Opinión

Padre ausente

Franco Torchia

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Hace algunos años, tras compartir con ella una clase de natación, mi hija Teresa me dijo: “¡Cuidado ahora en el vestuario papi! ¡Mucho cuidado! Que nadie te toque tus partes íntimas ni nada de eso”. Quedé perplejo. O con una sensación inédita: Teresa me estaba cuidando como nadie; me estaba cuidando como no fui cuidado cuando a su misma edad, y en el vestuario de hombres de un club, fui abusado. 

Hasta ese momento, a veces me despertaba con el peso de un mundo organizado para que mi profesión paternal no alcanzara diploma alguno. El episodio me sirvió para descubrir que ser padre es imposible; cuidar y ser cuidado no. 

 Intenté dejar a Teresa en el buffet con sus compañeros. Sin embargo, ella quiso almorzar conmigo y darle la espalda al resto un rato. Cuando me fui, no quise irme. Mucho menos, irme a participar del circuito podrido en cuya raíz los días ofrecen seguir descuidándome. Me quería quedar a vivir con mi hija, deseo incompatible con tener que ser su padre. 

¿Qué será paternar más allá de la resignación? ¿Habrá algún otro recurso para semejante rol que no sea procurarse a diario una anestesia posquirúrgica? Ser padre es enterarse de la diferencia. Y ser padre también es desaparecer. No hay mayor redundancia que aquella del “padre ausente”: como todo depósito histórico de autoridad, el padre reviste un poder inobservable, cimiento mudo o armatoste gritón abocado al billete. El hombre es hombre si no está. 

Se sabe: la “ausencia del padre” también fue creada para inflacionar la presencia de la madre. De ese esquema nadie salió ileso. De vuelta: ser padre es imposible. Ser madre también. Ser “adulto responsable” es una fantasía pornográfica

Se sabe: la “ausencia del padre” también fue creada para inflacionar la presencia de la madre. De ese esquema nadie salió ileso. De vuelta: ser padre es imposible. Ser madre también. Ser “adulto responsable” es una fantasía pornográfica y tener que armar un país adentro de tu casa -si hay casa- es uno de los vejámenes más exitosos de la ley. El hogar es un “hotel familiar” forzado a administrar la libertad, activar la protección, montar una sala de primeros auxilios y aún tenue, performatear una moralidad. Cuando la estadía llega a su fin, la ley activa el peligro de vivir afuera. Aunque adentro sea peor, el engaño siempre ha sido limitar los espacios. La humanidad no le encontró sustituto a la fábula familiar, única novela que leen los gobiernos. 

¿Se puede ser padre sin adscribir al familiarismo, ideología abrumadoramente dominante? No. No es posible. Es posible sí trabajar alrededor de una intimidad compartida, ensayo cotidiano sobre la desproporción con la que suele manifestarse la alteridad. ¿Qué o quién es diferente, sobre todo? Un hijo, que aplasta las expectativas ajenas y las somete a una vida bajo amenaza. Cuando supe que Teresa iba a nacer, decidí que usaría siempre flores en su cabeza. Llevo doce años de imaginación estafada. 

¿Se puede ser padre sin adscribir al familiarismo, ideología abrumadoramente dominante? No. No es posible. Es posible sí trabajar alrededor de una intimidad compartida, ensayo cotidiano sobre la desproporción con la que suele manifestarse la alteridad.

Siempre me llamaron ontológicamente la atención los hijos que se dedican a lo mismo que sus padres. Y además, los hijos que parecen no mantener con esas ocupaciones una relación por lo menos conflictiva. De existir, la esperanza política del mundo es la insubordinación; caravanas continentales de hijos dispuestos a terminar con la investidura de papucho y el amor por la “madre Patria”. Pero ¿cuán lejos están las sociedades de aquellos postulados del historiador francés Jacquez Donzelot en su clásico La policía de las familias?. “...Sitúan a la familia en la obligación de tener que retener y vigilar a sus hijos si no quiere ser ella misma objeto de una vigilancia y de una disciplinarización”. La familia es la comisaría. El padre es el comisario.

 Creo que pude ser quien soy en la vida de Teresa no por ser su padre sino por intentar ser una persona bastante dispuesta a recibir su ayuda. Me di cuenta, además, que ella era capaz de acompañarme: alguien me acompañaba por primera vez. Ser una de “los mayores” de su vida, sin embargo, no me condujo nunca a reexaminar a mi propio padre, a quien siempre ví como el niño inmigrante que se quedó a mitad del océano, el obrero de fábrica en que debió transformarse a los doce y el padre de manos engrasadas y noches mal dormidas que hubiera preferido no ser. 

¿Qué nos hacemos unos a otros en nombre de la inscripción familiar? Donzelot describía cómo un amplio elenco de trabajadores sociales, tutores, abogados, especialistas, ministerios, escuelas -sumaría, vecinos- fiscalizan la minoridad y controlan el desenvolvimiento del núcleo casero. Se me ocurre que, en otro idioma, la poeta estadounidense Sharon Olds contrarresta ese articulado cuando sugiere igualarnos como menores. Independientemente de la función temporaria que toque cumplir, afirmarse en una orfandad compartida: “Siempre pensé que el punto era lo que nos hiciste a nosotros como hombre grande” le dice a su padre. Y sigue: “…pero después recordé a aquel niño formándose delante del fuego. Y lo que te hicieron, tú no me lo hiciste. Cuando te amo ahora, me gusta pensar que le estoy dando mi amor directamente a ese niño”. 

El tiempo es justo. La niñez es definitiva.

 El amor es entre niños solos.

FT

 

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