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“Venía Rodrigo, venía Maradona, venía también David Lebón, venía Pappo. Todos venían y cantaban. Se armó una magia ahí que me superó”. A más de 30 años de esas noches de Ski Ranch, el restaurante emblemático de la costanera porteña que en un momento se convertía en una enorme pista de baile en la que se podían llegar a cruzar personajes de la televisión con dirigentes políticos, deportistas, modelos o empresarios, Liz Fassi Lavalle no habla con nostalgia. Ella, que supo exponer la vida que compartía con su ex esposo Omar, sus vacaciones, su ropa en las revistas de aquella época y que oficiaba de anfitriona de ese empaste de celebridades noventosas –un trencito que fusionaba poder con famosos estridentes y personajes nocturnos, todos moviendo sus cuerpos entre paredes multicolor–, dice que en los últimos años prefirió correrse de los flashes. Sí lamenta las topadoras, que por orden del entonces jefe de Gobierno porteño, Fernando de la Rúa, derribaron ese lugar en 1997 y en ese acto se llevaron una época.

Por esos días, la empresaria y el padre de sus hijos –que había sido durante ocho meses secretario de Turismo durante la presidencia de Carlos Menem– eran investigados por presunta evasión impositiva. Las fotos de la pareja, que antes habían circulado entre sonrisas con sus tres hijos, en fiestas o en su fastuoso piso de la torre Le Parc volvían a todos los medios, esta vez como la postal de un imperio caído en desgracia

Él quedó preso en 1998 –y lo estuvo por dos años, hasta que un tribunal lo liberó con los fundamentos del Pacto de San José de Costa Rica que establece que una persona detenida sin juicio debe quedar en libertad después de que se cumpla ese plazo–; ella, con 32 años y tres hijos pequeños, fue demorada apenas dos días. Pasaron por embargos, por investigaciones y todo tipo de debate mediático. Recién en 2004 la justicia determinó que la pareja y un socio, Oscar Marocco, evadieron el impuesto a las ganancias en 1996 y el impuesto al valor agregado (IVA) entre 1995 y 1997. En el caso de los Fassi Lavalle, además, se les imputó haber evadido ganancias como contribuyentes individuales. Sin embargo, en el mismo acto los jueces los absolvieron del delito de asociación ilícita por el que habían llegado procesados desde la etapa de instrucción.

Tuviste una vida muy expuesta en los ‘90 y en un momento hiciste una especie de corte. ¿Qué te llevó a bajar el perfil?

Yo empecé a trabajar de muy chica, a los 17 años. La verdad es que siempre los negocios que fui emprendiendo fueron negocios en los que tuve exposición. Y tuve mucho éxito, en todos gracias a Dios. Pero con mucho esfuerzo. Todo me costó. Al ser chica me fui tentando. Era como “bueno, hacé la nota”. Y hacía. A veces transmitís algo: la gente te ve lo lindo, pero no ven lo que te cuesta, lo que luchás, el esfuerzo que le ponés a eso o que también la pasás mal. Uno de los desafíos fue haber hecho el mejor restaurant y discoteca de la Costanera, que fue Ski Ranch. Pero era trabajar muchísimas horas, dedicarme a cada detalle, estar con la gente, que todo el mundo estuviera bien. Y acostarme muy tarde. Mucha energía, mucho esfuerzo. Después, cuando obviamente el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con el señor (Fernando) De la Rúa, que en paz descanse, decide demolerlo, me sentí totalmente vulnerable, ¿me entendés? Y expuesta… tiraban un lugar exitoso y era como “¡qué bueno que tiremos un lugar exitoso!”. No todo el mundo pensó igual, no todo el mundo compartió eso. Pero yo me vi muy vulnerable, me sentí muy sola. Y sentí que tenía que proteger a mis tres hijos, que son mi eje, mi esencia, mi vida, ¿entendés? Entonces ahí dije: “Quiero cambiar mi perfil”. Ahí es donde elegí tener un perfil más bajo. En un momento sentí culpa por exponerme tanto. Sentí culpa, que después sané, porque obviamente mucha gente me decía: “Liz, no tenés por qué sentirla porque te rompés trabajando”. O: “Das trabajo” o “sos una creadora de proyectos y de trabajo, entonces no tenés que tener culpa”.

