Opinión

Nuestras playlists también dañan el medio ambiente

Escuchar música online también daña al medio ambiente

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El último tema de La Biblia, según Vox Dei, es -no podía ser de otra manera- “El Apocalípsis”. Fue el cierre fallido de un disco con canciones memorables que no vienen al caso. De lo que quiero hablar es de las relaciones entre música y calamidad ambiental.

Recordemos el modo en que imaginó el cuarteto de Quilmes el fin de los tiempos: con un blues improvisado que se disuelve con un fade out, como si el mundo implosionara. Ricardo Soulé y Willy Quiroga apostaron por el revisionismo radical, elaboraron una propia Teodicea acústica o, simplemente, no leyeron el Apocalipsis de San Juan, el también llamado libro de las Revelaciones. El último libro del Nuevo Testamento incluye portentosas descripciones sonoras de una profética destrucción de todo. El primer trompetazo –predicen- se llevará puesto a los árboles y toda la hierba. El segundo traerá catástrofes marinas. Con el siguiente se dañarán las aguas dulces. La cuarta trompeta augura la oscuridad total. Con la quinta viene la plaga, que no es un rock and roll. La guía el ángel del abismo, Abaddón. Con la sexta trompeta la cosa se pone peor: cuatro ángeles serán desatados para ir sobre la tierra y matar a un tercio de la humanidad. Cuando suene la séptima, se escucharán un canto de victoria. Jesús habrá triunfado.

El hundimiento del Titanic, una temprana metáfora del destino de la modernidad y algo más, fue acompañado por música. La orquesta tocó “Cerca de ti, Señor” mientras el transatlántico británico era devorado por las aguas. La música, en este caso, era la banda sonora del desastre. Ahora algunas canciones se escuchan como augurios mientras el propio sistema de producción y circulación se suma a los ritmos voraces del calentamiento. Hace dos años, el dúo de pop electrónico estadounidense, Sylvan Esso, publicó en las plataformas digitales su tema “PARAD (w / m) E”. La canción es engañosa. La cantante Amelia Meath saca de su garganta una melodía festiva que se apoya sobre ritmos mecanizados. Pero lo que muestra el clip es otra cosa: estaciones de servicio sin gas, bosques sin flora, aridez que hace suponer un calor sin respiro. “Salado, salado, agua seca/ Los océanos se han ido con la marea/ Mhm, eh eh, mhm/ Vaporoso, vaporoso, sol brillante/ Las flores, la hierba y los árboles murieron”, canta y, además, baila el mismo colapso en clave teen. Meath escribió conscientemente una canción de apariencia ligera “para que sea fácil de tragar”. Su finalidad fue, sin embargo, “hacer la música más divertida sobre la mierda más pesada” que se avecina.

Se puede encontrar “PARAD (w / m) E” en Youtube o Spotify, alimentando aquello mismo que tanto se teme. “Escuchar música en Internet se siente limpio, eficiente y respetuoso con el medio ambiente. En lugar de acumular montones de vinilo o plástico, sacamos del bolsillo nuestros elegantes dispositivos y sacamos melodías del éter. Parece que la música se ha liberado del sucio reino de las cosas”, dice el crítico Alex Ross en The New Yorker. Sabe que no es cierto. Lo sabe porque leyó el libro de Kyle Devine, Decomposed: The Political Ecology of Music, en el que se desmantela por completo esa seductora ilusión. “Como todo lo que hacemos en Internet, la transmisión y descarga de música requiere un aumento constante de energía”. Para Devine, quien publicó ese libro en 2018, “el costo ambiental de la música ahora es mayor que en cualquier otro momento durante las épocas anteriores de la música grabada”. Sostiene que, en 2016, la transmisión y descarga de música generó alrededor de ciento noventa y cuatro millones de kilogramos de emisiones de gases de efecto invernadero, unos cuarenta millones más que las emisiones asociadas con todos los formatos de música en 2000. Dada la dependencia sin precedentes de los medios de transmisión durante la pandemia, la cifra para 2020 ha sido mucho mayor. En febrero, Bloomberg informó sobre el rendimiento exponencial de Spotify el año pasado: a fines del cuarto trimestre, el total de usuarios activos mensuales (MAU) de Spotify era de 345 millones, mientras que los suscriptores del servicio premium alcanzaban los 155 millones. Casi 200 millones de personas utilizan además la versión que admite publicidad. Spotify ha ganado casi un 160% más que en 2019. Sus acciones subieron 6%, a 387,44 dólares en la Bolsa Nueva York. El valor de la compañía es de 70.000 millones de dólares. Los suecos estiman que las ventas mundiales de música alcanzarán un nuevo pico en 2025. Pero, ¿qué mundo imaginan entonces?

