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Los vecinos de la devastada Mariúpol se centran en sobrevivir entre el cansancio y la frustración

Un hombre camina con una bicicleta en una calle dañada por los bombardeos en Mariúpol, este jueves.

Luke Harding (Leópolis) y Caroline Bannock

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El asedio de Rusia a Mariúpol se reanudaba este jueves en la oscuridad de la madrugada, según vecinos de la ciudad portuaria, alrededor de las 3:00 horas. “Las ventanas tiemblan. Hoy empiezan jodidamente temprano”, publicaba Angela Timchenko en Facebook. Describía el último bombardeo de la ciudad ucraniana, que había sufrido nueve días de ataques, como un “fuerte aguacero”.

“Pienso en dónde encontrar un poco de té y un poco de azúcar”, decía. Fuera, helaba y dentro de los apartamentos de Mariúpol, que se han quedado sin calefacción, hacía “mucho frío”. Timchenko explicaba que “la puta nieve” no se había derretido, “lo que significa que no habrá agua”.

A principios de esta semana, los habitantes de la ciudad recogieron nieve para convertirla en agua potable. A Timchenko le resulta difícil alimentar a su familia sin agua corriente. “Contadme, ¿es posible cocer un huevo en papel de aluminio? Tengo seis por ahí. Los niños podrían haber desayunado”.

Este jueves, los habitantes relataban que la destrucción no cesaba un día después de que un avión de guerra ruso lanzara una bomba sobre el hospital de maternidad número nueve de la ciudad. Las autoridades ucranianas han dicho que el ataque mató a tres personas, entre ellas una niña. 17 pacientes y personal del hospital resultaron heridos. Las fotos de mujeres embarazadas sobre un paisaje de escombros y cráteres humeantes indignaron al mundo. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, dijo que fue un genocidio.

Petro Andriushchenko, miembro del Ayuntamiento, dice que el genocidio sigue produciéndose. Mariúpol está sometida a “constantes bombardeos”: cohetes Grad y Smerch y misiles Tochka-U. Este jueves, los misiles pulverizaron otro barrio residencial, dañando gravemente varios edificios. También cayeron proyectiles sobre el teatro de Mariúpol, construido en estilo neoclásico soviético y situado en el centro de la ciudad.

Según Andriushchenko, la orilla izquierda de la ciudad, en la que antes vivían 135.000 personas, “ya no es habitable”. “Los demás distritos presentan daños graves. La mayoría de los edificios residenciales no son habitables”, lamenta en Telegram. La ciudad no tiene electricidad, los hogares se han quedado sin calefacción, agua potable y gas. Rusia “ha tomado como rehenes a 350.000 personas”, dice.

“No podemos recoger a los muertos”

Es demasiado peligroso recoger los cadáveres que yacen en las calles, por lo que se desconoce el número exacto de muertos. Tampoco se sabe el número exacto de personas bajo los escombros. El Ayuntamiento ha dicho este viernes que 1.582 civiles han muerto en la ciudad. 

“El Ejército ruso ataca directamente, así que no podemos recoger a los muertos ni evacuar a los heridos. Todos los hospitales están colapsados. Tenemos 2.500 camas”, dice Andriushchenko. Explica que se ha cavado una fosa común en las afueras de la ciudad.

Los intentos de evacuar a la población civil de Mariúpol se han visto frustrados. Este jueves, Andriushchenko señalaba que los aviones rusos estaban atacando deliberadamente la carretera donde los autobuses debían recoger a la gente para llevarla a un lugar seguro y a territorio controlado por Ucrania. “Los ataques aéreos comenzaron desde primera hora de la mañana. Uno tras otro. El centro histórico está siendo bombardeado”, lamentaba. En la ciudad, dice, viven unos 50.000 niños y niñas, y 3.000 bebés.

Condiciones “medievales”

El teniente de alcalde de Mariúpol, Sergei Orlov, ha descrito las condiciones de vida en la ciudad como “medievales”.

Sasha Volkov, responsable del Comité Internacional de la Cruz Roja en Mariúpol, corrobora este panorama desolador. Cuenta que muchos residentes no tienen agua para beber, a pesar de los esfuerzos del Ayuntamiento por repartir botellas de agua en las zonas principales. Las tiendas y farmacias fueron saqueadas hace cuatro o cinco días. Algunas personas aún disponen de comida; otras, incluidas familias con niños a cargo, se han quedado sin ella, dice.