¿Y por qué la sentías?

Sentí mucha presión. Estuve muy expuesta. También sentí como que me había equivocado en exponer lo que hacía. Sin querer, ¿no? Pero bueno, uno tiene que aprender. Sé que me siento feliz con mis logros, que fueron siempre con mucho esfuerzo, con mucho trabajo, con mucha pasión. Todo lo que hago lo hago con pasión. Pero me costó, pagué un precio muy alto. Siento que por mi exposición pagué un precio muy alto. 

¿Siempre quisiste ser empresaria o dedicarte a lo que te terminaste dedicando? ¿Cuando eras chica soñabas con alguna carrera puntual? 

Lo que pasa es que yo tuve un golpe muy fuerte, que fue perder a mi papá a los 15 años. Así, de un infarto de miocardio. Habíamos vuelto de las vacaciones y teníamos que seguirlas y cuando se acostó no se despertó más. Para mí eso fue un antes y un después. Ahí vi a una mamá que amo, –que es mi ejemplo, que es mi luz– vulnerable, solita, con tres chicos. Mi hermana de un año, mi hermano de 13 y yo de 15 años. Mi mamá nunca había trabajado y siempre dependía de mi papá. No sabía cómo encarar la vida. Y dije: “No quiero que me pase esto”. Fue un golpe durísimo. También aprendí a vivir la vida y a tomarla de otra forma, ¿no? Para decir “me acuesto con una sonrisa y me levanto con una sonrisa porque no sé si voy a despertar”. Hoy estamos viviendo una pandemia que justamente me hace recapacitar todo lo que tuve que aprender en un día, en un segundo. Yo decía: “Mi papá se salva”, lo veía todopoderoso, empresario, siempre muy emprendedor. Y, nada, no hubo plata, no hubo nada con lo que yo pudiera cambiar esa situación. Entonces ahí fue el primer golpazo de mi vida. Eso me enseñó a ser fuerte, a decir: “Voy a salir, la voy a ayudar a mi mamá, vamos a ayudar a nuestra hermanita, la vida continúa”. Y con ese título, “la vida continúa”, pensaba en ser actriz. Mi sueño era ser actriz. 

¿Te pusiste a estudiar actuación?

Dije: “Mamá, quiero estudiar teatro con Agustín Alezzo”. Para entrar con Alezzo éramos 500 personas que teníamos que rendir. Y quedé. Entramos, creo que era un cupo de 40, y quedé. Estudié teatro dos años, me encantó. Tenía ya propuestas, conocí a (Ricardo) Darín, (Raúl) Taibo, (Gabriel) Corrado. Alezzo fue uno de los más grandes directores. Eso me hizo muy bien. A la vez fabricaba camisas para ayudar a mi mamá y ser independiente. Y las vendía en distintos lugares. Yo ya sabía que quería ser empresaria. Estudié administración de empresas, pero era mucho: estudiar administración, el teatro, y a la vez trabajar. No me daba para todo siendo tan chiquita. Cuando conozco a Omar (Fassi Lavalle), el padre de mis hijos, a él no le convencía tanto el teatro, ya era un empresario exitoso y me dio la opción de si el teatro o él. Y la verdad es que me fue muy fuerte, pero elegí apostar a una pareja y apostar a una familia. Así que lo dejé. Él tampoco quería o no estaba tan de acuerdo con que yo trabajara, porque estaba muy bien. Y yo le pedí que no, que quería trabajar; insistía. Ahí le pedí mi primer préstamo de plata para poner el mejor gimnasio de la Argentina, que fue el Health Ranch (N. de la R.: estaba ubicado en Córdoba y Maipú, en el centro porteño), que fue un éxito total. Lo tuve más de 10 años. Y me hice todos los cursos, todo: aprendí desde el profesorado de gimnasia hasta cosmetología. Hice depilación, hice todo. Yo tenía 18 años, muy joven. Pero yo decía: “Para manejar una empresa tengo que saber, para mandar hay que saber de lo que estoy hablando”. Entonces tenía claro que ahí fue mi primer emprendimiento y fui nombrada la empresaria más joven de la Argentina en ese momento. Era todo lo que yo quería: en el gimnasio te atendían, te abrían las puertas con los guantes blancos, todas las máquinas topísimas, traje todo de afuera. Las clases eran todo salud, vender salud y alegría. Siempre me gustó vender alegría.  

