué no es el técnico de la Selección o, la gran pregunta, para después de la pausa: ¿cómo será River después de Gallardo? 

MZ

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