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Llega Scioli: guiño de Alberto para 2023, reencuentro con Cristina y el tropiezo de Manzur

Daniel Scioli y Martín Guzmán

- ¿Te trae recuerdos esta oficina?

Hace un mes, Daniel Scioli estuvo reunido dos horas con Cristina Kirchner. Amable y locuaz, la vice lo recibió en su despacho del Senado, la oficina que hace casi dos décadas el exgobernador ocupó como segundo de Néstor Kirchner. Una imagen, entre muchas, captó la atención del huésped: era una en la que estaban el matrimonio, Kirchner, Scioli y quien era, por entonces, su esposa: la ex modelo Karina Rabollini.

El despacho que ocupa Cristina fue, en la segunda mitad del 2003, el búnker en el que se refugió Scioli luego de quedar aislado, castigado por Kirchner, frente a su osadía de pedir una actualización de las tarifas de servicios públicos. El patagónico, en el trance de construir autoridad presidencial, lo castigó: le apagó el teléfono, ordenó que nadie le hable, y lo tuvo así durante años hasta que, en 2007, lo indultó para convertirlo en candidato a gobernador bonaerense.

Se supone que Cristina no se refería a aquellos recuerdos, bastante traumáticos para Scioli. Con los pocos que quedaron a su lado, entre ellos su hermano José, miraban los celulares porque de un día para el otro dejaron de sonar. Miraban para ver si estaban prendidos.

La charla con Cristina fue cálida y distendida. Empática, la vice le preguntó sobre su hija, su nieta y sobre Gisela, su pareja actual. Luego lo consultó sobre Brasil, Jair Bolsonaro, la campaña de Lula Da Silva y la economía brasileña. Poco y nada de política doméstica, ninguna mención a Alberto Fernández y un poco de pólvora sobre Martín Guzmán. Un libreto que la vice repite, casi calcado, ante los muchos visitantes que pasan a verla por el Senado.

- ¿Cuándo me invitás a cenar?, lo despidió Cristina.

De Olivos a La Ñata

Nada es por azar. Horas después de ese encuentro en el Senado, Alberto Fernández invitó a Scioli a desayunar en Olivos. El exembajador va cada tanto a la quinta. Fue uno de los pocos que estuvo allí, por ejemplo, en el cumpleaños presidencial de abril pasado. Otro punto de encuentro es La Ñata pero, en ese caso, el visitante es Martín Guzmán. Scioli construyó una relación fluida con el ministro de Economía. Es, en cierto modo, como un sobreviviente: el exgobernador estuvo, durante años, bajo el fuego de Cristina y conoce, como pocos, ese estado político y emocional que ahora, incluso de otra dimensión, atraviesan Fernández y Guzmán.

En Olivos, antes de ese desayuno, Scioli tuvo una conversación con Fernández que da algunas pistas sobre el 2023. Alberto le pidió que se mueva como candidato, que camine, que se muestre, que haga medios, que al FdT le sirve que haya muchos jugadores en el tablero. Hasta entonces, Scioli repetía, como un mantra, la frase de que no era candidato, que apostaba a la reelección de Fernández, que no haría nada contra eso. El presidente lo habilitó, a su modo, para que salga de ese estado expectante y se mueva.

Puede sonar raro que un presidente valide a otros que puedan ser futuros competidores, pero en Olivos cuentan que va en la línea del planteo que hizo Fernández en el acto en Plaza de Mayo del 17 de noviembre, aquel que molestó a Cristina y Máximo, porque habló de una PASO grande donde se defina desde el candidato a presidente al último concejal. Lo mismo, deslizan, le planteó a Sergio Massa y algo parecido conversó con Agustín Rossi, flamante titular de la AFI.