¿Ski Ranch fue una especie de continuación de eso? 

Yo creo que es una época que me llena de alegría, me llena de orgullo, hice feliz a mucha gente, que no se olvida nunca más de Ski Ranch. La gente me sigue diciendo: “¿Cuándo vuelve Ski Ranch?”. He llegado a invitar a 300 personas. Invitación te digo: dar por dar. Desde periodistas o modelos, el que sea. Yo compartía. Era mi lugar, mi casa, y era demostrar esa generosidad que me gusta: de tener y compartir. 

¿Nada extrañás de ese mundo? 

No. Lo que sí sufrí, obvio, fue el tener un político como fue (Fernando) De la Rúa que en lugar de construir busca destruir. Yo amo el construir, no el destruir por nada. Por cruzarme, por ser un chivo expiatorio, un ejemplo del éxito. 

¿Por qué lo del chivo expiatorio? ¿Sentís que te usaron? 

Porque era la persona más débil en ese momento. Y el lugar más exitoso. Entonces ¿con qué ibas a tapar algo? Sólo sé que aprendí a perdonar, porque eso fue muy lindo. Porque al principio sentía eso de “¿por qué me pasa a mí?”. Hasta que aprendí a elevarlo. Y seguí apoyando a mi país. En ese momento tuve posibilidades para irme a trabajar afuera a hacer cosas a cerca de Los Ángeles, a un lugar que se llama La Jolla. Ponía la inversión la cadena Hilton para armar allá el mejor restaurant, como Ski Ranch. Y decidí quedarme en Argentina.

¿Con otro perfil?

Sí, ahí ya decidí cambiar mi perfil. O sea, yo fui muy acosada. Muy acosada y fue el precio que pagué. Yo creo que no es así, porque en otros países al exitoso se lo apoya, te dan créditos, te dicen: “Hacé más”. Y no lo ven como un pecado. Pero bueno, acá no juzgo, amo el país que tengo, no todos piensan igual. Y por eso sigo acá apostando. De hecho, cuando se cierra Ski Ranch yo le daba mucho trabajo a las mujeres. Mucho. Porque pienso que muchas mujeres necesitan y son el sostén de sus hijos. Y son las que me dieron fuerzas, como mujer empresaria, para seguir en mi país. Me traían una rosa, una flor. Yo no tuve ningún juicio laboral, me decían: “Liz no aflojes, sos un ejemplo”. La verdad es que eso me hizo seguir, con más fuerza, y decir: “No, pa’ frenchi, vamos pa’ frenchi”. 

Sé que me siento feliz con mis logros, que fueron siempre con mucho esfuerzo, con mucho trabajo, con mucha pasión. Todo lo que hago lo hago con pasión. Pero me costó, pagué un precio muy alto. Siento que por mi exposición pagué un precio muy alto.

¿Sentís que por empresaria mujer vino más esa lupa sobre vos o que si eras un varón eso no pasaba? ¿O creés que fue más la época? 

