Análisis
Los mil puntos de Messi

Lionel Messi festeja el primer gol de la selección

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La historia oculta de lo que vimos es un drama unipersonal con final feliz. Allí, un ser humano de 35 años juega su partido número mil en octavos de final de un Mundial de fútbol, hace un primer gol equivalente a perforar una pared de acero con un dedo y, una hora más tarde, asume el control total del juego y decide cerrarlo con un dominio casi total de todos los elementos. Digamos que no jugó un partido de fútbol: se lo apropió. ¿Cómo puede tener, todavía, semejante poder? 

La historia conocida es la del triunfo de Argentina, bastante más llano de lo que se imaginó, si se recuerda que se venía asociando a Australia con algún tipo de amenaza: que la altura, que la disciplina, que la rudeza, que la antigua ferocidad de los kooris, que las plagas de marsupiales.

Nada más lejos de los hechos que esas supersticiones negras. Toda la fortaleza de estos recientemente eliminados consistió en fotocopiar la estrategia de Arabia Saudita en la primera fecha, subiendo la defensa y obligando a Argentina a jugar en zonas inhóspitas, y alterando ese librito mezquino con presiones repentinas sobre los centrales y bloqueos de la salida por las bandas. ¿Para qué? Para nada, en todo caso para simular una situación de competencia que terminó con el gol de Messi.

Argentina no cometió el error del debut, inspirado en el exceso de confianza, esa epidemia no declarada que deja tendales en todos los rubros. Más bien se dedicó a sostener un estado de hiperconcentración y una planificación sagaz por lo heterogénea. Tuvo la pelota los primero veinte minutos y, de golpe, la soltó para ver qué era capaz de hacer el rival con semejante compromiso. Por eso el primer tiempo tuvo varios momentos de laboratorio, y de amagues ideológicos, como el de tener la pelota y no tenerla. 

No quedar pegado a un solo ritmo, ni a un solo tipo de movilidad ni a una sola modalidad de salida fue el ardid de Scaloni & Amigos para desorientar a un adversario que apostó todo a la destrucción y al cirujeo de errores. Pero cuando Argentina extrajo la ventaja prácticamente del pedregal en el que se había convertido el partido, se desató lo que podemos llamar la tormenta del control. 

En ventaja de goles, Argentina despliega toda su crueldad. Basta recordar el gol de Julián Alvarez, colando el bochín entre las piernas de Ryan y Rowles que se cerraron como guadañas. Porque ¿de quién fue el gol, además de ser de Julián y del querido Ryan, a quien le mandamos un gran abrazo y el deseo de vernos algún día en la Ópera de Sidney? Rodrigo De Paul, por supuesto, ni más no menos que el jugador-cigüeñal del equipo (escuché que lo llamaron pistón; pistones son los laterales). 

El día que las estadísticas se alineen con la lógica y un sentido de la realidad más ajustado que el alardeo de numeritos, quizás la presión de De Paul sobre el arquero de Australia, aún sin tocar la pelota, pueda figurar en las planillas como una asistencia. En la verdad de eso gol se trató de una asistencia de tipo táctica, que revela la división del trabajo en Argentina. Presiona De Paul para beneficio de Julián Álvarez o Messi. Pero también presiona Julián Álvarez contra el alquilado Ryan, como también ocurrió, para que rechace con pánico y recupere la pelota Molina.

Se venía el tercero, quizás el cuarto. Pero el fútbol es el deporte que le debe mucho del daño coronario que produce a lo que se sitúa fuera de control. No hay partido, incluyendo los más plácidos, que no tenga en sus sótanos alguna monstruosidad lista para manifestarse. De repente, Goodwin pescó con mediomundo un rechazo de Otamendi e impactó con su herradura la pelota, que partió hacia la estratósfera, pegó en la espalda de Enzo Fernández y se clavó con sed de injusticia.

Después, nuestra ansiedad (no la del equipo) empezó a operar y a darnos, sobre todo ahora, una memoria desacertada de fin del mundo. Lo vemos a Lisandro Martínez cortar al modo de una tapa de la NBA una subida irreal de Behich por la izquierda; y a Dibu Martínez tapando el empate de Koul. Todo en el período de quince minutos en el que Lautaro tuvo tres chances de redondear el partido hacia arriba. En los tres Martínez hay que buscar las razones de un resultado final que no explica de ninguna manera la realidad de la que salió. 

El ingreso de Lisandro Martínez, la presión alta de De Paul y la comprensión de las generalidades y los detalles del juego de Mac Allister y Enzo Fernández, de corazón y cerebro desarrolladísimos para un deporte en el que se nota mucho cuando falta uno de los dos, fueron los tesoros del segundo tiempo, en el que Argentina jugó tan bien que hasta pudo vencer la mala suerte

Párrafo aparte, página aparte, nota aparte y no sé si no mundo aparte para volver sobre Messi en cinco palabras: su poder mata el lenguaje. Es una belleza humana. ¿O sobrehumana? Quizás haya que investigar en profundidad a la familia. No me cierra mucho su humanidad. Ahí hay algo raro. Lo pensé mientras veía en la tribuna a su madre. Celia: ¿es cierto que sos la madre de Messi? ¿Cómo puede ser que alguien haya tenido de hijo a Messi? Necesitamos que nos digas la verdad. 

 JJB

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