OPINIÓN

Los espejismos de Sergio Massa

Sergio Tomás Massa, superministro

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Cuando los gobiernos atraviesan crisis fuertes siempre aparece la fantasía del hombre providencial que puede resolver todos los problemas como por arte de magia. El gobierno débil cree encontrar al hombre fuerte en cualquier referente que tenga una sola característica: darse demasiada importancia a sí mismo.

Ese lugar ocupa Sergio Tomás Massa, el nuevo superministro de Alberto Fernández (o viceversa) que aglutinó bajo su órbita las áreas de Economía, Agricultura y Producción.

La experiencia política y de gestión de Massa se reduce a la administración de una intendencia en el norte del conurbano bonaerense y la ocupación de algunos cargos nacionales, pero en el operativo clamor que llevó adelante el peronismo territorial (gobernadores e intendentes) se lo presentaba como si fuera el último estadista

Si se toman por buenas todas las crónicas de estos días frenéticos, pareciera que Massa cuenta con la agenda universal y tiene línea directa con todo el mundo: desde los inversores internacionales hasta los comisarios de la Bonaerense; desde los dueños de medios de comunicación hasta la Embajada de EEUU; desde los dirigentes de los aparatos sindicales hasta Moria Casán. Contactos fluidos con los centros de poder, manejo de la botonera, control territorial, vínculos íntimos y personales con todo el establishment y con los centros neurálgicos en los que se cocinan las decisiones importantes. Algunos mensajes de WhatsApp y se ordenan las cosas aquí; tres o cuatro llamados encriptados y se acomoda todo por allá; algunas reuniones y se alinean los planetas. Un poco de astucia combinada con fuertes dosis de hiperactividad, audacia con potentes señales de decisionismo y santo remedio.

Pero, como dicen los sociólogos, es más complejo. La realidad es que la nueva esperanza blanca del Frente de Todos no emergió de una correlación de fuerzas, sino —como afirmó el escritor y antiguo militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña, Manuel Vázquez Montalbán, sobre la transición española— de una correlación de debilidades. Un vínculo frágil del Gobierno con la sociedad en general y con las mayorías populares, en particular y un “empate catastrófico” entre los mismos componentes de la coalición oficial.

De allí brotó la idea de un árbitro, un César o un Bonaparte que, ante un equilibrio que venía bloqueando toda iniciativa, reúna las condiciones políticas y —como recomendaba Marechal— tenga la capacidad de salir del laberinto por arriba.

Entre Cardoso y Cavallo

Entre las ilusiones de Massa está la de transformarse en el Fernando Henrique Cardoso de esta etapa de la Argentina. El reconocido sociólogo y dos veces presidente de Brasil (sus textos sobre la Teoría de la Dependencia circularon por todas las facultades humanísticas del continente) asumió como superministro de Itamar Franco a inicios de la década de 1990. Franco había reemplazado a Fernando Collor de Mello (era su vice) que fue destituido por casos de corrupción y masivas movilizaciones callejeras. Como superministro de Hacienda, Cardoso elaboró el Plan Real, un plan de ajuste y estabilización “exitoso” (en el contexto de una crisis económica muy fuerte, hiperinflación incluida) que luego continuará durante sus dos mandatos al frente del Palacio de Planalto​. Fue una hoja de ruta “menemista” y neoliberal (con privatizaciones y endeudamiento salvaje) que transformó regresivamente al Brasil para siempre.

Cardoso, al igual que Massa, tampoco era economista y se decía que una de las claves de su éxito se basó en tener una mirada más “política” y fuerte relación con el establishment nacional e internacional. Como Massa, aunque con varias bibliotecas de ventaja.

Sin embargo, el éxito de Cardoso tuvo algunas condiciones inexistentes en la Argentina y en el mundo de hoy. Por un lado, un ciclo internacional que marchaba en el sentido de las políticas que proponía el expresidente brasileño: programas similares se aplicaban en geografías tan disímiles como Bolivia, México, Argentina, Polonia, Rusia o Turquía. El famoso Consenso de Washington gozaba de buena salud. Brasil tenía las privatizaciones y el endeudamiento por delante y una crisis que combinó un “2001” (corralito y confiscación de depósitos incluido) y un “1989” (con una hiperinflación imparable) por detrás. Es decir, ventajas comparativas y factores disciplinadores. Por otra parte, una especie de “unidad nacional” se expresó en el Congreso que aprobó las medidas que se enviaron desde el Ejecutivo y fueron la base del Plan Real (hasta el PT respaldó el programa a su manera).

En la Argentina engrietada, con un superministro que es una de las figuras más impopulares de la dirigencia política tradicional, con una deuda imposible y un mundo bipolar, hacer “la gran Cardoso” es una tarea difícil.

En definitiva, Massa es Massa y sus circunstancias, si no las salva a ellas no se salva él

Otro sueño o pesadilla —más cercano en tiempo y espacio— acecha como una sombra terrible al nuevo superministro. El espejo de Domingo Cavallo, otro que acumuló poderes extraordinarios cuando vino a “salvar” al Gobierno de la Alianza poco antes de la debacle de 2001. Cavallo fue más aventurero que audaz y tenía la misma autoconfianza ciega de los mesiánicos que —parafraseando a Borges— suelen cometer la insensatez de aferrarse al mágico sonido de su nombre. Terminó agravando la crisis con el corralito de los depósitos bancarios y una hecatombe social, económica y política sin precedentes. Fernando de la Rúa reveló tiempo después que él se opuso a la designación de Cavallo como ministro de Economía y aseguró que fue su ex vicepresidente, Carlos “Chacho” Álvarez, quien lo convocó. Esa extraña manía que tienen los progresismos cuando las papas queman: buscar figuras providenciales en las filas de la ortodoxia de derecha para que “hagan lo que hay que hacer”. Algo parecido sucede hoy con un Massa avalado por todas las sensibilidades del Frente de Todos.  

Sin las condiciones nacionales e internacionales que favorecieron a los planes de estabilización exitosos, la pregunta envenenada que atormentó a Alberto Fernández (y antes a Mauricio Macri) sigue intacta para el nuevo superministro: ¿Quién pagará el ajuste? ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Su base social histórica o la de Cristina Fernández de Kirchner?  Porque los poderes fácticos son los únicos que pueden dormir tranquilos con el nuevo superministro ocupando el centro de la escena.

En definitiva, Massa es Massa y sus circunstancias, si no las salva a ellas no se salva él. El país de la hegemonía imposible ha sido voraz con los mesianismos de distinto calibre (por más que vinieran cargados de “volumen político” y “musculatura”). Puede permitirte soñar con los triunfos de un intelectual como Fernando Henrique, pero despertarte con los gritos desaforados de Domingo Cavallo.

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