"Sentía que todos los días volvía de la guerra": la primera enfermera en recibir la Sputnik V y cómo dejar atrás el miedo

Karina De La Iglesia, una de las primeras enfermeras en recibir la Sputnik V.

“¿Qué sentía? Que todos los días volvía de una guerra. Mi papá, que tiene 80 años, me esperaba cada noche. Nuestro único contacto es a través de un vidrio que compartimos en la entrada del pH donde vivimos. Cuando entraba, él se asomaba a la ventana y yo veía un reflejo en sus ojos, como que me decía ‘ay, Negrita, llegaste, estás con nosotros’”. Habla Karina De La Iglesia, 50 años, enfermera Jefa de la Terapia Intensiva B del Hospital Argerich. Hoy, en el día en que arrancó la campaña de vacunación para los profesionales de la salud contra el coronavirus, recibió la primera dosis de la Sputnik V. “Hoy dejé de ser ‘un riesgo’ para mi familia y para los pacientes”, dice.

Así comenzó la vacunación en Argentina

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Karina trabaja en ese hospital porteño desde hace una década. El sábado recibió el llamado. Era una invitación a vacunarse que venía, digamos, con un plus: “Podés ser la primera argentina en vacunarse”.  Ella no dudó, pero sí aclaró que no le importaba ser “ni la primera ni la tercera", que su vida, desde marzo, está organizada en función de la pandemia y que la vacuna es una herramienta que quería usar. Hoy ofreció su brazo derecho y recibió el pinchazo de parte de una compañera, Patricia Albarracín, enfermera Jefa del área de Vacunación. “Fue un acto representativo para todo el equipo de profesionales. Algo así como ‘yo me la doy, no tengo miedo’”, sigue.

En medios de comunicación y redes sociales se instalaron dudas respecto de la vacuna elaborada en laboratorios rusos, que luego se viralizaron por WhatsApp. Fue durante el fin de semana, apenas dos días después de la llegada desde Moscú de las primeras 300 mil dosis, que ya se distribuyeron en el país y se reservan para las personas más expuestas al virus, como ella. Sin embargo a Karina se la oye convencida: “Yo sigo los lineamientos científicos. Es un tema que se politizó y además hay una batalla comercial. Pero en el medio está la salud pública”. 

Después de aquel llamado en el que la invitaban a integrar la primera lista de vacunados, Karina se puso ansiosa. Era el salvoconducto de los últimos nueve meses en los que se sintió un peligro para sí, para su padre de 80 años y para su mamá, que se recupera de un cáncer de mama. Y también para sus hijos, ambos mayores, que no viven con ella pero sí muy cerca. “Si quería verlos, me acercaba con el auto y les tocaba bocina. Ellos salían, yo bajaba el vidrios y conversábamos un ratito. No, ni besos, ni abrazos. Nada de contacto físico”, agrega Karina como si adivinara la siguiente pregunta.  

Fue un acto representativo para todo el equipo de profesionales. Algo así como ‘yo me la doy, no tengo miedo'

Karina De La Iglesia — Enfermera Jefa de Terapia Intensiva del Argerich

Desde marzo, cuando en el Argerich recibieron a su “paciente cero”, Karina alteró su rutina familiar. Dejó de usar el colectivo en el viajaba desde Lanús, donde vive, al hospital y decidió conducir. En su auto, dice, se sentía a salvo. Su padre se ocupó de los cuidados de la esposa, madre de Karina, que por la enfermedad está inmunosuprimida. Trapeaba la entrada con lavandina, repasaba los picaportes con lavandina, desinfectaba el vidrio a través del que se veían, también con lavandina. Ella se ocupaba de hacerles las compras y las dejaba en la puerta de la casa de sus padres. Entonces el papá, que la oía, entreabría la puerta, se asomaba y preguntaba “¿Cómo estás, hija?”. Para su cumpleaños y el de ella no hubo torta ni velita: apenas un sollozo con las manos apoyadas en ese vidrio.

Karina resistía. “A fines de marzo se ocupó la Terapia Intensiva A. En abril, la B. Entre los enfermeros nos mirábamos. El miedo, la incertidumbre era total. Perdíamos pacientes, uno tras otro. A veces parecía un trabajo en vano. Vimos morir a mucha gente sola. ¿Cómo voy a recordar este año? Traumático, inolvidable”, dice. El trabajo de enfermería, que según ella es “individualista”, pasó a ser de equipo. “Ese fue el secreto. Entender que no había vacaciones ni licencias, que éramos un grupo de trabajo aprendiendo sobre la marcha, experimentando tratamientos y que todos nos sentíamos un riesgo para las personas, para nuestros seres queridos”, sigue Karina y cierra: “No me contagié de Covid, pero siempre me sentí en peligro. Tengo esperanzas de que haberme dado la vacuna sea un nuevo comienzo”. 

VDM

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