No lo sé. Yo creo que era el negocio más exitoso que había, donde te encontrabas con todo tipo de personajes. Y era “vamos a hacer ruido”. Lo cual fue justamente logrado, lograron ese ruido. Pero yo miro para adelante, ¿entendés? No miro para atrás. Busco nuevos desafíos. Y pienso que si tienen que pasar las cosas era porque tenían que pasar. De hecho, cuando pasó, yo me acuerdo que me junté con el doctor De la Rúa y le ofrecí hacer una plaza (en el lugar de Ski Ranch), ayudar a más gente. Y nada, era una necedad, era una decisión política tomada. Eso me decían. Entonces decidí soltarlo y replantear para dónde iba mi vida. 

¿Llegaste a un extremo?

Llegó un momento también donde estuve en un borde, casi al punto de suicidarme en un momento de mi vida. Era pensar que podía parar cierta tormenta y tener el apoyo y tener la familia que tengo, y tener la madre que tengo era lo que me hizo retroceder y decir: “Sos una guerrera, Liz, tenés las manos limpias, seguí para adelante con la cabeza bien alta, seguí protegiendo a tus pollitos y esto pasa”. Todo pasa. 

En ese momento vos eras muy joven y con tres niños muy pequeños.

Sí, muy chicos. Ellos en el colegio y mi exposición también les podía afectar, ¿entendés? Quieras o no, tenés cosas buenas y también la gente te pone cosas que no son, inventan. Y tenés que saber bancártelas. Pero yo quise tirar la honra a los chanchos, como se dice. En la política hay que tirar la honra a los chanchos, como dicen. Pero yo nunca fui política, no acepté ser política y entonces no me gustó ese juego. Entonces me sentí vulnerable. 

Por el trabajo que tenía el papá de tus hijos, de todas maneras, estabas cerca de la política. 

Claro. Para mí, como persona muy joven que empezó a conocer eso, sentía que iba a ser (interrumpe)… sabía lo que hacía la política y como secretario de Turismo él duró ocho meses en el gobierno. O sea que fue nada, porque no le gustó y decidió correrse. Y yo nunca construí con eso, nunca participé de nada, nunca nada. Pero yo quería hacer cosas como empresaria. De hecho, como lo estoy haciendo ahora, ayudar a distintas fundaciones, ayudar a que me levanten el teléfono y me digan: “Necesita una silla de rueda equis” y salir corriendo para poder solucionarlo, dentro de todas mis posibilidades. Creo que en el rol de empresaria una puede dar mucho y ayudar a mucha gente. Y hacer feliz a mucha gente. Entonces no hace falta ser político.

Recordabas la historia de tu mamá, de una mujer sola con tres hijos. Y esa es un poco tu historia también. En aquel momento de tu vida te viste sola con tres hijos y un padre preso. ¿Cómo viviste eso?

Para mí en ese momento fue no escuchar a nadie, no creer en nada. Era estar en mi cápsula para proteger a mis hijos y protegerlo a él y ser una mujer íntegra. Es decir, la mujer tiene que estar en las buenas y en las malas al lado de un hombre. Yo soy muy tana (N. de la R: su apellido antes de casarse era Mazzini), muy madraza, tengo mis apegos y los de mi familia son mi columna vertebral. Entonces dije: “Vamos para adelante, voy a apoyar al padre de mis hijos hasta el final porque es una persona honesta”. Le inventaron… (interrumpe). O sea, era una deuda de impuestos. Que hoy en la Argentina, no hoy, en la época esa cualquiera podía deber impuestos y acogerse a cualquier moratoria, como cualquier ciudadano. Pero bueno, no fue acusado de corrupto, ¿entendés? Fue acusado de deber impuestos. Y aceptando nosotros que si debíamos, los queríamos pagar. De hecho se pagó y nada más. Pero no te merecías estar injustamente dos años preso como un tipo corrupto. Entonces dije: “Me quedo acá a protegerlo, a acompañarlo, a explicarles a mis hijos que papá tiene que demostrar algo que no es, que está inventado”. 

¿Iban a verlo cuando estuvo detenido?