Devine demuestra que la música grabada –laca, vinilo, casete, cd- siempre ha sido un invisible explotador significativo de los recursos naturales y humanos, y que su dependencia de estos recursos es más problemática hoy que nunca en la era del Antropoceno. Hasta las prácticas más políticamente correctas son puestas en entredicho. Cita en ese sentido el ejemplo de Radiohead, un grupo conocido por su ambientalismo, que suele encargar las auditorías de carbono de sus giras. A pesar de su desvelo, Tom Yorke y los suyos no pueden evitar incurrir en contradicciones. La versión de lujo de In Rainbows o la reedición de Ok Computer requirió de una caja de cartón grueso y una caja de resguardo, rellena de insertos de tinta y envuelto en plástico, discos de vinilo pesados de 12 pulgadas y 45 rpm, una versión en CD del álbum, un CD adicional de material extra y un código de descarga. Devine, tras comprar el primer material quedó absorto por sus costos extras. “¿No habían hecho otras cien mil personas el mismo pedido?”.

El investigador pasa sobre el final de su libro revista a los efectos del streaming. “Una sola granja de servidores, por ejemplo, puede consumir miles de megavatios de electricidad (suficiente para alimentar millones de hogares)”. Pero, además, demuele el mito de la actual desmaterialización. “Los discos duros, los routers, las computadoras portátiles, las barras de datos, los dispositivos personales de escucha, los celulares y auriculares son decididamente materiales y, en diversas configuraciones, absolutamente esenciales para la escucha de la música digital. La cantidad de estas tecnologías accesorias no sólo es enorme, sino que está creciendo”.

La energía que se necesita para hacer fluir una canción es difícil de medir. Un punto de partida es para Devine la extensión del Click Clean Scorecard de Greenpeace que funciona con Google Chrome e identifica las formas de energía que alimentan un sitio web determinado. “Demuestra que Spotify y Pandora, por tomar dos ejemplos destacados de servicios de streaming, han fracasado en las pruebas de Greenpeace de compromiso y uso de energía renovable”. La energía necesaria para almacenar y procesar los datos de Spotify procedía principalmente de instalaciones nucleares, de carbón y de gas (respectivamente: 29%, 22% y 20%). Sólo el 29% del uso de energía del sitio web era lo que Greenpeace llama limpia.Transmitir música es quemar uranio y otros combustibles”. El autor muestra problemas y admite que la solución no es el retorno al sigo XIX: tiene en claro el embrollo cultural, político y económico que significaría restringir los usos de las plataformas. De un lado están los productores y las cadenas de suministro. Y luego, los consumidores. No obstante, hace hincapié en la necesidad de influir en sus prácticas de escucha reconfiguradas por la absoluta disponibilidad. “Aunque la música puede ser una fuente de deleite y maravilla (tanto estética como socialmente), las razones por las que muchas personas la veneran y exaltan están históricamente condicionadas y son ideológicamente indefendibles en muchas situaciones. Esto es cierto no sólo en los casos en que la música se utiliza como medio para fines repulsivos, sino también en términos de las realidades cotidianas de la ecología política”.

En febrero pasado, Devine y Alexandrine Boudreault coeditaron Audible Infrastructures (Critical Conjunctures in Music and Sound), con más conclusiones sombrías. “La música suele encontrarse como una superficie cultural. Las canciones emanan instantánea y casi mágicamente de nuestros computadores y teléfonos. Las herramientas para tocar y hacer música, como las grabaciones y las guitarras, nos esperan en tiendas de todo tipo, listas para ser compradas sin necesidad de montarlas. Y cuando terminamos con todo este material, podemos tirarlo a la basura, donde desaparece sin esfuerzo y sin dejar rastro. El disfrute musical cotidiano parece tan sencillo, tan fácil, tan automático. Pero no lo es”. Las complejas tramas materiales que hacen posibles el goce suelen estar ocultas y por eso Audible Infrastructures se mete en aserraderos, pozos de minas, redes eléctricas, redes de telecomunicaciones, sistemas de transporte y pilas de basura que parecen periféricos a la cultura musical. Sin embargo, son fundamentales para el funcionamiento de ese universo. El desperdicio es, en ese sentido, la otra cara del modo en que la industria y el consumo diseñan el playlist del alarmante deterioro climático.

Después de leerlo, perplejo, le pedí a mi hijo que me busque en Spotify “Apocalipsis” de Vox Dei. Un error connota a veces algo virtuoso. Ahora que lo pienso bien, es como si tradujeran a T.S. Elliot: “así es como el mundo acaba/ así es como el mundo acaba/ así es como el mundo acaba/ no con una explosión sino con un gemido”.

 AG

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