César Sanabria, el arquitecto del Barrio 31: "Si no hubiera crecido acá creería que hay que demoler todo"

César es franquero en una empresa de seguridad privada y formó una cooperativa con estudiantes de Arquitectura y maestros mayores de obra.

Parece una coreografía: César Sanabria dice la palabra “incendio” y cuatro bomberos apuran el paso por la calle Carlos Perette del Barrio 31, en Retiro. Se organizan para rescatar a un perro grandote y huesudo que cayó desde el balcón de un segundo piso con barandas peligrosamente anchas a la media sombra que le hace de hall de entrada a una cancha de fútbol 5. Cuesta que el perro baje: la altura le produce miedo y el miedo le provoca desconfianza. Gruñe y llora sin demasiado orden.

“Vuelvo al container y si pasa algo los llamo”, avisa uno de los cuatro. El container de los bomberos está al lado de uno de la Policía de la Ciudad: como un proyecto de cuartel o de comisaría a los que les falta un poco para contar como tales. “Acá en invierno hay por lo menos diez incendios por mes”, dice César, que en mayo se recibió de arquitecto en la UBA y que asegura ser el primero con ese título universitario del barrio, en el que vive desde hace 34 años y en el que ayudó a su padre albañil a levantar la casa que todavía comparte con su mamá en un terreno que, según recuerda, la familia compró a 300 dólares ahorrados con el trabajo de su papá como encargado de un edificio de Palermo.

“Mirá cómo están los cables. Esa precariedad en la conexión sumada a altísima la demanda de calefacción con equipos que son poco seguros y en edificaciones que tienen problemas muy graves de ventilación son las razones de esos incendios que padece el barrio en este momento del año”, describe César, con los ojos clavados en los nudos de cables que atraviesan todas las calles del Barrio Padre Mugica. “Ese es uno de nuestros problemas más graves”, remata.

“Mi papá, que ya murió hace años, no terminó el primario; mi mamá todavía no sabe leer ni escribir y todavía trabaja como empleada doméstica. Tiene ganas de aprender. Yo de él aprendí a revocar paredes, a conocer los materiales de la construcción. Trabajé en obras pero decidí que quería estar yo a cargo de la obra, y en 2012 me anoté en la carrera”, cuenta César durante el recorrido por el barrio que le delinea a elDiarioAR.

“Estudiar me ayudó a pensar formas de cambiar la realidad de un barrio que tiene 80 años de antigüedad, una mezcla de culturas de distintos países y provincias que produce mucho orgullo a quienes la representan, y un sentido de comunidad que no se encuentra en otros lugares de la ciudad. Acá ocurre uno de esos incendios y enseguida hay 400 o 500 vecinos ayudando, viendo cómo recomponer la situación de esa persona que perdió su casa. Y en el resto de la ciudad es muy poco el conocimiento que tenés de las personas que viven cerca tuyo”, explica César, que trabaja como franquero en una empresa de seguridad privada: custodia la sede que tiene en el Barrio Mugica la organización Scholas Ocurrentes, especialmente impulsada por el Papa Francisco.

“Acá viven entre 40.000 y 50.000 personas, y todo lo que hay son tres centros de atención primaria de la salud, pero son espacios de baja complejidad. ¿Por qué no se puede pensar en que haya un hospital de mediana complejidad? Hay algo que los vecinos de acá no nos olvidamos: el día que cargaron a un hombre herido de arma blanca en el carrito de un cartonero para hacerlo llegar a una ambulancia porque no había manera de que la ambulancia entrara hasta donde estaba él”, cuenta César, y suma: “No hay ningún hospital en la Comuna 1, y poner uno acá sería no sólo una manera de que toda esta gente tenga otro acceso a la salud, sino también una integración entre este barrio y el resto de la ciudad, porque tal vez otras personas vendrían a atenderse hasta nuestras calles”.

Además de trabajar como franquero, César formó una Cooperativa Nutram junto a estudiantes de arquitectura y maestros mayores de obra del barrio, con la expectativa de sumar a vecinos de otros barrios populares que pertenezcan a esos rubros. “Presentamos un proyecto al Gobierno de la Ciudad pero todavía no tuvimos respuesta: en el barrio no hay ninguna escuela técnica y ahí se pueden aprender muchos oficios que derivan en salidas laborales. Armamos toda la proyección para que se haga en un predio que es parte del barrio y que en un tiempo tendrá que desocupar la empresa Flecha Bus”, describe César. Habla de una manzana muy cercana a la Terminal de Ómnibus de Retiro.

