Opinión

Me enamoré de otra mujer

Me enamoré de otra mujer

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“Me enamoré de otra mujer” es una frase bastante habitual en la primera consulta de algunos varones, cuando les preguntamos por qué vinieron en busca de un analista. A veces da la impresión de que la dicen como quien pide disculpas, también puede ser que sea en busca de alguna complicidad. Lo que siempre me llama la atención es que digan que se trata de “otra” mujer, porque eso indica que no hay solo una; es decir, ¿respecto de qué mujer, aquella de la que se enamoraron, es “otra”?

La pregunta no es meramente retórica, porque da la pauta de que amar a una mujer puede ser la condición para enamorarse de otra. En este punto, me quiero referir a los casos de varones que se enamoran de otras mujeres cuando, por un lado, están en pareja y, al mismo tiempo, no se trata de parejas que estén en crisis. Ellos mismos lo dicen con algo de sorpresa: “Tengo una buena pareja, compartimos muchas cosas, sexualmente la pasamos bien…”. 

Una repuesta fácil, sería hablar del deseo como pasión inquieta, de su insatisfacción intrínseca, de que siempre busca a otra cosa; pero estos varones de los que hablo no son unos pelotudos, son tipos grandes, que no se andan a su edad (entre 40 y 50) atrapados en la veleidades del inconformismo. Tampoco son narcisistas que disfrutan del levante como estrategia para verificar que “todavía pueden”. No los subestimemos, viven algo más importante, que ni siquiera se puede reconducir al conflicto neurótico (obsesivo) de dudar entre dos mujeres, aunque a veces así lo presenten, con esa pregunta: ¿qué hago? ¿Con cuál me quedo?

Quizá sí se trate, a veces, de varones ingenuos: creen que son ellos quienes pueden elegir a una mujer, en este punto tal vez sean un poco infantiles. En todo caso, lo que me importa destacar es que lo primero que, como analista, me surge preguntar es cómo, cuándo y por qué se enamoraron. No pocas veces confirmo que ese amor es reactivo, es decir: surgió como respuesta a alguna circunstancia. Dije antes que estos varones no suelen estar atravesando una crisis con su pareja; bueno, enamorarse de otra mujer puede ser la vía para introducir una crisis que, de otra manera, no podían vivir. Así puede verse que el conflicto era de origen interno, pero necesita una causa (o excusa) externa.

¿Por qué un varón no podría vivir una crisis con su pareja sin recurrir a un amor de este tenor, a un artificio semejante? Esto me recuerda a esa canción de Rodrigo que dice “¿Cómo le digo a mi mujer que ya no la quiero más, que otra ocupa su lugar, que vivir sin ti no puedo?”. Es claro que una afirmación semejante es imposible de articular, ¿no sería incluso hasta un acto sádico decirle algo así a una mujer? Esto es lo que un analista escucha, cuando alguno de estos varones nos cuenta su sufrimiento con palabras más o menos parecidas a las del cuartetero; entonces, ¿por qué querría castigarla? Es posible que esa mujer se haya vuelto algo opresiva para él, que en la fantasía de agresión no se trate más que de una proyección de su impotencia, puede haber diferentes opciones; sin embargo, ya lo dije: estos varones no son idiotas, dejar la cuestión en este nivel sería si no trivial, sí trillado. Lo importante no es recrear el rol que una mujer puede encarnar para un varón, porque así no haría más que justificarse. Es claro que, por esta vía, lo que una mujer es para un varón depende también del lugar que ella le otorgó. No se puede tratar a un varón como si fuese un niño.

Pienso en el caso de un varón que, en cierta ocasión, hablaba de sus hijos, del modo en que él privilegiaba la autoridad y les ponía límites. “Lavar los platos, hacer la cama, esas boludeces…”, dijo y, en chiste, le pregunté si los límites eran boludeces. Era claro que esas actividades no valían por sí mismas, sino porque, en ellas, se reconocía cuánto los hijos obedecían. Entonces quiso agregar que su mujer era más “laxa”, pero lo hizo con un lapsus que incluyó dentro de esa palabra una referencia al trabajo de ella. Así fue que se refirió al modo en que la mujer, trabajadora independiente, se manejaba de otro modo con su dinero. Si eventualmente alguna compra excedía el presupuesto, a él le tocaba complementar el monto. “Eso hace que yo tenga que trabajar más”, dijo, pero es claro que esto no es lo que él pensaba; porque sus ideas sobre la economía familiar no se basaban en medir el aporte de cada uno. Entonces la frase tiene una raíz inconsciente, que expone una fantasía (bastante común en varones): que las mujeres se dedican a gastar el dinero de los maridos, con la representación de una escena pasiva, “ella me hace trabajar”. Lo interesante es que a continuación él agregó: “Porque si yo hubiera recibido una herencia o mi viejo me hubiese dejado plata…”. En ese punto, yo pensé: si así fuese, ella gastaría la plata de tu padre, pero no se lo dije, porque había algo más importante para decir: que esa mujer le implicaba un trabajo.

