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De oceanógrafo a analista de datos en una fintech: cómo cubren las tecnológicas los puestos para los que no hay profesionales

Daniel Valla, en plena campaña oceanográfica, antes de pasarse a una fintech

Delfina Torres Cabreros

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Daniel Valla está sentado en la cubierta de un gomón que flota diez kilómetros adentro en el mar del sur de Brasil. Atrás, como un gigante en el medio del azul monótono del océano, se ve el buque científico en el que vive desde hace varios días: el ARA Puerto Deseado, del Conicet. Valla es uno de los no más de 15 especialistas de la Argentina en corrientes marinas y en ese momento está en plena acción, recolectando los datos que le arroja lo que hay debajo de las olas. 

Después de esa campaña oceanográfica, en octubre de 2016, Valla participará de algunas otras antes de despedirse de la carrera científica. Tras años de afilar sus habilidades para domar montañas de datos sabe que también puede ser útil en el mundo de las empresas, donde los datos son el oro de este tiempo, casi una moneda paralela. 

A fines de 2019, cuando termine su doctorado, comenzará a buscar trabajo en la industria y, mucho antes de que empiece a impacientarse, será contratado por una fintech donde a las grandes masas de datos les hará otras preguntas: cómo detectar un fraude, qué producto sugerirle a alguien que ya hizo una compra o cómo mejorar la experiencia del usuario. Se convertirá en parte de un equipo de Data Science (ciencia de datos), una especialidad tan nueva pero tan requerida que construye a sus expertos extrayéndolos de las disciplinas más diversas, algo que podría comenzar a cambiar en los próximos años. 

Este mes se inauguró en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) la licenciatura en Ciencia de Datos, la segunda carrera de grado en esta materia en todo el país. La primera fue la de la Universidad Nacional de Guillermo Brown. La carrera —que tiene una duración de cuatro años y medio más el Ciclo Básico Común (CBC)— se nutre de profesores que vienen de la física, la matemática, la computación y ofrece herramientas para procesar y “modelar” grandes cantidades de información.

“Satisface una demanda que comparten tanto la investigación científica como la actividad productiva y pensamos que nuestros graduados tienen que tener ir a aquello que los convoque más. Incluso también al sistema público de gestión; el Estado también necesita de analistas de datos”, dijo a elDiarioAR Ana Bianco, directora adjunta de la carrera. 

Los y las líderes de las empresas de tecnología se cansan de decirlo: el principal cuello de botella para la expansión de los servicios del conocimiento en la Argentina es la escasez de profesionales formados en tecnología, lo que en el último tiempo se vio agravado por la oportunidad que representa para estos expertos trabajar de manera freelance para el exterior. 

Mario Cuniberti, Chief Technology Officer de la empresa de software Oracle, explica que hasta ahora se nutren de personas que provienen de carreras con alguna materia vinculada a datos o de los cursos de extensión o terciarios que ofrecen el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), Caece, Digital House y otras instituciones. De todos modos, gran parte de la formación se realiza actualmente dentro de las compañías, lo que explica la alarma del sector ante lo que advierten como una “fuga de cerebros” habilitada por el trabajo remoto. 

El principal cuello de botella para la expansión de los servicios del conocimiento en la Argentina es la escasez de profesionales formados en tecnología

Según repasa Bianco, la Licenciatura en Ciencias de Datos tiene 92 ingresantes provenientes del CBC y otros 40 que se pasaron de otras carreras de Exactas o comenzaron a cursarla en simultáneo. Es un número importante si se considera que este año ingresaron solo 69 alumnos y alumnas a Ciencias Matemáticas y 276 a una de las carreras más numerosa de la facultad, Computación. 

Daniel Valla, hoy analista de datos de Naranja X, ingresó a la carrera de Física en la Universidad de Buenos Aires, pero ya avanzado en el programa se dio cuenta de que su interés no estaba en las abstracciones de lo teórico sino en la física aplicada. Aplicada a qué puede ser, pensó, y se anotó en la licenciatura en Ciencias Oceanográficas, una carrera pequeña, de menos de 30 alumnos en total, de la que se gradúan anualmente un promedio de dos profesionales. 