“Hay mucho por hacer: hay que abrir calles, porque hay cuadras que miden 400 metros y se angostan y por ahí no pasa una ambulancia; hay que renovar las cloacas, que son viejas y precarias, porque el baño era lo último que cada familia lograba construir con el mango que iba juntando; hay que repensar los espacios en términos de ventilación, eso lo aprendimos de la pandemia: hay familias que viven sin ninguna ventana a la calle y lo que hay que hacer, aunque los espacios sean chicos, es generar algún tipo de patio interno para que el aire circule de otra manera y ganar en salud”, enumera César, rodeado de edificaciones que amontonan hasta seis o siete pisos de ladrillo y cemento.

Otra vez con la mirada hacia arriba, señala una, dos, decenas de escaleras caracol que permiten entrar a cada una de las edificaciones de esos pisos. “Esas escaleras son una característica habitual de nuestro barrio, pero son angostas, de material que puede resbalar y, sobre todo, no siempre de material que aísle la electricidad. Hay que hacerlas de nuevo para que todo eso esté contemplado porque son peligrosísimas así como están”, explica. Por una de esas escaleras, que vibra a cada paso, baja una mujer con un hijo tomado de cada mano: “Despacio que nos vamos a matar”, les grita y les ruega, todo al mismo tiempo y como si fuera la enésima vez que se los advierte. Un perro petiso se les mete entre las piernas.

Cerca de las casas que ya se desocuparon para que sus habitantes se muden a algunos de los nuevos edificios en las zonas más urbanizadas del barrio, una canchita de fútbol alfombrada de escombros da cuenta de que esas manzanas están en obra. Es el Bajo Autopista del Barrio Carlos Mugica y en pocos metros cuadrados se amontonan algunas barberías y algunas casas de comida peruana. Los más chicos apuran la bicicleta, los más grandes, una bici-moto. “Nos faltan espacios de recreación. Hay muchas canchitas de fútbol en el barrio y no importa en qué estado estén: se usan igual. Son parte de nuestra identidad, aunque también hay otros deportes: el piqui-voley, que es como el voley pero con el pie, viene de Paraguay y lo jugamos mucho. Hay que pensar en todas estas costumbres que tenemos a la hora de diseñar nuestros espacios abiertos”, reflexiona César. Tiene otra idea para mostrar las distintas identidades que conviven en el Barrio 31: “Pienso en casas con fachadas que identifiquen con colores o con dibujos algo de la cultura de esa familia, de esos vecinos. Esa es la riqueza de nuestro barrio. Desde cuando estaban los italianos, los españoles y los polacos, hasta ahora, que están los peruanos, los paraguayos y los bolivianos”, define.

Aparte de la necesidad de ventilación, sobre todo de las viviendas que están en medio de los pasillos, la pandemia dejó en evidencia otra dificultad especialmente radicada en el Barrio Padre Mugica: “La conectividad de WiFi no existe prácticamente. No hay cableado socavado de ninguna empresa que llegue hasta acá”, explica César. Lo sabe por la experiencia de sus vecinos y también por la suya como alumno de Arquitectura: “Cursás sin cámara, le buscás la vuelta para que no te consuma tantos datos, pero igual es muy difícil de sostener y eso desalienta a muchos”, cuenta. El día que rindió la última materia de la carrera estaba aislado en su casa: era contacto estrecho de su mamá, caso confirmado de Covid-19. Cuando pudieron, salieron para que recibiera la harina y los huevos correspondientes a un graduado universitario.

“Me da mucho orgullo ser el primer arquitecto del barrio. Mi mamá -que trabajó extra siempre que César necesitó plata para el colectivo o para las fotocopias- está contenta y mis vecinos me felicitan y me cuentan que quieren estudiar o lograr que sus hijos estudien”, reflexiona. Responde rápido sobre cuál es el impacto de haber crecido en el Barrio 31 en su mirada profesional: “Si yo no me hubiera criado acá creería que hay que demolerlo todo y empezar de nuevo. Pero cuando crecés acá sabés todo lo que vale la pena acá adentro y todo lo que necesita soluciones”.

JR

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