Análisis

La suerte de Fernández, atada a la de su creadora

Fernández, el viernes, entre Daer y Acuña, en la CGT.

Néstor Kirchner se aseguraba de que los sábados y domingos descansaba. No se recuerda una crisis de gobierno que alterara los fines de semana (ni ningún otro momento, a decir verdad en esos cuatro años). Quien se considera su continuador, el presidente Fernández, no puede decir lo mismo. 

Son obvias y oceánicas las diferencias entre Kirchner y Fernández. El país que dejó Duhalde había empezado a despegar; el crecimiento era real y empezaría a ser un problema más adelante: también Kirchner apeló al recurso de la “crisis de crecimiento”. Si bien ambos convivían con Cristina Kirchner -Fernández aún lo hace- la lapicera, como se acostumbra ahora a decir, siempre la tuvo Kirchner. Alguna vez justificó en privado la elección de su mujer como su sucesora, en 2007, ante oídos amigos: “Ella hace un gobierno cinco puntos y después vuelvo yo”. La muerte alteró los planes. 

Sólo pocos los que saben qué justificación tiene hoy Cristina Kirchner para la elección que hizo en su momento de Fernández. No hay ninguna ya, si se atiende a las versiones que la prensa publica regularmente sobre lo que dice del Presidente y los comentarios dirigidos a Fernández en sus últimas apariciones. La ironía, esa herramienta tan propia para hacer política, nunca le fue dada a la vicepresidenta; oculta en su caso resentimiento y rencor. Perdonar, para Cristina Kirchner, no ha sido una opción verdadera.

La crisis política escala y avanza hacia una crisis de gobernabilidad. Es clave que sea de solución rápida. La vicepresidenta “volteó” dos ministros, el de Desarrollo Productivo y el de Economía, en poco menos de un mes. El avance sobre el Gabinete es incluso más profundo y significativo que el que siguió a la derrota en las primarias de septiembre pasado, cuando se precipitaron las renuncias de sus funcionarios con Eduardo de Pedro a la cabeza y Santiago Cafiero fue desplazado a la Cancillería. Matías Kulfas y Guzmán eran dos ministros en los que Fernández confiaba. Guzmán, aún con el emplazamiento de Fernández sobre la inflación, era la tabla a la que se había abrazado el Presidente para sobrellevar la tempestad desatada por su vice.

Que Fernández haya tenido que desprenderse de su ministro de Economía, o mejor, que no haya podido contemplar las demandas que le hizo Guzmán en relación al manejo de la cuestión energética, tal como asumieron los voceros de Economía y se refleja claramente en la carta de renuncia, revela que el Presidente ha perdido todo control del Gobierno.

Es una incógnita qué camino tomará Fernández en las próximas horas. Ha quedado al desnudo cuál es el grado de condicionamiento al que continúa sometido desde el Instituto Patria a pesar de sus últimos gestos de autonomía. Si bien acaso Fernández pueda elegir quién será el reemplazo, el nuevo ministro no podrá hacerse cargo de la dirección de la economía sin que haya algún nivel de entendimiento con Cristina Kirchner. Acaso por eso el nombre de Massa ha sido el más mencionado para sustituir a Guzmán: su condición de socio (menor) del Frente de Todos, con alguna representación en el Gabinete, podría maquillar la falta de autonomía. La situación parece no admitir un ministro de alto perfil, pero tampoco el recurso Carlos Fernández, aquel que reemplazó a Lousteau en la crisis de 2008. La respuesta deberá llegar inexorablemente en las próximas horas, antes de que abran los mercados el lunes.

El acto de Ensenada, al mismo tiempo, fortaleció la idea de que la vicepresidenta está decidida a cobrar mayor protagonismo. Sus apariciones se multiplicaron en las últimas semanas y, además de intensas, han sido más crudas, incluyeron ironías y descalificaciones personales para el presidente que ella eligió. La tribuna coreó “Cristina presidenta”; nunca en todo este tiempo asistimos a un acto de lanzamiento. Se terminó la fase moderada, como anticipó el camporista Andrés Larroque.

Guzmán no pudo controlar la inflación. La salida de Feletti de Comercio Interior y su pase al área de Hacienda (no oficializado) le abrió una posibilidad, y si bien el índice empezó a mostrar señales de desaceleración, promete volver al alza y llevar el registro por encima del 70% a finales de año. Era, con todo, el ministro que vinculaba al Gobierno con el Fondo Monetario y con el establishment económico, a los que Fernández se alió para salvar su gobierno. La vicepresidenta vetó el acuerdo con el FMI y descalificó desde el comienzo la alianza con el poder económico. 

El ministro se reservó para su salida un gesto dramático, del tipo al que nos tiene acostumbrados la propia Cristina Kirchner. Dio a conocer su carta de renuncia en las redes mientras la vicepresidenta jugueteaba en su discurso en Ensenada con él y con el presidente Fernández. Nadie se atrevió mientras ella hablaba a enviarle un mensaje con la novedad a su celular. Temor a Dios, y un poquito a ella también, como pidió en su esplendor, un tiempo ya muy lejano.

Alberto Fernández se encuentra atrapado por las condiciones en las que aceptó la aventura que le propuso compartir su socia. Su espacio de acción se ha ido angostando y hoy no parece dueño ni siquiera de una fantasía de fuga, como tantas veces jugaron los Kirchner en las crisis. La nueva apuesta a la continuidad, la semana que pasó, en una entrevista televisiva, sólo existe en sus ensoñaciones. Su suerte seguirá atada a la de su creadora.

CC

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