El freno al brote de polio y la cooperación regional: genealogía de la confianza argentina en las vacunas

Apenas empezó la pandemia, crecieron las comunicaciones digitales negativas sobre vacunas. Eso se revirtió con la efectividad de las inmunizaciones.

Los datos son del Ministerio de Salud de la Nación. Hasta el 1° de octubre, el 93,9% de las personas de 55 a 59 años habían empezado su esquema de vacunación contra CoVid-19. Entre quienes tienen de 50 a 54 años, se habían dado su primera dosis el 92,3% de las personas y esa misma cobertura alcanzó al 93,7% de las personas de 40 a 44 años. La estadística da cuenta del operativo de vacunación pero también de lo que pasa del otro lado: para que la cobertura sea masiva tiene que haber vacunas disponibles y también brazos dispuestos. En la Argentina, la adhesión a la vacunación es alta. Y no se trata de una reacción ante la pandemia, sino de una idiosincrasia con hitos históricos que la construyeron y la afianzaron.

Hay algunas estadísticas que dan cuenta de esa adhesión generalizada. En 2019, antes de que el coronavirus se expandiera por el mundo y por el país, el 96% de los argentinos consideraba confiables a las vacunas, según el Índice de Confianza y Acceso a Vacunas (ICAV) elaborado por la Fundación Bunge y Born.

La organización Digital Communication Health Observatory, que evalúa las comunicaciones digitales en Latinoamérica, estudió 110.000 mensajes vinculados a las vacunas. “En los inicios de la pandemia, el 17% de esas comunicaciones eran antivacunas. Hoy esa tasa volvió a bajar a sus niveles pre-pandémicos, que es del 10%, y esa baja sin dudas tiene que ver con el efecto tangible de la vacunación a la hora de controlar el brote”, describe el médico infectólogo Roberto Debbag, integrante de ese observatorio. El sitio Our World in Data, que monitorea los indicadores de la pandemia a nivel global, el 45,5% de la población mundial recibió al menos una dosis de la vacuna contra el CoVid-19. En la Argentina, 48,7% de la población ya completó su esquema de vacunación.

Según estima la Organización Mundial de Salud, las vacunas salvan alrededor de 3 millones de vidas cada año. Son el método más efectivo para prevenir enfermedades infecciosas, que hace un siglo eran la principal causa de muerte en todo el mundo. 

“La Argentina y también la región de las Américas tienen una alta adherencia a la vacunación. Tiene que ver con la equidad en el acceso, porque no en todos los países es gratis vacunarse. La región lidera la completitud del calendario de vacunas obligatorias -en Argentina son 20- y eso logra que siempre sea la primera en eliminación de enfermedades. Pasó con la polio, con el sarampión. Es una región en la que está muy impregnada la idea de que la vacuna es para protegerse o para proteger a los hijos, pero también para proteger a los otros”, describe Analía Rearte, directora nacional de Epidemiología, y señala un hito de los fundantes: “El brote de polio afectó muchísimo a la Argentina y la vacuna demostró excelentes resultados. Eso sembró una enorme confianza”.

“No hay duda de que la confianza en las vacunas que hay no sólo en la Argentina sino en Latinoamérica tiene que ver con el hito del control de la polio. Hoy todavía hay quienes recuerdan el impacto de ese brote en los años cincuenta, o hijos de padres que han vivido esos años y que conocen el impacto que tuvo el poliovirus. La vacuna logró frenar un brote muy grande y eso impactó en que se considera a la vacunación como una política sanitaria fundamental para el cuidado de la salud”, asegura Debbag, vicepresidente de la Sociedad Latinoamericana de Infectología Pediatrica.

En 1955 hubo 435 casos de poliomielitis en la Argentina. En 1956 las infecciones se expandieron de forma exponencial: se reportaron 6.496 casos de ese virus, que invade el sistema nervioso, puede causar parálisis en cuestión de horas y, en entre el 5% y el 10% de los casos provoca la muerte por la parálisis de los músculos respiratorios. La polio, que en ese momento provocó severas discapacidades en las piernas, encontró a la Argentina sin tratamiento específico.

Los pediatras inyectaban gammaglobulina para intentar robustecer el sistema inmunológicos de los lactantes, las principales víctimas de ese virus. Las abuelas colgaban a sus nietos collares con bolsitas de alcanfor, una planta medicinal tradicionalmente usada para el catarro y la congestión. Las familias pintaban con cal las paredes de las casas bajo la idea de que, si evitaba bacterias y moho, tal vez frenaría el avance de un virus. Pero nada funcionaba.

Hasta que Estados Unidos autorizó la vacuna Salk y, en medio de escasez internacional, la Argentina recibió sus dosis: la gravedad del brote local logró que distintos países del mundo apoyaran el envío prioritario al país, que empezó a concretarse en septiembre de 1956. La llegada de dosis empezó a atenuar el pánico, que se había extendido durante tres meses: el Hospital Muñiz estaba desbordado y hubo que crear un centro municipal de rehabilitación para las secuelas de la polio.

“La vacunación atenuó notablemente el brote de polio. Después de usarse la Salk se usó la Sabin, y en los ochenta se erradicó la enfermedad de la Argentina. Pero frenar el brote de la polio sin dudas tuvo impacto en cómo la sociedad se involucró con las vacunas”, sostiene Ángela Gentile, jefa de Epidemiología del Hospital Gutiérrez.

“Latinoamérica ha trabajado mucho a nivel terreno para, primero, crear una enorme conciencia en la comunidad médica sobre la importancia de vacunar. Las sociedades científicas y las ONGs trabajaron mucho para hacer entender a la sociedad cuál es la importancia de prevenir enfermedades y sus complicaciones a través de las vacunas”, explica Gentile, y recuerda: “En la década del ochenta el médico brasileño Ciro de Quadros creó el Programa Ampliado de las Inmunizaciones (PAI) en las Américas, y eso hizo que la región estableciera políticas conjuntas”.

“A través del PAI se crearon calendarios y campañas comunes y eso formó un lazo solidario entre los vacunadores de los distintos países. La idea de solidaridad es muy importante en la vacunación, parte de los vacunadores en terreno y eso hace que esa idea suba desde la base hasta quienes conducen las políticas sanitarias. A la vez, la sociedad empieza a entender a la vacuna como un recurso solidario, que es para cuidarse pero también para formar esa inmunidad de rebaño que cuida a los demás. Una vez que lográs que eso se instale, la vacunación se vuelve un valor indiscutible para la enorme mayoría, y eso explica la adherencia en un país como este”, analiza Gentile.

“Argentina es un país que pasó a tener un calendario sólo para niños y niñas a uno que tiene 20 vacunas obligatorias para distintas edades y que logró mantener una adherencia a la vacunación siempre muy significativa”, destaca Florencia Cahn, presidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE). Esa adherencia es mensurable: en el país, más de 9 de cada 10 personas se acercaron a la vacuna que previene las formas más graves del CoVid-19.

JR/WC

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