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La transición en Brasil
El regreso de Lula, en un Brasil marcado por la violencia, el hambre y el extremismo de derecha

Cierre de campaña de Lula da Silva por Avenida Paulista, San Pablo, Brasil. 29 de Septiembre de 2022.

Pablo Giuliano/agencia Télam

San Pablo, Brasil —

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El inoxidable exmetalúrgico Luiz Inácio Lula da Silva fue ratificado en 2022 como el mayor líder popular de la historia de Brasil al lograr su tercer mandato en las elecciones más disputadas y violentas desde la recuperación democrática y deberá gobernar la mayor economía de América Latina conviviendo con los movimientos desestabilizadores de la extrema derecha que se referencian en el mandatario saliente, Jair Bolsonaro.

El balotaje del 30 de octubre mostró un país altamente polarizado. Fue 50,9% de Lula contra 49,1% de Bolsonaro, lo suficiente para que el excapitán del Ejército viera frustrado su sueño de ser reelecto y de erigirse en un referente de la ultraderecha a nivel mundial.

Bolsonaro deja un país diezmado, que regresó al mapa del hambre de la ONU, que mostró que el 28,9% de la población del país de 213 millones de habitantes padece “inseguridad alimentaria moderada o severa”, con ciudades donde contrastan las carpas y tiendas montadas por familias sin techo, que remiten a imágenes de los campos de refugiados, con las viviendas de la clase alta.

Esos sectores privilegiados fueron en gran parte los que adhirieron al discurso de odio y alentaron el cese de las políticas públicas implementadas por Michel Temer tras la caída de Dilma Rousseff, en 2016.

Ese proceso fue profundizado por Bolsonaro y su ministro de Economía, el ultraliberal Paulo Guedes, admirador del dictador chileno Augusto Pinochet.

La victoria de Lula cobra relevancia después de que durante la campaña Bolsonaro liberara 7.000 millones de dólares para distribuir entre la población más pobre, camioneros y taxistas, y de que gran parte del electorado clásico lulista adhiriera a Bolsonaro y a sus alianzas con el evangelismo neopentecostal, una fortaleza de la ultraderecha.

El líder del Partido de los Trabajadores (PT) logró conformar para la segunda vuelta un frente amplio con sectores de la derecha no bolsonarista, con el cual deberá convivir los próximos cuatro años, en un equilibrio dificultoso con un Congreso más corrido a la derecha y que tiene sed negociadora para acceder a parte de la agenda del Poder Ejecutivo.

El año 2022 significó a su vez la exhibición de las garras del extremismo de la derecha, calificado en muchos casos de terrorismo, desconociendo el resultado de las elecciones, cortando rutas y poblando el frente de los cuarteles para pedir un golpe militar que elimine a la Corte Suprema, anule las elecciones y mantenga a Bolsonaro en el poder.

En ningún momento Bolsonaro pidió a sus seguidores deponer la actitud, al contrario, apenas habló una vez después de las elecciones para justificar la ira de esos movimientos y se recluyó durante 40 días en el Palacio de la Alvorada con su círculo más íntimo, que filtraba que estaba triste incluso con la actitud de varios de sus aliados, que comenzaron a negociar con Lula en el Congreso.

Este movimiento -que puede ser considerado como una semilla imitadora del efecto Capitolio de los seguidores de Donald Trump en Estados Unidos- puede traerle problemas judiciales graves a Bolsonaro, que ya no tendrá fueros.

Su posible verdugo es nada menos que Alexandre de Moraes, el juez de la corte que desde 2021 lo investiga a él y a sus seguidores -muchos de los cuales están con tobillera electrónica- por diseminar noticias falsas y usar las redes sociales y resortes del Estado para trabajar contra las instituciones.

Moraes es también el juez de la Corte Electoral que descartó las denuncias de fraude contra las urnas electrónicas hechas por el Partido Liberal de Bolsonaro, la primera fuerza del Congreso.

Por esto, Moraes, designado en la corte por Temer, es el principal enemigo de los bolsonaristas que acudieron a manifestarse en las puertas de los cuarteles.

“En una República funcional, Bolsonaro ya habría caído y ya estaría cumpliendo alguna condena en compañía de sus hijos y cómplices”, escribió el sociólogo y analista político Celso Rocha de Barros, columnista de Folha de Sao Paulo, refiriéndose al rol del presidente en la pandemia, en los ataques a la Constitución y a la cesión de presupuesto a sus aliados en el Congreso.

Los arsenales adquiridos legalmente por muchos bolsonaristas -empresarios medianos y grandes, vinculados a la logística y al agronegocio-,

gracias a la flexibilización de las leyes sobre armas de fuego, son un capítulo con el cual deberá convivir el gobierno de Lula.

Sobre todo tras haber vencido después de haber luchado contra el estigma de haber sido llamado “ladrón” y “expresidiario” durante toda la campaña.

Tres electores de Lula fueron asesinados por bolsonaristas durante este período, a la vez que se multiplicaron los ataques y homicidios de líderes sociales, ambientales y sindicales.

“Legado perverso”, fue la calificación que usó el exsindicalista y extornero mecánico, que estuvo 580 días preso y fue condenado por corrupción ilegalmente por parte de la Operación Lava Jato, que lo proscribió en 2018, sobre el estado en el que recibirá Brasil.

Tras ganar la elección con un frente amplio bolsonarista, durante la transición éste se transformó en un tira y afloje para la distribución de cargos, espacios en ministerios y la reactivación de las políticas públicas en salud, educación y ciencia.

El bolsonarismo, como dijo Lula, va a sobrevivir a Bolsonaro, aunque ahora en la oposición se ha subido el mercado financiero, que está batallando a través de las páginas de los principales diarios para lanzar nombres para el gabinete.

El presidente electo le dio al PT el Ministerio de Economía con Fernando Haddad, su principal hombre de confianza, contra lo que le pedía el mercado financiero, una decisión que muchos ven como una mano firme de Lula, a la vez un fundamentalista de la moderación y del diálogo con los adversarios.

Este Lula 3.0, el padre de los pobres, el niño nordestino que estuvo al borde de la muerte por hambre y renació a los 77 años, buscará volver a convertirse en un líder internacional, como ocurrió entre 2003 y 2010, pero lo espera un mundo muy diferente.

Con información de la agencia Télam

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