Opinión

No bañarnos dos veces en el mismo río

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

Si creciste en los años ochenta y veraneaste en la costa bonaerense recordarás esto: el vuelo rasante de unos aviones Mirage que surcaban a pocos metros la línea del mar. Pasaban de repente. Mucho más abajo que la avioneta amarilla que llevaba el cartel de “Mundo Marino”. Y casi ahí, donde las primeras olas empezaban a formar para romper. Así, años antes, con ese vuelo, escaparon valientemente de los radares ingleses para hundirles varios buques. Si creciste y te paraste a mirar el paso de esos aviones Mirage y te sentiste como el particular chico del “Imperio del sol” con ganas de hacerles un saludo, la venia, casi como un último rito de honor antes de lo que podía ser la muerte, a esos aviones que podrían parecer fuera de la democracia y a la vez eran más que un paisaje, volaban hacia el sur, hacia el mar, hacia el frío, a su extinción, entenderás que en las playas “pasan cosas”. Esos viejos caballeros del aire se iban a morir al sol, a su modo. Me acordé de eso porque me acuerdo de todo. El presente se achica. La memoria se espesa. Enterré el teléfono en la arena por un rato. ¿Cómo se hace para no leer noticias? Se hace así: no se leen noticias. 

“Enero, enero, la pendejada reseca y sin trabajo…”, así arrancaba un poema letal de Martín Gambarotta, de su libro, que es el gran libro de poesía (y política) de y sobre los años noventa, Punctum. Las pocas veces que pasé cerca de una tele me rebotaron en la mente esos versos. Un informe de un canal ordenaba la “violencia juvenil” en un mapa de puntos geográficos donde los jóvenes se agarraban a trompadas. Calamuchita, Villa Gesell, Mar del Plata, Corrientes. La tele los ama porque ellos, parece, no se aman. Hay violencias, sí, y hay grescas casi reglamentarias en todos los veranos del amor: el que pasó un enero en Gesell y no fue parte de una trifulca que tire la primera piedra. Hernán Vanoli escribió una gran novela, Pinamar, montada sobre esa educación sentimental rota. Las playas guardan nuestros secretos de juventud. Y no todo es lo mismo: hace un año los rugbiers de Zárate le pegaron hasta matar a un pan de Dios, como Fernando. Que paguen caro los que pegan entre muchos hasta matar. Enero: un 23 de enero de 1945 Perón establece las vacaciones pagas. Otro 23 de enero, pero de 1989, el MTP ataca un cuartel militar en la que fue la última acción de la guerrilla argentina. Enero: te respeto.  

Siglo 20: todos los ríos y todas las clases van al mar. Los que no iban, los que iban una semana o un fin de semana largo, los que iban una quincena, ¡los que iban un mes! No todos llegan. Aunque queda lo de siempre: los que viajan a poner el culo en el agua, los que viajan a vender choclos, jugos de frutas, trenzas, tobilleras con caracoles, panchos y agua caliente. Tropas de chicos, chicas, de González Catán, de Morris, de La Plata, contratados para hacer a pie kilómetros de playas argentinas y venderles a los jubilados, las parejas con chicos, los familiones. Este verano es el temor por la segunda ola pero también el intento de fuga hacia adelante: ¿cómo dejar atrás el 2020? No queremos bañarnos dos veces en el mismo río. El año que no estalló pero nos implosionó por dentro. Y en este vivir con lo nuestro por efecto pandémico las líneas de clase se metamorfosearon. Calafate o Traslasierra como un nuevo Punta del Este. Esta vez la costa atlántica, en el fondo, fue menos protagonista. La gente disparó hacia el sur, hacia el norte, hacia Córdoba, hacia Mendoza, hacia Misiones. La clausura del mundo y el juego a las escondidas de posibles cuarentenas obligó a inventar. Instagram se convirtió en un manual de geografía argentina. Fotos de aquí, de allá. Lagos, arroyos, sierras y esteros. Un verano es “la medida de los sueños”. Y hasta para los que tuvieron un enero de patios, pelopinchos, balcones o plazas hay algo de hoja en blanco (cuando se puede llenada de paisaje, cuando no se puede: mental). Este año es hábil, pandémico y electoral, y empieza un poco antes (el toma y daca por la vuelta a clases presenciales lo organizan y adelantan de qué estará hecho). Maldición china: va a ser otro año interesante.

Pero volvamos a la juventud. Entre médanos leí una novela del escritor italiano Erri de Luca. Ubicada en un verano de los años cincuenta. Italia camina hacia la reconstrucción. La novela se presenta como la aventura de un adolescente con su familia (padres, tíos, primos) y su amistad y diálogos con Nicola, un viejo pescador en las playas napolitanas, organiza el relato. Nicola años antes había sido un soldado vencido del ejército de Mussolini y ya quería olvidar todo. Se sentía del bando equivocado, no sólo vencido, sino además como el soldado a desgano de una guerra injusta. El muchacho lo acompaña cada mañana, al alba, porque Nicola, el pescador, trabaja para su tío. Nicola le enseña a pescar y a pensar: lo escucha enterrar en voz alta su pasado y le da breves consejos para ordenar las verdades de un adolescente encandilado por las luces de su cuerpo y el amor, porque el muchacho se acaba de enamorar de una de las chicas del grupo de amigos de su primo mayor con los que sale todas las noches. Siempre en los veranos están esos “más chicos” de un grupo de “más grandes” que los necesitan como mascotas, testigos y aprendices de sus hazañas. Regla de oro de esa estupidez vital y pasajera. Pero el amor es una cosa seria a cualquier edad. Y un detalle: la chica de la que se enamora quedó huérfana y lleva las tragedias pasadas encima. Humo de Auschwitz es su pelo. Él sabe que en esa chica hay un agujero negro que le queda grande, la falla tectónica de ese mundo de posguerra que se reconstruye así, entre silencios, conversaciones, secretos, fantasmas y mandados. ¿Qué es esto que no nos podemos sacar de encima? Tú, mío se llama la novela. Me inquieta un detalle tal vez obvio: en las playas italianas veraneaban todos, y entre todos, muchas familias alemanas con sus hijos. Vencedores y vencidos. En la misma arena todos manoseados. Los libros de ficción que se leen en verano y el efecto: dar vuelta nuestra propia página. Un libro enterrado. En un momento el muchacho quiere matar a unos jóvenes alemanes que cantaron el himno de las SS delante de su chica y no cuento el final pero cuento una línea final: “detrás de mí estallaba un fuego que no podía corregir el pasado”. 

El 2021 ya tuvo su temblor donde siempre tiembla: San Juan. Como si el año nos dijera: los conozco perfectamente. Será un año duro como casi todos. Quizá más. Pandémico y electoral. Pero ahí está. Llevo alfajores. Hay cosas que no se le niegan a nadie. La reconstrucción.

MR

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