Iba todos los días, le llevaba la comida de las dos de la tarde a las seis, siete de la tarde, menos los sábados. Y los domingos iban sus hijos a hacer los deberes con él. No tuve ni un resfrío. Hasta que salió, porque obviamente cuando estás dos años adentro y no pueden demostrar, te tienen que sacar porque no hay pruebas para que vos quedes. En ese momento vos por impuestos no ibas preso. Hoy sí, tenés un montón de leyes nuevas y me parece perfecto. Pero una vez que esté demostrado, pero no que ante la duda vayas preso. A mis hijos no les daba tanta información, los quise aislar de todo y decir que papá tenía que demostrar algo que no era. Y bueno, los protegí así, lo protegí a él. Y cuando logré su libertad me sentí la mujer más feliz del mundo. Dije: “Soy una mujer que tiene ovarios, que supo enfrentar esta turbulencia”. Me sentí como en La vida es bella, ¿no? Yo quería que mis hijos no perdieran la sonrisa, que no vieran una noticia, que no crean y que si alguien les decía algo, que dijeran: “Mirá, estamos con una deuda presunta de impuestos. Presunta”. Y sí, debía, pero no era lo que se había dicho ni todo lo que se hablaba. 

En ese mismo proceso judicial, vos misma llegaste a estar demorada.

(Interrumpe). Peor. Yo tuve que irme de mi casa porque sabía que me iban a detener y me puse prófuga por miedo a decir: “Si quedo presa, ¿qué hago?”. Ahí sí desesperé, ahí sí sentía con quién iban a quedar mis hijos. Y desesperé y ahí es donde quise, tal vez, pensar que era el fin de mi vida. Y que eso era la solución para que esto se terminara y para que la gente diga: “Bueno, Liz murió”. Listo, la solución.

Vida espiritual

Después de la crisis económica y social que significó una bisagra dolorosa para el país hacia 2001, los nuevos tiempos marcaron, también, una nueva era para la vida social en general. El peso dejó de valer un dólar al mismo ritmo en que en el imaginario se devaluaban las categorías de “famoso”, “modelo”, “noche”.

Después de la sentencia judicial de 2004 y de separarse de Omar Fassi Lavalle, Liz –ahora– Mazzini eligió correrse de la vidriera pública. Se la vio, aunque con discreción y ya no en las tapas de las revistas, en jornadas solidarias, desfiles, alguna inauguración. Desde entonces se dedicó a la organización de eventos para grandes empresas y mantiene, aunque en menor escala, un pie en el rubro gastronómico, desde que encontró en 2019 un socio con el que lleva adelante Mr. Pollo, un local de comida peruana en el barrio porteño de Palermo.

Sus hijos, ahora treintañeros, la llevaron además a conocer un mundo nuevo, de la mano del yoga y de la meditación.

¿Cómo surgió esta vuelta espiritual que hacés?

Dos de mis hijos eligieron vivir en Brasil. El mayor, Michel, no, se quedó acá, es artista plástico, pinta y también es empresario. Los que quisieron vivir en Brasil buscaron una vida espiritual, así que los aprendí a soltar. Armaron un retiro en Brasil que se llama Surf, Yoga & Music. Así salvaron a mucha gente que, teniendo todo, no encontraba la felicidad. Y yo hice también ese retiro, los acompañé. Cuando empecé a conectar con todo eso dije: “Esta es la de verdad. Esto es nuestra esencia, si seguimos por este camino va a ser medicación o meditación”. Y yo quiero hacer meditación. La vida es frívola o no. Yo considero que tuve una vida de lucha, de trabajo. Que sí, me expuse socialmente o voy a eventos. No es un pecado. Ahora aprendí a ir a eventos más solidarios. Me encanta el poder ayudar. Pero ponerme un lindo vestido o ponerme coqueta es parte de que gusta ser así y no es pecado. Sí me gusta ir más liviana ahora. Creo que hoy es una forma más de vida que no me importa, voy como tengo ganas. Ya no estoy con cómo me está mirando el otro. O que me juzguen. Porque, cuando vos juzgás a alguien hay cuatro juzgándote a vos. Entonces hay que soltar eso. Y yo mando amor. Y si vos no tenés eso, bueno, yo suelto. Yo quiero seguir en ese camino. 

