Día Internacional de la lucha contra el Maltrato Infantil Tribuna Abierta

Maltrato infantil, tolerancia a lo intolerable y la trampa de las palabras

Campaña para visualizar el maltrato a las y los niños y adolescentes

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El 25 de abril es el Día Internacional de la lucha contra el Maltrato Infantil, jornada que invita a reflexionar sobre las múltiples formas de vulneraciones de derechos que sufren las niñeces y las adolescencias, sus escandalosos números y la complicidad social que garantiza la dificultad para erradicarlas.

La gran parte de estos atropellos se encuentra oculta, situación que no sorprende en una sociedad de gobernanza netamente adulta, que tiende a encriptar todo tipo de violencias y hasta nombrarlas tramposamente (incluso cuando -paradójicamente- la intención de nombrarlas tiene la clara intención de transformar esta realidad). Adjetivar de “infantil” a este tipo de maltrato, es una invitación a confundir agresores con agredidos. Definitivamente, estas violencias distan -de modo grosero- de ser infantiles, porque quienes las ejercen, son personas adultas. O sea que el ejercicio de renombrar, es un modo urgente de militancia y necesidad de cambio. Entonces ayer, 25 de abril, fue el Día de la visibilización de los malos tratos contra lxs niñxs y lxs adolescentes. 

Según UNICEF, antes de la pandemia, la llamada “disciplina violenta” (que incluye castigo físico y psicológico) afectaba al -por lo menos- 75 por ciento de los niños de América Latina y el Caribe. Analizar el impacto de las medidas de aislamiento social preventivo y obligatorio en el contexto de la pandemia, sobre las situaciones de maltrato, implica un gran capítulo aparte. Sin embargo, existe consenso sobre el agravamiento, producto de la desarticulación de instituciones como la escuela (uno de los escenarios naturales por los que transcurren las infancias) y que, en otros marcos, se configuraban como lugares para la detección de riesgo o daño.

Por su parte, la Organización Mundial de La Salud, en sus cifras del 2020, expresó que el abuso sexual afecta a 1 de cada 5 niñas mujeres y 1 de cada 13 niños varones (existen relatos estadísticos aun más escalofriantes) y que a nivel mundial, son víctimas de homicidio 41 mil personas menores de 15 años. La lista de los subtipos de violencias contra las niñeces es tristemente extensa y cada clase, se impregna de un número desalentador, se cite la fuente que se cite. 

Estas violencias, en la amplia mayoría de los casos, ocurren en el seno de -teórica- confianza de lxs niñxs y con tolerancia social al maltrato, se estructura un blindaje para su detección temprana.

La sociedad adultocéntrica tolera (incluso promueve y fomenta) modos de maltrato bajo cierta idea (profundamente falaz) de que los modos de criar y de educar pueden ser diversos (y claro que pueden serlo, siempre y cuando las garantías de derechos sean plenas!). Dicho de otra forma, existe una noción errada pero arraigada, sobre los alcances de las familias: desde esta óptica confundida, lxs adultxs responsables tienen la potestad de elegir la modalidad de criar (a la carta) e incluir penalidades emocionales y físicas (en distintos espectros y muchas veces no identificadas como atropellos de los derechos constitutivos de las niñeces). “Si de Familia se trata, estas decisiones deben ser con fines nobles”. La Sagrada Familia. 

Es cierto que esta (ya intolerable) tolerancia, por mucho tiempo, corrió a la par (armoniosamente) de leyes avaladoras de estas prácticas aberrantes. Por ejemplo, el viejo Código Civil y Comercial de La Nación (vigente hasta mediados del 2015), acreditaba, en su artículo 278, el “poder de corrección” y aclaraba: siempre que se lo ejerza “moderadamente”. Entre otras descaradas contradicciones, en nuestro país convivieron normas como las enunciadas en el anterior Código Civil, con la (celebrada) Ley de Protección integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes ( Ley 26061) sancionada en el año 2005, prima hermana local de la Convención Internacional de Niños, Niñas y Adolescentes (1989). Progresivamente, las normas cambiaron (mejoraron) y le dieron muerte a la membresía parental para entrar al club de los castigos correctivos. Pero no es necesario poner la lupa, para notar que todavía existe una disociación -bastante brutal- entre las expresiones normativas y los sucesos violentos diarios (diría: horarios!) que impactan negativamente a lxs niñxs y adolescentes y trascienden clases sociales y otras categorías.

Frente a este panorama, se vuelve urgente profundizar en el conocimiento de las causas de las violencias, para generar estrategias de prevención. Se vuelve urgente también, problematizar sobre los relatos (de tinte mitológico) y las acciones discriminatorias sobre las infancias, que incluyen considerarlos ciudadanos de segunda, en términos de acceso a sus derechos (aun se piensan en términos de objetos de protección y no de sujetos de derecho). Nos debemos (les debemos a lxs chicxs) la profundización de conceptos centrales como el de Corresponsabilidad de Cuidado y la problematización sobre los modos de crianza, para lograr formas democráticas, alejadas de los modelos permisivos (asociados al abandono emocional, a la desatención y al descuido negligente) y de los modelos autoritarios paternalistas, que no parecen haber atravesado, ni cercanamente, el tamiz de la época.

EC

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