Los tres, no casualmente, fueron precandidatos presidenciales en el 2019 cuando Cristina bendijo a Alberto como su oferta electoral y todos se bajaron. De los que por entonces habitaban el ecosistema K, Scioli fue el último en hacerlo, incómodo por la decisión de la entonces senadora. Tardó varios días y medió una conversación con Alberto. Al tiempo, con los Fernández ya asumidos, Scioli estaba sin destino hasta que el canciller Felipe Solá lo propuso como embajador en Brasilia. Cuentan que el presidente fue, al principio, se mostró reacio a aceptarlo.

Regresado

Scioli es un fenómeno curioso: criticado por tibio, o incluso traidor por sectores K en el 2015, con los años se convirtió en protagonista de una vindicación tardía, con algo de simpatía o hasta de consumo irónico: El Pichichi. Cuando, el sábado furibundo de la salida de Kulfas, circuló su nombre como posible sucesor, en Twitter arreció una especie de clamor. Ese atardecer, a las 20:05, Fernández llamó a Scioli, le ofreció el cargo, le pidió que aceptara y que dejara en sus lugares al equipo que escoltó a Kulfas.

En particular, a Ariel Schale en Industria y a Guillermo Merediz, secretario de las PyMEs. Los dos fueron, allá lejos y hace tiempo, funcionarios bonaerenses durante la gobernación sciolista. La hype tuitera con Scioli tuvo un efecto similar en el mundo político. Con días de anticipación, el gremio UPCN armó una recepción ruidosa y con banderas a la llegada del nuevo ministro.

Pero tantas olas generan temblores. El desembarco de Scioli despertó el malestar de Massa, que está cruzado hace años con el otro tigrense, y hubo, además, una mención puntual de Máximo Kirchner durante un acto en Quilmes esa misma tarde. El diputado y jefe del PJ bonaerense se refirió a la derrota del 2015 y habló de errores como el de anunciar el gabinete con seis meses de anticipación, un reproche directo a Scioli. Es cierto que lo dijo antes de que sea oficial la elección del exgobernador, tan cierto como que a esa hora Scioli era el plan A de Alberto, y tan cierto como que lo dijo en un ámbito armado para mostrar señales de convivencia entre las distintas tribus del FdT.

De mínima, la crítica de Máximo a cómo se manejó Scioli, sino es una recepción maliciosa, aporta otra dato: revela que para el diputado la derrota electoral del 2015 fue culpa de errores estratégicos y campañistas del ahora ministro de Alberto. Una pregunta que hace un funcionario oficial: “Si estaba, como se menciona ahora, todo tan bien ¿por qué se perdió en el 2015? ¿Por que Scioli anunció quien sería su ministro de Economía?”.

Scioli, el regresado, seguirá con chip de funcionario movedizo: viajes por las provincias, diálogo con todos, ritmo y redes sociales, futsal y limones del Tucumán, “con fe, con deporte, con esperanza” como lo reescribe la mitología política. Scioli es, desde antes de hoy, un candidato para el 2023 que solo el tiempo dirá si llega o no, más allá de las voluntades propias y ajenas.

Tiene, en el corto plazo, otras urgencias de entre casa. Transitar, sin daños severos, la interna del FdT con la distancia glacial entre Alberto y Cristina, cohabitar el mismo ecosistema con Massa, otro anotado para el 2023, y evitar lo que le pasó a Juan Manzur. El gobernador de Tucumán, ahora jefe de Gabinete, irrumpió en Casa Rosada como una especie de salvador del gobierno: hiperactivo, madrugador, con agenda internacional.

Manzur apareció en el peor momento de Fernández, post PASO y medio gabinete renunciado. El salvador se convirtió, porque fue muy rápido o porque se movió como la oferta postalbertista, en un blanco móvil, en un rival. Con las semanas, empezó el desgaste desde la Casa Rosada. ¿Puede ocurrirle lo mismo a Scioli, que llega al gobierno para sumarle vitalidad?

Scioli tiene una frase emblema: “El tiempo todo lo ordena”. Eso.

PI

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