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Análisis

Por qué perdió Trump: un presidente muy impopular, precios disparados y una sociedad civil resistente

Seguidores del candidato demócrata al Senado, James Talarico, este martes en Austin, Texas, después de conocerse los primeros resultados.

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Este martes fue una noche de hitos. Ningún demócrata había ganado en Texas, Kansas o Carolina del Sur en unas elecciones para un cargo nacional en décadas. La derrota en unas elecciones de mitad de mandato del partido gobernante es tan grande que se asemeja a la de 1974, tras el escándalo del Watergate que obligó a Richard Nixon a dimitir. 

Pero incluso esa comparación es imperfecta para un momento de polarización como el actual, con minorías muy fieles a su propio partido. El desplazamiento del voto de demócratas a republicanos por encima de los 20 puntos por todo el país tiene pocos precedentes. Los 54 senadores que el Partido Demócrata ya ganó –puede llegar a 55– y los más de 250 miembros de la Cámara de Representantes que puede lograr están por encima de las encuestas más optimistas para los demócratas. Texas, Ohio y Alaska tendrán gobernadores demócratas por primera vez en décadas. 

Hay cuatro hitos que ayudan a comprender la enorme magnitud de la victoria demócrata. 

Texas no elegía a ningún senador demócrata desde 1988. Kansas no votaba por un demócrata desde 1932. La victoria abrumadora en la Cámara de Representantes, con una estimación de más de 13 puntos de voto popular a favor de los demócratas, no sucedía por un margen así desde 1976. Y ninguno de los dos partidos en la historia de Estados Unidos había conseguido hasta ahora ganar más de dos escaños en el Senado que hubiera vencido el partido contrario por más de diez puntos en las elecciones presidenciales.  

El rechazo a Donald Trump es profundo. Trump ya era impopular cuando ganó en las elecciones presidenciales en 2024 en un país muy dividido. Pero sus acciones, políticas y declaraciones en los últimos dos años hundieron su apoyo incluso entre los más fieles. Ningún presidente había ido a unas elecciones de medio mandato con unos niveles tan bajos de aprobación en décadas. El precedente que se suele citar es el de Harry S. Truman en 1946, en una era de recesión económica y participación política difícilmente comparables con el entorno actual.  

El dominio personal de la política de Trump (dentro y fuera de Estados Unidos) puede hacer olvidar la resistencia que había despertado en su propio país. El descontento con sus políticas y su impacto caló por todo Estados Unidos, que se movilizó no sólo con protestas callejeras, sino con organización cívica para denunciar, también ante los tribunales, las acciones del Gobierno. 

El escrutinio de la prensa, incluso de los medios limitados por su dueño, como el Washington Post, o los que tienen línea editorial conservadora, como el Wall Street Journal, fue constante. Las organizaciones de defensa de las libertades civiles, entre otras la ACLU, no se amedrentaron. Las tácticas para rediseñar distritos o limitar el derecho de voto no tuvieron suficiente impacto como para frenar la ola popular de descontento.

Trump asegura que la derrota no es suya, pero había pedido expresamente decenas de veces que los republicanos votaran como si él estuviera en la papeleta y empujó a algunos de los candidatos que hundieron a su partido en territorio amigable, como en Carolina del Sur, Carolina del Norte y Texas.

Las victorias de candidatos progresistas del Partido Demócrata como Abdul El-Sayed en Michigan, pero también aspirantes más conservadores como James Talarico en Texas o Adam Hamilton en Kansas reflejan sobre todo un deseo de cambio. El enojo con Trump tiene como causa más visible la subida de precios, en particular del combustible por la guerra en Oriente Próximo, pero también tiene que ver con el deseo del país de que el Congreso limite el poder del presidente. 

Hace dos décadas, uno de los libros más populares entre los desesperados demócratas que hacían oposición a George W. Bush era What’s The Matter With Kansas? (¿Qué le pasa a Kansas?) de Thomas Frank. 

El ensayo intentaba explicar cómo era posible que los votantes más empobrecidos y marginados votaran contra sus propios intereses económicos a un partido que defendía políticas públicas que beneficiaban a los más ricos y, en realidad, a los estados de las costas que detestaban. La respuesta, no muy satisfactoria, es que importaban más las llamadas guerras culturales sobre el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo que la realidad más inmediata. Kansas fue cambiando desde entonces, pero tal vez hacía falta alguien tan fuera de la norma como Trump para darle la vuelta. 

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