A un mes del 12-S

El orden precario del Frente de Todos: lo que aporta Feletti y los costos de dejarlo ir a Berni

Alberto Fernández durante una visita a una fábrica

Paula Español llegó en diciembre del 2019 a la secretaria de Comercio convocada por Matías Kulfas. Con más terminales en Axel Kicillof, más específicamente en Augusto Costa, que en el Instituto Patria o La Cámpora, el ciclo de Español estaba agotado desde hacía tiempo. Pero la dinámica tortuosa del Frente de Todos (FdT), donde todo cambio de nombres requiere validaciones y eludir vetos, hizo que el recambio se dilatara más de la cuenta.

El jueves pasado, el trámite estaba resuelto, atado al ingreso de Roberto Feletti, ex viceministro de Economía de Cristina Kirchner, que fue funcionario en La Matanza y tiene terminales en Máximo Kirchner y una historia compartida con Kulfas. Esa triple o cuádruple nacionalidad política de Feletti, que el martes al mediodía ocupó el despacho que despejó Español, facilitó un desembarco que en lo formal es tardío. Hace tiempo que todo el dispositivo oficial admite que la gran fragilidad, la que cruza transversalmente todos los territorios, pertenencias y deciles de ingreso, es la inflación.

No es un asunto que, por su dimensión pueda resolver un secretario, pero juega con una gestualidad: la de un gobierno que trata de ser, al menos a veces y con algún nivel de eficacia, proactivo frente a un problema visible. En la reunión de gabinete, Fernández declaró -con delay- que el enemigo de su gobierno es la inflación y horas después coronó el movimiento Feletti por Español que tuvo, como efecto colateral, ruido en el anuncio y el momento. Iba a difundirse este martes, post fin de semana de explosión turística, pero lo filtró Casa Rosada el sábado.

La anatomía de la derrota tiene unas pocas certezas. Una es la inflación. Entre los votantes del FdT, tanto duros como blandos, la suba de precios tiene como principal culpable a los empresarios. El mismo registro tiene un sector de los que votaron a Juntos por el Cambio (JxC). Frente a eso, el Estado debe actuar, debe salir al auxilio del consumidor. Acuerdos, controles, lo que sea. Español, que recibió un área que tenía menos de diez inspectores, se fue con un área de fiscalización potente.

Feletti no tendrá esa debilidad operativa pero tendrá otras. La inflación está lejos de ser un tema que se resuelva con controles y acuerdos. El factor esencial es la expectativa, un rubro en el que el gobierno quedó knockout luego de las PASO del 12-S, derrota de la que se cumple un mes, que epilogó una interna en carne viva entre los Fernández, y derivó en una serie de movimientos cuyo efecto fue, por ahora, más gestual que real.

El ingreso como jefe de Gabinete de Juan Manzur, que fue uno de los promotores del nombramiento de Feletti, aportó otra dinámica y le dio aire a Alberto Fernández para administrar roles y oficios. En el entorno del presidente hablan, casi en clave oriental, que logró "reconectar" con sus bajadas al territorio y empezó a lograr un equilibrio entre sus apariciones de gestión y de campaña, aunque este último renglón ocupó esos días más lugar del programado, con su acto con organizaciones sociales y el viaje del lunes a Tucumán. Fernández busca un punto sutil, una ingeniería compleja, que le permita bajar la sobreexposición que tuvo hasta la derrota pero no perder la centralidad que debe ostentar un presidente.

En sus charlas cara a cara con vecinos, Fernández recogió dos demandas recurrentes y obvias: una fue el aumento de precios, la otra fue la inseguridad, un expediente que está en plena ebullición en el centro del corazón del oficialismo, por la tensión entre Sergio Berni y el jefe de Gabinete bonaerense, Martín Insaurralde, una disputa que en algún plano puede extenderse a Axel Kicillof y Máximo Kirchner.

No es Alejandro Granados, alcalde de Ezeiza, el nombre que en el PJ promueven para ministro de Seguridad sino Mariano Cascallares, alcalde de Almirante Brown, y cabeza de lista de los diputados provinciales en la Tercera Sección Electoral. Cascallares tiene relación estrecha con Insaurralde pero tiene dinámica propia y selló un acuerdo con La Cámpora en el distrito, donde José Lepere, viceministro de Eduardo "Wado" De Pedro, quiere ser intendente a partir del 2023. Insaurralde visita casi a diario a De Pedro que, además, contuvo a Español en Interior, una forma de salvaguardarla del mote de funcionaria que no funciona.

Berni, frente a los rumores, amenaza casi a diario con dejar Seguridad, pero es Kicillof quien necesita que el ministro permanezca en su cargo. Fue Berni quien le sugirió al gobernador, en la semana posterior a la derrota, que se tome un avión a El Calafate para hablar "con la doctora", como le dice el ministro a la vice. Solo, Kicillof se tomó un vuelo de línea un domingo temprano y volvió esa misma tarde. El gobernador no puede, luego de los sacudones de su gabinete, permitir que Berni se vaya en el corto o mediano plazo. La clave es, en todo caso, Cristina, la única figura que puede pedirle al ministro de Seguridad que siga o que se vaya. Para pacificar ese frente, al menos por un rato, el lunes feriado Insaurralde y Berni se mostraron juntos en la escuela Vucetich.

La demora en reaccionar en materia de inflación, al menos en lo formal con el cambio por Feletti, y la cinchada en torno a la jefatura de Seguridad en el territorio más caliente. el conurbano, desafían el mito que, sinuoso como todo mito, augura que al peronismo le puede hacer bien perder. El teorema, cuyo soporte teórico es relativo, de que la derrota lo revitaliza, lo despabila. Más fácil y brutal, que es una trompada que le avisa que así no, que así naufraga.

Hace un mes, el peronismo perdió y fue un sablazo duro por su dimensión -fue nacional y bonaerense-, por la sorpresa y por el peso simbólico de dinamitar la teoría, endogámica, de que la unidad era un abracadabra. Vino, después, la crisis televisada con renuncias, off y cartas públicas, la aparición de peronistas territoriales con traje de salvadores, y una tira de anuncios económicos que, según un informe de la consultora Equilibra, y que la oposición hace circular como un capítulo del apocalipsis, anudó 18 medidas con una inversión de 230 mil millones de pesos, el equivalente al 0,5% del PIB. En clave monetaria, esa inyección de recursos presionará sobre los precios.

Martín Guzmán, quizá como antídoto para sobrevivir como ministro, aceptó abrir la billetera y la semana pasada invitó a Manzur a que se sume a la gira por Nueva York. Guzmán escuchó de boca de un empresario que en el tucumano tiene butaca en selectas mesas del mundo de los negocios a las que no acceden, ni siquiera, empresarios de primera línea. Hay, aun con recelos, una empatía entre el jefe de Gabinete y el ministro que tienen una mirada parecida respecto a que cualquier acuerdo posible con el FMI generará más resistencia en los propios que en los ajenos.

Por esa razón, entre muchas otras, se fantasea con algún tipo de recuperación electoral que le permite al FdT perdurar como primera minoría y domar el fantasma de un nuevo grupo A, y apostar al menos a un empate en el Senado donde, además de otro rol de la vice, será determinante qué tipo de relación se construirá quien ostente un voto claver: Alejandra Vigo, la mujer de Juan Schiaretti.

PI

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