¿Meditás todos los días?

Mis hijos me enseñaron un montón de herramientas. Entre la meditación, el yoga, el practicar el yoga kundalini. Y empecé a meditar todos los días. Hago todas las clases, hice todos los vivos en la pandemia, todos los mantras que ellos daban. No me perdí ninguno. Empecé a cuidar mi alimentación. Dije: “Voy a levantar mis defensas”. Empecé a comprar cosas más saludables, a tomar mi complejo vitamínico y a consumir ajo. Recomiendo un diente de ajo para prevenir todo. Al ser inquieta, estar todo el día en casa en la cuarentena, fue: “¿Qué hago para ayudar a otros?”. Me agarró como una angustia. Pensaba que la gente estaba mal. Entonces la llamé a Vanesa Noble y le digo: “Armemos algo”. Entregar barbijos o ir con una vianda de comida eso era exposición y también dinero. Entonces pensé: “Quiero ayudar con las herramientas que sé”. Entonces nos juntamos con Vanesa y Daniela Bruno, otra amiga. Y dijimos: “Vamos a ayudar a los que tengan covid atendiéndolos con el teléfono, dándoles energía, dándoles amor, mandándoles mantras”. Y, si están mal, yo los contengo.

¿Vos llamabas a la gente?

La gente me empezó a llamar. Empecé a publicitarlo. Me entra el primer caso de Covid, una chica internada, que era la paciente Marisol, fue el caso número 130. Estaba pasándola muy mal. Y yo con la ayuda de mis hijos le iba mandando distintos mantras. Iba charlando con ella, diciéndole que respire, que piense cosas lindas, que escuche esos mantras. Porque esta enfermedad lo que hace es aislarte. Porque estás solo. ¿Y qué sentís? Miedo. Miedo a que podés morir y morir solo. Entonces mi teléfono empezó a colapsar, llegué a atender más de 20 pacientes, gracias a Dios no murió ninguno. En un momento yo sí estaba un poco perdiendo la voz. Y con Vanesa hablamos de “mi primer abrazo”. ¿Cuándo va a ser que podamos abrazarnos con los que queremos? Yo por tres meses no pude ver a mi mamá, que para mí era verla todos los domingos. Terrible, terrible. Una angustia fuerte. Y el miedo de que no se contagiara. El meditar me hizo sentir más segura, sentir más claridad, proyectar qué es lo que quiero en mi vida. Primero, fundamentalmente es quererte vos, ayudarte vos. Y estar bien con vos. Y darte tu tiempo. No eso de “no puedo por el trabajo”, “no puedo”. No. 

La vida es frívola o no. Tuve una vida de lucha, de trabajo. Y sí, me expuse socialmente o voy a eventos. No es un pecado. Ahora aprendí a ir a eventos más solidarios. Me encanta el poder ayudar.

¿Cómo afectó la pandemia a tu rubro, el de la gastronomía? 