La situación es desesperada, explica Volkov. “Las personas se atacan por un poco de comida o destrozan el coche de alguien para sacarle la gasolina. Están enfermando a causa del frío”. En este contexto, el bien más preciado es la leña, para cocinar. Algunos grupos de personas deambulan por las casas destruidas en busca de algo para comer, arriesgándose, hirviendo agua del arroyo.

Volkov explica que en su edificio viven 65 personas. Tiene un generador, que les da electricidad durante tres o cuatro horas al día. Las mujeres y los niños pequeños se alojan en el sótano, mientras que los demás duermen en la planta baja. No tienen carne, pero sí acceso a una “especie de mercado negro de verduras”. “Intentamos hacer lo que podemos”, afirma, tosiendo.

Otros viven bajo tierra en sus coches. Tanya, de 18 años, creció en Mariúpol, pero ahora vive en Alemania. Explica que su madre y su hermano están acampando en el garaje de un sótano en Mariúpol. “Es más seguro que su apartamento, que está en un quinto piso”, dice. “Están durmiendo en el coche para mantenerse un poco calientes y poder cargar su teléfono”.

La joven, que no quiso dar su apellido, señala que “hay unas 10 o 12 personas en el sótano con ellos”. “Mi hermano me dijo que todos intentan ayudarse mutuamente. Si a alguien le sobra comida o agua, la comparten”. Cuando todavía había electricidad, su madre cocinaba una “gran cantidad de gachas” y había llenado la bañera de agua en los primeros días tras la invasión rusa. “Hicieron algunas compras para abastecerse cuando empezó la guerra, pero nunca es suficiente”.

“Mi madre me dijo por teléfono que han perdido mucho peso porque están muy estresados. Me dijo: 'Sin comida, no pasa nada. Ya no tenemos miedo, solo estamos cansados, cansados de esta situación. Ahora no tenemos miedo. Nos hemos acostumbrado a esta situación. No pasa nada si nos disparan. No pasa nada si nos bombardean”. Las punzadas de hambre se han desvanecido. “Están muy cansados. Quieren irse, quieren estar a salvo”.

Atrapados en una ciudad rodeada

Entre los residentes hay un sentimiento de frustración por su situación desesperada, de abandono por Kiev y la comunidad internacional. Mariúpol, situada en el extremo sureste de Ucrania, a orillas del Mar de Azov, se encuentra entre la antigua línea del frente con los separatistas prorrusos, a 19 kilómetros al este del centro de la ciudad, y el Ejército ruso, que ha tomado posiciones en la periferia costera occidental. Mariúpol está rodeada.

En el norte, cerca de Kiev, las fuerzas ucranianas han derribado aviones de guerra rusos y han acribillado columnas de tanques enemigos con drones de fabricación turca. Al parecer, el Ejército ucraniano en Mariúpol no dispone de misiles antiaéreos y los aviones rusos pueden bombardear sin dificultades. “¡Por qué no hay noticias sobre el glorioso Bayraktar [dron] en la zona de Mariúpol!”, escribe Timchenko en Facebook, en tono amargo.

Algunos familiares de las personas atrapadas en Mariúpol no saben si sus seres queridos están vivos o muertos. Desde Viena, Viky, de 33 años, lamenta que desde el 2 de marzo no ha conseguido hablar con sus padres, Volodymyr e Irina, su abuela Galyna, de 88 años, su hermana Julia y su sobrina Veronika. Todos se habían refugiado en un pequeño sótano de su casa en el distrito de Primorsky, objetivo de repetidos bombardeos rusos.

El marido de Viky, Olsi, reconoce que el silencio los está “matando”: “No sabemos qué les ha pasado. ¿Están vivos o muertos? Hemos intentado contactar con ellos a través de los grupos de Telegram de la ciudad de Mariúpol, y los voluntarios que intentan hacer llegar la información a los familiares, pero no hemos sabido nada. Durante los primeros días de la invasión pudimos hablar con ellos todos los días”.

Cuenta que su mayor temor es no llegar a saber nunca lo que le ha ocurrido a su familia. “Tienen ocho teléfonos móviles. Los hemos llamado a todos. Lo único positivo que nos ha pasado ha sido que hace dos días uno de los móviles sonó dos veces. Nadie contestó, nadie cogió el teléfono. Que no hayan podido coger el teléfono es aterrador”.

Traducido por Emma Reverter.

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