Opinión

A la cama con la política

Carlos Menem bailando con la bailarina árabe Fairuz en el programa de Mirta Legrand en 1991

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A comienzos de los años noventa, Adolfo Rodríguez Saá protagonizó lo que, rápidamente, podemos nombrar como escándalo sexual. Y en ese momento la encarnación de su defensa apelaba a algo que se volvió síntoma de época, incluso para escenas que vinieron bastante después: “esto es mi vida privada”. Como si hubiera una zona de la cual no hay por qué dar cuenta en lo público. El otro Muro de Berlín. Esta apelación hacía serie con lo que era el fantasma de época: la cámara oculta. Un dispositivo que se podía infiltrar en aquello donde se prefería no ser vistos ni vistas. De esta escena a la actual, en la cual la precandidata Victoria Tolosa Paz hizo las declaraciones que hizo sobre el garche, hay un arco. Un arco torcido. Que no se trata –o no se agota– sólo en la política sino en los cruces entre la política, el sexo y la sociedad.

De una época cuyo fantasma es la cámara oculta a una época que tiene que ponerse aplicaciones para controlar el uso desaforado de Instagram: una red social inventada, aspiracionalmente, para mostrar fotos de todo lo que se hace. Como si hubiera una suerte de ideal de transparencia, acá estoy, esto soy yo, como si no hubiera nada que no pudiera ser visto. Un arco torcido entre el imperio de Instagram y el de la cámara oculta. Regímenes ópticos. En ninguna otra época hubiera estado tan disponible sacar una foto ¡cuando te dan una vacuna! Digámoslo al revés: algún riesgo queda aún en aquello a lo que todavía no le sacaríamos una foto y la subiríamos a Instagram. Por poco.

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Pero esta es una idea un poco rota, decíamos, porque si desmigajamos está por un lado por qué en un país con cuarenta por ciento de pobres parte de la campaña está pensando sobre el goce (una campaña son muchas campañas: Heller y Tetaz discutieron la otra noche sobre los modelos económicos, con los temas sobre la mesa, con la pregunta encima de la precarización de la clase media con que lo que se necesita para ser de clase media); por otro, está qué pasa cuando se dicen cosas como las que se dijeron. Lo que se activa en relación a por qué la política agarra la palabra “garche” en una suerte de pacatería on demand, que muestra agujeros frente a una época que, inevitablemente, está reconfigurando las relaciones entre el sexo y la política, la política y el sexo. La sexualidad se expande pero cuesta aún que entre a las aulas (a algunas sobre todo) y a los palacios, los miles.

No hay un espacio de la vida social que esté más lleno de la sexualidad que la política. La vida sexual de los presidentes y presidentas: el tan sobrio como con fama de “picaflor” Alfonsín, Menem con las odaliscas, el “aburrido” De la Rúa, los Kirchner, la tapa de “Noticias” sobre CFK... No es lo mismo, no es igual, desde ya. A la par, los modos en que las leyes sexuales impactan en el conjunto de la población: de la ley de Divorcio al Matrimonio igualitario, de la Educación Sexual Integral (ESI) a la Interrupción voluntaria del embarazo (IVE). 

Y esa historia astillada entre unos y otros. Puentes en el aire. Dos escenas latinoamericanas. Una película extraordinaria “Historias que nuestro cine (no) contaba”, de Fernanda Pessoa, que lee la dictadura en Brasil a partir de lo que se llama pornochanchada y lo que tiene la película es justamente, como pasó en Argentina con el sexexplotation, los momentos más salvajes cuando a veces aquello que creemos junto está separado y a veces eso que está separado está más junto de lo que nos animamos a pensar. La dictadura tuvo su veta cabaretera; la militancia tuvo la monástica. 

Y la lengua. Lamborghini. “La narración de la historia”, de Correas. La revista “Sur” o “Contorno”. Salvadora Medina Onrubia. Victoria Ocampo, según propone Laura Arnés, una intelectualidad montada en las sexualidades disidentes, la otra cara de la modernidad vinculada con los cuerpos y los modos de pensar las sexualidades. Todo el tiempo la literatura argentina desde sus inicios está poniendo los cuerpos, la agresión y por supuesto el sexo. No hay literatura argentina sin quiénes garchan entre quiénes y ese quiénes es una pregunta por la clase (del otro). 

Del político “ésta es mi vida privada” a “en el peronismo siempre se garchó”. La sexualidad siempre es un borde: entre la difamación, entre la violencia, entre el pudor, nunca estamos a salvo cuando metemos al sexo en el medio.  Ante qué agachar la cabeza. Un salto. Pier Paolo Pasolini. Cuando la sociedad de masas se encuentra con el sexo, Pasolini dice “hasta acá”. En Comizi d’amore, en 1963, el film empieza con PPP acercándose a un grupo de chicos y les pregunta: “¿díganme cómo nace un bebé?”. La distancia entre la sexualidad “procreativa” y “recreativa”, esa gran revolución de los sesenta, dada vuelta media. Un sexo despedazado. PPP en sus palabras: “La lucha por la liberación sexual ha sido brutalmente superada y desvirtuada por la decisión del poder consumista de conceder una tan amplia como falsa tolerancia. La realidad de los cuerpos ‘inocentes’ ha sido violada, manipulada, ofendida y puesta al servicio del poder consumista. Las vidas sexuales privadas han sufrido el trauma tanto de la tolerancia como de la degradación corporal, y lo que en las fantasías sexuales era dolor y alegría se ha convertido en suicida desilusión, en informe desidia”.

Los años noventa completan el destape porque al destape llegan los políticos, los últimos. Guinzburg le preguntaba al aire a Erman González cómo había sido su primera vez. En “A la cama con Moria” los políticos iban “desnudos” por primera vez. Todos. Corta la bocha. 1991. La democracia es eso: cuando esa izquierda “dura” conoció el sexo, el cuerpo. Moria Casán escotadísima, una cama en un estudio de televisión, recibe al dirigente del Partido Obrero, Jorge Altamira. Es un minuto y en ese minuto está todo. Los votos, el consumo, el destape, la reconversión, la clandestinidad. Él sacándose la campera, ella que dice “la campera de Ubaldini”, las risas. Ella lo increpa “Jorge Altamira, ¿es tu seudónimo o es tu nombre real?”, mientras insiste, “ponete cómodo”. Él le cuenta que, como mucha gente que ha luchado contra dictaduras, empezó con su nombre político. Y sigue mientras acomoda el almohadón: “Cuando comenzamos la lucha electoral, en lugar de ocultarlo lo reivindiqué. El nombre con el que todos me conocían”. Camisolín y nombre de guerra. Él le termina diciendo: “Perón usaba seudónimo”. 

FA

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