Opinión

Desigualdad menstrual, un costo invisible más

Funcionarias en la casa de Gobierno, donde se debatió la Justicia Menstrual

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La menstruación ha sido históricamente tabú y cargada de mensajes, por lo menos, ambivalentes. Por un lado, es sinónimo de vergüenza, lo verdaderamente inmostrable, la única sangre inaceptable, pero por otro, es gloria porque está ligado a la potencialidad reproductiva. Y en una sociedad que nos reserva como destino la maternidad, claramente, la menstruación se configura como la consagración de las bio-mujeres*. La vigencia de este discurso se ilustra a la perfección cuando escuchamos que tal “se hizo mujer” cuando menstruó por primera vez, o, muy recientemente, con las expresiones de los diputados que se autollaman provida.

En el 2011 comencé mi residencia Postbásica de pediatría, en Salud Integral de adolescentes, en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Durante los  primeros meses, me empapé de relatos diversos sobre temas que tienen que ver con la teórica salud integral, que, supuestamente, implica una visión amplia de las cuestiones de salud, en contra de lo propuesto por la medicina hegemónica, que relaciona la salud especialmente con las dolencias orgánicas. Para mi sorpresa, este enfoque más abierto, que piensa a lxs sujetxs de forma multidimensional, me encontró, de todas formas, con las manos en la masa, cuando una paciente de casi 17 años, relató, frente a mi acotada pregunta sobre su menarca ( primer flujo menstrual, ¡esto sí le interesa a la medicina!), que durante su menstruación, se ausentaba de la escuela porque no contaba con toallitas, ni otros productos de gestión menstrual. Fue la primera vez que, a pesar de las mil veces que había menstruado para ese entonces, pudo aparecer en mí la noción de que la gestión de la menstruación para cumplir con pautas de cuidado y lograr la pretensión cultural de la abolición de sus rastros.

A partir del relato vivencial, genuino y dolido de la adolescente obligada a ausentarse del mundo “en esos días”, comencé a pensar la menstruación con nuevo prisma. Revisé mis propias prácticas y supe también que en todas las participaciones de campañas de ayuda humanitaria, había llevado alimentos no perecederos, pañales, abrigos y jamás pero jamás, elementos de gestión menstrual. Se corrió un velo para siempre y entendí que, no sólo no existían políticas públicas sobre el tema, sino que, una vez más, nuestro sistema médico en particular y el Estado en su conjunto, estaban dispuestos a ningunear y darle la espalda al tema. Registré también la irritabilidad que me provocaban las retóricas publicitarias de estos productos, y atendí la dualidad de su impronta, supuestamente empoderante, pero a la vez eufemística y tatuadora definitiva de tabú.

La menstruación es causa de ausentismo escolar y laboral, en una sociedad donde el mandato es que no existan sus huellas por considerarla abyecta. Pero convertir nuestros cuerpos menstruales en a-menstruales tiene un costo económico. El consumo en toallitas y tampones (productos de gestión menstrual más publicitados, por ende, más utilizados), implican que las personas que menstruamos ejecutemos un gasto fijo por menstruar. Paradógicamente, estos productos no son considerados en nuestro país como artículos de primera necesidad. Tan grande es el manto que cubre a la menstruación, que recién hace un par de años, en algunos lugares del mundo, notaron la importancia de su repartición gratuita y modificación del sistema impositivo, por ejemplo, quita del IVA .

Este mismo oscurantismo es el que generó, hasta el momento, escasez de estudios suficientes para medir el impacto ambiental ligado a la descartabilidad (aunque no hay que ser magister en algo para analizar sus implicancias), y el impacto en la salud de las personas que menstruamos. Sobre este último punto, existen varios estudios mundiales, y a nivel local contamos con uno realizado por científicos de la Universidad de La Plata, que evidencia presencia de glifosato (herbicicida que la OMS catalogó como posible cancerígeno) en el 85 % de las toallitas y tampones.

Con ánimo de comenzar un camino para paliar la desigualdad menstrual ( expresión de la desigualdad de género), el pasado 14 de diciembre, más de cien funcionarias y activistas de distintos ámbitos, se reunieron en el (malintencionadamente) llamado Ministerio de la Menstruación, primer foro que plantea una agenda intersectorial para diseñar políticas públicas vinculadas con el  impacto económico, ambiental y sanitario menstrual. Celebro la iniciativa visibilizante de un asunto postergado por oculto y celebro que por fin la regla, se empiece a imprimir de nuestras propias reglas.

*Bio-mujer es una propuesta de Paul Preciado (2008) para referirse a las personas que, independientemente de su identidad de género, tienen genitales asociados a “lo femenino” y por ende menstrúan. Este concepto lo retoma Eugenia Tarzibachi en su libro “Cosa de Mujeres”.

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