Mi rubro fue uno de los más afectados y es. Sobre todo los eventos. Fue ver cómo sobrevivir. Hoy estamos viendo cómo reinventarnos. Y justamente, en esa reinvención, ¿qué salió? Que venían mis hijos de Brasil. ¿Y qué pensé? La meditación, el yoga kundalini, los cantos de mantra. Entonces dije: “¿Si armamos un festival?”. Y hablé con mis hijos, con una gran maestra de yoga. En cuanto pudimos empezamos con el primer festival de yoga y meditación, que fue un éxito. Lo armamos en una semana y tuvo una repercusión maravillosa. Sobre todo por el poder respirar al aire libre. Entonces sentí que mi camino iba por ahí. Por lo menos este año voy a ir por los festivales, recorrer nuestro interior del país, para ayudar a la gente dándole herramientas desde la respiración, los mantras y el aire libre. A lo mejor empezar en Córdoba, seguir en distintos lugares. Recorrer nuestra Argentina, que es maravillosa. Y después, en el futuro, tenemos propuestas para ir a lo mejor a Europa. Me encantaría, sería mi sueño estar fluyendo con mis hijos y con el equipo maravilloso. Y dándole ayuda a tanta gente, a millones de personas, con algo tan simple. Porque en el colegio te enseñan de todo: química, geografía, matemática. Pero nadie te enseña a ser feliz. Y podemos venir de familias complicadas, pero si te damos herramientas eso vos lo vas a abordar y vas a empezar tu propio camino. No eso de “la culpa la tiene mi papá”, “la culpa la tiene mi mamá”, “la culpa la tuvieron mis hermanos”. Viene una era de acuario donde no hay más culpas. Sos vos el responsable de tu vida.

En tu camino, ¿vos echaste culpas?

No. Como dije, en un momento me sentí expuesta y sentí que obviamente existe gente que te puede hacer daño. Pero hoy no siento odio. Porque el odio me enferma a mí.

¿Hay algún momento de los ‘90 que recuerdes con mucho cariño?

El momento más maravilloso es cuando nacieron mis hijos. El ser madre es el momento en el que me sentí plena. Tener mis tres hijos en brazos. Eso me lo acuerdo con total ternura. A mí me pasó algo muy fuerte. Yo casi me muero en mi primer parto. Cuando nace mi hijo me dan la anestesia, la peridural y yo soy alérgica a la xilocaína. Y entre en un paro cardiorrespiratorio. Estuve en coma, casi un día. A mi mamá le decían que le dijera a Omar que me moría, con Michel que ya había nacido. Cuando desperté no sabía ni quién era. No sabía nada. Ese volver a empezar, ¿viste? No me acordaba ni que había tenido un hijo, nada. Y después salí bien, dije “Vamos para adelante”. Y al otro año, otro hijo más, pero sin anestesia. Y así tuve a los otros sin anestesia. 

Tuviste a los chicos muy joven.

Sí, a los 19, a los 20 y a los 21. 

¿Te arrepentís de algo?

Yo creo que todo te tiene que servir de experiencia. Porque son aprendizajes. Por eso también estoy colaborando con Vanesa Noble en una fundación, que es Juntos vamos por más. Estamos juntando útiles escolares para las escuelas. Estoy poniendo también mucha energía al tema poder ayudar hoy concretamente como figura, como personaje o como Liz empresaria a mucha gente que hoy lo está necesitando. Hay mucha gente que la está pasando mal y eso me pone sensible, muy sensible. 

¿Te ponés a pensar en esa gente?

Sí. Y pido. Pienso en esa gente que vive y cobra por día, que no puede llevar un sueldo a su casa. Me angustio. Obviamente en mis meditaciones diarias pido por la gente. Y pido para que esta pandemia pase pronto porque hoy es un mundo raro, que no sabés para dónde viene, por qué está, cuáles son los intereses que hay atrás, qué es lo que pasa. Que pronto podamos todos tener acceso a la vacuna. Y que volvamos a una vida más natural. Igual yo creo que va a haber un cambio. Ojalá sea todo más parejo para que no haya más pobres. Y si no, que haya más ayuda social. 

En el deporte se habla de los famosos “amigos del campeón”, esos que están con uno cuando está en la cresta de la ola, pero que por ahí se van en las malas. Después de tu momento de éxito, ¿sentís que alguien te soltó la mano o al contrario? 