Antes de recibirse ya estaba trabajando en el Servicio de Hidrografía Naval, en un grupo llamado “Dinámica Oceánica”, que estudia los proceso físicos que ocurren en el mar argentino y en el talud continental, que es la zona de transición entre la plataforma continental y el precipicio submarino que lleva al océano profundo. “Son zonas de mucha acción, donde se concentra la biota y el fitoplancton, que son estas microalgas que alimentan la base de la cadena alimenticia”, cuenta entusiasmado desde su casa de Vicente López.

Valla hizo su tesis de grado y luego continuó con el doctorado, para el que se integró a un proyecto de monitoreo de las corrientes marinas a escala mundial que indagaba cómo esas corrientes generan una redistribución del calor en todo el globo e impactan en el clima a largo plazo. Para avanzar con sus investigaciones se embarcó muchas veces en el mar profundo, en campañas oceanográficas que en algunas ocasiones se extendieron durante meses. En total, fueron más de 200 días en altamar, donde recolectó datos y muestras que, ya de vuelta en la oficina, analizó en casi absoluta soledad.

Esa dinámica de trabajo cambió rotundamente desde que pegó el salto a la “industria aplicada”. En enero de 2020 entró a trabajar en el área de Data Science de Naranja X, una empresa que nació en septiembre de 2019 como el brazo tecnológico de la emisora de tarjetas de crédito Naranja. Así, el hombre que hablaba de ecosondas invertidas, señales sónicas y montañas submarinas empezó a poblar su lenguaje cotidiano con otras cosas como billeteras virtuales, políticas de seguridad y algoritmos.

El puente que Valla cruzó, entre ciencias duras y empresas de tecnología, es un puente cada vez más transitado. El viejo método científico renueva su valor en alianza con las últimas tecnologías disponibles y los académicos de repente se ajustan al perfil buscado para los roles ejecutivos de las empresas de punta. Hay muchos ejemplos allá afuera, como el caso del físico argentino Matías Travizano, que comanda la firma GranData en Silicon Valley, pero también dentro de la propia empresa en la que Valla trabaja. Quien fue su jefe durante los primeros meses, el misionero Carlos Giménez, tiene un doctorado en física en el Conicet y pasó del área teórica de la mecánica cuántica relativista a la industria como Chief Data Scientist Officer o CDO, una sigla destinada a repetir el proceso de popularización que ya atravesó CEO (Chief Executive Officer) o CFO (Chief Financial Officer).  

Cuando uno hace investigación el producto final es el conocimiento en sí. En el caso de la industria, necesitan que vos entregues valor haciendo minería de datos

¿Es un trabajo académico en un contexto no académico? “Exacto”, dice Valla, “aunque cambia el fin: cuando uno hace investigación o ciencia básica el producto final es el conocimiento en sí. En el caso de la industria, hay preguntas concretas que resolver para generar una toma de decisiones estratégica. Hay otras áreas que necesitan que vos entregues valor haciendo minería de datos”.   

Si bien asegura que vivió el pasaje de un ámbito al otro con naturalidad hay que pensar en el contraste entre esa oficina del Centro de Hidrografía Naval ubicada frente al Riachuelo y el edificio de vidrio recientemente inaugurado en Nuñez de Naranja X, donde no solo hay salarios altos y licencias extendidas, sino actividades de yoga, mindfulness y stretching en la oficina, opciones de alimentación saludable las 24 horas y la posibilidad de no usar zapatos, por lo que la empresa se define como la “primera oficina en pantuflas de la Argentina”. “Sin duda hay un cambio en la disponibilidad de recursos”, resume Valla, que sostuvo sus 10 años de carrera en la oceanografía con el respaldo económico de las becas del Conicet, que actualmente son de alrededor de $50.000 mensuales en el caso del doctorado. 

De todos modos, y si bien conoce de otros casos cercanos, Valla matiza el fenómeno de la circulación de profesionales entre la academia y las empresas. “Sin duda que la cuestión económica puede influir en la decisión de carrera y la ciencia de datos es una disciplina súper atractiva para personas con mi formación, pero de ninguna manera veo una migración masiva de gente de la academia hacia la industria”, asegura. Como muestra, dice que de las seis personas que integran su grupo de amigos de la facultad hasta ahora solo dos pegaron el salto. 

DT

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