¿De qué clase de trabajo hablo? No me refiero al que se expresa monetariamente, sí a uno mental. Me explico: en ese señalamiento del gasto, este varón nombra un punto en que reconoce en la mujer algo que se le escapa, un exceso y, si pensamos este aspecto a partir de lo que había dicho anteriormente, podemos interpretar: quisiera que hubiera en ella un límite, que lo reconozca a él; no es una relación paternalista, aquí sería vulgar la idea de tildarlo de “machirulo” y esas cosas que se dicen hoy para aplastar la capacidad de pensar. No es una relación paternalista, porque justamente él añora la presencia de un padre. Su alusión a la herencia podría parafrasearse: si mi padre me hubiese dado “algo” más, yo podría hacerle frente a lo que en una mujer me excede. Es una hermosa fantasía de varón, la que apuesta al padre como recurso último para hacer frente a lo femenino. En efecto, todo un seminario de Jacques Lacan (titulado Aún) está dedicado a esta idea y a mostrar que el padre, para un varón, fracasa y esa y no otra es la vía por la que deviene masculino.

El caso de este varón, como el de muchos otros, da cuenta de un conflicto básico de la masculinidad, en el que surge cuando la mujer demuestra el fracaso del padre. Decir esto y agregar: cuando una mujer mata al padre, es lo mismo. A veces puede creerse que la fantasía parricida para un varón se juega en su relación con otros varones, pero éste es un espejismo que incluso a veces ellos mismos llegan a creer. Como alguna vez escribí en algún libro, el análisis para un varón es para poner a la mujer en el lugar del padre y, por cierto, esto no quiere decir que esa mujer se defina anatómicamente. Mujer en la teoría psicoanalítica es todo lo que permite ir más allá del padre, pero sirviéndose de él.

Volvamos entonces al comienzo, ¿en qué momento suele darse este enamoramiento reactivo que, como dije, ocurre en relaciones que no se encuentran atravesando una crisis? Por lo general, la coordenada psíquica de estos casos se relaciona con el conflicto que mencioné antes: es el momento en que, incluso después de mucho tiempo juntos, se juega para un varón asumir a su pareja como esposa. Por lo tanto, diría que enamorarse de “otra mujer”, es un típico síntoma de marido. Desde ya que una pareja puede haber contraído matrimonio (civil o religioso) mucho antes, quizá nunca, pero ni el Estado ni Dios unen lo que solo el inconsciente asegura.

A través del enamoramiento reactivo, un varón regresa –luego de alternar entre su posición de hijo y padre (la breve reseña que indiqué muestra esa alternancia)– al único lugar en que cree que puede ser un hombre para una mujer, como enamorado. Sin duda, éste es un lugar mucho más cómodo y apasionado que el de marido, que la mayoría de las veces suele ser ridiculizado socialmente, acompañado de fantasías (de infidelidad, de desinterés, etc.), sumado a que hoy en día “ser el hombre de una mujer” parece un ideal de otra época. Sin embargo, hemos tirado al bebé (¿qué otra cosa es un varón cuando no es un hombre?) junto con el agua. Para el psicoanálisis no existe “ser el hombre de una mujer”, porque “ser un hombre para una mujer” es algo muy distinto. No se trata de ser quien la ame cual Don Juan eterno, ni quien la proteja como un padre, mucho menos la madre que la rete y controle. ¿Qué es ser un hombre para una mujer? Esta es la pregunta que a veces el análisis despierta para esos varones que, cuando llegaron a la consulta, creyeron que su conflicto era haberse enamorado de otra mujer.

LL

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