Me pasaron cosas muy fuertes. Hay gente que obviamente se alejó. En el momento en el que había que poner un millón de dólares por mi fianza yo tenía todo trabado. Ahí apareció una persona que no conocía, que llamó a mi abogado y le dijo: “Yo pongo el millón de dólares por Liz”. Y entonces me preguntaba mi abogado: “¿Pero vos tuviste un amante, Liz? ¿tenés un novio, algo?”. Le digo: “No, decime qué tengo que hacer”. Posta que no lo conocía. Nunca compartí, nunca lo vi en Ski Ranch, nunca tomé nada con él. La verdad es que quedé sorprendidísima. Obviamente que dije que sí, que aceptaba el millón de dólares, era lo mejor, una fianza muy fuerte. Y a las tres horas me llama el abogado, me dice que no había que poner el millón de dólares, que no era necesario. Quise conocer a ese empresario que, sin conocerme, ponía un millón de dólares por mí a cambio de nada. Y, bueno, lo recibí en Le Parc y me puse a llorar. Realmente no recibía a nadie en ese momento. Y le dije por qué lo había hecho, sin conocerme. Y me dijo: “Porque siento que te estás comiendo una injusticia, que sos una pendeja que tenés tres hijos y yo pasé una situación parecida, injusta y me ayudó quien menos esperé. Entonces yo te vi vulnerable y me ofrecí a poner ese dinero porque sé que vas a salir adelante”. Así que la vida me dio un ejemplo de que hay que dar sin mirar y a la larga vas a recoger lo que sembrás.

¿Con esa persona seguiste en contacto?

No. Esa persona me pidió jamás ser nombrada. ¡Le dije que quería ser su amiga! Realmente era un milagro lo que estaba pasando. Y me dijo que no, que yo era una mujer muy linda y atractiva, pero que no lo hizo con esa intención y nada. Me dejó su tarjeta, me dijo: “Lo que necesites, cuando pases una situación límite llamame”. Ahí le digo: “¿Cómo te puedo devolver este favor?”. Y me dijo: “Haciéndoselo a otro”. Y realmente quedé impresionada. Fue una película de millón de dólares, pero fue cierta. 

Si tuvieras que decirle a alguien que no es de ese ambiente, ¿qué es lo mejor y lo peor de la noche, de ese mundo de los '90?

¿De los '90? Lo que pasa es que yo viví una noche sana. No te puedo decir. Porque en mi negocio era alegría, pasarla bien, divertirse. Entonces, la alegría no es nada malo, al contrario. Digo: “¡Lástima que se terminó!” (risas). Y lo peor fue el haberlo perdido y de una manera injusta. Eso es lo que veo, como sueño de país, como sueño de empresaria. Cuando decís: “Quiero hacer este negocio”, le pusiste todo y lo convertiste en un éxito y que te lo apagaran con daño. Porque las topadoras eran destrucción.

En el imaginario, cuando se piensa en la noche se piensa en alcohol, drogas…

Es que yo nunca me drogué. Sí me gusta tomar mi champagne. Pero no me drogué porque le tengo miedo. Porque veo los ejemplos de ciertas personas que consumen y es para tapar algunas cosas. Después eso te hace un efecto contrario. Cuando volvés a ser vos, estás hecho bolsa. Entonces no juzgo a quien lo haga, yo elijo más la vida natural y sí tomarme mi champagne. O un buen vino. Me gusta y creo que es necesaria la risa, es necesario que escuches música vos solo y te rías de vos mismo también. Pero que tu corazón sienta alegría. Porque no sabemos si despertamos. Entonces para mí es importante eso. Y es importante no hoy por una pandemia, porque lo vivo desde los 15 años. Por eso me acuesto con una sonrisa y me levanto con una sonrisa. Y no es que no tengo problemas o vivo en una burbuja. Enfrenté muchísimos problemas. Pero en todo busco una solución, ver siempre el vaso más lleno que vacío. Busco por dónde sale lo positivo. ¿Pierdo un avión? Bueno, será que se podría caer. No la terribilitis. ¿Viste que hay gente que es todo terrible? Se levanta, pinchó la goma del auto y todo es terrible. Bueno, si yo pinché, me tomo el tren, no sé.

AL

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13 de febrero de 2021 - 01:58 h